El criterio

Jaime Balmes · Capítulo 159 de 185

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El criterio

§ XXXV.

Defensa de la virtud contra una inculpacion injusta.

Los hombres virtuosos y desgraciados, tienen cierta propension á señalar sus virtudes como el orígen de sus desgracias; pues que á esto los inclinan de consuno el deseo de ostentar su virtud, y el de ocultar sus imprudencias; que imprudencias muy grandes se cometen tambien con la intencion mas recta y mas pura. La virtud no es responsable de los males acarreados por nuestra imprevision ó lijereza; pero el hombre suele achacárselos á ella con demasiada facilidad. «Mi buena fe me ha perdido,» exclama el hombre honrado víctima de una impostura; cuando lo que le ha perdido no es su buena fe, sino su torpe confianza en quien le ofrecia demasiados motivos para prudentes sospechas. ¿Acaso los malos no son tambien con mucha frecuencia víctima de otros malos, y los pérfidos de otros pérfidos? La virtud nos enseña el camino que debemos seguir, mas no se encarga de descubrirnos todos los lazos que en él podemos encontrar: esto es obra de la penetracion, de la prevision, del buen juicio, es decir de un entendimiento claro y atinado. Con estas dotes no está reñida la virtud, mas no siempre las lleva por compañeras. Como fiel amiga de la humanidad se alberga sin repugnancia en el corazon de toda clase de hombres; ora brille en ellos esplendente y puro el sol de la inteligencia, ora esté oscurecido con espesa niebla.