El criterio

Jaime Balmes · Capítulo 138 de 185

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El criterio

§ XIV.

Daños acarreados por la vanidad y la soberbia.

¡Cuántas reputaciones se ajan, cuando no se destruyen, por la miserable vanidad! ¡cómo se disipa la ilusión que inspirara un gran nombre, si al acercársele os encontrais con una persona que solo habla de sí misma! ¡Cuántos hombres, por otra parte recomendabilísimos, se deslustran, y hasta se hacen objeto de burla, por un tono de superioridad, que choca é irrita, ó atrae los envenenados dardos de la sátira! ¡Cuántos se empeñan en negocios funestos, dan pasos desastrosos, se desacreditan ó se pierden, solo por haberse entregado á su propio pensamiento de una manera exclusiva, sin dar ninguna importancia á los consejos, á las reflexiones ó indicaciones de los que veian mas claro, pero que tenian la desgracia de ser mirados de arriba abajo, á una distancia inmensa, por ese dios mentido que habitando allá en el fantástico empíreo fabricado por su vanidad, no se dignaba descender á la ínfima region donde mora el vulgo de los modestos mortales!

¿Y para qué necesitaba él de consultar á nadie? La elevacion de su entendimiento, la seguridad y acierto de su juicio, la fuerza de su penetracion, el alcance de su prevision, la sagacidad de sus combinaciones, ¿no son ya cosas proverbiales? El buen resultado de todos los negocios en que ha intervenido, ¿á quién se debe sino á él? Si se han superado gravísimas dificultades, ¿quién las ha superado sino él? Si todo no lo han echado á perder sus compañeros, ¿quién lo ha evitado sino él? ¿Qué pensamiento se ha concebido de alguna importancia que no le haya concebido él? ¿Qué ocurrencia habrán tenido los otros que con mucha anticipacion no la hubiese tenido él? ¿De qué hubiera servido cuanto hayan excogitado los demas, si no lo hubiese rectificado, enmendado, ilustrado, agrandado, dirigido él?

Contempladle; su frente altiva parece amenazar al cielo; su mirada imperiosa exige sumision y acatamiento; en sus labios asoma el desden hácia cuanto le rodea; en toda su fisonomía veréis que rebosa la complacencia en sí propio; la afectacion de sus gestos y modales os presenta un hombre lleno de sí mismo, que procede con excesiva compostura, como si temiese derramarse. Toma la palabra, resignaos á callar. ¿Replicais? no escucha vuestras réplicas y sigue su camino; ¿insistís otra vez? el mismo desden, acompañado de una mirada que exige atencion é impone silencio. Está fatigado de hablar, y descansa; entre tanto aprovechais la ocasion de exponer lo que intentabais hace largo rato; vanos esfuerzos! el semi-dios no se digna prestaros atencion, os interrumpe cuando se le antoja, dirigiendo á otros la palabra, si es que no estaba absorto en sus profundas meditaciones, arqueando las cejas, y preparándose á desplegar nuevamente sus labios con la majestuosa solemnidad de un oráculo.

¿Cómo podia ménos de cometer grandes yerros un hombre tan fatuo? y de esa clase hay muchos, por mas que no siempre llegue la fatuidad á una exageracion tan repugnante. Desgraciado el que desde sus primeros años no se acostumbra á rechazar la lisonja, á dar á los elogios que se le tributan el debido valor; que no se concentra repetidas veces, para preguntarse si el orgullo le ciega, si la vanidad le hace ridículo, si la excesiva confianza en su propio dictámen le extravía y le pierde. En llegando á la edad de los negocios, cuando ocupa ya en la sociedad una posicion independiente, cuando ha adquirido cierta reputacion merecida ó inmerecida, cuando se ve rodeado de consideracion, cuando ya tiene inferiores, las lisonjas se multiplican y agrandan, los amigos son ménos francos y ménos sinceros, y el hombre abandonado á la vanidad que dejó desarrollarse en su corazon, sigue cada dia con mas ceguedad el peligroso sendero, hundiéndose mas y mas en ese ensimismamiento, en ese goce de sí mismo, en que el amor propio se exagera hasta un punto lamentable, degenerando, por decirlo asi, en egolatria.