El asesino de la capa

Veronica Caballero Sanchez · Capítulo 27 de 53

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El asesino de la capa

Capítulo 26

Llegaron pensativos a la plaza donde deseaban que una nueva pista les aguardara. La quema de alumbrado público no había traído consigo ninguna víctima. Esperaban que esta vez también fuera así. El aire que se respiraba seguía teniendo un ligero olor a quemado, aunque menos denso y complicado de respirar. A los agentes la respiración no les preocupaba tanto como al resto de viandantes que seguían allí plantados sin dejar hablar entre susurros y quejas referentes a los policías y su poca utilidad a la sociedad.

Eloy levantó una de las cejas al cruzarse con un corrillo de señoras que parecían, a simple vista, no tener mucho que hacer, pero sí mucho por criticar. Sus dañinos comentarios no dejaban ver sus grandes conocimientos de los cuales alardeaban, pero sí la gran ignorancia que invadía sus inservibles mentes. «Se nota que hablar es gratis», pensó Alberto. Estaban demasiado acostumbrados a escuchar variados comentarios acerca de la profesión con el denominador en común de la carencia de conocimientos que soltaban por sus viperinas bocas.

—Venga, no te alteres. Da igual, ya sabes cómo es la gente —

interrumpió Alberto los pensamientos de Eloy.

—Lo sé, pero eso no deja de molestarme. Creo que el mal de la sociedad es la ignorancia. No comprendo por qué la gente habla sin saber lo que dice. —Se encogió de hombros—. Pasamos auténticas calamidades, renunciamos en gran medida a nuestra vida privada y nos ponemos en peligro de manera continuada, ¿para qué? Para que encima, sin saber, hablen. No lo entiendo.

—Tienes razón, pero están invadidos por el efecto Dunnig- Kruger.

—¿Qué es eso? Te lo acabas de inventar, ¿verdad?

—Que va, es un sesgo cognitivo por el que la gente de menos capacidades se sobreestima.

—Vamos, que los más tontos son los que se creen más listos, ¿no?

—Eso es. El mundo está plagado de gente así. Mira, los individuos cada vez tienen más ese comportamiento. Con internet incluso más. Se

creen que porque hayan hecho una búsqueda en internet se han vuelto expertos en la materia. ¿No te has dado cuenta?

Se detuvieron prácticamente a la misma vez.

—Creo que nuestro querido asesino tiene ese sesgo cognitivo de sí mismo.

—Tiene sentido. No estamos ante un doctorado en Historia, solo ante un tipo que sobreestima sus capacidades y habilidades. Piensa que es más listo de lo que es en realidad. Esto nos da una gran ventaja, ya que nosotros tenemos a Nina, que sí sabe de historia.

—Es una característica de manual de los psicópatas… —Asintió.

Observaron la plaza de Tirso de Molina. Se encontraba con más gentío de lo habitual. La consecuencia podía haber sido que la calle Atocha estaba cerrada y se habían formado grupos de cotillas hablando como el que habían visto hacía un momento. Echaron un vistazo a los pequeños grupos sociales que se habían formado en los bancos. El de marujas en pijama con el abrigo por encima era un habitual de las escenas de crímenes o acontecimientos importantes. A la derecha de la plaza, en un banco sentados, dos chicos y tres de pie, riendo y bailando, les llamó la atención.

No por sus pasos ni por el bullicio que estaban formando en su zona de confort, sino porque los cinco integrantes iban vestidos con capas largas.

Sus indumentarias les causaban grandes carcajadas y diversión. Los agentes se quedaron petrificados al observar aquella esperpéntica escena, teniendo en cuenta que hacía solo unos días habían tirado de la Puerta del Sol a una persona vestida de aquella manera. Alberto agitó la cabeza al ser incapaz de comprender la poca empatía por los demás. Se frotó los ojos para focalizar la imagen de los chicos disfrazados.

—Vale, ¿lo estás viendo tú también?

—No me lo puedo creer, qué falta de tacto. —Sintió verdadera lástima al recordar a Javier Romero.

—¿Nos acercamos?

—Sí, esto me huele a rancio. —Dirigió el dedo hacia la nariz y se dio pequeños golpecitos.

—Y que lo digas. Supongamos que echan a correr, ¿qué hacemos?

—Señaló su pierna coja.

—No te preocupes, esa opción no existe —afirmó con una rotundidad arrolladora.

La única forma de conseguir que el grupo de adolescentes no saliera huyendo era ir con cautela, que no sintieran que los agentes eran una amenaza. «Un viejo canoso y un cojo no son precisamente un símbolo de peligro».

—Habla tú, que eres minusválido y saben que no vas a echar a correr —susurró Eloy sin acritud ni menosprecio.

—Tienes razón, es lo mejor. Bueno, por la cojera y porque tengo pinta de simpático. Tú tienes una cara de estar chupando un limón... —

Sonrió.

Alberto sabía que a veces la cojera le daba grandes ventajas a la hora de entablar una conversación con personas ajenas. La gente no se pone alerta porque no se sienten que estén peligro en su presencia. Era un motivo de orgullo, ya que gracias a ello habían conseguido grandes progresos en diversas ocasiones. Llegaron a la altura del corrillo de adolescentes y las risas cesaron para dejar paso al silencio.

—Hola, chicos, somos policías —dijo Alberto enseñando la placa que tenía enganchada en el cinturón.

—Hola, agentes, les estábamos esperando —soltó el chico que parecía el líder del grupo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Eloy echándose el pelo hacia atrás debido al malestar que sintió al oír la frase.

—Ha venido un tipo con una máscara y nos ha dado veinte pavos a cada uno por ponernos las capas. —Al ver la cara de los agentes y carencias de preguntas, continuó—. Nos ha dicho que vendrían unos policías. Solo os teníamos que dar un mensaje.

—¿No le habéis visto la cara?

—No, ya le he dicho que llevaba una máscara, de esas de Halloween de un monstruo. No sé... —Comenzó a ponerse nervioso.

—Vale, está bien. ¿Cuál es la frase? —preguntó ansioso Alberto.

—Compraos una capa —dijo en un pequeño murmullo.

—¿Qué nos compremos una capa? —soltó Eloy en un grito.

—Eh, tranquilos, no tenemos nada que ver. Nos dio veinte pavos por ponernos una capa…

—Está bien. Alberto, coge los datos de estos chicos, por si los necesitamos. —Su teléfono móvil estaba vibrando. Era Soledad.

Se apartó para contestar la llamada. Escuchó la regañina que Alberto les estaba echando como si fueran sus propios hijos.

—Pero, hombre, ¿a quién se lo ocurre aceptar ponerse una capa con dos víctimas que han aparecido con ella puesta? Venga, los datos. Tú, vamos. —Señaló al que les dio el mensaje.

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