El criterio
§ XLV.
Sabiduría de la religion cristiana en la direccion de la conducta.
La religion cristiana al llevarnos á esa vida moral íntima reflexiva sobre nuestras inclinaciones, ha hecho una obra altamente conforme á la mas sana filosofía, y que descubre un profundo conocimiento del corazon humano. La experiencia enseña que lo que le falta al hombre para obrar bien, no es conocimiento especulativo y general, sino práctico, detallado, con aplicacion á todos los actos de la vida. ¿Quién no sabe y no repite mil veces que las pasiones nos extravian y nos pierden? La dificultad no está en eso, sino en saber cuál es la pasion que influye en este ó aquel caso, cuál es la que por lo comun predomina en las acciones, bajo qué forma, bajo qué disfraz se presenta al espíritu, y de qué modo se deben rechazar sus ataques, ó precaver sus estratagemas. Y todo esto, no como quiera, sino con un conocimiento claro, vivo, y que por tanto se ofrezca naturalmente al entendimiento, siempre que se haya de tomar alguna resolucion, aun en los negocios mas comunes.
La diferencia que en las ciencias especulativas media entre un hombre vulgar y otro sobresaliente, no consiste á menudo sino en que este conoce con claridad, distincion y exactitud, lo que aquel solo conoce de una manera inexacta, confusa y oscura; no consiste en el número de las ideas, sino en la calidad; nada dice este sobre un punto, de que tambien no tenga noticia aquel; ambos miran el mismo objeto, solo que la vista del uno es mucho mas perfecta que la del otro. Lo propio sucede en lo relativo á la práctica. Hombres profundamente inmorales hablarán de la moral, de tal suerte que manifiesten no desconocer sus reglas; pero estas reglas las saben ellos en general, sin haberse cuidado de hacer aplicaciones, sin haber reparado en los obstáculos que impiden el ponerlas en planta en tal ó cual ocasion, sin que se les ocurran de una manera pura y viva, cuando se ofrece oportunidad de hacer uso de ellas. Quien está en posesion de su entendimiento, de la voluntad, del hombre entero, son las pasiones; esas reglas morales las conservan, por decirlo así, archivadas en lo mas recóndito de su conciencia; ni aun gustan de mirarlas como objeto de curiosidad, temerosos de encontrar en ellas el gusano del remordimiento. Por el contrario, cuando la virtud está arraigada en el alma, las reglas morales llegan á ser una idea familiar, que acompaña todos los pensamientos y acciones, que se aviva y se agita al menor peligro, que impera y apremia ántes de obrar, que remuerde incesantemente si se la ha desatendido. La virtud causa esa continua presencia intelectual de las reglas morales, y esta presencia á su vez contribuye á fortalecer la virtud; así es que la religion no cesa de inculcarlas, segura de que son preciosa semilla que tarde ó temprano dará algun fruto.