El designio de los dioses
Capítulo VIII
DESPUÉS de varias semanas de agotadora marcha, llegaron a la ciudad masageta de Sari. Estaba situada a mitad de camino de las caravanas que se dirigían tanto a occidente, como a oriente. Sus casas eran de planta circular, estaban construidas con bloques de piedra y la techumbre con ramas secas de brezo. Una alta muralla de robustos sillares y varias torres de vigilancia, la protegían de sus enemigos. Los vecinos de la ciudad acudieron raudos al encuentro de la caravana, ávidos de noticias de tierras lejanas y novedosas mercancías. Kalam, como era habitual cada vez que llegaban a un centro urbano, era encadenado para evitar su huida. El caudillo del pueblo, de nombre Jusman, salió a recibir a los comerciantes.
—Saludos, hermano.
—Saludos, amigo Jusman —saludó Kamed, el líder de la caravana.
—Veo que traes muchas mercancías.
—No tantas como quisiéramos, la campaña ha terminado antes de tiempo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó interesado Jusman.
—Después de conquistar varias ciudades, el rey cimerio ha sido derrotado por los asirios y con él, nuestros mercenarios. Por eso nos volvemos a casa antes de lo previsto.
—Es una verdadera pena. Pero vayamos mi casa, te serviré una jarra de kumis y ahogaremos nuestras desgracias bebiendo y contando viejas historias.
—Gracias amigo, todos necesitamos distraernos y alegrar nuestras almas después de un viaje tan largo.
—Y aún os queda un largo trecho antes de llegar a casa —dijo Jusman con malicia.
—¡No me lo recuerdes! —exclamó Kamed con una sonrisa.
Kamed, al igual que los habitantes de Sari, era de etnia masageta, tribu conocida por su coraje en la batalla y el uso de la crueldad extrema con los vencidos. Habitualmente, cortaban las cabezas de sus enemigos, les quitaban toda la carne y el cuero cabelludo y las preparaban como recipiente de bebidas. Era tradición entre los masagetas beber kumis, una bebida alcohólica proveniente de la fermentación de la leche de yegua, en el cráneo de algún jefe u oficial enemigo, después de la batalla cuando los huesos aún están calientes. También se comentaba que practicaban canibalismo, algo que no era de extrañar por la dificultad, sobre todo durante los largos inviernos, de conseguir alimentos. Kamed cruzó las murallas de Sari, acompañado por Jusman, no sin antes ordenar la construcción de un pequeño foso y la colocación de empalizadas alrededor de la caravana. No quería ser sorprendido por los bandidos durante la noche.
Entraron en el hogar del caudillo. Al igual que la mayoría de las casas de Sari, estaba construida de piedra, con la techumbre de brezo y con forma cónica. Una enorme hoguera situada en el centro de la casa, era el punto de reunión de toda la familia. Jusman vivía junto con sus seis mujeres y doce hijos. Debido a la alta mortandad masculina, era común la poligamia entre los masagetas. La única obligación del marido era mantener a todas sus mujeres. Se comentaba que Ushan, un antiguo rey masageta, había llegado a la nada inestimable cifra de doscientas mujeres y más de mil hijos. Tener tantas mujeres era un signo de poder y masculinidad para los masagetas. Jusman, como caudillo y máximo exponente del poder en la ciudad, estaba obligado a tener muchas mujeres y en pocos años había celebrado seis nupcias, aunque su intención era tener alguna más.
—¿Cómo están las cosas más allá del Tigris? —preguntó Jusman, mientras servía el kumis en una calavera.
—Los asirios siguen dominando toda la tierra desde el desierto de los medos hasta los reinos de fenicia —contestó Kamed mientras bebía.
—¿Y Egipto?
—Todavía es independiente, que yo sepa.
—Veo que los cimerios, junto con nuestros valerosos jinetes, no han sido rival para los asirios.
Kamed apuró su cráneo de kumis.
—Tienen un ejército muy organizado y sus armas son las mejores. Nuestros soldados son diestros a caballo pero no tanto a pie —dijo Kamed, mientras Jusman le llenaba su calavera con más kumis—. Además, no tenemos tanta habilidad con la espada como con el arco y en el campo de batalla, nos movemos de forma desorganizada.
Jusman miró preocupado al mercader. El ejército asirio parecía verdaderamente invencible.
—¿Atacarán Frigia ahora que han derrotado a los cimerios?
—Con los asirios todo es posible, de todas formas, prefiero que sus ojos miren hacia el oeste antes que hacia el este.
—Nuestras tierras no les interesan, son muy pobres y apenas tienen recursos. Son frías en invierno y extremadamente cálidas en verano, los asirios prefieren las temperaturas más templadas de occidente.
—Eso creo yo también —dijo Kamed, que contemplaba detenidamente a una de las mujeres de Jusman, que estaba dando el pecho a su hijo.
—Se llama Yilda —dijo el caudillo, que ya se había dado cuenta del interés de Kamed por su mujer—. Si te place, puedes dormir esta noche con ella.
—Es muy bella, te agradezco la invitación.
—¡Yilda, deja al niño y ven a atender a nuestro invitado como es debido!
Yilda apartó al niño de su pecho y se lo entregó a otra de las mujeres de Jusman, se acercó al invitado y se quitó la ropa quedándose completamente desnuda delante de él.
Al día siguiente, los carros de la caravana se convirtieron en pequeños tenderetes, donde los comerciantes escitas mostraban sus mercancías a los vecinos de Sari. Ropajes de fina lana o de suave algodón, hacían las delicias de las mujeres, mientras que recias espadas de hierro, cotas de malla y manejables arcos, lo hacían de los hombres. Era un día de fiesta en la ciudad, ansiosa de noticias y novedades que amenizaran su rutinaria vida. Jusman paseaba con Kamed, mientras observaba las mercancías. Como buen anfitrión y por las más elementales normas de cortesía, realizó algunas compras, y se dirigió a un pequeño cercado donde se encontraban los esclavos que, unidos los unos a los otros mediante gruesas cadenas, esperaban un comprador.
—¿Quién es ese? —preguntó a Kamed, señalando a Kalam.
—Es un médico asirio, lo encontramos medio muerto, tirado en el desierto de Asharat.
—¿Qué hacía allí?
—Según ha comentado, era cirujano del ejército asirio.
—¿Está en venta?
—Claro, es un esclavo. Pero no creo que te interese, acerquémonos a aquellas mujeres, te voy a enseñar unas cuantas esclavas que seguro que van a ser mucho más de tu agrado que este asirio.
—Ja, ja, ja —rio Jusman, dirigiéndose hacia los esclavos—, de eso estoy seguro, pero déjame que antes hable con el asirio, tengo curiosidad.
—Haz lo que quieras amigo, allá tú si quieres perder tu tiempo.
Kalam se encontraba sentado con la espalda apoyada en la cerca, estaba encadenado a otro esclavo. Kamed se dirigió sigilosamente hacia el asirio y le dio una fuerte patada en la espalda, que le hizo caer hacia delante, retorciéndose de dolor.
—¡Levántate esclavo! —ordenó Kamed—. El caudillo de la ciudad quiere hablar contigo.
Kalam, con enorme dificultad y todavía doliéndose del golpe, consiguió ponerse en pie.
—Me ha dicho Kamed que eres médico —dijo Jusman.
—Así es.
—¿Eres bueno?
—Intento hacer bien mi trabajo —respondió Kalam, intentando ocultar su pasado como asu de Assarhaddon.
—En mi ciudad carecemos de médico, tenemos un shaman, pero está medio loco y ya nadie confía en él. ¿Qué precio tiene? —preguntó a Kamed.
—Bueno, creo que una mina de plata puede ser un buen precio.
—¡Es muy caro! —exclamó Jusman—. ¡Acaso crees que Sari es Bhakri o la mismísima Nínive!
—¿Quieres poner precio a la salud de tu pueblo? —preguntó el mercader, fingiendo indignación.
—Sí que lo tiene, y no es una mina de plata —dijo soltando una fuerte carcajada el caudillo.
El regateo era muy común entre los escitas, podían pasarse horas y horas discutiendo por la más ínfima diferencia de precios. De hecho, si un cliente no regateaba, el mercader se sentía ofendido, incluso humillado y no le vendía la mercancía. El regateo era una especie de protocolo social de obligado cumplimiento.
—Está bien, dame cincuenta siclos de plata y es tuyo —dijo Kamed.
—¿Así pagas mi hospitalidad, intentando estafarme? —preguntó ofendido Jusman—. ¿Acaso no disfrutaste ayer de los encantos de mi mujer? Deberías regalármelo, de esta forma, te ahorraría una boca que alimentar hasta Bhakri.
—Eres duro de pelar amigo, ¿qué ofreces por él?
Jusman sonrió.
—Bueno, si tenemos en cuenta lo que te vas a ahorrar en su alimentación, te puedo dar veinticinco siclos de plata.
—Es muy poco y lo sabes, dame treinta siclos de plata y dos barricas de kumis y es todo tuyo.
—Creo que te has dado cuenta de la calidad de nuestro kumis, en Sari, se hace el mejor de toda Masagetia. Parece que empezamos a entendernos.
—¿Qué te opinas de mi oferta? —preguntó Kamed.
—Acepto. Vamos a comer a casa, te entregaré el dinero y las barricas.
—Para celebrar el acuerdo abriremos una. ¡Siempre y cuando me dejes dormir otra vez con Yilda! —exclamó Kamed dándole un golpe en el hombro.
—¡Voy a tener que vendértela! —rio Jusman.
—No, ya tengo dos esperándome en Bhakri. Otra mujer más no la podría mantener, no soy tan rico como tú, amigo Jusman. Además, no soporto a las dos como para meter otra más en mi casa. Sinceramente, no sé como lo haces para aguantar a tus seis mujeres. Te admiro —dijo Kamed soltando una fuerte carcajada.
Kamed ordenó a uno de los soldados que liberase a Kalam y lo escoltase a la casa de Jusman. El asirio estaba inquieto, desconocía cuál sería su futuro como esclavo en Sari. Ni siquiera tuvo la oportunidad de despedirse de su amigo Jafar, le buscó con la mirada, pero desgraciadamente, no le encontró. Un hondo pesar nubló su mirada, añoraba a su mujer y su hijo, les echaba terriblemente de menos y más en esos momentos de angustia y soledad. Pensando en su familia, se dirigió hacia la choza del caudillo de la ciudad.
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