El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 16 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XVI

 

EL SOL se ocultaba tras las montañas, cuando Afarat se disponía a cambiar la venda a uno de los yuezhi. Un soldado con cara de pocos amigos se le acercó y le dio un ligero golpe en la espalda.

—Esclavo, date prisa y acaba con lo que estás haciendo, pronto va a anochecer y ya sabes que nadie puede salir de sus casas durante el toque de queda —le advirtió el soldado.

—Ya estoy terminando, no me llevará más de un minuto —le dijo Afarat sin mirarle, mientras cambiaba el vendaje del mutilado pie de Ging-Liu.

Afarat terminó de cambiar el vendaje y salió por la puerta de la choza de sanación franqueado por los soldados.

—Esperad un momento, creo que he olvidado algo —dijo Afarat, volviendo a la choza.

Había llegado el momento. Aprovechando que la puerta estaba abierta, los cinco yuezhi se dirigieron rápidamente hacia los soldados, que no esperaban unos movimientos tan ágiles en unos hombres a los que se les suponía enfermos y mutilados. Los monjes no tuvieron problemas en inmovilizar y aturdir a sus guardianes, luego corrieron hacia la cueva. A Afarat le costaba seguirles, pues se movían como centellas y no parecía que tocasen el suelo, era como si flotaran sobre él. Cuando llegaron a la cueva, se desembarazaron sin problema de los soldados que estaban de guardia. Entraron en la choza, levantaron la trampilla y se encontraron con Hassalin, que ya había abierto la puerta de su celda con la llave que la había proporcionado Afarat. Los siete prófugos corrieron hacia la muralla norte, la más próxima al bosque. Se movieron raudos por las callejuelas ocultándose de las patrullas que velaban el toque de queda. Después de correr durante varios minutos, llegaron a la muralla de la ciudad. Esperaron a que la guardia que se encontraba sobre la muralla hiciera su ronda. Hassalin, cuando se aseguró de no ser descubierto por los soldados, se acercó al muro y se pegó a él. Luego otro monje corrió hacia el yuezhi y de un salto, se puso encima de él. Otro monje hizo lo mismo y se subió en la espalda del último compañero. Todos los monjes hicieron lo mismo hasta que crearon una escalera humana que superó la altura de la muralla. El último en subir fue Afarat. No lo hizo con la misma agilidad que el resto de prófugos, pero consiguió trepar por la muralla sin demasiadas dificultades. Después, uno a uno fue subiendo por las espaldas de sus compañeros. El primero en subir fue Hassalin que había soportado la torre de seis yuezhi. A pesar de su tamaño, subió con gran agilidad por las espaldas de los monjes mientras estos se aferraban con fuerza en las piernas del yuezhi que tenían encima. Una vez que subió Hassalin, agarró los brazos del compañero que se encontraba encima de todos. Los yuezhi fueron subiendo por las espaldas del monje que les precedía, hasta que todos se encontraron encima de la muralla. Sonreían y felicitaban cuando vieron que la guardia que hacía la ronda, se dirigía hacia ellos. Todavía no les habían visto, pero debían darse prisa si no querían ser descubiertos. Hassalin fue el primero en descolgarse de la muralla sujetándose en una almena. Luego bajó otro yuezhi por su espalda y se sujetó a sus piernas. El resto de prófugos hicieron lo mismo, mientras que la guardia se les acercaba. Afarat era el último en bajar. Pegado a la almena, vio como los soldados estaban llegando a su altura. Estaba protegido por las sombras, pero si hacía algún movimiento, sería descubierto. Miró hacia abajo y vio como Hassalin le apremiaba con la mirada para que se diera prisa. Los soldados se acercaban. No había tiempo. Afarat miró a Hassalin.

—Iros sin mí —le susurró—, y dile a tu maestro que siento todo el mal que os he hecho.

Los soldados le descubrieron y corrieron hacia él dándole el alto, mientras desenvainaban sus espadas. Afarat corrió alejando a los soldados de la presencia de los yuezhi. Oyó el sonido de un cuerno de guerra. La guardia había dado la voz de alarma. Miró atrás y vio un grupo de soldados que pasaron por la muralla donde se encontraban colgados los monjes y no les vieron. Respiró aliviado.

—¡Alto a la guardia! —ordenó un soldado.

—¡Ríndete, no tienes escapatoria! —gritó otro.

Salieron soldados por todas partes. Afarat se detuvo un instante y buscó con la mirada el mejor camino para poder escapar. Entonces sintió un fuerte golpe en la cabeza y, mientras caía al suelo, oyó unas voces lejanas que le identificaban como el esclavo asirio.

 

Su mente viajó hasta su niñez, sus verdaderos años de felicidad. Se vio saliendo de su casa una noche sin luna. Rememoró el día que presenció el nacimiento de un niño. Normalmente era una matrona la que atendía a la parturienta, mientras que las mujeres iban y venían con paños y agua caliente. El parto prácticamente era un acto secreto de las mujeres, donde la presencia masculina estaba prohibida. Ese caso fue distinto, la mujer se encontraba muy débil, había perdido mucha sangre y el niño no podía salir por el útero.

Eran altas horas de la noche y dos mujeres, bastante alteradas, golpearon la puerta pidiendo ayuda. Alamkar se puso la túnica, abrió la puerta y después que las mujeres le pusieron en antecedentes, cogió sus utensilios de trabajo y sin más dilación, las acompañó a la casa de la parturienta. Kalam corrió tras él por las calles oscuras, guiado por las dos mujeres que corrían como llevadas por el diablo. Cuando el médico llegó a la casa, entró en la habitación donde se encontraba la futura madre. En la casa, solo se escuchaban sollozos y rezos de varias mujeres que se encontraban en una estancia anterior. Kalam aprovechó un ligero descuido de las mujeres y entró en el hogar. Después, protegido por unas cortinas que tapaban una ventana, se situó en una parte de la estancia que le permitía ver toda la escena. En la habitación se encontraba su padre, acompañado por las dos mujeres que fueron a buscarle. La parturienta estaba muy débil. Empapada en sudor, jadeaba y se movía entre inquietantes convulsiones.

—El niño viene de lado —dijo su padre.

—Dios mío —sollozó una de las mujeres—, ¿qué puede hacer?

—La única solución es abrir la barriga y sacar al niño por allí.

—¿Quiere abrirla en canal? —gritó la otra mujer—. ¡Quiere matarla!

—Si no lo hacemos rápidamente, los dos morirán —dijo serenamente el médico, que sabía cómo proceder en estos casos—. Ahora, por favor, necesito que me dejen solo.

Las mujeres intentaron protestar, pero un solo movimiento de mano de su padre bastó para que abandonasen la estancia. El médico abrió la alforja y sacó una pequeña botella que contenía un líquido transparente. Se digirió hacia la paciente y, en pequeños sorbitos, le dio de beber. En un breve instante, la mujer se dejó llevar por un grato sueño, y no despertaría hasta pasadas varias horas. Cuando comprobó que la mujer dormía plácidamente, le tomó el pulso, le levantó suavemente los párpados y dirigió los oídos hacia su respiración. Luego tomó de la alforja un enorme cuchillo, cogió un paño de algodón y lo empapó con vino; posteriormente pasó el cuchillo por una vela para desinfectarlo. Clavó la punta del cuchillo a la altura del esternón y suavemente fue rajando la barriga de la paciente mientras el lecho se cubría del color bermellón. Introdujo sus manos suavemente en las entrañas de la mujer y sacó a una pequeña criatura que, cubierta de sangre, no se movía y parecía muerta. El médico cogió una pequeña navaja y cortó el cordón umbilical que le unía a su madre. Tomó una manta y envolvió a la criatura, le dio un pequeño golpecito y el atronador ruido de un niño llorando inundó la instancia.

—El niño está vivo, ahora quién me necesita es la madre —dijo Alamkar.

En la habitación de al lado, las mujeres oyeron los lloros de la criatura, pero no se atrevían a entrar por miedo al médico. Se limitaron a consolar al aterrorizado padre, que no hacía otra cosa que llevarse las manos a la cara y al cielo implorando a los dioses, mientras lloraba completamente desconsolado.

El médico se situó frente a su paciente, que estaba envuelta en un charco de sangre y sumida en un plácido sueño. Cogió de su bolsa una aguja, la hilvanó y con suavidad y paciencia fue cerrando la brecha que la mujer tenía en su estómago. Una vez hubo cosido a su paciente, la lavó con agua caliente y vino, la cambió de lecho, lo limpió y situó a la feliz parturienta de nuevo en él. Volvió a tomarle el pulso, le levantó suavemente los párpados y acercó su oído a la boca para escuchar su leve respiración.

—Mujeres, ya podéis entrar —dijo el médico saliendo de la estancia—, la madre está dormida pero se encuentra en buen estado. Por cierto, es un niño y muy fuerte.

Las mujeres corrieron hacia la joven madre, a la que encontraron plácidamente dormida y junto a ella, contemplaron a un pequeño bebé que dormitaba protegido en su regazo. La estancia estaba limpia y la parturienta dormía tranquilamente, como si nunca hubiera estado al límite de la muerte. Las mujeres se pusieron a llorar y abrazaron y besaron al médico. El padre de la criatura, entró en la estancia y se dirigió hacia su mujer y su hijo. Al comprobar que ambos estaban en perfecto estado, miró al médico y corriendo, se abalanzó sobre él dándole un abrazo tan fuerte, que casi se caen ambos hombres al suelo. Las mujeres empezaron a reír y lo que hacía un momento era angustia, dolor y tristeza, ahora eran risas y felicidad.

Justo en ese momento, se percataron de la presencia del niño, que desde su pequeño escondite, había visto toda la escena. En otro momento, le habría caído una buena reprimenda de su padre, no eximida de algún que otro golpe. Pero una vez que el médico explicó que ese mocoso era su hijo y que le había seguido hasta la casa, volvieron las risas y causó gracia la audacia del chiquillo.

Fue en ese momento, cuando decidió que sería médico como su padre, y que curaría las desgracias de sus semejantes, llenando de felicidad todos los lugares donde él se encontrara. Sería médico, un gran asu del cual su padre se sentiría orgulloso. Sería el mejor médico del mundo, viajaría por toda Asiria y todo el mundo hablaría de él. Los reyes de lejanos países le pedirían consejo y las mujeres caerían a sus pies, rendidas ante su sabiduría.

 

Un ruido de pisadas y el crujido de una puerta oxidada mientras se abría, borraron sus recuerdos y volvió a su sombría realidad. Abrió los ojos con dificultad, pero no pudo ver nada, la oscuridad le rodeaba. No sabía dónde se encontraba, pero el olor a podredumbre de la estancia, le era familiar. Sintió un escalofrío y el terror le sobresaltó, se encontraba en la cueva. Comenzó a respirar con dificultad y el corazón le latió con fuerza. Sus ojos aún no se habían aclimatado a la oscuridad y alargó los brazos con desesperación, intentando tocar la pared. Abatido y asustado, hundió su rostro en sus manos y comenzó a llorar.

Jusman le observaba desde una ventana de la puerta de la celda. Contemplaba como el asirio, acurrucado en una esquina, respiraba con ansiedad. «Él se lo ha buscado, aquí no sobrevivirá ni una semana», pensó el caudillo. Abrió la puerta de la celda y se acercó a él. Afarat vio que unas sombras con antorchas se aproximaban, pero no podía distinguir de quién se trataba. La cabeza le dolía y su visión era borrosa.

—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó Jusman.

Afarat identificó la voz, pero no dijo nada, tenía la mente confusa y no recordaba nada.

—¡Contesta al caudillo, esclavo! —le gritó un soldado mientras le golpeaba con un palo en el hombro.

—Déjale, todavía no se ha recuperado del golpe. Traedle agua —ordenó Jusman.

Un soldado salió y trajo una escudilla con agua. Le dio de beber a Afarat que lo hizo con avidez. Comenzó a recordar. Se vio huyendo por las callejuelas de la ciudad junto con los yuezhi. Vio como llegaban a la muralla y los extranjeros treparon por ella subiéndose unos sobre otros. Recordó como saltaron hacia el otro lado de la muralla, hacía el exterior de la ciudad, hacia la libertad. Entonces vio como varios soldados se acercaban a él. Durante unos instantes, dudó pero después, huyó seguido por los soldados. No quería que la guardia apresara a los yuezhi. Oyó voces que le ordenaban que se detuviera. En un momento, se vio rodeado por varios soldados. Recordó como un soldado llegó por su espalda y le golpeó con una maza. Había sido capturado y encerrado en la cueva.

—¿Por qué les ayudaste a escapar? —volvió a preguntarle Jusman.

—Ellos querían ser libres como yo —susurró Afarat—. Yo les ayudaría a ellos y ellos me ayudarían a mí. ¡No soy un esclavo! —exclamó con todas sus fuerzas, sin poder reprimir las lágrimas.

—Te has buscado tu propia ruina. Ahora no eres un esclavo, eres carne de patíbulo.

Afarat levantó la cabeza y miró a Jusman.

—¿Qué va a ser de mí?

—Eso lo decidirá el enviado de Teuman, pero tu delito es muy grave y la pena se paga con la muerte. El enviado decidirá si tendrás una muerte rápida o lenta.

Jusman se acercó a él y se agachó.

—Espero por tu bien que sea una muerte rápida —le susurró al oído.

 

Dos semanas después del arresto de Afarat, llegó el enviado de Teuman, doscientos soldados le acompañaban. Entró por la puerta de la ciudad, franqueado por los soldados sarianos y se dirigió hacia la casa de Jusman. Era un hombre maduro, tenía la mirada de un depredador y la dureza de sus rasgos intimidaba al más osado. Tenía el porte de un noble. Un yelmo con penacho oscuro cubría un pelo negro que comenzaba a clarear. Los labios, finos y endurecidos por las guerras, estaban ocultos por una barba larga y cana. Jusman le esperaba en su casa acompañado por varios consejeros.

—Saludos Jusman, mi nombre es Marlat, soy general de nuestro amado rey Teuman. Vengo a ocuparme personalmente de la investigación por la muerte de nuestros soldados y del robo del libro —dijo con voz seria, nada más desmontar.

—Saludos, general. Supongo que estarás cansado después de un viaje tan largo, mis siervos te han preparado algo de comer. Luego, si es tu deseo, podrás descansar.

—Me parece bien, mientras comemos ponme en antecedentes.

Jusman ordenó a un guerrero que atendiera a los soldados de Teuman y a sus monturas, luego entraron en la casa de Jusman, donde ya se había preparado una mesa con alimentos y bebidas. El caudillo informó de todo lo ocurrido a Marlat sin omitir ningún detalle. El general le escuchaba con atención, mientras comía y bebía con fruición. Cuando Jusman terminó de hablar, Marlat cogió un vaso de kumis y se lo bebió de un trago.

—Me gusta vuestro kumis, me llevaré un par de barriles a Bhakri —dijo el general escita.

—Será un regalo del pueblo de Sari por tu colaboración en este triste asunto.

El general le miró con indiferencia, en ningún momento había pensado pagar los barriles.

—Resumiendo; tenemos a un tal Mushabat, que junto con varios cómplices, mataron a los soldados del rey y robaron el libro. Su objetivo era vendérselo a un grupo de yuezhi que fueron detenidos pero, un esclavo asirio, les ayudó a escapar. Tenemos prisioneros a los cómplices de Mushabat y al esclavo pero Mushabat y los yuezhi han escapado ¿es correcto lo qué digo? —preguntó Marlat.

—Así es —confirmó Jusman.

—¿De cuántos hombres se componía el grupo de Mushabat?

—De diez hombres.

—Bien, pasado mañana ejecutaréis a cinco de ellos en la plaza de la ciudad. Serán lentamente mutilados, así todo el pueblo de Sari sabrá lo que les hacemos a aquellos que incumplen las leyes de nuestro rey. En cuanto a los yuezhi, cuando regrese a Bhakri informaré al rey, y supongo que enviaremos una embajada a Kushan para exigirles que nos los entreguen, aunque dudo mucho que hayan vuelto a su tierra.

—¿Y qué les ocurrirá al resto de prisioneros?

—Serán llevados a Bhakri, allí serán ejecutados ante el rey.

—¿También os llevaréis al esclavo asirio?

Marlat se acariciaba la barba mientras pensaba qué hacer con el esclavo.

—Me dijiste que fue médico en Asiria y que incluso sirvió en la corte del rey Assarhaddon ¿verdad?

—Eso es lo que dice él.

—¿No comprobaste si lo que decía era cierto?

—Es evidente que miente ¿qué hacía el asu de Assarhaddon mal herido perdido en el desierto?

—Llévame ante él, quiero verle —ordenó Marlat.

 

La luz de las antorchas cegó a Afarat. Había perdido la noción del tiempo y desconocía cuánto tiempo llevaba encerrado en la cueva. Cuando Marlat entró en la celda, vio un sucio bulto acurrucado en una esquina. Se acercó al asirio y puso su antorcha cerca de su rostro, quería ver la cara de quien se hacía pasar por médico de Assarhaddon. Enfrente tenía a un hombre vestido con harapos que emanaba un olor nauseabundo. Estaba muy sucio y se podían ver restos de sangre reseca en las ropas. No parecía haber sido torturado, pero las visitas que le hacían los carceleros eran frecuentes. Afarat se protegió los ojos de la luz de la antorcha y se acurrucó aún más en la esquina.

—Dicen que te llamas Afarat, pero que tu verdadero nombre es Kalam ¿es cierto? —preguntó Marlat.

Afarat miró hacia el hombre que había pronunciado su casi olvidado nombre y asintió.

—También dicen que has sido médico personal de Assarhaddon, rey de Asiria —prosiguió Marlat.

—Agua por favor, necesito agua —dijo Afarat en un hilo de voz.

Marlat miró a uno de los carceleros que inmediatamente salió de la celda a por un pellejo de agua, volviendo poco después. El general le entregó el valioso líquido y bebió con avidez.

—Traedle algo de comida a este hombre, parece un saco de huesos — ordenó Marlat.

El general escita observó al deshecho humano que tenía delante, pero no sintió ninguna pena por él. Deseaba que fuera verdad que se trataba del asu de Assarhaddon, de esta manera, podría proporcionar interesante información sobre el rey asirio. El ruido de una puerta que se abría distrajo los pensamientos del general, y un soldado con pan, queso e higos secos, entró en la celda. Afarat miró con gratitud a aquel hombre y, aunque estaba muerto de hambre, comió muy poco. Su estómago llevaba varios días sin recibir apenas alimento y era consciente del peligró que corría si comía mucho de golpe. Marlat observó como Afarat escondía parte de la comida entre sus sucios ropajes.

—No temas por la comida —le dijo—, ordenaré que seas alimentado todos los días.

—Gracias.

—Ahora dime si es verdad qué has sido médico en la corte del rey Assarhaddon.

Afarat bebió un poco más de agua. Estaba dolorido y todavía tenía hambre, pero los alimentos que le había proporcionado ese hombre, habían aliviado un poco su sufrimiento.

—Mi verdadero nombre es Kalam, hijo de Alamkar. Durante años ejercí la noble profesión de asu en mi ciudad natal, Assur, hasta que me trasladé junto con mi mujer Damkira y mi hijo Nabui, a la ciudad de Nínive —el recuerdo de su familia llegó a su mente, sintió un pinchazo en el corazón y no pudo evitar que se le humedecieran los ojos y se le trabase la voz.

Marlat miró con atención al esclavo y pudo ver el profundo dolor que habitaba en su corazón. Esperó a que se recuperara de la emoción, no quería presionarle.

—Después de varios años de trabajo en Nínive, conseguí el puesto de médico personal del rey Assarhaddon.

—¿Cómo conseguiste ese cargo? —le preguntó Marlat.

—Conseguí curarle de una grave enfermedad y, como agradecimiento, me nombró su médico personal.

—Continua.

—Serví a la familia real durante varios meses. Un día, el rey, inició una campaña militar contra los cimerios y me ordenó que acompañara al ejército como cirujano. Durante una batalla, fui atacado por varios soldados pero logré escapar malherido. Después, desperté en una carroza escita. Me dijeron que nos dirigíamos a Sari, donde fui comprado por Jusman, caudillo de la ciudad.

—¿Puedes demostrar qué has sido médico de Assarhaddon?

—El rey me entregó el anillo que me distinguía como empleado real, pero supongo que los escitas me lo robaron cuando me encontraron.

—¿Sabes tú algo del anillo? —preguntó Marlat a Jusman, que se encontraba en la puerta de la celda.

—No tengo ni idea, cuando me lo vendieron no traía nada de valor consigo —le respondió Jusman, encogiéndose de hombros.

Marlat comenzó a hacer preguntas a Afarat sobre Assarhaddon y la familia real. Preguntó sobre sus rasgos físicos, su personalidad, sus gustos y aficiones. Luego le preguntó por el séquito real, por la reina madre, por el sacerdote, por los gobernadores. Después, le pidió que describiera el palacio. Cuando el asirio terminó de responder a todas sus preguntas, Marlat le miró satisfecho y ordenó que le trasladaran a una celda más salubre. Asqueado por el horrible olor, el general escita dio una fuerte bocanada de aire fresco nada más salir de la lúgubre prisión.

—Hace muchos años estuve con nuestro rey en Nínive —comenzó a contarle el general a Jusman—. Teuman aún era príncipe, dirigía una embajada de nuestro país, negociábamos la venta de cientos de nuestros caballos. Nos atendió personalmente el rey Senaquerib, padre de Assarhaddon. Nuestro rey era joven e impulsivo y, cuando volvíamos a Bhakri, tuvimos un pequeño percance con una patrulla asiria y necesitó ser atendido por un médico en Assur. Afarat ha descrito a la perfección las ciudades de Nínive y Assur, además del palacio. No conozco personalmente al rey asirio, ni a sus consejeros o gobernadores pero, según nuestros espías e informadores, los nombres coinciden con los que me ha dicho Afarat.

—¿Quieres decir qué es cierto que era médico del rey de Asiria? — preguntó Jusman, fingiendo incredulidad.

—Eres un estúpido —le espetó el general—, has tenido en tu poder al médico del rey más poderoso del mundo y no has sido consciente de ello. Es lamentable que ni siquiera te hayas molestado en hablar con él, para corroborar si lo que decía era cierto o no. Teuman será debidamente informado de tu negligencia, otra más.

—Pensé que mentía ¿cómo podía creer que un miserable esclavo había sido médico de Assarhaddon? —intentó justificarse Jusman.

—A tu pueblo sí le dijiste que el esclavo había sido el médico del rey de Asiria.

Jusman le miró sorprendido.

—Me lo han asegurado algunos vecinos tuyos.

—Tenía que justificar su alto precio. Sabía que tenía conocimientos médicos, así me lo confirmó nuestro shaman, pero en ningún momento pensé que había sido el médico de Assarhaddon.

—Lo más triste es que ni siquiera te molestaras en comprobarlo. Eres un necio. Haz los preparativos para las ejecuciones, quiero volver cuanto antes a Bhakri —le ordenó Marlat con desprecio.

 

La plaza mayor de Sari estaba atestada de gente. Toda la ciudad quería estar presente en la ejecución de los condenados. Los cinco prisioneros habían sido tumbados sobre una mesa de madera. Estaban colocados con los brazos y las piernas estiradas sujetadas por grilletes. A cada lado de la mesas se encontraban los verdugos, que portaban una gran hacha de un solo filo. Jusman observaba la escena desde una tribuna, a su lado se encontraba Marlat y los consejeros. Un condenado suplicó clemencia mientras que otros lloraban en silencio. Todos estaban aterrados. Jusman levantó su brazo derecho y lo bajó con fuerza. Los verdugos, nada más ver el movimiento de su caudillo, cercenaron el brazo izquierdo de los ajusticiados a la altura del hombro y comenzaron a gritar y retorcerse de dolor. Suplicaban, mediante gritos desesperados, la clemencia que el enviado del rey no les iba a conceder. Jusman volvió a levantar la mano y a bajarla. Los verdugos cortaron la pierna derecha de los reos a la altura de la rodilla. Dos de los verdugos erraron el primer golpe y tuvieron que dar un segundo hachazo. Los alaridos de dolor asustaron a una bandada de pájaros que emprendieron el vuelo huyendo despavoridos. La multitud, que al comienzo de la ejecución jadeaba divertida e insultaba a los prisioneros, permanecía en silencio, impactada por el infinito sufrimiento de los condenados. Entonces Marlat se levantó de su asiento.

—¡Pueblo de Sari, este es el castigo que recibirán todos aquellos que atenten contra las leyes de nuestro rey! Los delitos por los cuales estos hombres han sido condenados, son muy graves y solamente mediante su dolor y agonía, se verá expugnada parte de su culpa. Estos hombres han matado a diez soldados y robado vuestro mayor tesoro, vuestro libro de la lucha. ¡Tienen el castigo que se merecen! —exclamó el general.

Un murmullo recorrió a la multitud, que no tardó en gritar e insultar a los prisioneros. En pocos minutos, los gritos de la muchedumbre ocultaron los alaridos de dolor de los mutilados. El público quería más. Marlat miró a Jusman y este volvió a levantar y a bajar su brazo. Varios hombres se acercaron a los ajusticiados con tinajas y antorchas. Empezaron a verter un líquido negro con un fuerte olor sobre los cuerpos doloridos de los prisioneros, que no dejaban de gritar. Uno de ellos tuvo suerte y perdió el conocimiento. Cuando los verdugos comprobaron que todos estaban bien impregnados de brea, cogieron la antorcha que traían sus asistentes y les prendieron fuego. Una columna de humo negro se levantó por toda la ciudad, impregnándola con el olor a brea y a carne quemada. Los gritos desgarrados de dolor fueron acallando y en pocos segundos el silencio se adueñó de la ciudad.

 

Marlat partió al día siguiente hacia Bhakri, junto con cien soldados y el resto de prisioneros. El general dejó a otros cien soldados en Sari para que patrullaran por toda la región en busca de los fugitivos. Jusman continuaba siendo caudillo de la ciudad, pero sería relevado si no encontraba a Mushabat y recuperaba el libro robado. Marlat le había dado seis meses de plazo.

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