El criterio

Jaime Balmes · Capítulo 90 de 185

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El criterio

§ II.

La autoridad científica.

Los hombres capaces de alzar y llevar adelante una bandera, son muy pocos; y mejor es alistarse en las filas de un general acreditado, que no andar á manera de miserable guerrillero, afectando la importancia de insigne caudillo.

Diciendo esto, no es mi ánimo predicar la autoridad en materias puramente científicas y literarias; en todo el decurso de la obra he dado bastante á entender que no adolezco de tal achaque; solo me propongo indicar una necesidad de nuestro entendimiento, que siendo por lo comun muy flaco, ha menester un apoyo. La hiedra entrelazándose con un árbol, se levanta á grande altura; si creciese sin arrimo, yaceria tendida por el suelo pisoteada por todos los transeuntes. Ademas, que no por haber hecho esta observacion, se ha de cambiar el órden regular de las cosas: pues con ella mas bien he consignado un hecho que ofrecido un consejo. Sí un hecho, porque á pesar de tanto como se blasona de independencia, es mas claro que la luz del medio dia que esta independencia no existe, que gran parte de la humanidad anda guiada por algunos caudillos, y que estos á su talante la llevan por el camino de la verdad ó del error.

Este es un hecho de todos los paises y de todos los siglos; hecho indestructible porque está fundado en la misma naturaleza del hombre. El débil siente la superioridad del fuerte, y se humilla en su presencia; el genio no es el patrimonio del linaje humano, es un privilegio á pocos concedido: quien le posee ejerce sobre los demas un ascendiente irresistible. Se ha observado con mucha verdad que las masas tienen una tendencia al despotismo; esto dimana de que sienten su incapacidad para dirigirse, y naturalmente buscan un jefe: la que se experimenta en la guerra y la política, se nota tambien en las ciencias. La generalidad de los que las profesan son tambien masas, son verdadero vulgo que entregado á si mismo no sabria qué hacerse; por lo mismo se arremolina á manera de grupos populares en torno de los que le hablan algo mejor de lo que él sabe, y manifiestan conocimientos que él no posee. El entusiasmo penetra tambien en la plebe sabia, y lo mismo que la otra en sus asonadas, aplaude y grita: «muy bien, muy bien!... tú lo entiendes mejor que nosotros; tú serás nuestro jefe....»