El designio de los dioses
Capítulo XXVI
LA CIUDAD de Gushi estaba emplazada en un oasis en medio de un erial. Situada en la depresión del rio del mismo nombre, estaba rodeada por el desierto y se aprovisionaba de agua a través de pozos, tuberías subterráneas, canales y pequeñas presas, que se abastecían del agua procedente del deshielo de las montañas circundantes. Gushi era un auténtico vergel, la mano del hombre había dominado el líquido elemento permitiendo, que en medio del desierto, se pudieran cultivar numerosos tipos de frutas y verduras. Rebaños de cabras y ovejas pastaban libres por la depresión protegidos de los vientos áridos y calurosos de la meseta. Los ciudadanos de Gushi eran principalmente pastores y campesinos, que cultivaban con esmero sus pequeñas parcelas.
Tallado en la roca de uno de los acantilados que bordeaban la ciudad, se encontraba el templo de los monjes de Kushan. Se accedía a él a través de una estrecha y serpenteante escalera y estaba compuesto por varias decenas de cavernas e infinidad de galerías. Protegido del calor exterior, el templo estaba fresco y limpio, estando constantemente ventilado gracias a innumerables ventanucos que daban al exterior. Allí los monjes vivían, rezaban y hacían sus ejercicios, tanto físicos como espirituales.
En una de las salas de la cueva se encontraba Ging-Liu, curando a un enfermo. La habitación estaba levemente iluminada por unas pocas velas. Sobriamente decorada, el mobiliario lo componía un camastro, una mesa pequeña y un viejo arcón. El monje prendió un poco de incienso y lo dejó cerca del paciente, luego frotó sus manos y las colocó sobre su pecho. Rezó una plegaría y salió de la habitación. Fuera le esperaba uno de sus acólitos.
—¿Algún cambio, maestro? —preguntó su alumno.
—Ninguno, debemos esperar y rezar.
—Maestro, ya son seis meses en este estado.
—Lo sé hermano, pero cada día que pasa es un triunfo. Si dios hubiera querido llevárselo, lo habría hecho ya —dijo Ging-Liu.
—A decir verdad, ya es un milagro que haya llegado vivo a Gushi. El maestro confirmó con la cabeza.
—Dios tiene un propósito o una misión para él —dijo pensativo el monje—, estoy seguro que sobrevivirá a esta experiencia.
Ging-Liu salió del templo y se dirigió a la ciudad. Hacía pocos meses que había vuelto de Sari, y desde entonces, era aún más admirado y respetado por su pueblo. Después de su larga ausencia y cuando todos le daban por muerto, había regresado, y no solo eso, si no que lo había hecho trayendo consigo el sagrado libro del pueblo de Kushan. Su cojera delataba que no había sido un viaje fácil, y que el precio que habían pagado sus monjes y él había sido muy alto. Ging-Liu recordaba el compañero muerto. Había sido decapitado para forzarle a hablar. Meditaba si hizo lo correcto, si podría haber evitado la muerte de su alumno. Sintió pena en el corazón. Paseaba por uno de los canales que abastecían de agua a la ciudad, acercó su mano a la acequia y bebió un poco de agua. Se maravilló de la grandeza del hombre, que era capaz de crear un paraíso en medio del desierto. Relajado por el sonido del agua se sentó en una roca, cruzó sus piernas y comenzó a meditar.
—¡Maestro, maestro, ha despertado! —le gritó a lo lejos uno de los aprendices, cuando llevaba apenas unos minutos de meditación.
El aprendiz se detuvo cuando vio que su maestro estaba meditando. Ese momento era sagrado para los monjes. Ging-Liu, abrió los ojos y sonrió al monje, que estaba exhausto después de la carrera que se había dado para avisarle.
—Maestro, el asirio ha despertado —dijo más tranquilo el monje cogiendo aire.
—¿Ha dicho algo? —preguntó Ging-Liu incorporándose.
—No, simplemente ha abierto los ojos y los ha vuelto a cerrar.
—¿Está dormido en estos momentos?
—No lo sé maestro, estaba cambiándole la ropa de cama cuando abrió los ojos, enseguida pregunté dónde estabas y salí en tu busca.
Ging-Liu aligeró el paso, quería comprobar en qué estado se encontraba el asirio. Cuando le encontraron, tenía la pierna rota y un golpe muy fuerte en la cabeza, además de numerosas contusiones. Le habían apaleado hasta que le dieron por muerto. Perdió mucha sangre y temía que pudiera sufrir alguna secuela física o mental. Preocupado, entró en la sala y se encontró al asirio dormido, y a su lado velaba un monje.
—¿Ha vuelto a despertar? —preguntó inquieto Ging-Liu.
—Sí, maestro, un par de veces. Abre los ojos y los vuelve a cerrar.
Ging-Liu se acercó al asirio y le tocó la frente. Por lo menos no tenía fiebre, temía que su cambio de estado se debiera a algún tipo de delirio provocado por la calentura. Cogió un vaso de agua y le dio de beber. Kalam dio algunos sorbos, y el resto del agua se desparramó por su cuello. El maestro le limpió con cuidado.
—Esta noche velaré por él —dijo Ging-Liu—, podéis marcharos.
Los dos monjes obedecieron y salieron de la sala dejando a su maestro junto al extranjero. Ging-Liu permaneció atento a cualquier movimiento del asirio durante horas. Llegó la noche y el enfermo seguía sin hacer un solo movimiento. El maestro estaba preocupado y comenzó a pasear por la pequeña sala. Sabía que tenía que controlar sus sentimientos, pero en ciertos momentos y a pesar del duro entrenamiento al que había sido sometido, le costaba un gran esfuerzo hacerlo. Cansado, cayó vencido por el sueño y se durmió.
Un ruido le sobresaltó, se sorprendió al haberse quedado dormido. Pensó que se estaba haciendo mayor. Miró al suelo y vio un vaso en el suelo. Se había caído de la pequeña mesa que estaba al lado del camastro del asirio. Se levantó y cogió el vaso, lo colocó en la mesa y miró al asirio, que permanecía dormido. Algo le extrañó, recordaba que le había tapado con una manta pero el brazo derecho del asirio estaba al descubierto. Sin duda lo había movido.
—Despierta Afarat, estás entre amigos —le dijo con voz muy suave.
Kalam permanecía con los ojos cerrados en silencio.
—Ya llevas demasiado tiempo dormido. Tienes que despertar si quieres curarte —volvió a decirle, tocándole ligeramente la frente.
El asirio abrió los ojos.
—Bien amigo, despierta, no tienes nada que temer —le dijo Ging-Liu con los ojos húmedos.
—¿Dónde estoy? —preguntó Kalam en un susurro.
—Estás entre amigos, ¿no me recuerdas?
El asirio miró al anciano que tenía delante. Tenía la sensación de haberle visto antes pero no le recordaba. Negó con la cabeza.
—Es lógico, ha pasado mucho tiempo y has sufrido un fuerte golpe. Ahora descansa, ordenaré que te traigan caldo de gallina. Mañana seguiremos hablando.
—Mi… mi nombre es Kalam, no Afarat —dijo con dificultad.
—Kalam es tu nombre de hombre libre, me lo dijiste en Sari…
—Soy un hombre libre —le interrumpió el asirio.
—Me alegra oír esta noticia —sonrió sincero Ging-Liu—. Descansa amigo, creo que tenemos mucho de qué hablar.
Al día siguiente Ging-Liu fue a visitarle. Le auscultó y pudo comprobar que no podía mover las piernas y que los brazos los movía con dificultad. Comenzó a hablar con él, pero Kalam le respondía casi siempre con monosílabos. Tenía enormes dificultades para hablar y apenas pronunciaba unas palabras se fatigaba. Le quitó la manta y observó la pierna que tenía rota. Una enorme cicatriz señalaba claramente por donde se había quebrado. Cogió la pierna y la levantó. Intentó doblarla suavemente pero Kalam dio un fuerte grito. Pasarían muchos meses si no años, hasta que el asirio pudiera recuperarse de la paliza recibida. Si es que lo conseguía algún día.
—Veo que no puedes mover las extremidades inferiores y tienes dificultades con las superiores. También sufres fuertes dolores, ¿me has reconocido o todavía no sabes quién soy?
Kalam negó con la cabeza.
—Bueno, ese puede ser un problema menor. Cuando alguien recibe un golpe fuerte en la cabeza a veces sufre amnesia. Es posible que comiences a recordar en cualquier momento —dijo el maestro, con más fe que convencimiento.
—¿Dónde estoy? —preguntó Kalam, con voz trémula.
—Estás en Kushan, un país muy lejano del tuyo, Asiria, ¿recuerdas tu país?
—Sí, claro. Recuerdo mi país y muchas cosas más —intentó hacer memoria—. Lo último que recuerdo fue el ataque de los bandidos alanos. Todos murieron. Recuerdo que estaba en el suelo rodeado…
—Ahora descansa, —le interrumpió Ging-Liu tocándole el hombro, no quería que ningún pensamiento negativo aflorara en su cabeza— ya tendrás tiempo de recordar muchas cosas. Vamos a comenzar tu tratamiento de rehabilitación, será largo y doloroso, pero creo que en pocos meses volverás a estar como nuevo.
—Debo volver a Nínive, con mi mujer y mi hijo —susurró el asirio.
Ging-Liu, sonrió.
—Bien, veo que recuerdas a tu familia. Al único que no recuerdas es a mí —dijo soltando una carcajada—. No te preocupes, volverás con tu familia y nosotros te ayudaremos, pero antes, debes curarte por completo. Lo primero que vamos a hacer es aliviar tus dolores musculares.
El maestro cogió un pequeño recipiente de barro y vertió en su mano un líquido transparente con olor a espliego. Frotó con fuerza sus manos y luego comenzó a masajear la pierna herida del asirio.
—Soy médico —le dijo Kalam.
—Lo sé —dijo Ging-Liu sin dejar de masajearle.
—Ese líquido contiene espliego ¿verdad?
—Efectivamente, es muy útil para combatir el dolor. Hemos macerado espliego con alcohol durante quince días. Te daremos un masaje diario, en pocos días el dolor de tu pierna desaparecerá.
—También me duele la cabeza.
—Es debido al fuerte golpe que recibiste.
Kalam se echó la mano a la cabeza y tocó la cicatriz que el golpe del alano le había producido. Después de varios minutos de masaje, el maestro salió de la sala entrando pocos minutos después con una bolsa de tela negra. Sacó un pequeño frasco de barro y otro mucho más grande. Cogió un vaso y vertió un líquido marrón, después abrió el frasco pequeño, se echó algunas gotas en las manos y las frotó enérgicamente. Luego cogió el vaso y se lo dio a Kalam.
—Vamos a intentar aliviar tu dolor de cabeza. Por favor, bébetelo —le dijo Ging-Liu señalando el vaso de barro que tenía Kalam en su mano.
Kalam obedeció, el líquido tenía un fuerte sabor amargo, pero no dejó una sola gota. Confiaba en el anciano. Ging-Liu volvió a frotarse las manos y las colocó en las sienes de Kalam. Comenzó a masajearle con suavidad. Primero las sienes, luego el cuello y posteriormente toda la cabeza. Kalam parecía más relajado.
—Beberás tres vasos al día, junto con los masajes te ayudará a superar tu dolor de cabeza.
—¿Qué es? —preguntó Kalam—. No identifico su amargo sabor.
—Es corteza de sauce cocida.
Le estuvo masajeando durante varios minutos. Sorprendentemente, el dolor de cabeza desapareció. Ging-Liu le pidió a un monje que le trajera algo. Poco después, el monje entró en la sala con un plato de uvas blancas. El maestro sacó un pequeño cilindro de barro cocido, lo abrió y vertió tres gotas de un líquido verdoso en una uva, luego se la entregó a Kalam.
—Toma, cométela.
—Nunca había visto una uva blanca.
—Son originarias de Kushan, no se cultivan en ningún otro lugar.
Kalam se comió la uva y le sorprendió su sabor, era extremadamente dulce. Ging-Liu, cogió una a una todas las uvas, les echó tres gotas y las dejó en el plato.
—Te comerás una de estas uvas media hora antes de dormir. Facilitará tu sueño.
—¿Qué líquido le has echado? —preguntó curioso—. Huele a limón.
—Es esencia de melisa.
El asirio asintió, sin duda se encontraba ante un gran médico.
—Las uvas son muy dulces.
—Esta es una tierra muy seca donde casi nunca llueve —le dijo Ging-Liu—. Las temperaturas son muy altas y hay muchas horas de sol, por este motivo nuestras uvas, así como otros tipos de frutos, son muy dulces.
Ging-Liu comenzó a meter en la bolsa marrón todos los frascos que había sacado.
—A partir de mañana recibirás masajes diarios, tanto en la cabeza como en la pierna. Tienes que beber tres vasos de cocción de corteza de sauce y recuerda que antes de dormir, debes comerte una de las uvas con melisa. Espero que en pocas semanas ya puedas dar algún paseo.
—Muchas gracias… maestro —dijo agradecido Kalam.
—Dale las gracias a tus dioses, es un milagro que hayas sobrevivido — le dijo Ging-Liu tocándole el hombro.
Una imagen surgió de pronto en la mente de Kalam. Vio a un anciano monje, se encontraba en un calabozo oscuro y maloliente, le habían amputado tres dedos del pie derecho y golpeado por todo el cuerpo. Recordó su mirada de gratitud mientras limpiaba sus heridas y cambiaba los vendajes.
—¡Maestro!
Ging-Liu se giró.
—¡Te recuerdo! —le dijo Kalam, y el anciano asintió con una sonrisa.
Kalam se esforzaba cada día con el único objetivo de acortar su tiempo de recuperación. Hacía semanas que consiguió levantarse de la cama y dar algunos pasos muy cortos. Poco después y gracias a los masajes y a los ejercicios de rehabilitación, los pequeños pasos se convirtieron en largas caminatas. Siempre acompañado por el maestro, o por algún monje, caminaba cada día un poco más. El recuerdo de su mujer e hijo, le daba las fuerzas necesarias para luchar por su curación. Se ayudaba de un bastón, el fuerte golpe sufrido le dejó secuelas.
Todavía no había amanecido y hacía frío. Era el mejor momento para pasear pues, en pocas horas, el ardiente sol de Gushi le impediría andar poco más de unos centenares de metros. Kalam tomó un frugal desayuno compuesto por melón dulce y arroz, cogió su bastón y se dispuso a salir del monasterio. En la puerta le esperaba el maestro. Bajaron por la escalera de piedra del templo hasta que llegaron a la depresión del rio. Siguieron su cauce y cruzaron la ciudad dejando atrás sus casas de adobe y cuevas cavadas en la roca. Cipreses y abedules franqueaban su paso y el olor a azahar impregnaba todo el camino. El rio cruzaba la ciudad medio seco y una estela verde de plantas acuáticas y matorral de ribera le escoltaba hasta las afueras, donde el terreno yermo y árido le relevaba. Continuaron por el cauce del rio hasta que comenzaron a subir por un barranco seco. Kalam se movía con dificultad por la pedregosa superficie. Finalmente, y no sin pocos esfuerzos, consiguió subir a la loma. Delante de él se encontró con las llamadas montañas flameantes. La erosión del agua y del viento, había producido en la montaña una serie de barrancos y surcos que junto con el color ocre de sus tierras, generaba la sensación de encontrarse ante un enorme incendio petrificado. El sol reflejaba sus rayos en la montaña, haciendo aún más verosímil la imagen del fuego hermanado con la roca. Kalam quedó fascinado ante el mágico paisaje.
—Un lugar muy bello, ¿verdad? —le preguntó Ging-Liu.
—Nunca había visto nada igual.
—El desierto tiene una enorme belleza, pero es más sutil. Kalam se sentó en una roca y contempló las montañas.
—Maestro, ¿cuándo podré volver a Nínive?
Durante las últimas semanas no había preguntado otra cosa. Su impaciencia por volver a su hogar crecía día a día.
—Pronto, pero antes debes estar en plenas facultades, el camino de regreso es largo y peligroso.
—Siempre me respondes lo mismo —se quejó Kalam.
—Quizá sea porque siempre me preguntas lo mismo —le dijo el monje con una sonrisa.
Un ruido les distrajo, alguien estaba subiendo por el barranco. Al poco tiempo, la figura de un monje apareció ante ellos.
—Saludos, maestro —dijo el monje bajando la cabeza—, y saludos, extranjero.
—Saludos, Khan-Jiu.
Kalam enseguida reconoció al joven monje, era uno de los que acompañaba a Ging-Liu cuando les apresaron en Sari. Sintió un poco de vergüenza al recordar que los denunció ante Jusman.
—Saludos, monje —dijo Kalam bajando la cabeza.
Ging-Liu se sentó en la roca junto a Kalam y Khan-Jiu hizo lo propio.
—No nos hemos visto desde que volvimos de Sari ¿qué tal tu viaje? — le preguntó Ging-Liu.
Khan-Jiu había viajado por toda Kushan, para informar a todo el país de la recuperación del libro.
—Muy bien, muy bien, me han tratado a cuerpo de rey —dijo riendo—, en cada pueblo que paraba para anunciar la buena nueva, me atendían divinamente ofreciéndome exquisitos manjares y la mejor de las camas. El pueblo vuelve a estar feliz.
Ging-Liu sonrió.
—Kalam, este es el monje que te salvó la vida. Aunque yo ya te he contado cómo ocurrió, estoy seguro que te va a interesar oír la historia en voz de su protagonista —le dijo el maestro.
—Por supuesto, es un gran placer y honor conocer al hombre que me salvó la vida, no sé cómo puedo darte las gracias.
—No tienes nada que agradecer. Gracias a ti pudimos escapar de Sari — le dijo el monje sonriendo—. Soy yo quien debe darte las gracias.
Los dos hombres se estrecharon las manos y Kalam pudo sentir la energía que irradiaba. Sin duda, se trataba de un hombre excepcional.
—Te contaré la historia —comenzó a decir Khan-Jiu—. Yo volvía de Kutatisi hacia Sari cuando, llegada la noche, me cruce con un grupo de alanos. Por suerte pude esconderme y observarles sin ser visto. No entiendo su idioma, pero pude ver como se pegaban entre ellos por la posesión de algunas armas u objetos que ellos consideraban de valor. También portaban varios caballos muertos y uno de ellos comenzó a ser descuartizado. Por los ropajes y armas que portaban en distintos fardos, pude ver que habían sido soldados escitas los que había sufrido el asalto. Me lamenté por ellos, pues es bien sabido, que los alanos no dejan supervivientes. En la mañana siguiente, continué mi viaje de regreso a Sari, donde me esperaba el maestro.
Ging-Liu asintió.
—En el camino me encontré con los restos de lo que había sido una dura batalla. Los cuerpos de los escitas estaban esparcidos por el bosque junto con decenas de alanos. Los asaltados habían vendido cara su derrota. Los cuerpos habían sido desnudados para despojarlos de las pertenencias que llevaban consigo. Algunos de ellos mostraban señales de haber sido devorados por las alimañas que viven en el bosque. Pude ver varias decenas de cuervos y un par de zorros, que huyeron al sentir mi presencia. Observé los cuerpos, muchos de ellos mutilados, y uno de ellos me resultó familiar. Estaba desnudo y completamente ensangrentado. La pierna la tenía rota a la altura de la rodilla y presentaba un fuerte golpe en la cabeza. Parecía que estaba muerto. Me acerqué a él y le limpie la sangre reseca que le tapaba toda la cara. Enseguida pude ver que se trataba del asirio que nos ayudó a escapar de Sari. Eras tú Kalam, y estabas en un estado lamentable —le dijo a un atento Kalam, que no perdía detalle de la historia—. Un ruido ahogado surgió de tu garganta. Pensé que serían tus últimos estertores, pero te tomé el pulso y, aunque débil, tu corazón todavía latía. Te hice un torniquete para evitar que siguieras sangrando y curé tus heridas con las pocas hierbas medicinales que siempre llevo en mi alforja. Intenté darte de beber, pero me fue imposible, estabas completamente inconsciente y apenas conseguí mojar tus labios. Te subí a hombros y comenzamos el viaje de regreso. Varias semanas después, llegamos a nuestro escondrijo en Sari, donde el maestro te atendió hasta que comenzamos el camino de regreso a Gushi. Esa es la historia hasta el día de hoy. Me alegro de encontrarte en tan buen estado, cuando me fui, temí que a mi regreso hubieras muerto.
El asirio se admiró de la suerte que había tenido. Si el monje no se hubiera cruzado en su camino, estaría muerto y habría sido pasto de las alimañas.
—Es la segunda vez en mi vida que escapo de la muerte —dijo Kalam, ante la atenta mirada de los monjes—. Hace años, acompañé como cirujano a las tropas de Assarhaddon que combatían contra los cimeros. Durante la batalla, fui atacado por un soldado asirio. Me temo que Assarhaddon lo ordenó así. Protegido por otro soldado, evité ese primer ataque, pero el campamento asirio, donde yo me encontraba asistiendo a los heridos, fue asaltado por lo cimerios. Milagrosamente pude escapar malherido y fui rescatado por los escitas, que me vendieron como esclavo a Jusman.
—Tus dioses tienen un plan para ti —le dijo Ging-Liu.
—¿Qué quieres decir?
—Todos en esta vida tenemos una misión y tú también tienes la tuya. Los dioses te protegerán la vida hasta que la cumplas.
—¿Qué misión puede ser? —preguntó inquieto el asirio.
—Solo tus dioses lo saben —le dijo el maestro levantándose de la roca —. Será mejor que volvamos, pronto el calor será insoportable.
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