El criterio

Jaime Balmes · Capítulo 139 de 185

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El criterio

§ XV.

El orgullo.

La exageracion del amor propio, la soberbia, no siempre se presenta con un mismo carácter. En los hombres de temple fuerte y de entendimiento sagaz, es orgullo; en los flojos y poco avisados, es vanidad. Ambos tienen un mismo objeto, pero emplean medios diferentes. El orgulloso sin vanidad, tiene la hipocresía de la virtud; el vanidoso tiene la franqueza de su debilidad. Lisonjead al orgulloso, y rechazará la lisonja, temeroso de dañar á su reputacion haciéndose ridículo; de él se ha dicho con mucha verdad, que es demasiado orgulloso para ser vano. En el fondo de su corazon siente viva complacencia en la alabanza; pero sabe muy bien que este es un incienso honroso miéntras el ídolo no manifiesta deleitarse en el perfume; por esto no os pondrá jamas el incensario en la mano, ni consentirá que le hagais undular demasiado cerca. Es un dios á quien agrada un templo magnífico, y un culto esplendoroso; pero manteniéndose el ídolo escondido en la misteriosa oscuridad del santuario.

Esto probablemente es mas culpable á los ojos de Dios, pero no atrae con tanta frecuencia el ridículo de los hombres. Con tanta frecuencia digo, porque difícilmente se alberga en un corazon el orgullo, sin que á pesar de todas las precauciones, degenere en vanidad. Aquella violencia no puede ser duradera; la ficcion no es para continuada por mucho tiempo. Saborearse en la alabanza y mostrar desden hácia ella; proponerse por objeto principal el placer de la gloria, y aparentar que no se piensa en ella, es demasiado fingir para que al traves de los mas tupidos velos no se descubra la verdad. El orgulloso á quien he descrito mas arriba no podia llamarse propiamente vano, y no obstante su conducta inspiraba algo peor que la vanidad misma: sobre la indignacion provocaba tambien la burla.