El designio de los dioses
Capítulo VII
UN GOLPE le despertó de sus ensoñaciones, abrió los ojos y vio un límpido cielo azul surcado por algunas aves. Estaba tumbado, intentó incorporarse pero le fue imposible, todavía se encontraba extremadamente débil. Sintió que se movía y dedujo que se encontraba en algún tipo de carro. Le dolía todo el cuerpo y el movimiento de las ruedas, golpeando pequeñas rocas y baches, tampoco ayudaba a su recuperación. Ladeó la cabeza y pudo ver que no se encontraba solo.
—Ya ha despertado —oyó decir a un hombre.
—Por fin, pensé que ya no volvería con nosotros —le respondió otro—. Dale un poco de agua, quizá espabile.
Sintió en su boca el frescor del agua y eso pareció reanimarle.
—¿Don… dónde estoy? —consiguió preguntar.
—Estás en un carro tirado por bueyes, nos dirigimos a Sari.
—¿Hacia dónde? —inquirió confuso.
—Hacia Sari, en Masagetia, a unos tres meses de viaje de aquí — contestó otra voz.
—Pero yo debo volver a Nínive, con mi mujer y mi hijo —dijo preocupado, intentó incorporarse pero carecía de las fuerzas suficientes.
Los dos hombres sonrieron.
—Eso ya no es posible —dijo uno de ellos—, ahora eres un esclavo y nos perteneces.
—¿Un esclavo?
—Sí, ¿o pensabas que solo los asirios tienen derecho a tenerlos?
—¿Quiénes sois vosotros?
—Somos una familia de comerciantes escitas, acompañamos siempre a nuestros mercenarios. Negociamos con ellos el botín de los saqueos y también comerciamos con los pueblos amigos. Ahora volvemos a casa, nuestros soldados han sido derrotados por vuestras tropas. Por cierto, ¿cómo llegaste al desierto de Asharat? No tienes uniforme de soldado, ¿acaso eres un desertor?
—Soy físico —contestó Kalam.
—Bien, eso subirá tu precio. Ahora descansa, nos espera un viaje muy largo y debes recuperarte cuanto antes.
Se encontraba muy débil, miró sus heridas y pudo ver que estaban bien curadas. El olor a estiércol que emanaba, delató el tipo de tratamiento que los escitas, habían utilizado para curar sus heridas. No era un mal método, pero se necesitaba mucha pericia para poder tratar adecuadamente el estiércol, para que cerrase una herida y no la infectara. Debían hervir agua y después agregar el estiércol, era imprescindible mover constantemente la marmita para que todas las impurezas del estiércol cayeran al fondo. Una vez que el estiércol estaba preparado, se dejaba secar al sol y se mojaba con vino. Se hacia una pasta y se colocaba sobre la herida, un vendaje sujetaba la pasta para que se mantuviera firme. Era necesario cambiar el vendaje cada dos horas o el estiércol infectaría la herida. Funcionaba como coagulante y evitaba que el herido siguiese desangrándose, además, facilitaba su cicatrización.
—¿Cuántos días hace que me encontrasteis? —preguntó Kalam débilmente.
—Una semana.
—¿Cuándo fue la batalla?
—Hará dos semanas.
—Llevo dos semanas inconsciente —dijo con voz queda.
—Debes darle las gracias a tus dioses, no sabes lo cerca que has estado de la muerte.
—Pero ahora soy vuestro esclavo —dijo abatido.
—Sí, pero estás vivo.
Pasados unos días, se encontró mejor y le permitieron seguir a la caravana andando sin cadenas. Al fin y al cabo desconocía, dónde se encontraba y si hubiera intentado escapar, habría muerto de sed o de hambre. Miró más detenidamente la caravana, de unos doscientos escitas entre hombres, mujeres y niños. El grupo estaba compuesto por cientos de ovejas, cabras y caballos. Cincuenta carretas, tiradas por bueyes, eran su hogar durante la noche. Cada escita conocía bien su cometido; había pastores, cocineros, carreteros y cuando algún carro tenía algún problema, no faltaba algún carpintero o herrero que pudiera solucionar la avería. Naturalmente, varios jinetes protegían la valiosa caravana. Su aspecto era feroz, tenían largas barbas y bigotes, y protegían sus cabezas con yelmos de cuero, adornados con cuernos de ciervo. Eran los mismos hombres a los que, hacía pocos días, el ejército asirio venció en la encarnizada batalla. Se les veía dirigir sus caballos casi con el pensamiento, y sus manos permanecían libres, dejando las riendas de los caballos sueltas. Comían, bebían y orinaban encima del caballo, solo bajaban para darle descanso o cuando llegaba la noche. Sin duda, eran los mejores jinetes del mundo. Los escitas no hablaban mucho con él, a veces, algún niño se le acercaba por curiosidad pero inmediatamente salía corriendo.
Un caluroso día, Kalam se acercó a un jinete escita y le preguntó quién le había curado sus heridas. El escita, parco en palabras, le señaló a un anciano que se encontraba unas carretas más adelante. Kalam aceleró la marcha hasta que se encontró a la altura del carro.
—Saludos, quiero darte las gracias por salvarme la vida —dijo Kalam.
—Mi deber es salvar vidas —dijo el anciano sin mirarle.
—Mi nombre es Kalam y también soy médico.
—Yo no soy médico, mi joven amigo, soy shaman y mi nombre es Jafar.
Kalam observó detenidamente al anciano, no podía concretar su edad, pero aparentaba tener cien años o más. De aspecto frágil, era pequeño y muy delgado. Tenía la espalda curva, el cabello largo y blanco, y su rostro estaba oculto tras una rala y cana barba. Iba vestido con una túnica sin mangas, con una manta cruzada sobre el costado. Era shaman, lo que significaba que era un hombre sabio, un hombre al que se le pedía consejo y era escuchado, un hombre que curaba a los enfermos. Era el vínculo entre los dioses y los hombres. Un mago, un sacerdote y un médico, todo en una única persona.
—No creo en el poder de la magia para curar a los enfermos, tampoco creo en el poder de los dioses —dijo Kalam para llamar la atención del anciano.
El shaman miró con indiferencia al asirio, sus ojos eran inexpresivos.
—No menosprecies el poder de la mente en la curación. El poder de la magia y de los dioses lo envuelve todo, aunque tú no tengas la sensibilidad suficiente para poder verlo —dijo con contundencia el anciano—. Mira a tu alrededor, mira el cielo, mira el bosque, el río, las aves que surcan los aires. ¿No te parece algo mágico? ¿No crees que los dioses tuvieron algo que ver en todo ello?
—Todo debe tener su explicación, no creo que los dioses participen en nada —contestó escéptico Kalam.
—Eres joven y has visto poco mundo. No soy yo quién debe hacerte cambiar de opinión, serán tus propias experiencias quienes lo hagan. Simplemente abre tu corazón y no mires únicamente con los ojos.
El asirio quedó impresionado con las palabras del viejo.
—Hablas con palabras sabias anciano, pero yo solo creo en mis conocimientos para poder curar a los enfermos.
—Supongo que utilizarás plantas medicinales, ¿verdad? —preguntó Jafar.
—Por supuesto.
—Las plantas medicinales tienen el poder de curar, pero también el poder de matar. ¿Quién crees que les dio ese poder?
—¿Me vas a decir que los dioses?
El anciano negó con la cabeza.
—La madre naturaleza proporciona a cada uno de sus hijos una serie de características y propiedades y a través de ellas, nos cura o nos mata. No es la planta quien nos enferma o nos sana, es la naturaleza la que se sirve de sus hijos para hacerlo.
—¿No crees en los dioses?
—Claro que creo en los dioses y en los espíritus, me he reunido muchas veces con ellos en mis noches de trance. Son ellos quienes crearon la naturaleza que es el principio de todo. A partir de ahí, la naturaleza nos creó a nosotros.
—¿Cómo son los dioses?
—Mi joven amigo, aún no estás preparado para saberlo.
—¿Crees que algún día lo estaré?
—Eso dependerá únicamente de ti.
El anciano se fue a la parte de atrás del carro y se cubrió con un manta. Había dado por terminada la conversación.
En su situación como esclavo, Kalam se veía obligado a ayudar a los mercaderes nómadas en todo aquello que le pidiesen, pero Jafar intercedió por él y le permitieron que le asistiera, cuando así, fuera requerido. No estaba encadenado y era libre de vagar por la caravana. Sabían que no conocía el terrero, los pueblos distaban a gran distancia unos de otros y la tierra era dura e inhóspita. Si intentaba huir moriría. Durante semanas, Kalam observó al shaman y este, viendo el interés que el joven médico tenía en todo lo que decía o hacía, lo aceptó como acólito suyo. Kalam aprendió nuevas formas de curar el reuma, cortar la menstruación, cerrar heridas profundas, curar dolores de cabeza, problemas digestivos y decenas de dolencias más. Comenzó a valorar el poder de la mente, de las palabras y de la sugestión para curar las enfermedades. «Uno se cura, cuando tiene fe en que se va a curar». Le dijo una vez Jafar. Incluso el shaman, le enseñó a interpretar los sueños como signos o síntomas de una actual o futura enfermedad.
—¿Has soñado alguna vez que tenías sed? —le preguntó un día el shaman.
—Claro.
—¿Y cuando has despertado acaso no tenías sed?
—Es cierto.
—¿Has soñado alguna vez que orinabas?
—Es verdad y cuando me he despertado me estaba meando —respondió Kalam con una carcajada.
El anciano sonrió.
—Estos son dos ejemplos sencillos de cómo los sueños nos indican que nuestro cuerpo tiene alguna carencia. Los sueños tienen varias finalidades y una de ellas, es avisarnos sobre males presentes o futuros, no desprecies sus mensajes porque no seas capaz de interpretarlos.
—Tienes razón Jafar, creo que me he comportado de forma estúpida.
—La juventud es una enfermedad que se cura con los años. Los jóvenes, por regla general, sois vanidosos y estúpidos. Solo con la experiencia, conseguís adquirir los conocimientos suficientes para daros cuenta de lo ignorantes que sois. Creo que tú ya has dado el primer paso.
Un día, paseaba Kalam junto a Jafar, cuando el shaman fue reclamado por un soldado. Parecía que uno de los comerciantes se encontraba gravemente enfermo. Fueron rápidamente a su carro, y le encontraron tumbado, retorciéndose de dolor.
—¿Qué es lo que le ocurre Pitmira? —le preguntó Jafar a la mujer del comerciante, una señora entrada en carnes, que difícilmente se movía por el carro sin aplastar a su marido.
—Lleva dos días muy malo, tiene dolores muy fuertes en el estómago, también tiene fuertes picores que le impiden dormir por la noche. El dios Sol nos ha castigado.
—Jafar —dijo dolorido el paciente—, me pica el culo, es un picor horrible, sobre todo por las noches. No lo puedo soportar, me rasco tanto que incluso me hago sangre. El picor es peor aún que el dolor de estómago. Es una maldición horrible la que me ha enviado el dios Sol. El shaman se acercó al enfermo, le olió el aliento y le auscultó el estómago. Le dijo que se diera la vuelta y observó que tenía manchas rojas en la parte baja del camisón, le pidió que le enseñara las manos y vio que, entre las uñas, había restos de sangre.
—Mujer, mañana con la primera luz del alba, vendré a visitar a tu marido. No temas por él, no creo que su problema sea grave, de todas formas, rezad constantemente al dios Sol, su ayuda nunca estará de más. ¡Ah! —exclamó el shaman, cuando ya se iba—, además de rezar al dios Sol, lava sus manos con agua mezclada con un poco de vino y véndaselas.
Cuando llegó el amanecer, Jafar se dirigió a la tienda del comerciante acompañado por Kalam. Allí se encontraba Pitmira, secándole el sudor de la frente a su marido, que se retorcía por el dolor y los picores. El shaman sacó de una pequeña bolsa unas telas de lino y las impregnó con resina, luego ordenó al comerciante que se levantara el camisón. Cogió la tela de lino impregnada con la resina y se la colocó alrededor del ano. Pasados unos minutos, retiró el lino y lo observó a través de unos extraños cristales que aumentaban el tamaño de los objetos. Kalam estaba fascinado, nunca había visto nada semejante. Bajo ese instrumento transparente, un simple grano de trigo parecía una enorme roca.
—Mitmet, tienes gusanos en el estómago —fue el diagnóstico del shaman.
—¡Oh dios Sol! ¿Por qué nos envías este castigo tan horrible? — comenzó a lamentarse la mujer, rasgándose las vestiduras y tirándose de los pelos—. ¿Por qué?
—No temas Pitmira, tu marido sobrevivirá —dijo seguro de sí mismo el shaman—, el dios Sol se me ha parecido en sueños, y me ha revelado la cura para tu marido.
La mujer le miraba con expectación y esperanza. Kalam, observaba la escena atentamente.
—El dios Sol me ha dicho que has abusado de algunos de tus clientes, vendiéndoles productos a un precio muy superior a lo que en verdad le corresponden —dijo shaman, aunque ya conocía la respuesta.
—Pero muy pocas veces Jafar y eran extranjeros —intentó justificarse el mercader.
—Eso no importa, el dios Sol nos bendice a todos los hombres seamos escitas o no.
El comerciante se echó las manos a la cara y comenzó a llorar.
—No volveré a hacerlo —sollozó arrepentido.
—Eso es precisamente lo que quiere nuestro dios Sol. Los gusanos son el primer aviso, han sido enviados por él para comerte poco a poco en vida. Tú has intentado absorber la sangre de tus clientes a través de tus precios y el dios Sol, ha enviado a los gusanos para que absorban tu sangre directamente de tu cuerpo.
—¿Qué más debo hacer? —dijo el hombre cogiendo al shaman por los hombros, mientras que por sus mejillas corrían las lágrimas.
Jafar fingió lástima por el enfermo. Si algo temían los escitas, era enfadar a su dios y recibir sus castigos. Era el momento de acabar con la codicia del comerciante de una forma definitiva.
—Para poder curarte totalmente, tendrás que lavar con agua caliente toda la ropa de cama. Es más, te aconsejo que laves toda la ropa que tengas en el carro, incluida la de tu mujer. Tienes que lavarte las manos todos los días antes de comer y de irte a la cama. Hazlo con agua mezclada con vino. Debes evitar rascarte el ano y durante unos días, no te toques la boca ni la nariz. También pon tomillo machacado en agua hirviendo, deberás tomar dos o tres tazas al día. Estos consejos también son válidos para ti, mujer, tienes que hacer lo mismo que le he dicho a tu marido, los gusanos pasan muy fácilmente de un cuerpo a otro. Rezad y arrepentíos de vuestro pecado, de esta manera, sofocaréis la ira que el dios Sol siente por vosotros y los gusanos desaparecerán. Y, sobre todo, no volváis a engañar a vuestros clientes. El dios Sol da una oportunidad a sus hijos, no dos.
—Jafar, ¿estás seguro que el dios Sol nos perdonará? —preguntó esperanzado Mitmet.
—Eso me ha dicho en sueños, pero deberéis hacer todo lo que os he ordenado.
Kalam seguía observando con atención. ¿De verdad se le había aparecido el dios Sol en sueños? ¿Tan grande era su poder? Pensaba que la historia del shaman era falsa, pero después de conocerle, dudaba de todo, incluso de los conocimientos que había adquirido como asu. Estaba deseando salir de la tienda para hacerle cientos de preguntas. Finalmente, Jafar se despidió de los comerciantes y salió de la tienda. Pasaron varios minutos antes de que Kalam se atreviera a hablar.
—¿Es cierto que has visto en sueños al dios Sol? —le preguntó por fin.
—No.
—¿Por qué les has mentido?
El shaman negó con la cabeza, parecía que su acólito no había aprendido nada.
—Mitmet y Pitmira son muy religiosos, tienen una fe ciega en el dios Sol. Si les digo que el comerciante tiene gusanos y únicamente le doy el remedio para curarse, posiblemente no me tome en serio y se limite a rezar pensando que es la única manera de curar su mal. Pero si le digo que el dios Sol, se me ha aparecido en sueños, y me ha revelado cómo curarle, estoy seguro que Mitmet y su mujer, se preocuparán en hacer todo lo que yo les ordene.
—¿Y el castigo por estafar a sus clientes? ¿Cómo lo sabías?
—¿Conoces a algún comerciante que no aumente de forma desorbitada sus precios? —rio el shaman—. La gente religiosa vincula la enfermedad a alguna mala acción, entonces, como castigo a esa mala acción, los dioses envían una maldición que hace que el pecador enferme. No pueden creer que la enfermedad pueda ser causada por la propia naturaleza.
—Creo que ya entiendo.
—Antes de conocer la enfermedad, tienes que preocuparte por conocer al enfermo. Debes saber si cree en los dioses, si es rico o pobre, si se alimenta bien, si es limpio, si bebe de forma habitual, si es de complexión fuerte o débil… Toda esta información te será muy útil a la hora de diagnosticar la enfermedad y sobre todo, en el momento de ofrecerle una cura. Recuerda, la sugestión es la mitad de la curación. Debes adaptarte a cada tipo de enfermo y aunque la enfermedad sea la misma, la forma de ofrecerle el tratamiento debe variar dependiendo del paciente.
Kalam meditó las palabras del shaman, hasta ese momento, no había sido consciente de lo ignorante que era. En toda su experiencia como asu, se había limitado a curar a los enfermos, a todos por igual, sin entrar en detalles, sin profundizar en las características de sus pacientes. Se había focalizado en la enfermedad, dejando de lado lo más importante; el enfermo. Ahora, gracias a las enseñanzas del anciano Jafar, se abría ante él una nueva forma de entender la medicina.
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