El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 15 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 14

Los agentes descendieron del vehículo. Escudriñaron con la mirada el portal al que se tenían que dirigir. El primero en divisarlo fue Alberto.

Comenzó la marcha y sus compañeros siguieron sus pasos. El frío era más penetrante que en la capital. La diferencia sería de unos grados que hacían que la sensación térmica fuera menor. Soledad se intentó calentar las manos frotándolas entre ellas. No consiguió el resultado que perseguía y repitió el gesto. Eloy se ajustó el abrigo y se apretó la bufanda aún más al cuello.

Alberto se detuvo en la puerta y miró atentamente el telefonillo para llamar.

Habían quedado con el hermano y estaría esperando la llegada de los agentes. No esperaron mucho cuando escucharon el ruido de apertura para empujar la puerta. El gesto confirmó que esperaba ansioso la visita. El piso donde vivía Javier con su hermano era un tercero. Los agentes decidieron coger el ascensor a pesar de que Soledad quería subir andando para entrar en calor. El hermano, Juan, les estaba esperando con la puerta abierta. Se notaba que los edificios eran de los primeros que construirían en la zona.

Tenían el estilo de los años noventa que combinaban madera con la piedra de granito. Además, existían varias zonas verdes alrededor de las viviendas.

Juan extendió la mano para saludar a los agentes. Los agentes le dieron el pésame apesadumbrados por los acontecimientos. El anfitrión cerró la puerta y les invitó a pasar al interior. Era una casa ordenada y limpia. No tenía ninguna señal de que Javier viviera en un ambiente desordenado que le llevara al desequilibrio.

—Por favor, siéntense en el sofá. —Les invitó Juan, señalando el mobiliario.

Los agentes asintieron y siguieron la orden para acomodarse. Se quitaron los abrigos y Eloy sacó el cuaderno con el bolígrafo para comenzar a tomar notas de lo fundamental durante la reunión. La calefacción estaba demasiado alta, por lo que Alberto se ahuecó el cuello de la camisa para dejar entrar aire en su cuerpo.

—¿Quieren tomar algo?, ¿un café?

—No, muchas gracias —respondió Eloy—. No le queremos quitar tiempo en un día como hoy.

—Tranquilos, no tengo ninguna prisa. Javier y yo habíamos quedado para irnos el día treinta a casa de nuestros padres, en Ávila. Nunca se presentó. Así que después de lo que ha pasado, he decidido quedarme aquí, por si pudiera ayudar con la investigación. —Juan se sentó en uno de los sillones cercanos al sofá.

Hacía unas horas que se había enterado del asesinato de su hermano.

Intentaba guardar la compostura y no romper a llorar delante de ellos, pero le estaba costando trabajo.

—Necesitamos saber si el asesinato de su hermano ha sido aleatorio o tenían alguna motivación para hacerlo —intervino Alberto, acomodándose en el sofá de manera intermitente.

—Mi hermano no tenía una gran vida social. Se podría resumir en mí. Sabía lo que había hecho en ocasiones anteriores y no le gustaba dar explicaciones de su enfermedad. Cada vez era más introvertido y salía menos. Las únicas salidas que hacía eran las de los grupos de terapia, una vez al mes —continuó—. Bueno, y las de seguimiento con su psiquiatra. —

Colocó una de las extremidades superiores en el apoyabrazos del sofá.

Juan era un chico alto y corpulento, resultaba llamativo observar cómo intentaba guardar la compostura al recordar a su hermano asesinado.

—¿Hablaba mucho con él?

—Todos los días. Teníamos una excelente relación de hermanos.

—¿Cree que si le hubieran amenazado o pensara que su vida estaba en peligro le habría avisado? —preguntó Eloy sin dejar de apuntar.

—Por supuesto. Entiendo que creen que ha sido una persona cercana a él. Les voy a facilitar parte de la investigación —resolvió Juan—. Si existiera una persona que hubiera querido matar a mi hermano, sería del grupo de terapia. Solo tenía esa conexión con el resto del mundo que no fuera yo —aclaró mirando a los agentes por orden y analizando sus gestos.

—¿Conoce los nombres?

—No, pero tiene una fotografía de la cena de Navidad de hace unos días. La imprimió porque le hacía ilusión colgarla. Sería cruel que uno de ellos fuera el asesino, mi hermano quería mucho a esas personas. —Se levantó del asiento—. Pueden seguirme si quieren ver su cuarto, a lo mejor les sirve para la investigación.

—Gracias. Nunca está de más.

Los agentes se levantaron y siguieron a Juan en fila a través del estrecho pasillo repleto de fotografías de los dos hermanos cuando eran pequeños.

—Pueden pensar que los esquizofrénicos no se pueden recuperar, y es verdad, la enfermedad nunca desaparece. Siempre está ahí. No se pueden descuidar porque los delirios y los brotes aparecen —dijo sin dejar de caminar—. Te pueden arruinar la vida en un segundo. Mi hermano había cometido errores en su vida. Lo único que podía atarle a la realidad para no caer en la locura de lo paranoide eran las pastillas, pero ahora era más feliz que nunca. Tenía lo que siempre había deseado: una vida normal, equilibrada. —Juan se secó disimuladamente una lágrima.

Entró en el cuarto y se acercó hasta el escritorio. Abrió el primero de los cajones. Los agentes notaron cómo su gesto cambió bruscamente.

—¡La foto estaba aquí! —Señaló con el dedo índice y con los ojos abiertos de par en par.

—Puede que la cambiara de sitio —intentó tranquilizarlo Soledad.

—No, imposible. —Alzó la voz—. La había guardado junto con su cuaderno. Escribía sus pensamientos e ideas de manera diaria. Decía que le ayudaba a relajarse para no caer en la locura. —Revolvió los cajones y el resto del armario para asegurarse de que no la hubiera cambiado de sitio sin que él lo supiera.

Eloy y Alberto estaban a su lado, cerca de la puerta. Se habían apartado para dejar espacio a Juan durante la búsqueda del cuaderno y la fotografía. Cada vez que avanzaban en la investigación aparecían más frentes abiertos sin explicación aparente.

—¿Crees que han entrado en tu casa? —preguntó indeciso Alberto.

—No lo creo. Tengo cámara de vigilancia en la entrada. —Se llevó las manos a la cabeza. Se movía con pequeños pasos nerviosos de un lado a otro como reacción al hallazgo de la desaparición.

—¿Lo solía sacar de casa? ¿Puede que se lo regalara a alguien?

—No, siempre estaba aquí, en este cajón. —Señaló otra vez—.

Creen que vienen a por mí, ¿no? —tartamudeó.

—No podemos asegurárselo, pero creo que el objetivo no es su familia. Hoy ha ocurrido otro asesinato. Todavía no le hemos identificado, pero será el primero en saber su identidad. Así sabremos si existe relación entre las víctimas —intentó tranquilizarlo Eloy.

—¿Puede que el asesino buscara algo en el cuaderno de Javier? —

susurró Eloy al oído de Alberto.

El inspector asintió pensativo, rascándose la barbilla mientras analizaba lo que estaba ocurriendo.

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