El criterio

Jaime Balmes · Capítulo 143 de 185

Páginas del PDF

El criterio

§ XIX.

Cuán general es dicha pasion.

Puede asegurarse sin temor de errar, que esta es la pasion mas general, la que admite ménos excepciones, quizas ninguna, aparte las almas privilegiadas sumergidas en la purísima llama de un amor celeste. La soberbia ciega al ignorante como al sabio, al pobre como al rico, al débil como al poderoso, al desventurado como al feliz, á la infancia como á la vejez; domina al libertino, no perdona al austero, campea en el gran mundo, y penetra en el retiro de los claustros; rebosa en el semblante de la altiva señora, que reina en los salones por la nobleza de su linaje, por sus talentos y hermosura, pero se trasluce tambien en la tímida palabra de la humilde religiosa, que salida de familia oscura, se ha encerrado en el monasterio, desconocida de los hombres sin mas porvenir en la tierra que una sepultura ignorada.

Encuéntranse personas exentas de liviandad, de codicia, de envidia, de odio, de espíritu de venganza; pero libre de esa exageracion del amor propio, que segun es su forma, se llama orgullo ó vanidad, no se halla casi nadie, bien podria decirse que nadie. El sabio se complace en la narracion de los prodigios de su saber, el ignorante se saborea en sus necedades; el valiente cuenta sus hazañas, el galan sus aventuras; el avariento ensalza sus talentos económicos, el pródigo su generosidad; el lijero pondera su viveza, el tardío su aplomo; el libertino se envanece por sus desórdenes, y el austero se deleita en que su semblante muestre á los hombres la mortificacion y el ayuno.

Este es sin duda el defecto mas general; esta es la pasion mas insaciable cuando se le da rienda suelta; la mas insidiosa, mas sagaz para sobreponerse, cuando se la intenta sujetar. Si se la domina un tanto á fuerza de elevacion de ideas, de seriedad de espíritu y firmeza de carácter, bien pronto trabaja por explotar esas nobles cualidades, dirigiendo el ánimo hácia la contemplacion de ellas; y si se la resiste con el arma verdaderamente poderosa y única eficaz, que es la humildad cristiana, á esta misma procura envanecerla, poniéndole asechanzas para hacerla perecer. Es un reptil que si le arrojamos de nuestro pecho, se arrastra y enrosca á nuestros pies; y cuando pisamos un extremo de su flexible cuerpo, se vuelve y nos hiere con emponzoñada picadura.