El criterio

Jaime Balmes · Capítulo 175 de 185

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El criterio

§ LI.

Mudanza de D. Nicasio en breves horas.

Don Nicasio es un varon de edad provecta, de juicio sosegado y maduro, lleno de conocimientos, de experiencia, y que rara vez se deja llevar de la impresion del momento. Todo lo pesa en la balanza de una sana razon, y en este peso no consiente que influyan por un adarme las pasiones de ningun género. Se le habla de una empresa de mucha gravedad para la cual se cuenta con su práctica de mundo, y su inteligencia particular en aquella clase de negocios. D. Nicasio está á disposicion del proponente; no tiene ninguna dificultad en entrar de lleno en la empresa, y hasta en comprometer en ella una parte de su fortuna. Está bien seguro de no perderla; si hay obstáculos, no le dan cuidado, él sabe el modo de removerlos; si hay rivales poderosos, á D. Nicasio no le hacen mella. Otras hazañas de mas monta ha llevado á cabo; negocios mucho mas espinosos ha tenido que manejar; mas poderosos rivales ha tenido que vencer. Embebido en la idea que le halaga, se expresa con facilidad y rapidez, gesticula con viveza, su mirada es sumamente expresiva, su fisonomía juvenil, diríase que ha vuelto á sus veinte y cinco abriles, si algunas canas asomando por un lado del postizo no revelasen traidoramente los trofeos de los años.

El negocio está concluido; faltan algunos pormenores; quedais emplazado para redondearlos en otra entrevista; ¿mañana? no señor, nada de dilaciones, no las consiente la actividad de don Nicasio, es preciso acabar con todo, hoy mismo, por la tarde. D. Nicasio se ha retirado á su casa, y ni en su persona, ni en su familia, ni en ninguna de sus cosas ha ocurrido ningun accidente desagradable.

Es la hora señalada, acudís con puntualidad, y os hallais en presencia del héroe de la mañana. D. Nicasio está algo descompuesto en su vestido, merced á un calor que le ahoga. Medio tentido en el sofá, os devuelve el saludo con un esfuerzo afectuoso, pero con evidentes señales de fastidiosa lasitud.

—Vamos á ver, Sr. D. Nicasio, si quedamos convenidos definitivamente.

—Tiempo tenemos de hablar.... contesta don Nicasio, y su fisonomía se contrae con muestras de tedio.

—Como V. me ha citado por esta tarde.....

—Sí, pero....

—Como V. guste.

—Ya se ve; pero es menester pensarlo mucho; qué sé yo!....

—Lo que es dificultades, conozco que hay; solo que viéndole á V. tan animoso esta mañana, lo confieso, todo se me hacia ya camino llano.

—Animoso sí..... y lo estoy aun..... pero sin embargo, sin embargo, conviene no llevar demasiada prisa..... En fin ya hablaremos, añade con expresion de quien desea que no le comprometan.

Don Nicasio es otro, expresa lo que siente; nada de la audacia, de la actividad de la mañana, nada de los proyectos tan fáciles de ejecutar; entónces los obstáculos importaban poco, ahora son casi insuperables; los rivales no significaban nada, ahora son invencibles. ¿Qué ha sucedido? ¿Le han dado á D. Nicasio otras noticias? no ha visto á nadie. ¿Ha meditado sobre el negocio? no se habia acordado mas de él. ¿Qué ha sucedido pues, para causar tamaña revolucion en su espíritu, alterando su modo de ver las cosas, y quebrantando tan lastimosamente sus ímpetus juveniles? Nada, la explicación del fenómeno es muy sencilla, no busqueis grandes causas, son muy pequeñas. En primer lugar, ahora hace un calor atroz, lo que por cierto dista mucho del oreo de una fresca brisa como sucedia por la mañana; D. Nicasio está sumamente abatido, la hora es pesada, el cielo se encapota y parece amenazar tempestad. La comida era ademas algo indigesta; el sueño de la siesta ha sido demasiado breve, y no sin alguna pesadilla. ¿Se quiere mas? ¿No son estos motivos bastante poderosos para trastornar el espíritu de un hombre grave y modificar sus opiniones? A pesar de todas las citas, ¿quién os ha llevado á su casa bajo una constelacion tan infausta?

Tal es el hombre; la menor cosa le desconcierta, le hace otro. Unido su espíritu á un cuerpo sujeto á mil impresiones diferentes, que se suceden con tanta rapidez y se reciben con igual facilidad que los movimientos de la hoja de un árbol, participa en cierto modo de esa inconstancia y variedad, trasladando con harta frecuencia á los objetos las mudanzas que solo él ha experimentado.