El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 35 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XXXV

 

CORRIÓ entre la espesa vegetación, cruzando a nado los ríos que se encontraba sin temer tropezarse con algún cocodrilo. Solo tenía una idea en la mente, huir. Había fracaso en su intento de matar al rey y ahora tenía la obligación de salvar la vida con el único objetivo de volver a intentarlo. Varias veces miró a su espalda, pero se tranquilizó al ver que ningún soldado salía en su búsqueda. Descansó unos instantes bajo un árbol, miró a su alrededor y entonces fue consciente que se encontraba perdido en medio de la selva. A su alrededor no había más que arboles y agua, estaba en una zona pantanosa y el agua le rodeaba por todos los lados. No tenía ninguna referencia, ni sabía dónde dirigirse. De pronto, oyó un ruido entre la maleza y vio unas ondas en el agua, algo se dirigía hacia él. Apoyó su espalda contra un árbol y se protegió con la espada.

—¡No temas, soy amigo! —dijo un hombre, que se dirigía a él con los brazos levantados.

—¿Quién eres?

—Soy quien guiaba a los asirios hasta que atacaste al rey, soy amigo y te puedo ayudar a salir de esta selva.

Kalam se sentó, hasta ese momento no se había dado cuenta de lo exhausto que se encontraba. Miró al hombre que se dirigía hacia él, intentó levantarse pero cayó agotado al suelo, sus párpados le pesaban como losas y sin poder evitarlo cerró los ojos.

Cuando despertó, vio que se encontraba sobre una yacija, en una pequeña choza de madera con el techo de paja. Se incorporó y se sentó. Vestía una túnica de lino y calzaba unas sandalias de cuero. No sabía dónde se encontraba. Salió de la choza y vio a un grupo de niños corriendo detrás de unas cabras. La aldea donde se encontraba estaba formada por varias chozas, todas iguales a la suya, circulares, construidas de adobe y con el tejado cubierto de hojas de palma secas. La aldea estaba cerca del rio y, por los utensilios esparcidos en las puertas de las chozas y los peces que colgaban secándose al sol, dedujo que sus habitantes vivían principalmente de la pesca. Los hombres estaban faenando y las mujeres ponían el pescando a secar colgándolos de largas pértigas unidas por cuerdas. Los niños tenían la misión de espantar a los pájaros u otros animales que amenazaran los peces. Una anciana, que cosía unas redes, le sonrío con simpatía mostrando los pocos dientes que aún le quedaban. Hacía un hermoso día.

—¡Vaya, veo que ya has despertado! —gritó una voz.

Kalam se giró y reconoció al hombre que guiaba a los asirios durante la cacería del cocodrilo. Se dirigía hacia él acompañado por dos hombres. Uno de ellos parecía el jefe de la tribu.

—No sé cómo darte las gracias —dijo Kalam.

—Bueno ya se nos ocurrirá algo, mi nombre es Anupet y ellos son Mon-Ra y Mer-Seger el jefe de la tribu ¿cuál es tu nombre?

—Saludos, mi nombre es Kalam.

—Seas bienvenido. Nos ha dicho Anupet que intentaste matar al tirano asirio —le dijo el jefe de la tribu.

—Es una larga historia.

—Tenemos tiempo, los enemigos de Assarhaddon son amigos nuestros. Vayamos a comer algo, seguro que estás muerto de hambre.

Los hombres se dirigieron a una gran choza, sin duda se trataba de la casa del jefe de la tribu. Se sentaron en círculo con las piernas cruzadas y al momento varias mujeres comenzaron a servir la comida. Comieron pescado con salsa de ajo, arroz con carne de vaca y judías blancas con cordero. El asirio comió con avidez y durante la comida les puso en antecedentes. Les preguntó dónde se encontraba y le dijeron que la aldea se encontraba al sur, a varios kilómetros de Per Amón y no tenía nada que temer. La aldea era pequeña y se encontraba fuera de las rutas comerciales, el ejército asirio seguro que desconocía su existencia.

—Pues yo creí que eras un esclavo huido —dijo Anupet mientras bebía una infusión de hierbas.

—Esa era la idea, debía pasar desapercibido.

—¿Cuáles son tus planes ahora? —le preguntó Mer-Seger.

—Solo tengo un objetivo y es matar al tirano —dijo Kalam, con la mirada fija en el humo que emanaba de su infusión.

—Peligrosa empresa, amigo asirio, y creo que difícilmente podrás completarla tú solo.

—Moriré en el intento, pero no cejaré en mi empeño.

Mer-Seger miró a los ojos al asirio y pudo ver en ellos su férrea determinación.

—Los asirios son enemigos nuestros, ahora han cruzado nuestras fronteras con el objetivo de saquear nuestras riquezas y convertirnos en sus esclavos. Tú has sido médico del mismísimo Assarhaddon y has acompañado al ejército hasta Per-Amón…

—No sigas por ese camino —interrumpió Kalam—, odio a Assarhaddon pero nunca traicionaré a mi pueblo.

—De acuerdo —dijo comprensivo Mer-Seger, entendiendo la postura del asu—, nosotros nos dirigiremos hacia al sur, tenemos la obligación de alertar a todos los pueblos de la llegada del invasor. Pronto habrá una gran batalla, quizá sea la definitiva y creo que será el momento más apropiado para vengar la muerte de tus seres queridos.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero proponerte que nos acompañes hasta Men-Nefer, un gran médico como tú será gratamente recibido por nuestro faraón. Cuando llegue el momento y ambos ejércitos se enfrenten, tú tendrás la ocasión de mezclarte con los soldados y quizá tengas opción de acercarte lo suficiente a Assarhaddon para cumplir con tu venganza. Sinceramente, tú solo no lo conseguirás.

Kalam meditó las palabras de Mer-Seger. Él solo no tendría ninguna opción de acercarse lo suficiente al rey como para poder atentar contra su vida. En cambio, durante la batalla, podría disfrazarse de soldado asirio y acercarse lo suficiente como para dispararle una flecha o incluso, en la confusión de la batalla, matarle con su propia espada.

—Creo que tienes razón, os acompañaré hasta Men-Nefer.

 

Marcharon en camellos hacia el sur, alertando a todos los pueblos de la llegada de los asirios. Los aldeanos, recogían lo poco que poseían y con sus rebaños, viajaron hacía la capital egipcia huyendo de las tropas enemigas. Apenas descansaron y en pocos días llegaron a Men-Nefer. Un enorme muro blanco protegía la ciudad. Mer-Seger se dirigió a los soldados que estaban de guardia y cruzaron la entrada sin problemas. Kalam quedó maravillado ante el Templo de Path y sobre todo, ante la esfinge que flanqueaba la entrada sur. Se trataba de una hermosa escultura de ocho metros de longitud y más de cuatro metros de altura, construida en alabastro, con la forma de un león y la cabeza de un faraón. Mer-Seger le informó que el monumento representaba al faraón Amenhotep. Otra escultura llamó la atención del asirio, se trataba de la figura del faraón Ramsés II, una colosal estatua de piedra silícea de trece metros de altura. Maravillado con cada casa, escultura y templo que encontraba a su paso, llegó al palacio del faraón Taharqa. Mer-Seger se dirigió al oficial de la guardia real y solicitó audiencia con el visir Harsiese. Después de varios minutos de espera, fueron llamados por un asistente del visir y entraron en el palacio. Kalam, que aún estaba impresionado por la belleza de Men-Nefer, se quedó sin palabras cuando vio las obras de arte, pinturas y esculturas, que adornaban el palacio. Absorto ante tanta majestuosidad, llegó a la sala de audiencias donde ya les esperaba el hombre más poderoso de Egipto, después del faraón.

—Saludos, gran visir —dijo Mer-Seger.

—Saludos —dijo fríamente el visir.

—Él es Kalam, el asirio que intentó matar al tirano Assarhaddon. Harsiese estudió con atención a Kalam. Le habían hablado de él, pero a simple vista, no parecía más que un vulgar esclavo. Tenía el pelo largo y la barba descuidada, estaba extremadamente delgado y una cicatriz en la frente. Su cojera tampoco le pasó desapercibida. Sí, sin duda, parecía un esclavo y de los baratos. Pero le habían informado que se trataba de alguien que había sido médico personal de Assarhaddon y que incluso, había atentado contra su vida. Sentía curiosidad por conocer a un personaje tan singular.

—He oído hablar de ti. ¿Es cierto que fuiste médico personal del rey Assarhaddon?

—Así es, mi señor, pero eso fue hace muchos años.

—También me han dicho que intentaste matarle. ¿Acaso no es traición atentar contra tu señor? —preguntó el visir con insidia.

—Es una larga historia —respondió Kalam, mirándole a los ojos.

Harsiese sonrió, un esclavo no tendría el valor suficiente para aguantar la mirada del poderoso visir. Además, sus ojos transmitían una dignidad y orgullo impropio de un simple esclavo. Ciertamente, se encontraba delante de un hombre excepcional. Comenzó a sentir simpatía por el asirio.

—Tenemos tiempo, siéntate —ordenó.

El visir llamó a su asistente y ordenó que trajeran comida y bebida, poco después, entraron en la sala varios sirvientes trayendo consigo bandejas con pescado a la parrilla, carne de erizo y brochetas de cordero. Durante la comida, que fue regada con cerveza y vino, Kalam puso en antecedentes de su historia al visir, que le escuchaba con atención. Harsiese era un hombre de mediana edad, tenía la piel del color del ébano y el pelo encrespado, delatando sus orígenes nubios. Vestía una falda de lino blanco decorada con figuras geométricas y tenía el pecho al descubierto. Un collar y varios brazaletes de oro, revelaban el estatus social al que pertenecía. Tenía los ojos negros y pintados con kohl, su nariz era pequeña y gruesa, una peluca negra cubría su cabeza y decoraba sus orejas con dos grandes aros de oro. Tenía la mirada velada y la frente arrugada por la preocupación.

—Bien, entiendo las razones que tenías para atentar contra el rey —dijo el visir, cuando Kalam terminó de contar su historia—. Si es tu deseo, permanecerás en Egipto todo el tiempo que estimes oportuno, los grandes médicos como tú siempre serán bien recibidos. Mañana te presentaré a Passer, máximo responsable de La Casa de la Vida, estoy seguro que ambos tendréis mucho de qué hablar.

Kalam miró confundido a Mer-Seger.

—La Casa de la Vida es la escuela de medicina, allí todos los aprendices de médico son formados en el arte de curar. Passer es su gran maestro —le dijo Mer-Seger.

—Será un gran honor conocer a tan distinguido médico.

—Estoy seguro de ello, ahora lo que me preocupa es el avance del ejército asirio, es más poderoso de lo que pensaba ¿tenéis algún lugar donde alojaros? —preguntó Harsiese.

—Tengo familia en Men-Nefer, mi señor, no os preocupéis por nosotros.

—Bien, ahora debo dejaros, temas urgentes reclaman mi atención. Podéis retiraros.

Los hombres se despidieron del visir y salieron de palacio. Kalam estaba impaciente por conocer a Passer. La medicina egipcia era la más avanzada del mundo, y el asirio esperaba que el egipcio pudiera enseñarle alguna técnica o método de curación novedoso. Durante un momento, se olvidó de Assarhaddon y de sus deseos de venganza.

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