El asesino de la capa
Capítulo 15
Los agentes salieron con más dudas que cuando comenzaron el viaje hacia Robledo de Chavela. Las expectativas de resolver el caso pronto habían mermado drásticamente. Esclarecer lo que había ocurrido la noche antes del primer asesinato iba a ser una ardua tarea y aún más conocer el motivo que el asesino había gestado en su mente psicópata para convencerse de la necesidad de hacerlo.
Volvieron a comisaría. Cada uno cogió su coche para irse a descansar. Lisardo estaba trabajando contra reloj para terminar los informes lo antes posible. Les adelantó que la soga que tenía la segunda víctima encajaba con las marcas de Javier Romero. Eloy estaba convencido de que debería haber una razón para dejar la soga dentro del agua. Debían encontrar la explicación. Puede que fuera la pista para terminar de encontrar al criminal y terminar con los asesinatos. Con lo ocurrido, no había podido llamar a Sonia, así que, cuando inició el camino para ir a casa, la llamó.
Seguía igual de feliz. Incluso le adelantó que prepararía la cena de esa noche para festejar el inicio de su nueva vida. Estaba extrañado por un cambió tan extremo y radical. La terapia que había empezado con el nuevo psiquiatra y el grupo podían afectar a la recuperación de manera positiva.
Sin embargo, no quería engañarse, los cambios en la mente no son tan rápidos. Sonia le había prometido que no estaba tomando medicación nueva. Tampoco era la primera vez que le mentía en cuanto a las pastillas o a lo que estaba haciendo. Le dolía en lo más profundo de su corazón saber que su mujer era una mentirosa con maestría cuando se proponía algo. No le importaba mentir y dañar a su alrededor siempre y cuando su plan llegara a lo que su mente esperaba. El altavoz del coche comenzó a sonar. La pantalla del salpicadero reflejó un teléfono que no conocía. Descolgó sin pensárselo más de varios segundos.
—¿Sí?
—Hola, ¿Eloy?
—Sí, soy yo. ¿Quién es?
—Disculpe, soy Manuel, el nuevo psiquiatra de su mujer. Creo que le ha comentado que esta mañana estaría conmigo. ¿Es así?
Estaba acostumbrado a que le llamaran los médicos que la trataban.
Solían hacerlo, ya que no era la primera vez que las mentiras de Sonia eran irracionales o demasiado dispares de la realidad. Los psiquiatras tenían la obligación de contrastar la información de sus pacientes con los familiares.
—Hola, Manuel, encantado. Sí, esta mañana la deje en la puerta de su consulta para que entrara. ¿Ha pasado algo?
—No, tranquilo. Me gusta contactar con los familiares desde el principio del tratamiento.
—Perfecto. Es lo mejor para que ambos podamos ayudarla —
contestó Eloy sin dejar de mirar por el retrovisor.
—Estaba pensado, si le parece bien, que viniera a mi consulta mañana por la mañana. No le quitaré mucho tiempo. Sonia me ha dicho que es policía de homicidios, ¿es cierto?
—Sí, eso es. Mañana estaré en su consulta. ¿Tengo que ir solo, o con mi mujer?
—Solo. Tenemos que hablar del tratamiento que estaba llevando Sonia. ¿La ve alterada?
—Quizá alterada no sea la palabra. Demasiado alegre para la depresión que ha vivido durante años. Un cambio radical. Me ha dicho que había dejado de tomarse las pastillas, creo que puede deberse a eso.
—Sí, eso ha hecho que pase a un estado extremo del que estaba —
afirmó—. No me gustaría entretenerle. Si le parece bien, mañana en persona le dedicamos más tiempo.
—Vale, allí estaré. Gracias por la llamada de control. Se lo agradezco mucho.
Las preguntas le habían dejado desubicado. Una sensación se apoderó de su mente. Un suceso tendría lugar y no sería de su agrado. Con la llamada de Manuel recordó el último cambió de ánimo de Sonia. Fue hacía meses. El corazón se le encogió en un puño haciendo memoria del daño que hizo a multitud de personas. Era complicado estar con una
persona que no estaba estable y más cuando se proponía hacer daño. En aquel momento llegó a su límite. Las lágrimas le convencieron de seguir intentándolo. Su conciencia no le permitía abandonarla y rehacer su vida.
Se encontraba sola y sin apoyo. Pensó que ya había arruinado su vida con sus continuos brotes. Al menos estando a su lado no conseguiría arruinar la vida de los demás. Estaba pusilánime cuando aparcó en la entrada de su casa. Observó a su mujer, activa en la cocina. Hacía varias tareas a la vez.
Con la música alta, se contoneaba al ritmo mientras cocinaba. Un sudor frío recorrió su cuerpo al mirarla. Sus sentimientos de odio volvieron a invadir su corazón. Eloy tenía sentimientos encontrados con aquella mujer. No podía soportar más sus comportamientos. Hacía lo imposible por arruinarle la vida, pero después actuaba como si nada hubiera sido real. Cuando trabajaba se olvidaba de Sonia y de la vida que tenían juntos. Sentía pavor al recordarla. Quizá, si se desahogara con un amigo, su vida cambiaría y podría observarlo desde otro prisma. Ocultar su vida privada había hecho que pagara un alto precio. Eloy veía la imagen de Sonia y sentimientos de repulsión comenzaron a aparecer. No se tenía que haber casado con ella, pero estaba embarazada y no podía hacer caso omiso a su futura responsabilidad como padre. Faltaría el respeto a su madre, a la que quería con todo su corazón, si se hubiera dejado llevar por lo que su cabeza le decía. La razón le advertía que no lo hiciera. Sin embargo tomó la decisión de la que más se arrepentiría a lo largo de toda su vida: casarse con Sonia.
Años después, lo supo. Se había equivocado. La confirmación de que sus sospechas eran ciertas fue en los años posteriores. Con la llamada del doctor comenzó a revivir aquello que había dejado oculto en sus recuerdos. No se perdonaría haber sido un cobarde. Pero ya era tarde, nada tenía solución. La responsabilidad le llevó a tomar decisiones totalmente erróneas. Las consecuencias de su inmensa cobardía serían pagadas por la gente de su entorno. No era justo, pero era la cruel realidad. Sin ni siquiera hablar con el psiquiatra, ya conocía el tema de la conversación y lo que tendría que decir. No era la primera vez. Al día siguiente, a diferencia del resto, diría la verdad. Las consecuencias serían nefastas, no solo para Sonia, sino también para él.
Durante el viaje había reflexionado acerca de su pasado, su presente y su futuro. Unas simples palabras eran lo que cambiaría su destino.
Destino al que no quiso enfrentarse. No podía seguir siendo un cobarde.
Ahora tendría que ser consecuente con sus actos, ya era hora. Había
intentado convivir con una mentira, la cual le había ido destrozando por dentro año tras año. Entró en casa. Observó parado en la puerta la imagen de su mujer con una sonrisa delante de él. Sus ojos le decían lo que su boca no podía. Vivir con miedo había dejado hacía tiempo de ser una opción.
Debía cambiar. Ni siquiera parpadeó ante las palabras de Eloy.
—Mañana he quedado con el médico, ya sabes que es el protocolo de ellos.
Sonia se acercó despacio hacia la entrada de la casa. Eloy continuaba sin moverse. Se acercó a su oído con movimientos y gestos amenazantes. Su rostro había cambiado de manera radical.
—¿Y sabes qué le vas a decir? —susurró Sonia.
—Sí.
—¿El qué?, ¿lo de siempre? —Sonrió con un gesto sombrío y perturbador.
—Ya lo sabes —dijo al apartarla de su lado.
—Perfecto. —Sonrió—. Entonces, cenemos —contestó alegre con un gesto perturbador.
—No quiero cenar, estoy cansado por el trabajo. Me voy a dormir.
—Subió las escaleras con paso firme.
—No me tientes, cariño. Recuerda que si caigo, tú también lo harás conmigo. —Comenzó a reír a carcajadas.
El corazón se le encogió en un puño. Tragó saliva y continuó subiendo las escaleras sin mirar atrás. La maldad que Sonia desprendió con sus palabras le hizo ponerse alerta. Al llegar al umbral de la habitación sintió cómo el móvil empezó a vibrar. Contestó rápido.
—Dime, Sole.
—Eloy, he quedado con Nina en un bar cercano al Museo de Historia. Alberto está de camino. Necesitamos que vengas, es importante.
—De acuerdo, ahora mismo voy.
Descendió las escaleras para salir a la reunión improvisada. Sonia le esperaba con los brazos cruzados cerrando el paso de la salida.
—¿Dónde vas?
—Hoy han matado a otra persona. Hemos quedado con alguien que nos puede ayudar. —Cogió a Sonia por el brazo y la apartó para poder pasar.
—Ten cuidado, no querrás hacerme daño, ¿verdad? Ya sabes que con una llamada de que me has dado una pequeña paliza, te quedas sin trabajo. —Sonrió—. Espero que eso no se te haya olvidado. —Con una mirada despectiva, le miró de arriba abajo y volvió a la cocina.
El aire se había vuelto más denso de lo normal en esa casa. Le costaba respirar cuando ella estaba cerca. Su vida se había vuelto un perfecto calvario. Avanzó con zancadas más grandes. Accedió al coche y vio a su mujer, cómo le observaba desde la ventana de la cocina. En ese momento se dio un golpe en la cabeza contra la encimera de la cocina.
Comenzó a sangrar por la frente sin dejar de mirarlo con una sonrisa.
Levantó la mano y le dijo adiós. Eloy suspiró, desesperado y temeroso. Sus entrañas se encogieron. El miedo le paralizó unos segundos en la misma posición dentro del coche. Al reaccionar, encendió el vehículo y se marchó.
Debía acabar con ello cuanto antes. La mejor decisión para cubrirse las espaldas sería no volver a casa, al menos por un tiempo. La decisión estaba tomada. El primer paso sería hablar con el doctor.
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