El criterio
§ XXI.
No es solo la soberbia lo que nos induce á error al proponernos un fin.
Para proponerse acertadamente un fin, es necesario comprender perfectamente la posicion del que le ha de alcanzar. Y aquí repetiré lo que llevo indicado mas arriba, y es que son muchos los hombres que marchan á la aventura, ya sea no fijándose en un fin bien determinado, ya no calculando la relacion que este tiene con los medios de que se puede disponer. En la vida privada como en la pública, es tarea harto difícil el comprender bien la posicion propia: el hombre se forma mil ilusiones, que le hacen equivocar sobre el alcance de sus fuerzas, y la oportunidad de desplegarlas. Sucede con mucha frecuencia que la vanidad las exagera, pero como el corazón humano es un abismo de contradicciones, tampoco es raro el ver que la pusilanimidad las disminuye mas de lo justo. Los hombres levantan con demasiada facilidad encumbradas torres de Babel, con la insensata esperanza de que la cima podrá tocar al cielo: pero tambien les acontece desistir pusilánimes, hasta de la construccion de una modesta vivienda. Verdaderos niños que ora creen poder tocar el cielo con la mano, en subiendo á una colina, ora toman por estrellas que brillan á inmensa distancia en lo mas elevado del firmamento, bajas y pasajeras exhalaciones de la atmósfera sublunar. Quizas se atreven á mas de lo que pueden; pero á veces no pueden porque no se atreven.
¿Cuál será en estos casos el verdadero criterio? Pregunta á que es difícil contestar, y sobre la cual solo caben reflexiones muy vagas. El primer obstáculo que se encuentra es que el hombre se conoce poco á sí mismo; y entónces, ¿cómo sabrá lo que puede y lo que no puede? Se dirá que con la experiencia; es cierto; pero el mal está en que esa experiencia es larga, y que á veces da su fruto cuando la vida toca á su término.
No digo que ese criterio sea imposible; muy al contrario, en varias partes de esta misma obra indico los medios para adquirirle. Señalo la dificultad, pero no afirmo la imposibilidad: la dificultad debe inspirarnos diligencia, mas no producirnos abatimiento.