El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 31 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XXXI

 

LAS TROPAS asirias se encontraron con las egipcias a pocos kilómetros de Gaza. El rey Sil-Bal recibió con júbilo la llegada de sus ansiados aliados. Sin más dilación, salió en su busca acompañado por cinco mil jinetes. Se sorprendió al comprobar que era el joven príncipe Sin-Iddina-Apla quien dirigía las tropas, a su derecha se encontraba Kishdar.

—Saludos, príncipe heredero —saludó el rey de Gaza—. Es un placer volver a verte Kishdar.

—Saludos, rey de Gaza —saludó el príncipe.

—Los dioses te guarden rey Sil-Bal, nos alegramos de haber llegado a tiempo ¿tenemos noticias sobre las tropas egipcias?

—Sí, y no son precisamente buenas. A los cinco mil soldados que se encontraban al sur de la ciudad, se les han unido otros diez mil, más o menos.

—Aún somos superiores —dijo el príncipe.

—Sí, además podéis contar con cinco mil de mis jinetes, es lo menos que puedo hacer.

—Al fin y al cabo estamos aquí para proteger tu ciudad —le dijo Kishdar mostrando una sonrisa cínica.

—Y las fronteras de Asiria —respondió un no menos cínico Sil-Bal.

 

Las tropas asirias acamparon al norte de la ciudad, descansaron durante dos días y se prepararon para la batalla. El ejército asirio marchó hasta que se encontró frente a los egipcios. El príncipe los dirigía, a su derecha se situó el general Kishdar y a su izquierda el rey Sil-Bal. Las tropas egipcias estaban bien organizadas en divisiones y situaron a los mercenarios nubios y a los bravos shardana en la vanguardia del ejército. La caballería protegía los flancos y los carros de guerra la retaguardia. El príncipe estaba impaciente por comenzar el combate pero al carecer de experiencia, fue Kishdar quién comandaba el ejército. El general se aseguró que todas las líneas estuvieran bien organizadas y preparadas para el combate. Entonces ordenó a la vanguardia que avanzara hacia el enemigo. Dio una sola orden y la infantería pesada avanzó hacia los egipcios. Detrás, le seguían los arqueros protegidos por la infantería ligera, que golpeaba con fuerza los escudos con sus espadas de hierro. Una lluvia de flechas cayó sobre la infantería pesada y Kishdar ordenó a la caballería de Sil-Bal que la protegiera cargando contra los arqueros egipcios.

—¿Cuándo voy a entrar en batalla? —le preguntó impaciente el príncipe.

—Señor, mi obligación es proteger su vida. Hoy no luchará.

—¿Cómo? —le preguntó confuso.

—Le prometí a la reina madre Nakiya que su alteza real no lucharía en esta batalla.

—¡Soy el príncipe heredero y te ordeno que entremos en combate! —le espetó enfurecido.

El general guardó silencio e ignoró la orden del príncipe. Furioso, Sin-Iddina-Apla fustigó a su caballo y cargó a toda velocidad contra la infantería egipcia.

—¡No! —gritó Kishdar y se dirigió a proteger al príncipe.

—¡Soldados, el príncipe nos necesita! —gritó el capitán de la guardia real y cientos de jinetes se dirigieron hacia Sin-Iddina-Apla.

El príncipe luchó con valentía, desde su caballo golpeaba con fuerza a los soldados egipcios, que caían muertos bajo los cascos de su caballo. Kishdar estaba a su lado y no le perdió de vista ni un solo instante. La embestida de Sin-Iddina-Apla espoleó al ejército asirio, que cargó con furia contra las tropas egipcias. Los soldados nubios intentaron aguantar las embestidas, pero tuvieron que ceder y se batieron en retirada. En cambio, los shardana mantuvieron la posición. Kishdar ordenó a los arqueros que vaciaran sus carcajes sobre ellos, pero se protegieron bien con sus escudos haciendo inútil el ataque asirio.

—Enviad los carros contra los shardana, nosotros les cerraremos la retaguardia —ordenó Kishdar.

El capitán de carros cargó a toda velocidad sobre los shardana llevándose por delante a todos los soldados que se encontraba por el camino. Los egipcios huían despavoridos y no fueron pocos los que cayeron aplastados bajo las ruedas asirias. Los shardana aguantaron la posición, se protegieron con los escudos y se defendieron con sus largas lanzas. El príncipe, con los ojos inyectados en sangre, se dirigió hacia los mercenarios gritando con su espada en alto.

—¡Soldados, proteged al heredero! —gritó Kishdar.

—El príncipe embistió con su caballo y chocó contra los escudos de los shardana que mantuvieron la posición en todo momento. Un mercenario clavó su lanza en el costado del caballo de Sin-Iddina-Apla provocando su caída. Varios soldados asirios fueron a su encuentro y le rodearon.

—¡Malditos, auxiliar al príncipe! —ordenó Kishdar, que le había perdido de vista.

Los shardana, al ver caído al príncipe, abrieron sus filas y de golpe, varios soldados corrieron, lanzas en ristre, hacia su posición. La infantería asiria cedió bajo la fuerte carga de los mercenarios. Sin-Iddina-Apla, consiguió levantarse y se defendió como pudo de las acometidas enemigas. Los carros de guerra asirios tuvieron que retirarse, había demasiados muertos en el suelo y se movían con dificultad. Varios soldados protegían al príncipe cuando Kishdar llegó a su altura acompañado por varias decenas de jinetes. Los shardana, que habían abierto sus filas para dejar salir a los soldados, vieron con horror como esa fisura era aprovechada por Kishdar y su caballería para destrozar su formación. Un jinete entregó un caballo a Sin-Iddina-Apla que avanzó con ferocidad hacia los shardanas.

—¡No príncipe, vuelve de una maldita vez a la retaguardia, por tu culpa nos van a matar a todos! —le ordenó Kishdar, mientras cogía sus riendas.

La autoridad de Kishdar sorprendió al príncipe, que obedeció a regañadientes.

—¡Jinetes, proteged al príncipe y acompañarlo a la retaguardia, el resto, seguidme hacia la victoria!

El príncipe fue conducido a la retaguardia, mil jinetes le protegieron. Miró con envidia como Kishdar destrozaba las divisiones egipcias que huían aterradas. Los shardana, al ver como los nubios y los egipcios abandonaban el combate, se rindieron. Sabían que no serían ejecutados, al ser buenos guerreros, les darían la opción de unirse al enemigo. En cambio, los nubios eran conscientes que en caso de ser capturados, serían ejecutados de forma inmediata y corrían despavoridos dejando atrás sus escudos forrados de piel y sus largas lanzas. La victoria fue total y el botín cuantioso. Agotado, Kishdar llegó al campamento donde le esperaba un enfurecido príncipe.

—¡La reina madre será informada de tu insubordinación, has insultado al príncipe heredero y serás duramente castigado por ello! —le espetó, sin esperar a que bajara del caballo.

—Tenía que hacerlo —dijo Kishdar mientras descabalgaba.

—¡Mira a tu príncipe cuando te habla!

El general se dirigió hacia Sin-Iddina-Apla.

—Mi príncipe, he sido nombrado comandante en jefe de este ejército por la reina madre, en el campo de batalla quienes tienen que dirigir a las tropas son los generales. Cuando su majestad tenga la experiencia suficiente, dirigirá ejércitos muy superiores a este, pero mientras tanto, seremos los generales quienes lo hagamos. Su majestad ha puesto en peligro su propia vida y la de muchos soldados. Esto no es un juego, la victoria o la derrota dependen de tomar siempre las mejores decisiones y debemos guardarnos la pasión o los impulsos cuando nos acostemos con las mujeres. En el campo de batalla hay que tener la cabeza muy fría, los errores se pagan con la vida.

Sil-Bal observaba con atención la discusión entre el general y el joven heredero. Sin-Iddina-Apla le miró con odio. Aunque en el fondo de su corazón sabía que el general tenía razón, no toleraba la humillación pública que suponía que un ser inferior le dijera lo que tenía que hacer y cómo comportarse en el campo de batalla.

—Lo importante es que la victoria ha sido nuestra, para mayor honor y gloria de Asiria. Felicidades, joven príncipe, has luchado con valor y coraje —intervino Sil-Bal, intentando calmar los ánimos.

Sin-Iddina-Apla, le miró con desprecio y se marchó acompañado por la guardia real.

—Es valiente y se defiende muy bien con la espada, pero es impulsivo y temerario —dijo Sil-Bal, mientras observaba como se retiraba el príncipe.

—Tiene la soberbia propia de los reyes, si no la pule, nunca será un gran general —dijo Kishdar, sin reparar en que su interlocutor era el rey de Gaza.

—Esta noche haremos una gran fiesta y celebraremos esta gran victoria. Mañana habrá una competición de carros, espero contar con la participación de algún auriga asirio —dijo Sil-Bal, fingiendo no haberle escuchado.

—Veremos —dijo secamente Kishdar, mientras se subía al caballo. No olvidaba como se comportó Sil-Bal con el ejército asirio, durante la campaña de Artacomo contra Egipto.

 

El palacio de Gaza se vistió con sus mejores galas para recibir a los numerosos invitados. Una larga mesa presidía la sala del rey, y los asistentes a la cena fueron tomando asiento. Más de doscientos comensales, entre los que se encontraban importantes funcionarios, militares, ricos comerciantes, nobles y altos sacerdotes, celebraron la victoria sobre las tropas egipcias. Acróbatas, danzarinas y bufones, amenizaron la celebración y la suave música del laúd les acompañó durante toda la velada. Carne de cabra y de cordero especiada, palomo, venado, faisán y todo tipo de quesos, componían los manjares que hicieron las delicias de los comensales. Sikaru restu, hidromiel y el sabroso vino fenicio, regaron sus sedientas gargantas. Sil-Bal estaba pletórico, durante días había observado los movimientos de los egipcios tomando posiciones y estudiando las defensas de la ciudad. Había oído que Assarhaddon se encontraba gravemente enfermo, y temía que en palacio nadie tomase la decisión de acudir en su ayuda. Cuando vio la llegada de sus aliados pudo respirar aliviado. Una vez más, su ciudad había evitado un enfrentamiento directo con las poderosas tropas egipcias. El rey de Gaza presidía la mesa de ceremonias, a su derecha se sentó el joven príncipe Sin-Iddina-Apla y a su izquierda el general Kishdar. Después de la discusión entre el príncipe y el general, había pensado que era más prudente mantenerlos a cierta distancia para evitar más enfrentamientos. La gente bebía y comía sin moderación, estaban felices y deseaban celebrarlo. El rey de Gaza cogió su copa de vino y se levantó. Las voces fueron callando hasta que se hizo el silencio y Sil-Bal tomó la palabra.

—¡Queridos invitados, esta fiesta se celebra en honor a nuestros amados aliados asirios y especialmente en honor al príncipe heredero. Sin su valentía y arrojo, dudo mucho que hubiéramos podido conseguir una victoria tan aplastante! —exclamó Sil-Bal—. ¡Viva el príncipe, viva Asiria!

Todos vitorearon y aclamaron al príncipe, que les observaba con satisfacción. Miró a Kishdar y sonrió, el general le saludó levantando la copa.

—La gloria es tuya —le dijo el general.

—Pero tuya ha sido la victoria —dijo el príncipe con desazón—. En la próxima batalla, yo dirigiré las tropas.

—Debéis dejaros aconsejar por los expertos y mandar las tropas únicamente cuando os sintáis preparados. Los errores en el campo de batalla cuestan vidas, incluso imperios, no lo olvidéis —intentó mediar Sil-Bal.

—Soy el príncipe heredero de Asiria, yo decidiré cuando estaré o no, preparado para dirigir a mis ejércitos.

Sil-Bal miró a Kishdar, que negó con la cabeza. El príncipe era valiente, pero testarudo y vanidoso. No había nada que hacer, Sil-Bal cambió de tema.

—Mañana se celebrará una carrera de carros en honor a nuestro dios Adón, espero contar con la participación de algún auriga asirio.

—Cuenta con ello, el mejor de nuestros aurigas participará en la carrera.

—Yo quiero participar —dijo el príncipe.

Los dos hombres le miraron sorprendidos.

—Mi señor, las carreras de carros son muy peligrosas, los accidentes son habituales y nos son pocos los aurigas que mueren o quedan mutilados —dijo Kishdar.

—No te estoy pidiendo permiso, mañana participaré en la carrera te guste o no.

—Como deseéis.

 

El sol asomaba entre las colinas cuando los carros se preparaban para la salida. La carrera se iba a disputar en un anfiteatro situado extramuros de la ciudad. De forma ovalada, estaba construido con sillares de adobe y podía dar cabida a más de siete mil espectadores. En el centro de la arena, un largo muro de piedra decorado con las esculturas de antiguos reyes de Gaza, formaba los carriles por donde discurría la carrera. Ocho aurigas participaban en el torneo. Sin-Iddina-Apla estaba nervioso, era hábil con el carro y había visto numerosas carreras, pero solo había participado en alguna de exhibición. A su derecha, se encontraba el oficial asirio designado por Kishdar. Su misión no era ganar la carrera, si no intentar proteger al príncipe de cualquier accidente. El público gritaba exaltado y animaba a aquellos por los cuales había apostado. Cuando ya todo estaba preparado para la carrera, Sil-Bal se levantó y dirigió unas palabras a los espectadores.

—¡Pueblo de Gaza, como cada año desde el inicio de los tiempos, celebramos esta carrera en honor a nuestro dios Adón. En esta ocasión me complace enormemente poder disfrutar de la presencia de nuestros aliados asirios! —exclamó Sil-Bal—. ¡Además, el príncipe heredero al trono, ha tenido a bien participar en la carrera, lo que da fe de su coraje y valor!

Todo el público gritó el nombre del príncipe y este saludó agradecido. Sil-Bal levantó las manos para pedir silencio.

—¡La carrera finalizará cuando el auriga más rápido complete un total de diez vueltas! ¡Aurigas, preparad vuestros carros!

Sin-Iddina-Apla, como otros aurigas, tuvo problemas en dominar a sus caballos. El nerviosismo del público les había contagiado. Con dificultad, se situaron todos en la línea de salida.

—¡Por Adón, que comience la carrera! —gritó Sil-Bal.

Los aurigas fustigaron con fuerza los caballos, que galoparon a toda velocidad. El príncipe, debido a su falta de experiencia, salió algo retrasado, vigilado de cerca por el oficial asirio. Sin-Iddina-Apla le miró enfurecido, Kishdar le había puesto una niñera incluso en una carrera de carros. Los aurigas tomaron la primera curva a izquierdas, levantando una enorme columna de polvo y arena. Un auriga, cegado por el polvo, chocó contra uno de los muros destrozando su carro y cayendo al suelo. Inmediatamente aparecieron varios asistentes, que retiraron raudos tanto al herido como los restos del carro. Kishdar observaba inquieto al príncipe, cada vez más crecido y temerario en sus adelantamientos.

—No le gusta perder y hará lo imposible por ganar esta carrera —dijo el general.

—Nuestros aurigas son muy hábiles y no le será fácil darles alcance.

—Es lo que me temo, fustigará hasta el límite a los animales y correrá riesgos innecesarios. Es un imprudente.

—Es joven e impulsivo, el tiempo templará su ímpetu —dijo Sil-Bal.

Dieron cinco vueltas al anfiteatro. El príncipe miraba con desesperación como se alejaba de los primeros carros. Se encontraba en cuarta posición, una vergüenza para el futuro rey. Fustigó con fuerza a los caballos y se acercó al carro que le precedía. Estaban doblando la curva e intentó adelantarle por el interior del muro.

—¡Está loco, si no frena los caballos se chocará contra el muro! — exclamó Kishdar levantándose de su asiento.

Sin-Iddina-Apla no solo no frenó su carro sino que les fustigó aún con más fuerza. Al doblar la curva, el carro que le precedía le cerró no dejándole espacio al príncipe, que intentó frenar su carro tirando con fuerza de las riendas. Pero fue demasiado tarde, la rueda izquierda rozó con el muro desestabilizando al carro. El príncipe perdió el control y chocó con estrépito contra el muro. Su cuerpo cayó al suelo en el momento en el que el auriga asirio, que tenía que proteger su vida, le adelantaba. Intentó esquivarle, pero no lo consiguió, su carro pasó por encima del joven dejándole inerte sobre la arena, semioculto en una nube de polvo.

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