El criterio
§ LIV.
Un sentimiento bueno, la exageracion le hace malo.
La religion no sofoca los sentimientos, solo los modera y los dirige; la prudencia no desecha el auxilio de las pasiones templadas, solo se guarda de su predominio. La armonía no se ha de producir en el hombre con el simultáneo desarrollo de las pasiones, sino con su represion; el contrapeso de las que se dejen funcionando no son solo las otras pasiones, sino principalmente la razon y la moral. La oposicion misma de las inclinaciones buenas á las malas; deja de ser saludable, cuando en ella no preside como señora la razon; porque las inclinaciones buenas no son buenas sino en cuanto la razon las dirige y modera: abandonadas á sí mismas, se exageran, se hacen malas.
Un valiente está encargado de un puesto peligroso: el riesgo crece por momentos; á su alrededor van cayendo sus camaradas: los enemigos se aproximan cada vez mas; apénas hay esperanza de sostenerse, y la órden para retirarse no llega. El desaliento entra por un instante en el corazon del valiente; ¿á qué morir sin ningun fruto? El deber de la disciplina y del honor ¿se extenderá hasta un sacrificio inútil? ¿No seria mejor abandonar el puesto, excusarse á los ojos del jefe con lo imperioso de la necesidad? «No, responde su corazon generoso; esto es cobardía que se cubre con el nombre de prudencia. ¿Qué dirian tus compañeros, qué tu jefe, qué cuantos te conocen? ¿la ignominia ó la muerte? pues la muerte, sin vacilar, la muerte.»
¿Se puede culpar esa reflexion con que el bravo oficial ha procurado sostenerse á sí mismo, contra la tentación de cobardía? Ese deseo del honor, ese horror á la ignominia de pasar por cobarde, ¿no ha sido en él un sentimiento? sí; pero un sentimiento noble, generoso, con cuya fuerza y ascendiente se ha fortalecido contra las asechanzas del miedo, y ha cumplido su deber. Esa pasion pues dirigida á un objeto bueno, ha producido un resultado excelente, que tal vez sin ella no se hubiera conseguido: en aquellos momentos críticos, terribles, en que el estruendo del cañon, la gritería del enemigo cercano, y los ayes de los camaradas moribundos, comenzaban á introducir el espanto en su pecho, la razon enteramente sola tal vez hubiera sucumbido; pero ha llamado en su ayuda á una pasion mas poderosa que el temor de la muerte: el sentimiento del honor, la vergüenza de parecer cobarde; y la razon ha triunfado, el deber se ha cumplido.
Llegada la órden de replegarse, el oficial se reune á su cuerpo, habiendo perdido en el puesto fatal á casi todos sus soldados.—Ya le teníamos á V. por muerto, le dice chanceándose uno de sus amigos; no se habrá V. olvidado del parapeto.—El oficial se cree ultrajado, pide con calor una satisfaccion, y á las pocas horas el burlon imprudente ha dejado de existir. El mismo sentimiento que poco ántes impulsara á una accion heróica, acaba de causar un asesinato. El honor, la vergüenza de pasar por cobarde, habian sostenido al valiente, hasta el punto de hacerle despreciar su vida; el honor, la vergüenza de pasar por cobarde, han teñido sus manos con la sangre de un amigo imprudente. La pasion dirigida por la razon se elevó hasta el heroismo; entregada á su ímpetu ciego, se ha degradado hasta el crímen.
La emulacion es un sentimiento poderoso, excelente preservativo contra la pereza, contra la cobardía, y contra cuantas pasiones se oponen al ejercicio útil de nuestras facultades. De ella se aprovecha el maestro para estimular á los alumnos; de ella se sirve el padre de familia para refrenar las malas inclinaciones de alguno de sus hijos; de ella se vale un capitan para obtener de sus subordinados, constancia, valor, hazañas heróicas. El deseo de adelantar, de cumplir con el deber, de llevar á cabo grandes empresas, el doloroso pesar de no haber hecho de nuestra parte todo lo que podíamos y debíamos, el rubor de vernos excedidos por aquellos á quienes hubiéramos podido superar, son sentimientos muy justos, muy nobles, excelentes para hacernos avanzar en el camino del bien. En ellos no hay nada reprensible; ellos son el manantial de muchas acciones virtuosas, de resoluciones sublimes, de hazañas sorprendentes.
Pero si ese mismo sentimiento se exagera, el néctar aromático, dulce, confortador, se trueca en el humor mortifero que fluye de la boca de un reptil ponzoñoso, la emulacion se hace envidia. El sentimiento en el fondo es el mismo, pero se ha llevado á un punto demasiado alto; el deseo de adelantar ha pasado á ser una sed abrasadora; el pesar de verse superado, es ya un rencor contra el que supera; ya no hay aquella rivalidad que se hermanaba muy bien con la amistad mas íntima, que procuraba suavizar la humillacion del vencido prodigándole muestras de cariño, y sinceras alabanzas por sus esfuerzos; que contenta con haber conquistado el lauro, le escondia para no lastimar el amor propio de los demas; hay sí, un verdadero despecho, hay una rabia, no por la falta de los adelantos propios, sino por la vista de los ajenos; hay un verdadero odio al que se aventaja, hay un vivo anhelo por rebajar el mérito de sus obras, hay maledicencia, hay el desden con que se encubre un furor mal comprimido, hay la sonrisa sardónica, que apénas alcanza á disimular los tormentos del alma.
Nada mas conforme á razon que aquel sentimiento de la propia dignidad, que se exalta santamente cuando las pasiones brutales excitan á una accion vergonzosa; que recuerda al hombre lo sagrado de sus deberes, y no le consiente deshonrarse faltando á ellos; aquel sentimiento que le inspira la actitud que le conviene tomar, segun la posicion que ocupa; aquel sentimiento que llena de majestad el semblante y modales del monarca, que da al rostro y maneras de un pontífice santa gravedad y uncion augusta; que brilla en la mirada de fuego de un gran capitan y en su ademan resuelto, osado, imponente; aquel sentimiento que á la dicha no le permite alegria descompuesta, ni al infortunio abatimiento ignoble; que señala la oportunidad de un prudente silencio, ó sugiere una palabra decorosa y firme; que deslinda la afabilidad de la nimia familiaridad, la franqueza del abandono, la naturalidad de los modales de una libertad grosera; aquel sentimiento en fin que vigoriza al hombre sin endurecerle, que le suaviza sin relajarle, que le hace flexible sin inconstancia, y constante sin terquedad. Pero ese mismo sentimiento, si no está moderado y dirigido por la razon, se hace orgullo; el orgullo que hincha el corazon, enhiesta la frente, da á la fisonomía un aspecto ofensivo, y á los modales una afectacion entre irritante y ridícula; el orgullo que desvanece, que imposibilita para adelantar, que se suscita á sí propio obstáculos en la ejecucion, que inspira grandes maldades, que provoca el aborrecimiento y el desprecio, que hace insufrible.
¡Qué sentimiento mas razonable que el deseo de adquirir ó conservar lo necesario para las atenciones propias, y de aquellas personas de cuyo cuidado encargan el deber ó el afecto! Él previene contra la prodigalidad, aparta de los excesos, preserva de una vida licenciosa, inspira amor á la sobriedad, templanza en todos los deseos, aficion al trabajo. Pero este mismo sentimiento llevado á la exageracion, impone ayunos que Dios no acepta, frio en el invierno, calor en el verano, mal cuidado de la salud, abandono en las enfermedades, mortifica con privaciones á la familia, niega todo favor á los amigos, cierra la mano para los pobres, endurece cruelmente el corazon para toda clase de infortunios, atormenta con sospechas, temores, zozobras, prolonga las vigilias, engendra el insomnio, persigue y agita con la aparicion de espectros robadores los breves momentos de sueño, haciendo que no pueda lograr descanso
El rico avaro en el angosto lecho,
Y que sudando con terror despierte.
Véase pues con cuánta verdad he dicho que los mismos sentimientos buenos la exageracion los hace malos; que el sentimiento por sí solo, es una guia mas segura, y á menudo peligrosa. La razon es quien debe dirigirle conforme á los eternos principios de la moral; la razon es quien debe encaminarle, hasta en el terreno de la utilidad. Por esto jamas el hombre se ocupa demasiado del conocimiento de sí mismo; ningun esfuerzo está de mas para adquirir aquel criterio moral y acertado, que nos enseña la verdad práctica, la verdad que debe presidir á todos los actos de nuestra vida. Proceder á la aventura, abandonarse ciegamente á las inspiraciones del corazon, es exponerse á mancharse con la inmoralidad, y á cometer una serie de yerros que acaban por acarrear terribles infortunios.