El criterio

Jaime Balmes · Capítulo 130 de 185

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El criterio

§ VI.

El instruido quebrado y el ignorante rico.

¿Cómo es posible que ese hombre tan despejado, tan penetrante, tan instruido, no haya podido mejorar su fortuna, ó haya perdido la que tenia, cuando ese otro tan encogido, tan torpe, tan rudo, ha hecho inconcebibles progresos en la suya? ¿No debe esto atribuirse á la casualidad, á fatalidades, á mala estrella? Así se habla muchas veces, sin reflexionar que se confunden lastimosamente las ideas, y se quieren enlazar con íntima dependencia causas y efectos que no tienen ninguna relacion.

En verdad que el uno es despejado y el otro encogido, que el uno parece penetrante y el otro torpe; que el uno es instruido y el otro rudo; pero ¿de qué sirven ni ese despejo, ni esa aparente penetracion, ni esa instruccion para el efecto de que se trata? Es cierto que si se ofrece figurar en sociedad, el primero se presentará con mas garbo y soltura que el segundo: que si es necesario sostener una conversacion, aquel brillará mucho mas que este, que su palabra será mas fácil, sus ideas mas variadas, sus observaciones mas picantes, sus réplicas mas prontas y agudas; que el rico en cuestion no entenderá quizas una palabra del mérito de tal ó cual novela, de tal ó cual drama; que conocerá poco la historia, y se quedará estupefacto al oir al comerciante quebrado explicarse como un portento de erudicion y de saber; es cierto que no sabrá tanto de política, ni de administracion, ni de hacienda, que no poseerá tantos idiomas; pero, ¿se trataba por ventura de nada de eso, cuando se ofrecia dar buena direccion á los negocios? No ciertamente. Cuando pues se pondera el mérito del uno, y se manifiesta extrañeza porque la suerte no le ha sido favorable, se pasa de un órden á otro muy diferente, se quiere que ciertos efectos procedan de causas con las que nada tienen que ver.

Observad atentamente á estos dos hombres tan desiguales en su fortuna, reflexionad sobre las cualidades de ambos, ved sobre todo si podeis hacer la experiencia en vista de un negocio que incumba á los dos; y no os será difícil inferir que así la prosperidad del uno como la ruina del otro, nacen de causas sumamente naturales.

El uno habla, escribe, proyecta, calcula, da mil vueltas á los objetos, todo lo prueba, á todo contesta, se hace cargo de mil ventajas, inconvenientes, esperanzas, peligros, en una palabra, agota la materia, nada deja en ella ni que decir ni que pensar. ¿Y qué hace el otro? ¿Es capaz de sostener la disputa con su adversario? no. ¿Deshace todos los cálculos que el primero acaba de amontonar? no. ¿Satisface á todas las dificultades con que su dictámen se ve combatido por el contrincante? no. En pro de su opinion ¿aduce tanta copia de razones como su adversario? no. Para lograr el objeto, ¿presenta proyectos tan varios é ingeniosos? no. ¿Qué hace pues el malaventurado ignorante, combatido, hostigado, acosado por su temible antagonista?

—¿Qué me contesta V. á esto, dice el hombre de los proyectos, y del saber?

—Nada; pero ¿qué sé yo?....

—Mas, ¿no le parecen á V. concluyentes mis razones?

—No del todo.

—Veamos; ¿tiene V. algo que oponer á ese cálculo? Es cuestion de números; aquí no hay mas.

—Ya se ve; lo que es en el papel sale bien; la dificultad que yo tengo es que en la práctica suceda lo mismo. Cuenta V. con muchas partidas, de que no estoy bien seguro; estoy tan escarmentado....

—¿Pero duda V. de los datos que se nos han proporcionado? ¿Qué interes habrá habido en engañarnos? Si hay pérdida, no seremos solos nosotros, y participarán de ella los que nos suministran las noticias. Son personas entendidas, honradas, versadas en negocios; y ademas tienen interes en ello, ¿qué mas se quiere? ¿Qué motivo hay de duda?

—Yo no dudo de nada; yo creo lo que V. dice de esos señores: pero ¿qué quiere V.? el negocio no me gusta. Ademas hay tantas eventualidades que V. no lleva en cuenta....

—Pero ¿qué eventualidades, señor? si nos atenemos á un simple puede ser, nada llevaremos adelante; todos los negocios tienen sus riesgos; pero repito que aquí no alcanzo á ver ninguno con visos de probabilidad.

—V. lo entiende mas que yo, dice el rudo encogiéndose de hombros; y luego meneando cuerdamente la cabeza añade: no señor; repito que el negocio no me gusta; yo por mi parte no entro en él; V. se empeña en que ha de ser tan provechosa la especulacion; enhorabuena; allá veremos. Yo no aventuro mis fondos.

La victoria en la discusion queda sin duda por el proyectista; pero ¿quién acierta? La experiencia lo dirá. El rico al parecer tan torpe, tiene la mirada ménos vivaz que su antagonista, pero en cambio ve mas claro, mas hondo, de un modo mas seguro, mas perspicaz, mas certero. No puede, es verdad, oponer datos á datos, reflexiones á reflexiones, cálculos á cálculos; pero el discernimiento, el tacto que le caracteriza, desenvueltos por la observacion, y por la experiencia, le estan diciendo con toda certeza, que muchos datos son imaginarios, que el cálculo es inexacto, que no se llevan en cuenta muchas eventualidades desgraciadas, no solo posibles sino muy probables; su ojeada perspicaz ha descubierto indicios de mala fe en algunos que intervienen en el negocio, su memoria bien provista de noticias sobre el comportamiento en otros asuntos anteriores, le guia para apreciar en su justo valor la inteligencia y la probidad, que tanto le ponderaba el proyectista.

¿Qué le importa el no ver tanto, si ve mejor, con mas claridad, distincion y exactitud? ¿Qué le importa el carecer de esa facilidad de pensar y hablar, muy á propósito para lucirse, pero muy estéril en buen resultado, como inconducente para el objeto de que se trata?