El asesino de la capa
Capítulo 49
Los agentes entraron en el edificio rodeado con la protección y seguridad policial. En silencio, Gema esperaba su llegada. Se encontraba en la recepción. Disimulaba con cara de angustia por lo que ocurriría en breves momentos. Tenía miedo desde hacía muchos meses. Soraya había coaccionado a los miembros del grupo de terapia, incluidas las chicas que solo ayudaban a los enfermos a conseguir tener una vida dentro de la normalidad.
Sacaron las pistolas y fueron avanzando hacia la consulta de la psiquiatra. Alberto pegó la oreja en la puerta para hacer el gesto de confirmación a sus compañeros. Debían cubrirse unos a otros. Los acontecimientos habían demostrado que la doctora no se encontraba en su sano juicio. Desconocían si se encontraba armada. Levantó la mano y la bajó acto seguido para confirmar que entraban. No se escuchaba ni un solo ruido dentro de la consulta. El edificio se encontraba en una calma sorprendente. Fuera esperaban aviso para entrar a hacer la evacuación o intervenir cuando dieran la señal. Eloy giró el pomo y contempló horrorizado el interior.
—Pero ¿qué ha pasado aquí?
—¡Joder! ¡Está muerta! —exclamó Soledad asombrada detrás de Eloy con la finalidad de cubrirle las espaldas.
Eloy se agachó al lado del cuerpo para comprobar que no tenía pulso. Lo confirmó apesadumbrado, asintiendo con la cabeza. Soledad se acercó a su compañero con movimientos lentos para contemplar la escena del nuevo asesinato. «¿Quién ha sido?». Debían avisar a los agentes de refuerzo rápido. El asesinato de quien era el autor material de los crímenes cambiaba el rumbo de la investigación. Alberto asomó la cabeza y comprobó que Soraya yacía en el suelo con un tiro en la cabeza. Colocada en una de las solapas tenía las insignias de la orden de Carlos III y la del Toisón de oro.
—¿Habéis visto eso? —dijo Alberto señalando las insignias con el ceño fruncido.
—¿Qué significa esto?
—Si no ha sido ella, ¿quién ha sido?
La puerta se movió dando un golpe seco en la cabeza a Alberto que, debido al fuerte impacto, cayó al suelo. Soledad reaccionó al segundo de escuchar el ruido. El asombro fue mayúsculo al verificar la identidad de la persona que se había escondido detrás de la puerta de la consulta. Las manos comenzaron a temblarle, un sudor frío recorrió su frente y un pinchazo se labró en su estómago. «Todo era mentira. Nos ha mentido desde el principio», pensaba sin dejar de lamentarse por lo estúpida que había sido.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó nerviosa.
—Ya ves. —Sonrió Juan—. Se me da bien mentir, ¿verdad? Te has tragado la historia de principio a fin. —Esbozó una sonrisa siniestra y arqueó una de las cejas.
—Suelta la pistola ahora mismo —ordenó Eloy sin dejar de apuntarle.
El rostro afable y colaborativo había cambiado a malvado y déspota.
Su actitud se había vuelto altiva, prepotente e irritante. Continuó apuntándoles mientras su mirada de desprecio aumentaba con cada palabra.
—¿Mataste a tu hermano?
—Yo no he matado nadie. Ya sabéis que fue Mateo. Era un chico complaciente —respondió y comenzó a reírse—. Hizo lo que Soraya le dijo, nada más. No entiendo qué queréis saber. Ya tenéis toda la información, por eso estáis aquí. —Se encogió de hombros.
—Suelta la pistola y colócate contra la pared —ordenó Soledad sin dejar de apuntarle.
—Imposible.
Alberto seguía tendido en el suelo. El golpe le había aturdido. Se intentó incorporar lentamente con una de las manos tocando la parte donde inició el zumbido del golpe.
—¡Tú!, ¡quieto! —le increpó.
—¿Por qué has matado a Soraya?
—Estaba loca. La zumbada se pensaba que la iban a hacer marquesa. —Suspiró—. Estábamos juntos y le dije que la iba a ayudar con estos pobres locos. —Una sonora carcajada se instaló en el despacho de la víctima—. La conocí cuando venía a ver a mi hermano. Veréis, yo quería quitarme a mi hermano del medio. Era un estorbo para mí, solo me traía problemas con sus locuras y con continuas amenazas. Pasé de quererle a odiarle. Así que al conocerla y saber lo que quería hacer, planeamos cómo ganar los dos. Lo que pasa es que ella no conocía el final de la partida —
aclaró con tono amenazador.
—Soraya pensaba que los enfermos mentales no tenían solución, así que decidió aprovecharlos, ¿no? —dijo Eloy para seguirle la corriente.
—Exacto. Cómo se nota que te juntas con locas que te quieren arruinar la vida, ¿eh? —Juan le guiñó el ojo—. A mí también me gustan, por eso estaba con ella. Pero ya no me servía para nada, el plan había acabado. Las pruebas las colocó Mateo, como le ordené. Parecería una víctima y os daría más pena. Me acusaríais falsamente, luego os sentiríais mal y yo me haría el indignado. Funcionó.
—De acuerdo, danos el arma. Vamos. Esto no puede acabar de otra manera. —Extendió la mano para intentar convencerlo y que no se derramara más sangre.
—Sí, sí que puede. Ahora soy un hombre libre. Además, Soraya me ha donado el dinero de todas sus cuentas y su casa. —Levantó uno de los hombros—. Era una prueba de amor y ella se lo creyó —murmuró con una sonrisa perversa—. Mateo confesó y no tenéis prueba de nada en mi contra.
El diario, las fotos y el móvil de Javier los quemé. Por cierto, la carta de mi hermano la escribí yo. Por eso tenía la misma letra que los mensajes de la calle Atocha. Soraya amenazó a Nina y Gema para que estuvieran calladitas. Hasta les mandó una pistola para que os mataran, pero eso no funcionó. Por eso tenían tanto miedo.
Juan se agachó y cogió a Soledad por el pelo. Tenía la clara intención de utilizarla para salir de allí. Se colocó detrás de ella para evitar los disparos. Tendrían dudas al intentar dispararle con ella de escudo
humano. Sus compañeros se preocuparían por su integridad si fallaban el tiro para reducirlo. Era el mejor rehén que podía tener.
—No disparéis. Voy a salir de aquí sin hacer mucho ruido. Vosotros no daréis ningún aviso ni nada parecido. Si lo hacéis, la mato, ¿entendido?
—Inició el paso para salir de allí sin darles la espalda.
Los agentes se miraron y contemplaron la escena de huida. Tendrían que confiar en los refuerzos que protegían el edificio.
Al cruzar el umbral de la consulta, Juan se desvaneció dejando caer el arma al suelo y soltando a Soledad. Rápidamente, ella cogió la pistola.
Observó la caída y escuchó el instante anterior al ruido de la bala que atravesó la cabeza de Juan. Los agentes salieron rápido del despacho para comprobar la identidad del autor del crimen: Gema.
Todavía se encontraba en la misma posición. Estaba en estado de shock. Soraya había guardado la pistola en uno de los armarios del almacén.
Solo ella conocía el escondite.
—¿Qué has hecho? Lo has matado —dijo Alberto moviendo una de las manos.
—Vete, diremos que hemos sido nosotros con lo que ha pasado. La situación nos desbordó al coger a Soledad de rehén —propuso Eloy que agitaba las manos para que se fuera de ahí.
Gema asintió con la cabeza sin dejar de llorar. Todavía tenía la pistola en la mano. Soledad se acercó y se la quitó despacio.
—Corre —le susurró acercándose a su oído.
Gema salió de su letargo para reaccionar a las palabras de Soledad.
La miró fijamente y soltó la pistola que se deslizó por sus dedos. Se secó una lágrima que corría por una de sus mejillas.
—No podía vivir. Nos hubiera terminado buscando para matarnos.
—Tragó saliva y el sonido retumbó en la sala vacía.
—Tienes razón. Por eso tienes que irte de aquí ahora mismo. —La empujó levemente para que saliera de allí.
—Estamos rodeados. No tiene sentido. —Colocó sus manos en los ojos para seguir llorando.
—No, ahora no. —Le apartó las manos—. Escóndete en el baño, así no te verán salir. Nadie sabrá lo que ha pasado. No digas nada. Nosotros te cubriremos. —Le acarició el brazo—. Tienes que esconderte. Van a venir tras escuchar el disparo —apuró con prisas.
Gema corrió ante la mirada de los policías, que observaron hasta comprobar que desaparecía por el pasillo del psiquiátrico. Los agentes entraron con chalecos y armas en alto para verificar el disparo que se escuchó desde fuera. El walkie no había dejado de sonar desde el ruido del arma de fuego. Los gritos de «¡Policía!» no dejaban de oírse, al igual que el ruido de las puertas y la gente corriendo despavorida de un sitio a otro.
Comenzaron las comprobaciones para conocer el estado de los presentes en el edificio. Se podría calificar como una intervención limpia y con éxito. No se había producido ninguna muerte civil.
El caso estaba cerrado. Ahora habría que hacer el papeleo y realizar una versión conjunta para tapar el asesinato que Gema había cometido.
—Sé lo que tenemos que hacer —susurró.
Asintieron. Sabían muy bien a lo que se refería su compañero.
«No siempre nos gusta lo que tenemos que hacer, pero es lo correcto».
Ninguno de los asesinos estaría en la calle. Madrid volvería a ser una ciudad segura.
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