El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 34 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XXXIV

 

LA TABERNA estaba atestada de clientes. Todos los presentes celebraban con gozo las noticias que procedían de palacio. Ríos de sikaru, hidromiel y vino aguado, corrían por las mesas y regaban las sedientas gargantas de los hombres que solicitaban, voz en grito, más y más bebida. Era un día de júbilo, el nombramiento del nuevo príncipe heredero había agradado al pueblo de Nínive, hastiado con los excesos de Samas-Uma-Ukin, e ilusionado por el nombramiento de Assurbanipal. Pero fue la noticia de la guerra contra los egipcios lo que enfervorizó a la población, deseosa de vengar la muerte de Nisher-Sag y del príncipe Sin-Iddina-Apla. Además, Nakiya ya se había ocupado de propagar por toda la ciudad que la muerte de la reina Zukatu se debió a una conspiración egipcia y que Tessub fue su máximo instigador. Kalam estaba sentado en una mesa bebiendo un vaso de vino aguado, vestía ropas humildes y cubría su cabeza con un turbante de color oscuro que le tapaba parcialmente el rostro. Estaba sentado enfrente de la puerta y no perdía detalle de todo el que entraba en la taberna. Durante las últimas semanas se había recluido en su casa y apenas había salido. Atentar contra el rey habría sido una locura. Con la ciudad plagada de dirigentes extranjeros, las patrullas militares se habían multiplicado y detenían a todo aquel que levantara la mínima sospecha. Además, dudaba que la ejecución de los egipcios significase el fin de la búsqueda del asesino de Nisher-Sag. Estaba seguro que la captura de los egipcios y su posterior ejecución, no era más que una cortina de humo para saciar la sed de venganza del pueblo.

A su alrededor todos reían y cantaban felices, todos menos él. Alguien entró en la taberna, Kalam levantó la mano y la movió para llamar su atención. El hombre le observó, miró a su alrededor y se dirigió a él.

—Saludos, Imashar.

—Que los dioses te guarden Afarat —le saludó el asu, llamándole por su antiguo nombre de esclavo.

—Parece que las noticias se suceden en palacio.

—Eso parece.

—¿Qué tal se encuentra Samas-Uma-Ukin? Supongo que no habrá recibido de buen grado el nombramiento de su hermano como príncipe heredero.

—Efectivamente, incluso amenazó a Assarhaddon con una revuelta, pero las aguas han vuelto a su cauce. Dijo que varios nobles y militares le apoyarían pero era falso. Nadie querría verle como rey y los pocos apoyos que en su momento hubiera tenido, habrían sido más debido a la coacción que al convencimiento. Ahora está solo y no le queda más remedio que aceptar su nombramiento como rey de Babilonia.

El tabernero se acercó e Imashar le pidió una jarra de sikaru.

—¿Y Assurbanipal? —le preguntó Kalam, una vez que se retiró el tabernero.

—Es un joven prudente y culto. Es más adecuado que su hermano para gobernar este reino.

—¿Está preparado para ello?

—Sin duda, y tiene el apoyo de generales y nobles.

—¿Qué es de Assarhaddon?

—Ya se encuentra restablecido de sus males y pronto emprenderá la campaña contra Egipto. Kalam, siguen buscando al asesino de Nisher-Sag, debes marcharte de la ciudad, hasta ahora, has tenido mucha suerte, pero no debes tentar a los dioses —le dijo Imashar mirándoles a los ojos.

—No, tengo una misión y no descansaré hasta que la cumpla.

—Assarhaddon está muy bien protegido, es imposible llegar hasta él, incluso yo tengo dificultades. Además, pronto partirá a Egipto y te será imposible acercarte a él. Olvídalo Kalam, te lo ruego.

Había un grupo de hombres sentados junto a su mesa y anunciaban, voz en grito, su intención de alistarse en el ejército. El rey había prometido oro y tierras a todos aquellos que supieran empuñar un arma.

—He oído que la instrucción dura tres meses y si la superas, te incorporarías como soldado de infantería —dijo uno de los hombres.

—Pero si demuestras tener habilidad con el arco o a caballo quizá puedas alistarte como arquero o incluso jinete —dijo otro.

—También buscan auxiliares para llevar cargas, atender a los animales o limpiar las armas —dijo un compañero—. Yo me alistaré, no me quiero perder la conquista de Egipto por nada en el mundo. Es mi oportunidad para conseguir algunas tierras y poder mantener a mi mujer y mis dos hijos. Soldado, arquero, jinete o auxiliar, me da igual, que decidan ellos para qué valgo, yo lo que quiero es parte del botín —dijo soltando una estentórea risotada.

—¡Estás muy seguro de que la campaña será un éxito! —le exclamó su amigo.

—¿Iría en persona el mismo Assarhaddon si no estuviera seguro de la victoria?

Los hombres se miraron y comenzaron a reír a carcajadas. Kalam, sonrió.

—Como asu de su majestad supongo que acompañarás a Assarhaddon en la campaña ¿verdad? —le preguntó Kalam.

—Claro, yo iré dónde vaya el rey.

—Te acompañaré como criado o esclavo tuyo.

—¿Qué? —le preguntó Imashar levantando en exceso la voz—. ¿Estás loco?

Imashar miró alrededor temiendo que alguien les hubiera escuchado.

—Es la mejor manera de estar cerca del rey, iré con vosotros a Egipto —dijo Kalam sin dar lugar a la réplica.

El asu negó con la cabeza, pero sabía que no tenía ninguna elección. No obstante, ya le ofreció su ayuda y ahora no podía echarse atrás.

—Está bien, me acompañarás oculto entre mis esclavos. Fuiste marcado por los masagetas y conoces su idioma, que mejor que acompañarme como un esclavo masageta —accedió resignado.

—Gracias amigo —le dijo sonriendo Kalam.

Ciento cincuenta mil soldados asirios entre infantes, jinetes y carros, treinta mil urartianos, quince mil elamitas, cinco mil jinetes cimerios, tres mil soldados medos y más de cuarenta mil asistentes entre ingenieros, cocineros, carpinteros, herreros, palafreneros, porteadores, carniceros y cirujanos, componían el ejército más poderoso jamás visto. Sin contar los diez mil soldados que Sil-Bal tenía perfectamente pertrechados y preparados para el combate esperando en Gaza. Todo estaba preparado para la partida del ejército y Assarhaddon, montado en su poderoso caballo de guerra, lo dirigía asistido por los generales Hitman y Kishdar.

—Un espectáculo impresionante —dijo Kishdar.

—Más impresionante será verlo en acción —le respondió Hitman.

Las puertas de la ciudad se abrieron y, entre vítores, gritos de ánimo, pétalos de flores y sollozos, la enorme columna partió hacia la batalla. Desde palacio, la reina madre Nakiya observaba con admiración a su hijo y recordó lo cerca que estuvo de la muerte hacía muy pocas fechas.

—Observa al ejército que dirige tu padre, con él Asiria dominará el mundo. Algún día tú dirigirás nuestras tropas y quién sabe si dicho ejército será aún más poderoso que este —le dijo a su nieto.

El príncipe heredero no podía dejar de contemplar la columna. La música de las trompetas y los tambores penetró en su mente envolviéndole en un halo mágico e hipnótico, eran los dueños del mundo y ahora serían los egipcios quienes lo comprobarían en sus propias carnes. Samas-Uma-Ukin miraba al ejército con el ceño fruncido. Su gran sueño, convertirse en el rey de Asiria, se había desvanecido para siempre y era consciente de que jamás dirigiría un ejército semejante. Miró a la reina madre con odio y se retiró a sus aposentos. Assarhaddon saludó a su madre y se perdió en el horizonte flanqueado por sus dos generales.

 

El ejército asirio cruzó el rio Habur, se abasteció de alimentos en la ciudad de Gushi y se dirigió a Harran donde Assarhaddon hizo generosos sacrificios en honor al dios-luna Sin. Siguieron el cauce del rio Orontes y en Ugarit se les unió varios centenares de mercenarios ugaritios, ávidos de un buen botín. Continuaron por la costa y cruzaron la ciudad isla de Arvad, donde se abastecieron de pescado desecado, y atravesaron las ciudades de Ullaz y Batunn hasta que llegaron a las ruinas de la otrora próspera ciudad de Biblos. Seis años habían pasado desde su destrucción y todavía se podían ver restos humanos por todas partes, la ciudad parecía maldita.

—Acampemos a las afueras, no deseo molestar a las almas atormentadas, que seguramente, todavía vaguen perdidas entre las ruinas — dijo Assarhaddon, mientras oía el ruido de los huesos, que se quebraban bajo los cascos de su caballo.

—Creo que es lo más prudente —dijo Kishdar supersticioso—, este sitio me pone la piel de gallina.

Los huesos tapizaban las calles de Biblos y el lugar estaba plagado de ratas e insectos. Assarhaddon ordenó al sacerdote Ubalimet que realizara sacrificios en honor a los dioses, para pedirles benevolencia con las almas de los muertos en Biblos, deseando que hallasen en la otra vida, la paz que no encontraron en esta.

—Hay que reconocer que Artacomo sabía como ganarse el respeto del enemigo —dijo Hitman.

—Fue una masacre —dijo avergonzado Kishdar, recordando que él participó en la misma.

—Es la guerra Kishdar, debemos escarmentar a los enemigos de Asiria y entre ellos, los rebeldes son los más peligrosos. No podemos ser condescendientes con ellos o su ejemplo será seguido por el resto de pueblos dominados. Debemos masacrar, deportar y destruir si queremos que nuestro imperio siga siendo poderoso y temido —dijo Assarhaddon.

—La estrategia del terror —dijo Hitman.

—Efectivamente, la estrategia del terror —confirmó el rey.

Antes del amanecer, el ejército partió hacia la ciudad de Sidón. Assarhaddon echó una mirada atrás y vio por última vez las ruinas de la ciudad, decidió que en su regreso a Nínive, no volvería a pasar por ella.

 

El Sol estaba en lo más alto del firmamento cuando llegaron a Sidón. Curiosamente, la ciudad había sido parcialmente reconstruida por algunos supervivientes y gente llegada de Biblos. Las murallas habían sido nuevamente levantadas, más para defenderse de los bandidos que de cualquier ejército enemigo. Varias casas se habían reconstruido y aparecían rodeadas de pequeños huertos, y en los campos, rebaños de ovejas y cabras pastaban libremente. En el mar se podían ver varias barcas de pesca faenando, mientras que las mujeres hacían fuego y preparaban la comida. «El resurgir de una ciudad muerta», pensó Assarhaddon. Un niño que pastoreaba sus dos cabras corrió asustado hacia la ciudad cuando vio a las tropas asirias. Poco después, un anciano cruzó la puerta de Sidón y se dirigió hacia los asirios. Desde la muralla, varias personas observaban con aprensión al poderoso ejército temiendo que sus pocos años de paz hubieran llegado a su fin. Assarhaddon ordenó a la columna que se detuviera. El anciano se dirigió a él con determinación. Aparentaba más de sesenta años, tenía una larga barba y estaba completamente calvo. Su rostro, como el resto de su cuerpo, era extremadamente delgado y a pesar de tener una imagen frágil y débil, su mirada transmitía fuerza y autoridad. El anciano caminó hasta llegar a la altura del rey.

—Saludos, rey de los asirios, mi nombre es Balgar, patriarca y protector de las ruinas de Sidón —dijo el anciano arrodillándose ante el rey.

—No sabía que hubiera gente viviendo en Sidón.

—Fuimos pocos los que conseguimos huir de la masacre. Cuando el general Artacomo se marchó, regresamos a lo que un día fueron nuestras casas y hemos intentado reconstruirlas. Espero que no os moleste, mi señor, somos pobres pero pagaríamos los tributos que su majestad estime oportuno —dijo el anciano aún de rodillas y mirando al suelo.

—Prefiero ver esta imagen que la que he visto en Biblos. ¿Cuántos sois?

—Unos cien, mi señor.

El rey observó la gente que se encontraba en la muralla, la mayoría eran mujeres y niños, los hombres se encontrarían trabajando. Eran personas arraigadas a la tierra y a su mar, gente luchadora que a lo único que aspiraba era a ganarse el pan para poder alimentar a sus hijos. Assarhaddon miró al anciano y le ordenó que se levantara.

—Os autorizo a reconstruir esta ciudad, pero quiero que la llaméis Kar-Ashur-Aha-Iddina, el puerto de Assarhaddon —dijo el rey y ordenó a su administrador que le entregara al anciano una bolsa con cien siclos de oro —. No me pagaréis tributos, todavía sois muy pobres. Espero que en pocos años podáis hacerlo, eso significaría que habéis prosperado.

—Gracias, mi señor, mi pueblo os jura fidelidad eterna a vuestra majestad y al glorioso pueblo asirio. Si no cumplimos nuestro juramento, que el dios Baal nos borre de la faz de la tierra —agradeció el anciano con lágrimas en los ojos.

Desde las murallas, la gente observaba la escena sin entender nada, estaban demasiado lejos para oír la conversación, pero cuando vieron a un funcionario asirio entregar una bolsa a Balgar y al anciano besarle las manos, todos lloraron de alegría.

—¡Estamos salvados! —gritaba el anciano corriendo hacia las murallas —. ¡Estamos salvados y el rey nos ha entregado oro para reconstruir la ciudad!

La puerta de la ciudad se abrió y decenas de mujeres y niños corrieron hacia Balgar. El anciano les enseñó las monedas de oro y todos comenzaron a bailar y a cantar de júbilo. Corriendo, varias mujeres se dirigieron hacia la playa moviendo los brazos y pañuelos para llamar la atención de sus maridos que estaban pescando. Durante años, habían temido la llegada del ejército asirio y su comportamiento con los supervivientes. Ahora, emocionadas y llenas de alegría, estaban deseando contarles a sus maridos las buenas noticias. Assarhaddon les había permitido establecerse y prosperar en la destruida ciudad de Sidón.

 

Las murallas de Tiro emergían imponentes sobre las olas del mar, causando una gran impresión en Assarhaddon. El rey, acompañado por la plana mayor de su ejército, atravesó el estrecho istmo que unía a la isla fortaleza con la ciudad de la costa. El resto del ejército acampó a las afueras de la ciudad y se les ordenó que evitaran cualquier contacto con la población local. En Tiro, Assarhaddon se reunió con el rey Baal y este le ofreció dos mil arqueros que fueron muy bien recibidos. Como muestra de gratitud, Assarhaddon permitió la vuelta de los rehenes tirios que tenía retenidos en Nínive.

Después de atravesar las ciudades de Akko, Jaffa y Ascalón, llegaron a la ciudad de Gaza, donde le esperaba un emocionado Sil-Bal, con sus diez mil soldados. Allí descansaron durante unos días para recuperarse del viaje y, sobre todo, para coger las fuerzas necesarias para emprender con garantías la dura campaña que les esperaba.

 

Assarhaddon se encontraba en el palacio de Gaza acompañado por sus generales, varios de sus mejores oficiales y Sil-Bal. Estaban de pie, mirando un enorme mapa de Egipto colocado en una mesa de cedro.

—Kishdar, tú conoces el camino hacia Men-Nefer mejor que nadie ¿qué nos aconsejas? —preguntó el rey.

—Lo primero es tener suministros suficientes —dijo con resentimiento mirando a Sil-Bal, que bajó la cabeza—, y para ello debemos proteger nuestra retaguardia. Por este motivo, creo que debemos evitar saquear o destruir las ciudades que encontremos…

—¿Entonces cómo pagaremos a nuestros soldados? —le interrumpió Sil-Bal, más preocupado por su parte del botín que por la de sus jinetes.

—Si saqueamos y destruimos las ciudades que nos encontremos, tendremos problemas a la vuelta, pues nos será imposible conseguir alimentos —dijo Kishdar.

—Sí, pero según nos comentaste, los egipcios quemaron los campos de cultivo y cegaron los pozos antes de que vosotros llegarais. Es posible que en esta campaña hagan lo mismo —intervino un oficial.

—Hace cuatro años, la falta de alimentos y agua diezmó al ejército, marchábamos muy lentos y los egipcios tuvieron tiempo de anegar los campos de cultivo, pero ahora las cosas son distintas. Con alimentos y agua suficiente, una avanzadilla de cinco mil jinetes puede sorprender a los confiados egipcios y evitar que estos envenenen las fuentes y maten a los animales. Les capturaremos y les obligaremos a continuar cultivando y alimentando al ganado para nosotros —dijo Kishdar.

Un murmullo de aprobación recorrió toda la sala. El plan de Kishdar permitía marchar al ejército hacia Men-Nefer sin preocuparse de tener alimentos suficientes para el regreso. El rey sonrió satisfecho.

—¿Qué propones, general? —le preguntó.

—Marchar hacia Per-Amón, luego continuar por el delta del Nilo hacia Qantir, dirigirnos posteriormente hacia Per-Bastet y Athribis, conquistar la ciudad de Lunu, atravesar el Nilo para dirigirnos a Giza y finalmente destruir nuestro objetivo, Men-Nefer.

—¡Dicho así parece hasta fácil! —exclamó el rey ante las risas de los militares—. Qué así sea, partiremos en dos días.

 

La actividad en el campamento era frenética. Los oficiales, con la fusta en la mano, apremiaban a los soldados que corrían de un lado para otro buscando sus pertrechos. Los esclavos recogían a toda prisa las tiendas de campaña. Los carros eran cargados con todas las provisiones que el ejército necesitaba y los palafreneros preparaban los caballos para la inminente partida. Imashar observaba como sus esclavos desmontaban su tienda y colocaban todos sus enseres en un carro. El asu, como jefe de los cirujanos, había sido el encargado de gestionar todos los materiales y mercancías que los médicos iban a necesitar durante la campaña. No faltaban vendajes, vino para desinfectar, pequeñas dagas, agujas para coser heridas, hachas y sierras para amputar miembros, camillas, muletas y todo tipo de hierbas. Kalam cargaba los bultos como un esclavo más. Había adelgazado y su larga barba, le había vuelto irreconocible. Imashar le observó con pena. Estaba vestido únicamente con un turbante blanco y un faldón del mismo color. Tenía el torso al descubierto y caminaba descalzo. «Qué gran médico ha perdido Asiria» —se lamentaba el asu.

—¡Vamos holgazanes! —exclamó un sirviente, mientras golpeaba con saña a los esclavos con un látigo—. ¡Debemos marchar hoy pedazo de vagos!

Uno de los latigazos golpeó con fuerza en la espalda de Kalam e Imashar tuvo la tentación de intervenir, pero se detuvo, debía tratarle como un esclavo más o despertaría sospechas. Kalam se dolió del golpe, pero continuó trabajando no sin antes memorizar el rostro del sirviente que con tanta saña, les estaba golpeando. Su mirada se cruzó con la de Imashar que le contemplaba con turbación y le sonrió.

—Te debió salir muy barato —oyó decir Imashar a sus espaldas. Imashar se giró y su corazón casi le dio un vuelco. Esperaba que Hitman no hubiera visto la sonrisa de Kalam.

—El esclavo cojo —dijo Hitman—, te debió salir muy barato.

—Es un esclavo masageta, lo compré porque conoce algunas plantas curativas y me ayuda a la hora de hacer emplastes y ungüentos —dijo turbado Imashar.

Hitman observaba al esclavo ante la mirada inquieta de Imashar, que intentaba aparentar calma, cuando el corazón se le salía por la garganta.

—Cojo, huesudo y con esa cicatriz en la frente… Debe ser muy bueno con las plantas, porque yo no daría ni dos siclos de bronce por él.

—Barato sí que fue, el tratante de esclavos parecía que quería quitárselo de encima —dijo Imashar con una sonrisa fingida.

—Espero que te sea útil. Que los dioses te guarden asu —se despidió Hitman dándole un golpecito en la espalda.

El médico respiró hondo cuando vio alejarse a Hitman. «Ha faltado poco», pensó. Se dirigió hacia su carro y abrió una caja de madera. Sacó una pequeña ánfora y bebió un largo trago de vino. Después, se sintió algo más tranquilo.

 

El ejército asirio cruzó el desierto del Sinaí sin mayores complicaciones y se encontraba a pocas jornadas de la ciudad de Per-Amón. Las patrullas egipcias, que años antes les habían hostigado hasta la extenuación, no habían dado señales de vida. Parecía que la campaña en Egipto iba a ser más tranquila de lo previsto. Assarhaddon, siguiendo las indicaciones de Kishdar, ordenó que diez mil jinetes, entre ellos cuatro mil cimerios, marcharan hacia la fortaleza egipcia cogiendo por sorpresa a la confiada población y evitar así que emponzoñaran los pozos y quemaran los campos. La avanzadilla la dirigió Hitman, deseoso como estaba, de entrar en combate. Le acompañaba Barnabás, capitán que mandaba a los jinetes cimerios enviados por Teushpa. Las órdenes eran claras, debían conquistar la ciudad evitando el mayor número de civiles muertos, impedir que los pozos fueran envenenados y proteger los campos de cultivo, árboles frutales y ganado.

Cabalgaron durante todo el día y parte de la noche hasta que se encontraron frente a Per-Amón. Hitman ordenó que descansaran unas horas, quería tener al ejército lo más fresco posible antes de la batalla. Debajo de una hermosa luna llena, contempló la ciudad fortaleza de Per-Amón y sus altas murallas de adobe. Estaba rodeada de frondosa vegetación y por varias lagunas y riachuelos que parecían poco profundos. No obstante, se encontraba en el delta del Nilo y las constantes subidas y bajadas del cauce del rio, había anegado los caminos y el fango se había hecho dueño y señor de los alrededores de la ciudad.

—No será nada fácil su conquista —dijo el capitán cimerio, acercándose a Hitman.

—La tierra está empantanada y los caminos son casi intransitables.

—La ciudad está rodeada por agua y fango, antes de atacarla deberíamos enviar una patrulla de reconocimiento a ver si pueden encontrar algún camino practicable para nuestros caballos.

Per-Amón era la primera ciudad que se encontraban tras la frontera y por tanto, la puerta de Egipto. Una alta muralla de adobe y, sobre todo, las lagunas, riachuelos y la tierra fangosa que la rodeaba, la protegía de las incursiones enemigas. Artacomo, en la anterior campaña militar contra Egipto, había evitado esta ciudad y se dirigió directamente a Per-Bastet. En esta campaña, Assarhaddon tomó la decisión, aconsejado por sus generales, de tomar una a una, todas las ciudades importantes que se encontrara en su camino a Men-Nefer y Per-Amón era la primera de ellas. Hitman desconocía el número de soldados egipcios acantonados en la ciudad pero, por el tamaño de la misma y su importancia estratégica, calculó que no serían menos de dos mil. En tal caso, el factor sorpresa sería fundamental si querían tener éxito en la batalla.

—Tienes razón, envía cuatro soldados en dos grupos distintos, que vayan vestidos de campesinos. Espero que tengan suerte.

—A tus órdenes.

El amanecer sorprendió a los jinetes asirios y los exploradores aún no habían regresado. Durante la noche, los soldados de guardia habían matado a un pastor que se dirigía hacia los campos con sus cabras y a un comerciante de telas que fue asesinado junto con su escolta y sirvientes cuando pretendían entrar en la ciudad. Hitman observaba inquieto el horizonte buscando alguna señal de sus enviados, pero no la encontró. Entonces se dirigió hacia el carro del comerciante. Allí, agolpadas, había cientos de telas de mala calidad. Ordenó llamar a Barnabás. Cuando llegó el cimerio, se encontró a Hitman vestido con los ropajes del comerciante. Enseguida se dio cuenta de sus intenciones.

—Toma los ropajes de los escoltas y de los siervos del mercader, nos dirigimos a conquistar una ciudad —le dijo Hitman.

Barnabás miró los cuerpos de los cuatro sirvientes y de los cinco escoltas que estaban en el suelo.

—¿Nueve hombres para tomar una ciudad? —preguntó incrédulo el cimerio.

—Quizá me sobre alguno —respondió entre risas el general asirio.

—¿Tienes algún plan?

—Ya se me ocurrirá algo por el camino. Vamos hombre cámbiate, se nos hace tarde —le apremió Hitman.

Barnabás le miró con suspicacia.

—Qué sí hombre, que tengo un plan —le dijo Hitman sonriendo.

Disfrazado de comerciante, Hitman condujo el carro acompañado por Barnabás y ocho soldados más, todos ellos confundidos como esclavos o escoltas. El camino hacia Per-Bastet era estrecho y estaba rodeado por agua en ambos lados. Varios campesinos y pastores se les cruzaron y les saludaron con simpatía, un comerciante con mercancías y noticias nuevas siempre era bien recibido.

—¡Mira! —dijo Barnabás señalando algo en el agua.

A lo lejos, varios cocodrilos luchaban entre sí por la presa que uno de ellos se había cobrado. Eran enormes ejemplares de unos cinco metros de largo. Ambos hombres se miraron y temieron por el incierto futuro de los exploradores que enviaron pocas horas antes.

—Debemos andarnos con cuidado, estas aguas están infectadas de cocodrilos —dijo Hitman ante el asentimiento de Barnabás.

Llegaron a las murallas de la ciudad y fueron detenidos por la guardia. Hitman observó que los soldados que custodiaban la puerta no eran más de cinco.

—Saludos, mi nombre es Hatam y soy mercader de telas —dijo Hitman.

El egipcio le miró con desconfianza sin decir palabra alguna, inspeccionó el interior del carro y movió las telas con un palo. Con receló, observó a los esclavos y escoltas que acompañaban al mercader.

—¿De dónde vienes? —le preguntó el guardia acercándose al asirio.

Sin mediar palabra, Hitman, con un rápido movimiento, degolló al egipcio y mató a otro más lanzándole la daga. El ataque cogió por sorpresa a los soldados egipcios y varios de ellos fueron asaetados por los asirios que iban disfrazados de escoltas. Cuando quisieron reaccionar, ya era demasiado tarde y uno a uno fueron cayendo muertos bajo el fulgurante ataque asirio.

—¡Rápido echad la brea sobre el carro! —ordenó Hitman y uno de los escoltas, cogió un cubo oculto entre las telas y comenzó a verter un líquido negro y viscoso sobre las telas.

Hitman azuzó a los caballos y colocó el carro en la puerta de la ciudad, desenvainó su espada y degolló a los dos caballos que cayeron muertos en un charco de sangre, luego cogió el resto de la brea y la echó sobre los animales. Cogió una antorcha, que ya le tenía preparada uno de sus soldados, y prendió fuego al carro y a los caballos. El humo era la señal que esperaban los jinetes que permanecían ocultos tras la duna, y un oficial de confianza de Hitman, ordenó la carga contra la ciudad. En un instante cientos de jinetes asirios y cimerios cabalgaban a toda velocidad hacia Per-Amón.

Los egipcios, que observaron la escena, entraron corriendo en la ciudad dando la voz de alarma. En poco tiempo decenas de soldados se dirigieron hacia las murallas para repeler el ataque y cerrar sus puertas, pero el fuego y el humo negro y denso se lo impidieron. Hitman y los suyos cogieron unos arcos y comenzaron a disparar a los egipcios, que desesperados, intentaban apagar el fuego y apartar el carro y a los animales muertos de la puerta. Después de varios minutos, los defensores consiguieron apagar el fuego y mientras unos soldados se apresuraban en apartar el carro, otros se dirigieron hacia los asaltantes enemigos. Hitman y los suyos se vieron luchando contra un enemigo muy superior en número. El general asirio miró a su espalda y pudo ver que los jinetes aún estaban lejos de la ciudad, o se daban más prisa, o sería su fin. Pronto se vio rodeado por cinco soldados que le embestían una y otra vez con sus cimitarras. Hitman pudo dar buena cuenta de dos de ellos, pero cuando un egipcio caía, otro ocupaba su lugar. Barnabás también se defendía con bravura, pero los soldados egipcios cada vez eran más numerosos. Un soldado hirió a Hitman en el brazo y le obligó a bajar la guardia, cuando iba a rematarle, cayó fulminado al suelo atravesado por una flecha asiria.

—¡Por Assur! —se oyó exclamar a lo lejos—. ¡Salvemos a nuestro general!

Los egipcios observaron con pavor como la caballería asiria se encontraba cerca de las puertas de la ciudad y comenzaban a disparar sus arcos. Con el rostro descompuesto por el pánico, corrieron a refugiarse tras los muros de Per Amón.

—Pensé que no vendríais nunca —dijo Hitman tocándose su brazo herido.

—Lo siento, mi señor, hemos cabalgado todo lo rápido que hemos podido —le dijo uno de sus oficiales—. ¿Te encuentras bien?

—Solo es un rasguño, dame un caballo —ordenó el general—, ¿todo bien Barnabás?

—Yo estoy bien, pero creo que somos los únicos que hemos sobrevivido —le respondió agotado.

Hitman negó con la cabeza y montó en su caballo. Con la espada en ristre y seguido por sus jinetes, entró en la ciudad.

 

Assarhaddon entró en Per-Amón acompañado por Kishdar y el resto de oficiales. La victoria había sido total y las bajas sufridas por el ejército asirio mínimas. La ciudad estaba protegida únicamente por una guarnición compuesta por quinientos egipcios, muchos menos de los que en un principio, Hitman había estimado. Ahora, los cuerpos de los soldados egipcios se amontonaban en una pira en la puerta de la ciudad. El rey, satisfecho, cruzó la puerta de la ciudad y se encontró con un sonriente Hitman.

—Te felicito por tu gran victoria —le dijo el rey desde el caballo.

—Ha sido todo un éxito, mi señor.

El rey observó a un grupo de egipcios que permanecían apresados en una cerca y custodiados por soldados asirios. También pudo comprobar que a pesar de su orden de respetar la vida a los civiles, varias decenas de cadáveres aparecían desperdigados por toda la ciudad.

—He intentado minimizar las bajas civiles, pero es difícil controlar a una turba enfurecida, que durante la batalla, le cuesta diferenciar a los soldados de los civiles —dijo el general leyendo el pensamiento del rey—. Aún así, creo que hay suficientes egipcios para cuidar de los animales y trabajar los campos.

—¿Y los pozos?

—Están en buen estado, no les ha dado tiempo ni a envenenarlos, ni a cegarlos. Los animales están a salvo y los campos de cultivo protegidos por soldados.

—Un gran trabajo, sin duda alguna. Esta noche celebraremos un gran banquete. Ordena al ejército que descanse, partiremos en un par de días.

—¿Permaneceremos dos días en Per-Amón? —preguntó extrañado el general.

—Sí, el ejército debe descansar y yo quiero cazar uno de esos magníficos cocodrilos que he visto en los pantanos. Cazaré uno de ellos y lo sacrificaré en honor a Ishtar, como muestra de gratitud por nuestra victoria. Búscame entre los egipcios algún guía con experiencia en la captura de cocodrilos.

—Sí, mi señor.

El grueso del ejército asirio y la mayoría de los asistentes, acamparon en las dunas, lejos de los pantanos y sobre todo, de los cocodrilos. En el campamento médico se encontraba Imashar, curando la herida leve de un soldado. Hasta ese momento había tenido menos trabajo del que esperaba. Apenas unas decenas de soldados habían precisado de sus servicios. Fiebres, diarreas, algún que otro corte o picadura de serpiente, habían sido los males que habían sufrido los pocos soldados asirios que habían llegado al campamento médico. Después de curar la herida salió de la tienda a respirar aire fresco. Ya había anochecido. Miró hacia Per-Amón y pudo ver decenas de piras funerarias. Para evitar enfermedades, los egipcios muertos estaban siendo incinerados. Kalam se encontraba a pocos metros mirando la misma escena, el asu miró a su alrededor y comprobó que no había nadie cerca, confiado de no ser visto, se acercó a él.

—Bonita noche —dijo el asu.

—No para los egipcios —dijo Kalam, sin apartar la mirada del Per Amón.

Imashar volvió a mirar a su alrededor incómodo.

—Tengo algo que decirte.

Kalam le miró con atención.

—Antes de partir hacia Qantir, el rey quiere cazar un cocodrilo. Se dirigirá hacia el sur, allí la zona es más pantanosa y se encuentran los mejores ejemplares de cocodrilo, o por lo menos eso es lo que le han dicho. Le encanta la caza y quiere capturar un gran ejemplar para sacrificarlo en honor a la diosa Ishtar, piensa que cuanto más grande sea el animal, más favores recibirá de la diosa de la guerra —le dijo Imashar.

—Ese será mi momento. Mañana, escaparé del campamento, me ocultaré y seguiré a Assarhaddon.

El médico asintió.

—Al ser mi esclavo, me veré obligado a denunciar tu huida, pero no te preocupes, los soldados tienen cosas más importantes que hacer que buscar entre los pantanos a un esclavo prófugo y correr el riesgo de ser devorado por las fieras.

—Lo sé amigo, no te preocupes.

—Te dejaré una bolsa con alimentos, medicinas y algunas armas, cerca de la entrada de mi tienda, cógela y que los dioses te protejan.

Comenzaba a refrescar, Kalam sintió un escalofrío y se frotó sus brazos desnudos. Miró a su amigo Imashar, posiblemente esa sería la última vez que se verían. Agradecido, se acercó a él y se dieron un fuerte abrazo. Las lágrimas brotaron de los ojos de los dos hombres y sin decir más palabras, Kalam se perdió en la oscuridad de la noche.

La expedición de caza se dirigió hacia el sur, anduvieron varios kilómetros entre pantanos, lodazales y una vegetación tan espesa, que impedía la vista más allá de unos pocos metros. Hitman estaba incómodo, el lugar era perfecto para una emboscada y solo disponía de varias decenas de soldados para proteger al rey que además iba a pie. El guía egipcio caminaba flanqueado por varios soldados, para evitar su huida. Hitman dudaba de él y temía que el egipcio le guiara hacia una emboscada. Sin duda, la idea de capturar un cocodrilo no era buena, los riesgos eran demasiados. El general intentó convencer en varias ocasiones a Assarhaddon para que dieran media vuelta y volvieran al campamento, pero el rey se obcecó con la caza del animal y se negó. Aunque el día había amanecido azul, unas nubes negras amenazaban tormenta y en pocos minutos, el cielo se oscureció y comenzó a llover con fuerza. La lluvia fue torrencial y el camino fangoso por el que caminaban, se convirtió en un torrente. Assarhaddon, reconociendo su derrota, accedió a volver al campamento. No sin dificultad, emprendieron el camino de vuelta. La lluvia dificultaba aún más la visión y el agua les llegaba hasta las rodillas. El guía egipcio les dirigió hacia una pequeña colina protegida del torrente. Allí esperarían hasta que las lluvias amainaran.

—Estas lluvias son habituales en esta zona —dijo el guía cuando llegaron a la colina—, durarán poco tiempo, mientras tanto, será mejor que esperemos.

Hitman ordenó a sus soldados que formaran un círculo alrededor del rey y que varios bateadores patrullaran la zona. En pocos minutos, la lluvia cesó y después de comprobar que el camino estaba embarrado pero practicable, la expedición asiria emprendió el camino de vuelta al campamento. Assarhaddon estaba frustrado, no podía esperar un día más, y tendría que partir hacia Qantir sin conseguir cazar su preciada presa. De pronto, el guía dio una orden y los asirios se detuvieron. Parecía que el egipcio había encontrado algo.

—Allí hay un cocodrilo y es muy grande, se habrá protegido entre la maleza de la crecida del rio —dijo el egipcio, señalando entre la espesura.

Assarhaddon se acercó pero no vio nada. Ordenó a dos soldados que exploraran la zona, pero siguieron sin ver al animal.

—¿Dónde está? No le veo —dijo el rey.

—Allí, mi señor, en el suelo, oculto tras esos matorrales —indicó el guía.

El rey, que portaba una larga lanza, se acercó a los matorrales protegido por dos soldados, que tenían sus arcos listos por si algún animal se abalanzara sobre ellos. Detrás, cuatro soldados, espadas en ristre, protegían la espalda de su rey. De pronto, y sin saber de dónde había salido, un hombre cubierto de barro se lanzó, espada en mano, hacia Assarhaddon. Hirió a uno de los arqueros ante la mirada atónita del rey, que se quedó paralizado ante la aparición del salvaje. La guardia tardó en reaccionar y el asaltante mató sin dificultad al otro arquero, quedando expedito el camino hacia su objetivo, Assarhaddon. Con los ojos inyectados en sangre, el atacante fijó su mirada en el rey de Asiria. A pesar de su ostensible cojera, su paso era firme, decidido y sobre todo rápido, sabía que tenía poco tiempo si quería matar al rey y escapar con vida.

—¿Quién eres? —preguntó confuso el rey, que se defendía con su lanza.

—Soy el espíritu de Kalam, a quien tú mataste para poseer a su mujer.

El rey se quedó paralizado de terror y tiró su lanza. Delante de él se encontraba el espíritu del hombre que hacía años, había enviado a una muerte segura. Resignado a su suerte, cerró los ojos para no ver al espectro que tenía delante y encomendó su alma al dios Shamash.

—¡Muere bastardo asesino! —exclamó Kalam, lanzándose hacia el rey.

Hitman corrió hacia el rey nada más ver al salvaje salir de la espesura, y atacar a uno de los arqueros. Voz en grito, ordenó a sus soldados que protegieran al rey y con pavor, vio como el asaltante se deshacía sin dificultad del otro arquero. Corrió todo lo rápido que su edad le permitió y cuando ya no le quedaban más fuerzas, desenvainó su espada justo en el momento en el que el salvaje se disponía a segar la vida del rey de Asiria.

—¡No! —gritó Hitman, interponiendo su espada a la del asaltante.

Kalam se había concentrado en Assarhaddon, olvidando todo lo demás. Con la mirada fija en su objetivo, no había visto la llegada de Hitman y ahora se sentía confuso frente al general asirio, que se encontraba doblado sin resuello, debido al enorme esfuerzo que se había visto obligado a hacer, para salvar la vida de su señor. Kalam miró al frente y vio que varios soldados se dirigían hacia él. Miró a su alrededor buscando alguna escapatoria.

—¡Mi espíritu no descansará hasta que no haya vengado la muerte de mi familia! —gritó Kalam, antes de ocultarse entre la espesura.

 

El rey llegó al campamento completamente pálido. Durante el camino de regreso no había dicho palabra. Hitman le miraba preocupado. Temía que la aparición del hombre cubierto de barro hubiera perturbado su mente. Le acompañó hasta su tienda y allí ordenó a los esclavos que le preparan un baño caliente, eso le tranquilizaría.

—¿Conocíais al salvaje, mi señor? —le preguntó Hitman.

Assarhaddon estaba tumbado en la bañera mientras que una esclava le frotaba la espalda.

—Era el espíritu de Kalam, el médico que me salvó la vida —contestó el rey con la mirada perdida y el corazón encogido por el miedo.

—¿El asu que os curó de una grave enfermedad?

—Sí.

—Pero ese hombre murió en la campaña contra los cimerios.

—Y su espíritu ha regresado al mundo de los vivos clamando venganza —dijo el rey, sintiendo un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.

Hitman se levantó. No creía en lo sobrenatural, siempre decía que temía más a los vivos que a los muertos. Recordó el ataque al rey y la forma de andar del asaltante. Estaba completamente embarrado pero aún así, algunos de sus rasgos físicos le eran familiares. Y su cojera… ¿Dónde había visto antes esa forma de caminar?

—Señor, no debéis preocuparos más por ese espectro, pues no se trata de un espíritu, si no un hombre de carne y hueso —dijo Hitman, ante la mirada de sorpresa del rey.

—¿Qué quieres decir?

—El salvaje que os asaltó no es un espíritu que haya escapado del reino de los infiernos, sino un hombre normal y corriente. Ahora tenemos que averiguar si de verdad se trata de Kalam, o de otro hombre que ha usurpado su identidad para atormentaros. Y creo que sé quién nos puede desvelar este misterio.

—¿Quién?

—Dadme unos minutos y lo traeré ante vuestra presencia.

El rey había terminado su baño, y más tranquilo después de las palabras del general, tomó asiento sobre unos cojines. Degustaba un plato de pescado sazonado con comino, orégano y bañado en aceite de oliva, cuando Hitman entró en la tienda.

—Mi señor, traigo al hombre que nos puede aclarar quién os atacó.

—Hazle pasar —ordenó impaciente el rey.

Encadenado, con la mirada perdida y completamente pálido, apareció ante él la imagen paupérrima de Imashar.

—¿Imashar? —preguntó extrañado el rey incorporándose.

—Así es mi señor —respondió el general.

—¿Pero qué tiene que ver en todo esto?

—Será mejor que él mismo os lo cuente. ¡Habla! —le ordenó Hitman.

Imashar levantó la cabeza y miró al rey.

—Kalam, el médico que os salvó la vida y a quién vosotros pagasteis enviándole a la muerte, sacrificando a su hijo y llevando al suicidio a su mujer, está vivo —dijo el asu, con todo el valor que pudo.

El recuerdo de Kalam, acompañando a las tropas asirias durante la campaña contra los cimerios, llegó a la mente del rey. No sabía si se alegraba de saber que quien le había atacado era un hombre de carne y hueso, no un espectro. Pero Kalam estaba vivo. ¿Cómo era eso posible?

—Ha estado todo este tiempo confundido como un esclavo de Imashar —aclaró Hitman.

—¿Sabías que tenía intención de matarme? —preguntó el rey.

Imashar bajó la cabeza, era consciente de que su respuesta le iba a costar la vida, pero ya era demasiado tarde. Había apoyado a Kalam y sabía lo que eso significaba, había jugado y había perdido, ahora solo quedaba aceptar el castigo con toda la entereza posible.

—Sí, lo sabía —respondió mirándole a los ojos.

—Pero… ¿Por qué? Siempre has sido fiel a mi familia y ahora me has traicionado, no lo entiendo ¿por qué lo has hecho?

Imashar respiró hondo.

—Siempre he sido fiel a la dinastía sargonida, he servido fielmente a su padre como le he servido fielmente a usted. Pero ha cometido un crimen abominable y debe pagar con su vida por ello.

Se acercó todo lo que pudo al rey.

—¡Eres indigno de portar la corona del imperio. No eres más que un vulgar asesino! —le dijo, con toda la dignidad que pudo.

—¡Basta! —le gritó Hitman golpeándole con fuerza el rostro y haciéndole caer al suelo.

—Bien, sabes cuál es el castigo por traición, mañana se ejecutará la sentencia —dijo el rey—. ¡Apartadlo de mi vista!

Ya solos, Hitman observó el rostro preocupado de Assarhaddon. Imashar había sido el médico de su padre y también lo había sido de sus hijos. El rey se encontraba triste y preocupado.

—Mi rey, entiendo vuestro dolor por la traición del médico. Algún espíritu maligno ha entrado en su cabeza provocando que se comporte de esa manera.

—En estos tiempos difíciles no puedes confiar en nadie —dijo con pesar el rey—. Quiero que captures a Kalam, tráemelo vivo o muerto — ordenó.

—No debéis preocuparos por él, a estas horas seguro que ha sido devorado por alguna bestia. Recordad que el río está plagado de cocodrilos. Assarhaddon asintió.

—Tienes razón, aún así envía una patrulla a inspeccionar la zona donde me atacó.

—Como deseéis.

—Necesito descansar, ha sido un día muy duro. Mañana partiremos hacia Qantir, pero antes ejecutaremos a Imashar delante de todo el ejército, quiero que su muerte sirva de aviso a todos aquellos que tengan la intención de traicionarme.

El viento hacía ondear las banderas y estandartes reales como si saludaran al nuevo amanecer. Todo el ejército fue convocado para presenciar la ejecución. Pocos eran los que conocían personalmente a Imashar y la mayoría consideraba como justa la muerte del asu. Assarhaddon miraba con dureza el frágil cuerpo de su antiguo médico. Le habían atado en una estaca, tenía la túnica rota y los ojos hinchados. Durante la noche había recibido la visita de varios soldados, que no habían dejado de golpearle. Ahora se encontraba medio muerto, esperando con resignación y casi con esperanza, el momento final. Hitman, le miraba con pena. Le conocía desde hacía varios años y nunca había dudado de su fidelidad. Fue a visitarle por la noche y vio como un soldado le golpeaba con una fusta, lleno de ira ordenó al soldado que dejara de maltratar al anciano y le ofreció una escudilla con agua. Entonces el viejo asu le contó los motivos que le llevaron a conspirar contra el rey. El frescor de la mañana pareció reanimar el cansado rostro de Imashar, pidió agua pero nadie se la ofreció. Assarhaddon se le acercó, y mirando a su ejército comenzó a hablar.

—¡Soldados asirios, fieles guerreros del imperio. Nos hemos reunido para presenciar la ejecución de quien ha servido con fidelidad a la familia real durante años. Oscuros motivos o magias han llevado a Imashar a conspirar contra el rey y por tanto, contra el imperio. Con gran dolor de mi corazón, me veo en la obligación de castigar con dureza tal comportamiento. La traición contra Asiria es el peor de los pecados y los dioses no entenderían que tal ofensa no fuera debidamente castigada. Por lo tanto, Imashar debe morir y su ejemplar muerte apaciguará la sed de justicia de los dioses!

Llamó al verdugo con un gesto, un recio soldado que portaba un enorme látigo rematado por largas tiras de cuero acabadas en pequeñas bolas de hierro.

—¡Soldado cumple con tu cometido! —ordenó Assarhaddon.

Un respetuoso silencio embargó a las tropas. El verdugo se dirigió hacia el condenado, que le miraba con pavor. Sin más dilación, levantó su brazo y el látigo cortó el aire chocando con fuerza sobre la frágil espalda del médico, que apenas pudo dar un leve quejido. Las pequeñas bolas de hierro chocaban una y otra vez contra su espalda produciendo profundas y sangrantes heridas. El verdugo golpeó varias veces al anciano que se mantenía colgado en la estaca, con las piernas dobladas sobre el suelo. Tenía la carne abierta y la sangre brotaba por cada una de sus profundas heridas. Un nuevo latigazo, luego otro, y finalmente uno más, hasta que el prisionero dejó de estremecerse. El verdugo se acercó al anciano, levantó su cabeza y mirando al rey, negó con la cabeza. El asu había muerto.

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