El designio de los dioses
Capítulo XXX
LAS PUERTAS de la muralla se abrieron para dejar salir a las tropas que marchaban contra los egipcios. Nakiya observaba con satisfacción como su nieto Sin-Iddina-Apla, los dirigía. Quince mil infantes, dos mil jinetes y trescientos carros de guerra, componían el ejército asirio. Tropas muy superiores en número al ejército egipcio, Hitman y Kishdar no querían sorpresas. Como era habitual, toda la población de Nínive se reunió para despedir a sus soldados. La música y los pétalos de flores amenizaron la partida y paliaron, aunque solo en parte, el dolor de madres y esposas que veían como sus seres queridos partían hacia la guerra. El príncipe giró su caballo y saludó a la reina madre que le observaba orgullosa desde la muralla.
—Será un gran rey —le dijo Hitman a Nakiya.
—Estoy nerviosa, es su primera batalla.
—Los astros son propicios, mi señora, la victoria será nuestra y la gloria para el joven príncipe —intervino Nisher-Sag.
Kalam caminaba junto a Kargicheng. Durante su estancia en Nínive, fingiría ser su esclavo personal. Estaban próximos a la ciudad cuando fueron detenidos por una patrulla asiria. A Kalam casi le da un vuelco el corazón, pensaba que ya habían informado a Assarhaddon de su presencia en la caravana. Se tranquilizó cuando el oficial que mandaba la patrulla les informó que tenían que detenerse, pues el ejército asirio se disponía a salir de la ciudad.
—¿A dónde se dirigen? —preguntó Kargicheng desde su caballo.
—A Gaza, por lo visto hay tropas egipcias merodeando por la zona — contestó el oficial.
A Kalam le hubiera gustado preguntar infinidad de cosas al soldado, pero tuvo que contenerse. Si hubiera osado dirigirse al oficial, habría sido fustigado por insolente. Un esclavo nunca puede iniciar una conversación o preguntar a un hombre libre y mucho menos a un oficial asirio. Kalam observó el imponente ejército y se fijó en quién les dirigía. Habían pasado muchos años y el niño que jugaba por los jardines de palacio, se había convertido en un hombre. Enseguida reconoció a Sin-Iddina-Apla, pero no al general que le acompañaba. Se preguntó dónde estaría Artacomo. Miró hacia la muralla y pudo distinguir a Nakiya, a Nisher-Sag y al general Hitman, pero le sorprendió no ver ni a la reina Zukatu ni al rey. Sutilmente se acercó a Kargicheng y le pidió que se lo preguntara al oficial. Pero si el comerciante quería obtener la información, antes tendría que ganarse la confianza del huraño soldado. Ordenó a uno de sus sirvientes que le llevara un ánfora con vino.
—Oficial, hace mucho calor y parecéis sediento, tomad y probad de este vino, estoy seguro de que no habéis probado nunca nada parecido —dijo sonriendo el comerciante, entregándole el ánfora.
El oficial miró desconfiado pero tomó el ánfora y bebió. Satisfecho, sonrió y se la entregó a sus hombres que la vaciaron en pocos minutos.
—No veo a la reina, ni al rey despedir al ejército —dijo Kargicheng, después de haberle entregado una ánfora más.
—La reina murió hace unos meses y el rey se encuentra gravemente enfermo —dijo el oficial, con la lengua más desatada de lo debido gracias al efecto del vino.
Kargicheng y Kalam se miraron.
—Oh, lo siento, ¿se conoce qué mal está causando la enfermedad del rey? —preguntó el yuezhi.
—Poco sabemos de las cosas que ocurren en palacio, a nosotros solo nos mandan, no nos informan.
—¿Entonces se desconoce qué enfermedad tiene? —insistió.
—Solo sé lo que se rumorea. Se comenta que el rey ha caído en una profunda nostalgia y que solo desea reunirse con su mujer —el oficial observó como la totalidad del ejército asirio había abandonado la ciudad—. Las tropas han salido de la ciudad, podéis continuar hacia Nínive. Gracias por el vino.
El comerciante le sonrió y la caravana continuó el camino hacia la capital asiria. Durante las campañas militares estaba prohibido que los extranjeros entraran en la ciudad, así que Kargicheng tuvo que hacer uso de todas sus influencias para poder entrar en Nínive. Durante casi una hora estuvo negociando con el funcionario de aduanas. Le había permitido comerciar con sus productos y acampar extramuros pero le había impedido el paso a la ciudad. Finalmente, tuvo que reclamar la presencia del gobernador, al que conocía desde hacía años, para poder entrar en la capital asiria. Kargicheng ordenó a sus administradores que organizaran el montaje de las tiendas de campaña y los tenderetes. Mientras tanto, él esperaría la autorización de Nigirsu en la puerta de la ciudad, acompañado por su guardia personal y cinco sirvientes que portaban pesados fardos. Kalam se encontraba entre ellos. Poco después, apareció la figura sobria del gobernador. Iba vestido de riguroso negro y su semblante era serio.
—Kargicheng, es un placer volver a verte —dijo huraño Nigirsu, incapaz de mostrar ningún tipo de emoción.
—Saludos, gobernador, veo que los años son benevolentes contigo — dijo sonriendo.
Nigirsu no pudo evitar una sonrisa.
—Entremos en la ciudad, supongo que estarás cansado después de tanto viaje. Vayamos a palacio, he informado a la reina madre de tu presencia y está impaciente por saber qué productos traes en esta ocasión.
Kalam cruzó la hermosa puerta de Shamash, con sus dos torreones proyectados y su arco abovedado, y entró en la ciudad confundido con el resto de sirvientes. Evitó en todo momento acercarse a Nigirsu más de la cuenta y no abrió la boca durante todo el trayecto. Sintió una fuerte emoción al volver a la ciudad donde, hacía muchos años, encontró la felicidad pero también el infortunio. Poco había cambiado desde entonces. Durante el camino hacia el palacio, Kargicheng intentó indagar algo más sobre la muerte de la reina y la enfermedad que sufría el rey, pero Nigirsu, como era habitual en él, o no respondía o lo hacía con monosílabos. Después de hacer algunas preguntas más, el yuezhi desistió, dándose por vencido. Llegaron a las puertas de palacio y Kalam entregó su fardo a uno de los sirvientes reales. Después, junto con el resto de esclavos, fue conducido hasta las caballerizas donde le dieron agua y un pedazo de pan. Kargicheng fue presentado ante Nakiya que le recibió con una sonrisa.
—Estimado Kargicheng, es grato verte en estos momentos de profunda tristeza.
—Saludos, mi señora, ya he sido informado de la muerte de la reina. Le doy mis más sinceras condolencias —dijo triste el comerciante.
Nakiya asintió y sonrió agradecida.
—He oído que el rey también está enfermo —dijo Kargicheng—, espero que no sea nada grave.
—No es nada de importancia, simplemente está algo indispuesto. Me ha pedido que te salude de su parte —mintió—. Ahora dime ¿qué mercancías nos traes?
—Mi reina, como regalo personal, he traído cinco fardos de seda virgen de distintos colores para que tus costureras os hagan los vestidos más bellos, con las más suaves y magníficas telas.
Hizo un gesto con la mano y entraron en la sala de audiencias los siervos reales portando los fardos. Con sumo cuidado, el comerciante los cortó, dejando a la vista las más hermosas sedas que la reina había visto.
—Es un regalo muy generoso —dijo satisfecha Nakiya, mientras tocaba con agrado las suaves telas.
—Espero que sirvan para mitigar, aunque sea solo en parte, el dolor por la muerte de la reina Zukatu.
Nakiya sintió un nudo en la garganta, su nuera había muerto, su hijo estaba gravemente enfermo y su nieto se dirigía a la guerra contra los egipcios. Fingió una sonrisa y bebió un sorbo de vino de una copa de plata. A Kargicheng no le pasó desapercibida la triste mirada de la reina. Sabía que la enfermedad del rey era más grave de lo que Nakiya intentaba transmitirle.
—Te agradezco tu visita, mi querido Kargicheng, pero estoy muy cansada y mucho me temo que debo despedirte.
—Ha sido un placer mi reina. Deseo una pronta recuperación del poderoso rey Assarhaddon.
—Los dioses te oigan.
El comerciante se despidió y salió de la sala de audiencias acompañado por Nigirsu. Caminaban hacia la puerta principal del palacio cuando el comerciante sufrió un fuerte dolor en el estómago.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó el gobernador.
—Siento un dolor horrible —dijo Kargicheng con la espalda doblada.
—¡Guardias, avisad a Imashar! —ordenó Nigirsu—. Acompáñame a la habitación de invitados, allí el asu del rey te podrá atender.
Apoyándose en dos sirvientes y entre fuertes dolores, Kargicheng fue llevado a una de las habitaciones de invitados. Le desvistieron y le acomodaron en la cama. A los pocos minutos entró Imashar.
—Saludos Nigirsu, veo que tienes un invitado con molestias —dijo Imashar.
—Acabamos de estar con la reina, nos disponíamos a salir de palacio cuando cayó doblado por un dolor de estómago —dijo Nigirsu.
—Saludos, comerciante, mi nombre es Imashar.
—Es un honor ser atendido por el asu real, mi nombre es Kargicheng y provengo de Kushan —dijo con dificultad el comerciante.
—De lejanas tierras vienes —le dijo Imashar mientras le auscultaba.
Le palpó el estómago y el yuezhi se estremeció, le tomó el pulso y le olió el aliento, momento del que sirvió Kargicheng para decirle en voz baja que tenía que hablar con él a solas. Extrañado, el asu ordenó que le dejaran solo con el comerciante, pues tenía que hacerle una exploración más exhaustiva.
—Con los cuidados de Imashar te recuperaras pronto, no obstante, puedes hacer uso de esta habitación todo el tiempo que necesites. Fuera dejaré a uno de los sirvientes que te atenderán en todo lo que precises — dijo Nigirsu.
—Gracias gobernador —dijo con un hilo de voz Kargicheng.
Los sirvientes y Nigirsu salieron de la habitación dejando solos al asu y al comerciante.
—Entiendo que tu dolor es fingido y que ha sido una excusa para poder hablar conmigo a solas, ¿me equivoco? —preguntó Imashar.
—Estás en lo cierto, no tengo dolor ninguno, simplemente quería hablar contigo sin que hubiera nadie delante, tengo una noticia importante que darte.
Kargicheng se incorporó y se sentó en la cama, el asu le miraba con atención.
—Conmigo viaja una persona que tú conoces, su nombre es Kalam.
—¿Kalam? —preguntó incrédulo Imashar—. El rey dijo que estaba muerto —añadió confuso.
—Eso creía él, pero está vivo.
Imashar no podía creer lo que estaba oyendo. Después de tantos años, Kalam había vuelto a Nínive. Estaba emocionado, nervioso, esperanzado, recordó como un buen día, entró en su vida curando la enfermedad del rey. Era un joven audaz, valeroso, lleno de vida, volcado en el amor por su mujer y su hijo…, entonces recordó una conversación que tuvo con Assarhaddon y su sonrisa se desvaneció. Sintió una fuerte opresión en el corazón que le obligó a sentarse en la cama. Kargicheng le miraba confuso.
—¿Dónde está ahora? —preguntó inquieto Imashar.
—En lugar seguro, Kalam teme por su vida.
—Y no le falta razón.
—Quería hablar directamente contigo, preguntarte por su familia, por Assarhaddon, pero pude convencerle para que fuera yo quien se comunicase contigo en su lugar. Como te he comentado, Kalam teme por su vida, sospecha que Assarhaddon le envío a luchar contra los cimerios para provocar su muerte.
El asu no pudo sofocar el llanto, el comerciante intentó consolarle pero no lo consiguió. El recuerdo de Kalam, Damkira y el pequeño Nabui, llegó a su mente produciéndole un insoportable dolor. Y el asu lloró durante varios minutos, hasta que pudo desahogar parte de su pena sobre el hombro del desconocido. El médico, ya más calmado, comenzó a hablar.
—Kalam corre peligro, debe marcharse, huir de Nínive cuanto antes.
—¿Dónde está su familia?
—Debe marcharse —insistió el asu.
—Sabes que no se irá sin su familia, ¿dónde están?, ¿qué ha sido de ellos? —preguntó nervioso Kargicheng temiéndose lo peor.
Imashar se tapó la cara con las manos, se veía incapaz de narrarle los hechos tal y como se los había contado el propio Assarhaddon. Se levantó de la cama y se dirigió hacia la ventana. Respiró hondo, intentó tranquilizarse y sin dejar de mirar por la ventana, contó la desgraciada historia. Cuando hubo terminado, se giró y miró a Kargicheng, que lloraba con el corazón destrozado.
—Debéis iros de Nínive y cuanto antes.
—Si nos marchamos ahora podemos levantar sospechas, porque tenemos acordados cuatro días de mercado —dijo Kargicheng algo más recompuesto.
—Entonces oculta a Kalam en la caravana e impide que salga de su tienda.
El yuezhi se levantó con dificultad de la cama, tenía los ojos húmedos y el alma rota. Recordaba como Kalam, durante el viaje, no dejaba de hablar de su bella esposa y su hermoso hijo. Cada vez que lo hacía, sus ojos brillaban orgullosos y emocionados. Estaba como loco por ver de nuevo a su familia, besar a su mujer, abrazar y jugar con su hijo. Ahora, su gran deseo había sido frustrado por el capricho y la lujuria del rey.
—¿Cuándo se lo diremos a Kalam? —preguntó el yuezhi.
—No lo sé. Ni siquiera sé si es conveniente que lo sepa.
—Debe saberlo, tiene derecho a saber qué ha sido de su familia.
—En tal caso, seré yo quien deba decírselo —dijo con tristeza Imashar —, mañana al anochecer iré a vuestro campamento.
Kargicheng asintió agradecido.
—Ahora debo marcharme. Que dios te guarde, asu.
—Que los dioses te protejan.
El yuezhi se dirigió hacia las caballerizas donde le esperaba Kalam y el resto de sirvientes. El asirio estaba impaciente por saber si Kargicheng había conseguido hablar con el asu. Esperó a que hubieran cruzado las murallas de la ciudad, para dirigirse al comerciante.
—¿Has conseguido hablar con Imashar? —pregunto nervioso.
Kargicheng miró a sus espaldas para asegurarse que ningún soldado asirio les observaba.
—Debes ser más prudente Kalam, cualquier mínimo error y Assarhaddon sabrá que estás vivo.
—Lo siento, pero es que no puedo soportarlo más, los nervios me van a matar, ¿le has visto?
—Sí, pero apenas hemos podido cruzar unas palabras. Mañana por la noche vendrá al campamento y podrás hablar con él —dijo Kargicheng intentando ocultar su dolor.
—¿Te ha podido decir algo de mi familia?
El comerciante sintió un nudo en el estómago.
—No, lo siento, como te he dicho antes, apenas nos hemos saludado — dijo Kargicheng mientras iba aligerando el paso—. Debemos darnos prisa, ya es tarde y mañana es día de mercado. Nos espera un día muy duro.
Las lágrimas comenzaron a brotarle de los ojos, caminó más deprisa para evitar que Kalam le viera. El asirio le miró con preocupación, extrañado por la conducta huidiza del comerciante, y caminó en silencio hacia el campamento.
Kalam esperaba impaciente al asu del rey. Kargicheng le había aconsejado que permaneciera todo el día en su tienda. Tenía que ser prudente, al igual que Marlat le había descubierto, cualquier otro podría hacerlo. Miraba constantemente fuera de la tienda esperando ver el ocaso del sol y la llegada de Imashar. ¿Se habría casado Damkira? ¿Mi hijo estaría sano estudiando en palacio junto con los príncipes? Las preguntas se agolpaban en la mente del asirio, cada minuto que pasaba crecía su impaciencia. Después de años de espera, por fin había llegado el momento de reunirse con su familia. Oyó ruido fuera de la tienda, asomó la cabeza y vio que dos sombras se aproximaban entre la penumbra, pudo identificar al asu y al comerciante. El corazón se le salía del pecho cuando los dos hombres entraron en la tienda.
—¡Imashar amigo mío! —exclamó Kalam abrazando al médico.
—Querido Kalam, creíamos que habías muerto —dijo Imashar con lágrimas en los ojos.
—¡Cuántos años, por todos los dioses!
—Muchos, amigo mío, muchos —Imashar tomó asiento, estaba cansado —. Cuando Kargicheng me dijo que seguías vivo mi corazón lloró de gozo.
—Siento decirte que tienes mal aspecto ¿te encuentras bien?
—No te preocupes por mí, simplemente estoy algo cansado, los años pesan sobre mí como auténticos sillares de piedra.
Kalam observó el semblante serio del médico que sonreía forzado desviando la mirada.
—¿Qué ocurre Imashar? Se trata de mi familia, ¿verdad? —preguntó Kalam temiéndose lo peor.
—Siéntate por favor —le dijo Kargicheng.
El asirio obedeció.
—Kalam, tengo que darte malas, muy malas noticias sobre tu familia.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Kalam, cogiendo con fuerza el brazo de Imashar.
El médico le miró, no encontraba la manera de decírselo.
—Por favor Imashar, dime lo que sea, pero dímelo ya, no puedo soportarlo más —suplicó el asirio.
—Toma Kalam, bébete esto, te tranquilizará. Te contaré lo que le ha pasado a tu familia —le dijo Imashar dándole un vaso en el que había añadido un tranquilizante.
Esperó a que el sedante le hiciera efecto, haciendo caso omiso a las súplicas de Kalam, que le apremiaba impaciente para que le contara lo que le había ocurrido a su familia. Observó sus pupilas y fue consciente de que el bebedizo empezaba a hacer efecto. Respiró hondo, miró a Kargicheng y aguantando las lágrimas narró la desgraciada historia.
—Ocurrió el día que Artacomo llegó triunfante de su victoria sobre los cimerios. Hubo una gran fiesta y el rey bebió más de la cuenta. Cuando los invitados se fueron, Assarhaddon siguió bebiendo, barruntado una idea que había surgido en su cabeza. Abandonó la sala del trono y se dirigió…, se dirigió hacia la alcoba de Damkira.
A pesar del tranquilizante que le habían proporcionado, Kalam se incorporó nervioso ante las palabras de su amigo.
—Ella estaba durmiendo y el rey la despertó —continuó Imashar, con gran pesar en su corazón, pero con la obligación de tener que hacerlo—. Intentó abusar de ella —las lágrimas, incontrolables, comenzaron a aflorar —, Damkira fue valiente y se resistió, pero el rey era más fuerte, entonces el pequeño Nabui, debido a los gritos de su madre, se despertó y valientemente comenzó a golpear al rey…
El asu hizo una pausa, se sentía incapaz de seguir hablando.
—Continúa por favor —suplicó Kalam con los ojos húmedos.
—Assarhaddon le golpeó tirándole al suelo, Damkira fue a socorrerle y pudo comprobar que, a pesar de haber recibido un fuerte golpe, se encontraba bien. Assarhaddon la cogió por la espalda y la arrojó a la cama, y a cambio de salvaguardar la vida de su hijo, accedió a sus deseos. Pero antes le suplicó poder llevar al pequeño a su dormitorio, para que sus ojos no fueran testigos de la violación de su madre. El rey aceptó.
—Sigue —ordenó Kalam, al que ya le corrían las lágrimas por las mejillas.
—Damkira se acercó a Nabui y lo cogió entre sus brazos para tranquilizarlo —el asu hizo una pausa—. Desconozco que pasó entonces por su cabeza, ni por qué lo hizo. Quizá, creyendo que habías muerto y ante la perspectiva de verse ultrajada y humillada por el rey, un sentimiento de angustia y soledad azotase su atormentada alma, quizá pensase que sin ti, la vida no tenía ningún sentido y ni siquiera el chiquillo era suficiente motivo para seguir viviendo…
Imashar no podía continuar, un nudo en la garganta le impedía hablar. Kargicheng le puso la mano sobre el hombro y, con los ojos nublados por las lágrimas, intentó consolarle.
—Por favor, sigue —dijo Kalam, intentando aparentar una entereza de la que carecía.
No sin dificultad y después de beber un vaso de agua, el médico continuó.
—Con el niño en brazos, Damkira corrió hacia la ventana. Assarhaddon, viendo sus intenciones, se lanzó hacia ella justo en el momento que saltaba por la ventana con Nabui en su regazo. Estiró su brazo e intentó agarrar a Damkira, que ya se precipitaba hacia el vacío, pero solo consiguió coger al niño. Damkira cayó por la ventana, mientras que Assarhaddon sujetaba con fuerza la pierna de Nabui, que boca abajo, observó como su madre se precipitaba contra el suelo.
—Lo siento, Kalam —le dijo Kargicheng tratando de consolar a su abatido amigo.
Kalam sintió un fuerte mareo, intentó levantarse pero no pudo. Casi se cae al suelo si no hubiera sido por la ágil reacción de Kargicheng. No había conseguido asimilar lo que acababa de oír. Sintió como su corazón se rompía en mil pedazos, como una parte de su alma le era arrebatada para siempre. Hundido en un mar de desesperación y dolor, comenzó a llorar.
—Damkira, Damkira, mi amor, mi vida… —comenzó a susurrar entre sollozos.
—Kalam, amigo —le dijo Kargicheng mientras le abrazaba.
—¿Dónde está Nabui? —preguntó Kalam, recordando que Assarhaddon había salvado su vida—. Si el rey lo salvó, debe estar vivo.
Kargicheng e Imashar se miraron, entonces el asu cogió una jarra que contenía el tranquilizante que habían proporcionado a Kalam, y se sirvió un vaso que bebió de un solo trago.
—La corte ocultó la muerte de Damkira —comenzó a decir— y solo los más allegados al rey, dónde no me encontraba yo, sabían lo que había sucedido. A los familiares de Damkira se les dijo que se encontraba en Babilonia, junto con Nabui, y no debían preocuparse por ella, pues estaba bajo la protección de Assarhaddon. Pasados unos meses, y tras la negativa de la familia real de proporcionar más información sobre el paradero de Damkira y su hijo, tanto su familia como la tuya desistieron, quedando ambos en el olvido. Assarhaddon enfermó, martirizado por los remordimientos y, sintiéndose culpable tanto de tu muerte como la de tu mujer, había caído en una fuerte nostalgia. Bebía constantemente, apenas salía de su habitación y tenía horribles pesadillas. Pensaba que debido a sus graves pecados, los dioses le estaban castigando y no dejaba de autolesionarse, tenía todo el cuerpo entumecido colmado de cuchilladas. La reina se reunió con Nisher-Sag, tenían que buscar una solución al estado de salud del rey.
Imashar se sirvió un poco más de la infusión tranquilizante, y bebió un pequeño sorbo, sentía sus efectos y temía que si bebía más, no estaría en condiciones de terminar de contar lo sucedido.
—Nisher-Sag estaba convencido de que los dioses estaban castigando al rey, no obstante, había enviado a la muerte al hombre que le salvó la vida. El equilibrio del cosmos se había roto y los dioses debían restaurarlo castigando a Assarhaddon y reclamándole ante su presencia. Esto por lo menos, era lo que pensaba el sacerdote, pero la reina madre tenía otros planes.
—¿Qué planes? —preguntó Kalam.
—Nakiya no iba a quedarse de brazos cruzados, mientras que la enfermedad consumía a su hijo, instó al sacerdote para que preparase la doctrina de la sustitución.
—¿La doctrina de la sustitución?
Imashar asintió.
—Cuando Assarhaddon me contó lo sucedido, hablé con Nakiya y con Nisher-Sag, quería que me confirmaran si era cierto lo que el rey me había contado. Por desgracia así fue. Ahora amigo Kalam, permíteme que te cuente lo que le sucedió al pequeño —dijo Imashar.
El asu comenzó a narrar la historia tal y como sus protagonistas se la habían relatado. He aquí los sucesos que acontecieron al hijo de Kalam, después de la muerte de Damkira.
La reina madre esperaba al sacerdote en la sala del trono, vestía una túnica de color blanco, y cubría sus hombros con un manto púrpura terminado con flecos, y adornado con elementos geométricos. El sacerdote, tal y como era habitual, vestía una larga túnica ocre sin mangas.
—Saludos, mi reina.
—Saludos, sacerdote, te he hecho llamar para buscar una solución a la enfermedad del rey, si sigue así pronto morirá —dijo directamente la reina madre.
El sacerdote paseó por la sala con las manos entrelazadas en la espalda. Estaba preocupado, los planes no estaban saliendo como él, en un principio, se había imaginado.
—Los dioses le están castigando, mi señora, poco podemos hacer.
—¡No voy a estarme quieta mientras mi hijo se autodestruye, algo tenemos que hacer! —gritó desesperada Nakiya, tenía los ojos húmedos.
—Los dioses están muy irritados. Muchos corderos tendrán que ser sacrificados para poder contener su ira.
—Prepara la doctrina de la sustitución —ordenó más serena la reina.
—Mi señora, no creo que en este caso sea útil, el daño se lo está haciendo él mismo.
La reina le miró con autoridad.
—Sí, pero a través de los dioses. Quiero transferir su maldición a otra persona, así mi hijo quedará libre.
—¿Queréis que otra persona, en lugar de un objeto o un animal, haga de sustituto del rey? —preguntó incrédulo el sacerdote.
—Creo que es la única manera y te necesito a ti para que hagas todos los preparativos.
—¿Ya tenéis el sustituto?
—Sí, ya he elegido uno. Ahora vete y prepara lo que necesites, no tenemos tiempo que perder.
Nisher-Sag, se despidió de la reina y rápidamente, se dirigió hacia el templo de Shamash. Hacía muchos años que no realizaba el rito de la sustitución y necesitaba refrescar su memoria. Además, en este caso, el sustituto iba a ser otra persona en lugar de un animal o una figura de arcilla, que era lo más habitual. El sacerdote entró raudo al templo y se dirigió a la pequeña biblioteca donde guardaba cientos de tablillas de arcilla, conocimientos ancestrales se hacinaban en esa pequeña sala. Escritas en forma de cuña sobre pequeñas tablillas de arcilla, se depositaba todo el conocimiento y sabiduría del imperio. Tardó poco tiempo en encontrar lo que estaba buscando. Inmediatamente se puso a leer.
—La doctrina de la sustitución; todo mal puede ser transferido de un cuerpo a otro como si fuera un recipiente. El mal se puede transferir a una figura de cera, arcilla, madera, a un animal o, en casos de extrema gravedad, a un hombre. El sustituto debe vivir con el enfermo, dormir con el enfermo, comer con el enfermo, el sustituto y el enfermo deben ser uno solo. Una vez conseguido que el enfermo y el sustituto sean uno, se realizará el ritual de la transferencia. El mal, desorientado, confundirá al enfermo con su sustituto, y se transferirá a este poseyéndole y contagiándole toda su pestilencia. De esta forma, el alma del endemoniado quedará libre y su enfermedad será curada.
El sacerdote terminó la lectura de la última tablilla, ya sabía todo lo que necesitaba para la realización del ritual. Al día siguiente se iniciaría el rito de la doctrina de la sustitución.
La reina entró en la alcoba del rey, Assarhaddon se encontraba tirado en el suelo sobre un charco de sangre, parecía muerto. Nakiya se agachó para auxiliarle, logró darle la vuelta y pudo comprobar que aún seguía vivo.
—Hijo mío ¿me oyes?
—Sssi, ma… madre —susurró.
—Vamos a salvarte, vamos a quitarte este mal que te está destruyendo, pero necesito tu ayuda. ¿Quieres volver a ser él de antes? ¿Quieres que este mal te abandone para siempre? —preguntó la mujer entre sollozos.
El rey asintió con dificultad, la reina madre hizo llamar al sacerdote, que entró en la alcoba acompañado por varios asistentes y por el sustituto.
—El mal que te posee mañana desaparecerá —dijo el sacerdote—. Pero antes debemos desconcertarle para que abandone tu cuerpo y penetre en el del sustituto. Estás ensangrentado, estás ebrio y estás débil, debemos ensangrentar, debemos emborrachar y debemos debilitar a su sustituto. ¡Traédmelo! —ordenó.
Dos asistentes llevaron al sustituto frente al sacerdote. El pequeño Nabui estaba aterrorizado. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Esa misma mañana, dos hombres entraron en su habitación y se lo llevaron. Les preguntó adónde le llevaban pero no le contestaron, simplemente le ordenaron que se callara. Ahora se encontraba frente al sacerdote. Unas tímidas lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
El sacerdote cogió una copa de vino y se la dio a beber al niño. Nabui, al probar su sabor amargo, lo escupió y se negó a seguir bebiendo. Los asistentes tumbaron al pequeño en el suelo y le colocaron un embudo en la boca. El sacerdote comenzó a verter poco a poco el vino en el embudo, haciendo pequeñas pausas para dejarle respirar. Después de varias copas de vino, el sacerdote miró los ojos del niño y observó sus mejillas. Mandó a los asistentes que le levantaran pero era imposible, cada vez que intentaron ponerle en pie, caía al suelo. Se encontraba completamente ebrio. Después, el sacerdote cogió un puñal y comenzó a realizar leves cortes por todo el cuerpo de Nabui, que comenzó a sangrar de forma copiosa. El pequeño no protestó, estaba profundamente dormido.
—Ahora el sustituto ya está ebrio, ya está ensangrentado y ya está débil —dijo el sacerdote—. Esta noche dormiréis juntos, enfermo y sustituto. Mañana al amanecer vendremos a recogeros.
Los asistentes llevaron a la cama tanto a Assarhaddon como a Nabui. El sacerdote les veló durante toda la noche y, si en algún momento Nabui, recobraba el conocimiento y se quejada del dolor, volvían a ponerle el embudo en la boca y verter vino en ella. Nisher-Sag observaba ambos cuerpos, debían de estar en las mismas condiciones para confundir al mal, por eso, cuando vio que Assarhaddon ya no sangraba, no dudó en coger su puñal y realizarle algunos cortes. El rey apenas protestó y siguió bebiendo durante prácticamente toda la noche.
La mañana siguiente antes del amanecer, el sacerdote, junto con sus asistentes, bajó al niño y al rey a los jardines del palacio. Nabui, se encontraba agotado, lloraba, le dolía todo el cuerpo y vomitó en varias ocasiones. El rey estaba en trance, como si todo a su alrededor fuera irreal. Los asistentes comenzaron a cavar una fosa, mientras el sacerdote realizaba extraños cánticos. La reina Nakiya observaba todo a cierta distancia, no quería estar cerca del mal cuando este se transfiriese de un cuerpo a otro. Cuando los asistentes terminaron la tumba, Nabui fue introducido en ella y dócilmente fue tumbado por el sacerdote. Inmediatamente después, el rey se introdujo en la fosa y se tumbó al lado del niño. El sacerdote cogió un cuchillo de palo que le entregó un asistente e hizo el ademán de degollar al rey, acto seguido, cogió otro cuchillo de hierro y degolló al pequeño Nabui.
—¡No! —exclamó Kalam fuera de sí—. ¡Mi hijo no! —Y cayó abatido al suelo en un mar de lágrimas.
Kalam había escuchado con el corazón destrozado el relato de Imashar, aguantando el dolor que le ocasionaba conocer el sufrimiento que había padecido su hijo. Con lágrimas en los ojos, intentó soportar toda la angustia pero no pudo. Era demasiado para él, su mujer y su hijo estaban muertos y jamás volvería a verlos. Lloró desconsolado, destrozado, sentía como le flaqueaban las piernas, como todo daba vueltas a su alrededor. Imashar le ofreció otro vaso con tranquilizante pero lo rechazó. Se secó las lágrimas y, después de respirar hondo, instó a Imashar que continuara.
—Kalam, ya sabes lo que le sucedió a tu hijo, intenta ahorrarte más sufrimiento —le dijo el asu, con lágrimas en los ojos.
—Imashar, debo saber lo que le pasó a mi hijo, tengo derecho a saberlo. Por favor, no me prives de lo que en justicia debo saber —dijo Kalam, cogiéndole de los hombros y suplicando con la mirada.
El asu no se pudo negar y continuó la triste historia.
La sangre comenzó a brotar del cuello del niño mientras se agitaba tumbado en la fosa. El rey permanecía quieto, impertérrito, mirando hacia el cielo, ni siquiera sentía como la tibia sangre del niño mojaba sus ropas. Cuando Nabui ya estaba muerto, le cogieron y se lo llevaron al palacio. Otros asistentes se llevaron a Assarhaddon al palacio en camilla, como si también estuviera muerto. Colocaron los dos cuerpos sobre una gran mesa en la sala del trono. Allí, los dos cuerpos fueron limpiados y perfumados. El pequeño Nabui fue vestido con las mejores ropas del rey mientras que a Assarhaddon le vistieron con un traje de ceremonias. Una vez que ya estaba preparado el cuerpo del pequeño, fue transportado a la cripta del palacio donde eran enterrados todos los miembros de la casa real. Nabui fue colocado en la tumba. Siguiendo la tradición funeraria asiria, le pusieron de lado y con las piernas dobladas, como si estuviera dormido. Junto a él, el sacerdote depositó varias joyas, cilindrosellos, pesas de balanza y huesos de animales quemados provenientes de un sacrificio en su honor.
—¡Oh gran Alatu, diosa de los difuntos, recibe a nuestro rey y permite que su alma traspase este mundo de vivos y alcance tu reino! —comenzó a decir el sacerdote—. ¡Oh gran Enki, dios de la sabiduría, anota en tu sagrada tabla el nombre de nuestro glorioso rey y que su destino sea el más placentero de entre los muertos! ¡Oh gran Nergal, dios del inframundo, no permitas la entrada de nuestro rey a tu tenebroso reino!
Continuó el sacerdote varios minutos invocando a varios dioses asirios hasta que comenzó a arrojar en la fosa flores y perfumes. Después, los asistentes comenzaron a echar tierra sobre el cuerpo inerte del niño. Cuando finalizó el entierro de Nabui, se dirigieron a la sala del trono donde aún se encontraba Assarhaddon. El sacerdote entró en la estancia y encontró a Assarhaddon en trance, con la mirada perdida.
—Te imploro diosa del infierno Ereskigal, esposa de Nergal, dejes libre a este enfermo —rezó el sacerdote, poniendo sus manos sobre la cabeza de Assarhaddon—. Un ser vivo igual que él, identificado con el rey por medio del contacto, pues han pasado la noche juntos, asimilado con él, pues los dos los han sido degollados y vestidos con los mismos ropajes, ha sido sacrificado y hemos proclamado su muerte. ¡El enfermo no tiene nada que temer y queda libre, pues su mal se ha transferido al cuerpo del sustituto! Assarhaddon, eres libre, ahora vete y descansa —dijo el sacerdote en un susurro.
El rey continuaba con los ojos en blanco y tuvieron que llevárselo entre varios asistentes a su dormitorio. Permaneció en estado catatónico durante varios días. Nakiya no permitía que nadie se acercara a él, ni siquiera su mujer Zukatu. Ella le alimentaba y le lavaba. Un buen día, ya bien avanzada la primavera, Assarhaddon despertó de su profundo sueño.
—¿Madre? —preguntó confuso.
—¡Hijo mío!
—¿Qué ha pasado?
—Nada, hijo mío, nada —dijo la reina madre, con los ojos envueltos en lágrimas—. ¿Te encuentras bien?
—Un poco cansado, pero creo que estoy bien.
—Los dioses nos han perdonado, hijo mío —dijo Nakiya, echándose en el regazo del rey y llorando como nunca lo había hecho.
OceanofPDF.com