El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 24 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 23

La emblemática calle Atocha estaba siendo víctima de un brutal acontecimiento. Se había convertido en un espectáculo de vigoroso fuego que llamaba la atención de los asustados transeúntes y predominaba en la gran mayoría de las conversaciones colindantes a las callejuelas. Por suerte para los residentes, la imprevisible propagación había sido controlada y la llamarada descendió hasta una nube negra de humo que embargaba el enérgico cielo. El ambiente vertiginoso había sacudido con fuerza el ritmo de la población acelerando los corazones de quienes habían vivido el impetuoso episodio. Las mandíbulas desencajadas fue la reacción del equipo al presenciarlo.

—¡No puede estar ocurriendo! —exclamó Soledad con las manos en la boca.

—¡Está siguiendo la ruta del motín! —añadió Nina con gran preocupación en sus ojos.

Las sirenas no dejaban de reproducir un ruido estridente y los vehículos de los servicios de urgencias y la Policía no dejaban de ser bien recibidos. Nina se quedó petrificada por una escena tan dantesca. La gente estaba asustada y corrían de un sitio a otro sin control ni rumbo. Las reacciones ante el miedo son inexplicables y cargadas de movimientos inconscientes. Los rostros reflejaban la desesperación e impotencia de hacer frente a una situación de ese calibre. Algunos habían roto a llorar al contemplar desolados las llamas. Por un momento los bomberos se vieron desbordados por la situación. El asesino había reproducido la situación de destrozo del alumbrado público para regocijo interno. Soledad fue la primera en divisar a Lisardo hablando con quien supuso que sería el jefe de bomberos. Necesitaban una explicación para aquel desastre público. Nina no se separó de los agentes ni un segundo. Quedó perpleja al ver la simulación del motín. No pudo contener sus gestos de sorpresa y asombro al levantar la mirada y ver la gran cantidad de farolas ardiendo. No quería entrometerse en los asuntos policiales, por lo que se quedó en un segundo plano detrás de ellos. Soledad encabezó la fila para hablar con Lisardo y el jefe de bomberos mientras seguían sofocando las llamas con gran avidez.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Alberto a unos pasos de llegar al lugar donde hablaban mediante susurros Lisardo y el bombero jefe.

Ambos giraron el cuello dejando visibles los rostros desencajados para descubrir quién era el dueño de la voz. Lisardo la reconoció al instante.

—¿Cómo ha podido hacer este desastre?

—Mediante un dispositivo han ido estallando las farolas y han comenzado a arder —respondió entre suspiros—. Lo ha hecho paulatinamente para despistarnos del lugar donde se encontraba el foco del fuego.

—¿Eso es posible? —preguntó Soledad con una carencia absoluta de conocimientos sobre el fuego y la combustión.

—Sí, no es tan complicado, las farolas están enchufadas a la luz y con la multitud de cableado que hay en esta zona, no es difícil que prenda rápido —aclaró el bombero. Sacó un artefacto negro y quemado de uno de los bolsillos—. Esto es lo que ha utilizado para llevar a cabo su plan.

—¿Crees que tendrá alguna huella? —preguntó esperanzado.

—Imposible, sabía lo que hacía. Puede que alguno se salvara, pero sería de pura chiripa. Lo planeó para que también ardieran con la farola.

—¿No tenemos nada? —El inspector no dejaba de observar la calle ennegrecida por el fuego y la forma derretida de las farolas. Se masajeó la zona de la sien con fuerza.

—Sí, nos ha dejado un regalo envuelto en una bolsa de tela ignífuga.

—Lisardo comenzó a andar hacia uno de los coches de la Policía.

Las miradas escépticas del equipo se cruzaron. Alberto frunció el ceño. No le daba buena espina que se hubiera tomado la molestia de dejar un «regalo» a buen recaudo. «Por favor, que no sea un regalo desagradable». Demasiadas películas de acción hicieron volar a su mente a partes del cuerpo humano enviadas en bolsas como obsequio. Esperaba no tener que vivir una experiencia semejante. El ruido de las llamas, las farolas explotando, los gritos y llantos de la gente continuaba sin descanso como telón de fondo. La zona había sido atacada por los últimos estallidos. Eran escasas las que quedarían en pie para alumbrar la calle Atocha. El miedo se

acrecentaba con cada nueva detonación. La Policía no había conseguido arrestar al culpable de aquellos actos de psicopatía y vandalismo. La inseguridad en las calles cada vez hacía más mella en la población. Unos pocos comenzaron a gritar y a abuchear a los policías. El desconocimiento de lo que estaba ocurriendo era total, pero estaban atados de pies y manos ante la posibilidad de informar a la sociedad de las pistas o de las líneas de investigación. Solo conseguirían poner a más gente en peligro e imposibilitar el cierre del caso y la detención del culpable.

Lisardo volvió con los guantes puestos. No se había quitado el mono blanco de plástico con el que trabajaba la científica. Llevaba en cada una de las manos lo que habían encontrado. En una, la bolsa de tela ignífuga, y en la otra lo que se encontraron dentro. Nina dio un paso hacia adelante para no perderse detalle de lo que iban a ver. Era importante recopilar información si los quería ayudar. Habían cortado la calle, cuya consecuencia era el ruido continuado de claxon. Después de un largo periodo de tiempo, los agentes habían normalizado tanto ruido y prácticamente ni si quiera lo escuchaban, al igual que las sirenas y los gritos. Eloy echó hacia adelante el cuello, arrugó el entrecejo y extendió la mano para coger lo que había escondido en el interior de la bolsa.

—¡No me jodas!, ¿otro mensajito? —maldijo Eloy.

—Sí, eso parece. Se ríe de nosotros, básicamente. —Soledad se colocó delante de Eloy para leer—. Genial. Se estará riendo a gusto.

—¡No me lo puedo creer! —reaccionó Alberto colocando sus manos en la cabeza, pero suspiró aliviado.

Nina se mantuvo en silencio, esperando que se apartaran para observar la prueba por uno de los huecos entre los agentes. Después de unos segundos, lo vio.

—Está encriptado, igual que en la primera carta. ¿Dónde estaba? —

preguntó mirando a Lisardo y al bombero.

—En las farolas de la primera explosión.

—No quiero parecer paranoico, pero creo que estaba aquí. —

Lisardo se aseguró de que no hubiera más oyentes de la conversación—.

Hasta que no hemos encontrado esta maldita bolsa —Levantó la prueba

unos centímetros—, no explotaron las farolas de las siguientes fases.

Supongo que estaba planeado al milímetro. —Suspiró.

—Esa es la zona en la que se produjeron los gritos de «¡Maldito Esquilache! ¡Muerte a Esquilache!» —añadió Nina—. ¿Puedo acercarme?

Soledad y Alberto se apartaron para que Nina llegara a la mano de Eloy, donde la prueba reposaba. La directora se colocó las gafas. La observaban mientras leía la nota. Nada. No tenía ni idea de cuál era la encriptación para el mensaje. Se colocó la mano en la barbilla y comenzó a rascarse mientras el otro brazo rodeaba su cintura.

—Necesito ir a mi despacho. Dadme unas horas, creo que puedo descifrar el mensaje. —Cogió el móvil de su bolso e hizo una foto al mensaje.

—¿Estás segura? Si ni siquiera se puede leer. Son números y símbolos. —Resopló Eloy desesperado.

Soledad observaba alrededor sin dejar de prestar atención a la conversación que estaba teniendo lugar. Se encontraba absorta en sus pensamientos. Aquella pista, sin duda, era para nota. El asesino se había propuesto humillar a la Policía de homicidios, y hasta ese instante lo estaba consiguiendo. Repasó las pistas mentalmente para ordenar sus ideas.

Soledad era metódica y analítica. Le encantaba hacer esquemas y listas para desechar ideas o conceptos inútiles. Los datos y los detalles son importantes, pero primero había que quitar la morralla de los que no lo son.

Solo de aquella manera se podía sacar provecho a la información.

Tamborileaba los dedos dentro del bolsillo del abrigo.

Nina se quedó inmóvil con la foto en la mano. Alberto tuvo la sensación de que estaba tan concentrada en aquel mensaje indescifrable que solo estaba de cuerpo presente. Colocó la mano en su hombro y la agitó levemente para hacerla volver al presente.

—Los números son letras. No puede ser tan difícil, solo tenemos que encontrar el código. —Volvió a dirigir su atención a la nota—. Voy a mi despacho. En cuanto tenga el mensaje me pondré en contacto con vosotros.

—Empezó a andar a toda prisa.

—¡Un momento! —gritó Soledad—. Voy contigo.

Nina pudo ver el movimiento de Eloy que confirmaba la decisión que había tomado. Supuso que los dos agentes se quedarían intentando encontrar más pruebas. Si tenían suerte, a lo mejor encontraban huellas o una pista que les permitiera continuar.

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