El asesino de la capa
Capítulo 41
El positivismo había escapado de las características de la agente. La situación personal del inspector la estaba minando segundo a segundo.
Decidió que necesitaba caminar y despejarse con la oscuridad de la noche.
Andar sin un rumbo concreto y entretenerse mirando sus botines rojos, los que tanto le gustaban. Las calles cercanas a la comisaría serían el principio de una caminata refrescante que le haría desconectar unos minutos. Salió de su sesión del ordenador y bajó hasta la calle. La penumbra de las calles era enriquecedora para una mente inquieta y nerviosa como la de Soledad en esos días. La luz de las farolas dejaba entrever partículas blancas que guiaban el camino que seguiría. Cerró los ojos por unos segundos para pensar escuchando solamente sus pasos. Se consiguió aislar del resto de ruidos para concentrarse en el aire gélido que respiraba. Las imágenes de los crímenes pasaron una a una por su mente. Aspiró el aire eléctrico que llenó sus pulmones para expulsarlo lentamente y conseguir sacar la línea de sucesos que había cometido el criminal. Alberto la había llamado y explicado lo que ocurría con Sonia. El corazón se le encogió en un puño.
No podía dar crédito a lo que había hecho. Se convenció de que Eloy no sabía lo que había pasado o no quiso saberlo. El daño era irreparable y su cuerpo no lo soportaría. Perder a un hijo era devastador. Si a la peor de las situaciones se le sumaba que la asesina era tu mujer, se volvería insoportable aguantar tanto dolor en vida. Quizá creyó, en esta ocasión, que era mejor ser ignorante y feliz.
Pequeñas gotas cayeron al suelo dejando lunares mojados en las aceras. Decidió que era hora de volver a releer los informes. No sabía si el de la segunda víctima estaría en el correo esperando a ser leído. Puso rumbo de nuevo al trabajo con pasos más acelerados. Las gotas no eran abundantes, pero dejaban constancia de su presencia en los coches aparcados. Las luces de las farolas dejaban ver las gotas cada vez con más fuerza. Golpeaban la decoración de la calle y el repiqueteo al caer resonaba en los oídos de la agente. El edificio policial construido con cristales se volvió lúgubre con la oscuridad y las gotas de la lluvia. Soledad pensó que no era el ambiente lo que nos hacía percibir las cosas de una u otra manera, sino los sentimientos que teníamos en ese momento. Ella en ese instante se
encontraba decaída y triste, por lo que su alrededor se caracterizaría por ser inhóspito y desolador.
Llegó a su puesto de trabajo. El informe de la segunda víctima estaba en el correo. Ya conocían la identidad. Tenía ficha policial. Había sido detenido en varias ocasiones por los mismos motivos que Javier Romero y Mateo Ruiz. El modus operandi del suicidio no era el mismo, pero los agentes sabían que tenía conexión directa con el asesino. La justificaban con el paquete del comisario. De alguna manera, Soledad se convenció de que le coaccionaron para que lo hiciera. Se encontraba absorta en la fotografía de la segunda víctima cuando notó una presencia a su lado.
Se sobresaltó al escuchar la voz de Juan.
—Es Iván Prieto.
—¿Le conocías? —Soledad se dio la vuelta.
—Sí, era amigo de mi hermano, del grupo de terapia del que te hablé —dijo cabizbajo—. Tenéis que detener a quien está haciendo esto.
Está dando caza a los integrantes del grupo. —Alzó la voz sin darse cuenta.
—¿Qué? ¡Dios mío! ¿Estás seguro?
—Claro que estoy seguro. Por eso desapareció la fotografía de la cena de Navidad. Se la llevó de mi casa.
—Un momento.
La agente se levantó rápido de la silla. Se acercó al perchero donde había dejado su abrigo y sacó su móvil. Buscó lo más rápido posible la fotografía de Mateo. Se la enseñó a Juan para que confirmara sus conjeturas.
—Es él —respondió con las manos en la boca—. Los está matando.
Ellos son el objetivo.
—No puede ser. Mateo se ha suicidado —aclaró perpleja con el entrecejo fruncido.
—Imposible. Él nunca lo haría. Ya tuvo varios intentos. Ahora se encontraba bien, o al menos eso parecía.
—Juan, necesitamos que nos digas quiénes más formaban parte de ese grupo de terapia —apremió inquieta.
—Lo siento. —Se sentó devastado en la silla frente a la mesa de la agente—. No conozco a todos. De hecho, solo sabía el nombre de ellos dos.
Por eso no os dije nada antes. Iban al mismo centro psiquiátrico, pero no sabía que eran del grupo de terapia. ¿Habéis ido al psiquiátrico?
—No, iré mañana a primera hora. Gracias —dijo metiéndose un mechón mojado detrás de la oreja.
—No me des las gracias. No estoy ayudando en nada, siguen muriendo. Solo quiero que lo encontréis, pero soy incapaz de encontrar alguna foto o cualquier otra cosa que os pueda ayudar para dar con la identidad de ese psicópata o de los integrantes del grupo.
—Haces lo que puedes, igual que nosotros. Ya tenemos la conexión, que no es poco. Ahora las piezas van encajando poco a poco. Pero lo único a lo que no encuentro sentido es al suicidio de Mateo —dijo pensativa, con la mirada ausente—. Tú conoces las enfermedades mentales de cerca, no por lo que pone en los libros. Has vivido y sufrido con una enfermedad mental —afirmó colocando la palma en la barbilla—. ¿Crees que los han podido manipular? Ya sabes, para que hagan lo que alguien quiere.
Juan se acomodó en el respaldo de la silla. Sus ojos escudriñaron las oficinas de homicidios en busca de una revelación. Se quitó el abrigo y lo colocó en el respaldo sin levantarse del asiento. No miró a Soledad ni una vez. Arqueaba las cejas en función de los pensamientos que se iban asomando por su cabeza.
—Creo que son manipulables, como cualquiera. Tienen momentos de lucidez, pero lo que más me sorprendía de mi hermano era que a veces tenía una idea en firme y era capaz de pensar lo contrario en cuestión de segundos —continuó—. Suelen mentir en exceso y, cuanto más intentabas ayudarle, más insultos y amenazas recibías. Siempre con mentiras de por medio. —Guardó silencio durante unos segundos—. El motivo de que los familiares se alejen de ellos es porque no dejan de hacer daño con graves mentiras que en la mayoría de los casos tienen consecuencias devastadoras.
Los psiquiatras ocultan la verdad de manera taxativa. Son personas complicadas y hacen daño psicológico en ocasiones. Es difícil convivir con
ellos. —Hizo una leve pausa para coger aire—. Incluso te pueden crear problemas legales con sus mentiras. Sin embargo, cuando están bien tratados son personas como tú o como yo. La clave es dar con el problema.
Desde mi punto de vista por lo que he vivido, a pesar de que varias personas tienen la misma enfermedad no lo viven de la misma manera. No todos pensamos ni tenemos los mismos problemas. Pero sí hay una cosa que las personas tenemos en común sin excepción.
—¿El qué? —preguntó intrigada.
—Queremos que nos quieran. La salvedad es que si un enfermo cree que le quieres hacer daño o que no le profesas el amor que él entiende que merece, te ataca para destruirte sin control.
—Entiendo. El problema se podría decir que comienza si no aciertan con la medicación, la cual no se puede dar a bulto, sino que depende de la personalidad del paciente para mantenerlos estables dentro de la propia enfermedad. ¿Me equivoco? Creo que si no están estables pueden crear innumerables problemas a sus familiares.
—Exacto. La situación se complica porque, por norma general, para poder estabilizarles es necesario ingresarlos para tener el control completo de cómo afecta la medicación y suelen negarse de manera tajante. Si no quieren no puedes hacer nada. —Se encogió de hombros—. No puedes obligarles a ingresarse. Los familiares están desamparados en estas situaciones. La ley sobreprotege al afectado, pero deja desamparado a quienes les quieren proteger. Cuando hay trastornos mentales, las leyes no ayudan en nada.
—Puede que Mateo sufriera un brote y se suicidara, ¿no?
—Sin duda, pero si fuera así la vecina lo hubiera notado. Su primer objetivo sería ella por cercanía. Perdóname la expresión, pero «putear» al prójimo es su deporte favorito. Solo quienes están cerca de ellos los pueden ayudar. Los brotes psicóticos se detectan fácilmente. Los psiquiatras no lo saben porque los ven diez minutos en consulta. —Suspiró—. Demasiado poder para quienes no lo quieren utilizar. Les hinchan de pastillas para dejarlos drogados y que no molesten. —Se encogió de hombros—. Me duele decirlo, pero es la verdad. Solo algunos, contados con los dedos —
Levantó su mano—, son quienes se preocupan por ellos.
—Supongo que una mente enferma solo puede ser entendida por una igual. —Asintió sin parpadear.
—Creo que sí. Por esa razón insistí a mi hermano para que fuera a esas reuniones, pero no sé quiénes asistían. —Se levantó rápido y le dio la espalda para coger el abrigo—. No te puedo ayudar más, lo siento. Debo irme —apuró sus palabras con rapidez.
Soledad se levantó para llegar hasta él. La situación le había sobrepasado. Le agarró por el hombro y le dio la vuelta. Unos ojos rojos aparecieron en el rostro de Juan. Retenían las lágrimas y, como podían, las impedía salir para no mostrar su fragilidad por lo sucedido. La agente se puso de puntillas y le dio un abrazo.
—Tranquilo, lo vamos a encontrar —le susurró al oído.
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