El designio de los dioses
Capítulo XXXVII
LA CASA de la Vida era un edificio anexo al templo del dios Dyehuty. Estaba construido por enormes sillares de piedra y tenía forma rectangular, la entrada era cuadrada y carecía de puerta. Kalam entró en el edificio junto con Harsiese y Mer-Seger, cruzaron el vestíbulo, atravesaron un pasillo con puertas a los lados y llegaron a una gran estancia. Allí se encontraba Passer, impartiendo clase a diez estudiantes. Los alumnos, sentados sobre sus rodillas, se encontraban alrededor del maestro, anotando sobre tablillas de arcilla cada una de sus explicaciones. Passer estaba sentado sobre una alta silla de madera sin respaldo. Era un hombre de mediana edad, vestía una túnica de lino blanco hasta las rodillas y cubría sus hombros con un manto de lana de color azul. Tenía una barba larga y cana, los ojos, como su piel, eran claros. Sus rasgos no eran egipcios. La voz grave pero clara, transmitía una gran autoridad, hablaba de forma pausada y sus alumnos le observaban más que con atención, con devoción.
—Tal como nos indicó el dios Imhotep, el uso de opiáceos permite dormir a nuestro paciente antes de practicarle cualquier tipo de intervención. Pero antes, debemos ser expertos a la hora de administrar tales medicamentos, pues un uso excesivo les puede paralizar el corazón y quedarnos cortos puede significar que el enfermo se despierte en medio de la operación. Para calcular la cantidad necesaria debemos tener en cuenta la calidad del opio, el peso y sexo de nuestro paciente y, evidentemente, la duración de la intervención —decía el maestro, mientras que los alumnos tomaban nota de cada una de sus palabras.
El maestro levantó la mirada y vio que tenía visita.
—Esto es todo por hoy, podéis marcharos —despidió a los alumnos, que sin hacer el menor ruido, saludaron a su maestro y salieron de la sala.
—Saludos, gran maestro —dijo Harsiese dándole un abrazo.
—Siempre es un placer saludarte, gran visir. ¿Quiénes son tus acompañantes?
—Él es Mer-Seger, caudillo de un pueblo del norte —dijo señalando al egipcio— y él es Kalam, antiguo médico de la casa real de Assarhaddon y ahora prófugo de su propio pueblo.
El gran maestro le miró con atención.
—No hay nada más terrible que no ser querido por los tuyos —dijo Passer con lástima.
Kalam vio tristeza en sus ojos, intuyó que con esas palabras, no se refería únicamente a su situación.
—Espero que algún día pueda volver a mi país, pero mientras viva Assarhaddon será imposible —dijo Kalam.
—Salgamos fuera para que nos dé un poco el aire y olvidemos los malos pensamientos; lo único que consiguen es entristecernos el corazón.
El día era muy soleado y caluroso, pero los egipcios, acostumbrados al sofocante sol, paseaban por las calles o se dirigían al mercado en busca de alguna noticia sobre el avance asirio. Una patrulla cruzó la calle a toda velocidad, parecía que llevaban noticias importantes al faraón.
—Debo marcharme, pronto seré reclamado en palacio. Mis respetos, señores —dijo Harsiese despidiéndose y andando a toda prisa.
—Yo también marcho, me acercaré al mercado por si hay alguna novedad sobre el ejército asirio —dijo Mer-Seger—. Saludos, señores.
Los dos hombres se despidieron de Mer-Seger y tomaron asiento en un banco de piedra resguardados en la sombra. Passer estaba impaciente por conocer más datos sobre el antiguo asu de Assarhaddon y estuvieron hablando durante bastante tiempo. El gran maestro le observaba con atención y no perdía detalle de cada una de sus palabras. Cuando Kalam terminó de contar su historia, Passer se levantó.
—Se acerca la hora de comer, vamos Kalam te invito a almorzar —le dijo, levantándose del banco.
—Te lo agradezco, gran maestro, la verdad es que estoy hambriento.
Se dirigieron al mercado donde había varios puestos de comida.
—Y ahora que te encuentras en tierras tan lejanas, ¿cuáles son tus intenciones?
—Quiero vengarme de Assarhaddon y acabar con su vida.
—Según parece, las tropas asirias están muy cerca de Men-Nefer, así que creo que tendrás oportunidad de hacerlo, pero como sabrás, pues es evidente, matar a Assarhaddon no será tarea fácil.
—Lo sé, pero es lo único que da sentido a mi vida.
El gran maestro se detuvo.
—Eres médico, tu misión es salvar vidas no acabar con ellas. Intenta hacer memoria de las vidas que gracias a ti, se han salvado. Intenta hacer memoria de los dolores que has aliviado, de los enfermos que has curado. Si te matan, y permíteme que te diga que, si sigues en tu empeño, habrá muchas posibilidades de que lo consigas, ¿sabes a cuánta gente le privarás de tus conocimientos?
Passer le tocó el hombro.
—No debes pensar de forma egoísta. Assarhaddon te ha hecho mucho daño, es cierto, pero su muerte no te devolverá a tu familia. En cambio, tú eres joven, tienes toda la vida por delante. Como médico, debes sacrificarte y pensar únicamente en tus pacientes. Como médico, debes olvidar tu venganza y centrarte en curar los males de los hombres.
—Tus palabras me recuerdan las que me dijo un buen amigo —Kalam recordó a Imashar y se preguntó qué sería de él en esos momentos.
—Un hombre que te apreciaba. Deberías hacernos caso y olvidar tus venganzas.
Caminaron en silencio hasta que llegaron a un puesto ambulante de comida. Passer pidió carne de cordero con verduras y Kalam pescado a la brasa y cerveza. Se sentaron en un banco y comenzaron a comer en silencio. El asirio meditaba las palabras de Passer y este, que sabía en qué estaba pensando, no quiso presionarle.
—Me gustaría que me aceptaras en tu escuela —dijo Kalam con el corazón en un puño, temiendo ser rechazado.
—Has sido médico de Assarhaddon, creo que poco te puedo enseñar.
—En nuestra profesión siempre hay cosas que aprender, nuevas enfermedades, tratamientos, hierbas, remedios…
Passer se levantó.
—No te aceptaré en mi escuela —dijo, ante la mirada de decepción de Kalam—, tu nivel es superior al de mis alumnos y no aprenderías al ritmo que tú precisas. En cambio, te aceptaré como mi ayudante.
Kalam sonrió de oreja a oreja, se levantó y sin poder reprimirse, le dio un fuerte abrazo al gran maestro.
—Pero antes tendrás que prometerme algo. No quiero volcar mis conocimientos en alguien que está dispuesto a dejarse matar, sería injusto para mis pacientes y alumnos. Deberás prometerme que abandonarás tu idea de matar a Assarhaddon.
El asu miró al suelo. Sus conocimientos y experiencia junto con la formación y el pupilaje del gran maestro de La Casa de la Vida, le convertirían en el mejor médico del mundo. Pero el precio que tendría que pagar era muy alto. Cada noche soñaba con su mujer y su hijo, cada mañana se despertaba clamando venganza, quería ver muerto al tirano, deseaba con todas sus fuerzas matar a Assarhaddon. Se levantó del banco y comenzó a pasear ante la atenta mirada de Passer. Su mente bullía y el recuerdo de su familia se confundía con los deseos de ver muerto al rey asirio. Pero el maestro le estaba ofreciendo en bandeja la oportunidad de una nueva vida y quizá, fuera la última. La decisión no era fácil. Miró al gran maestro, que le observaba con esperanza.
—Supeditaré mis ansias de venganza a mis deseos de conocimiento. Es un gran honor ser el ayudante del gran maestre y sería un necio si rechazara tal oferta.
—Has tomado la decisión más inteligente, hoy mismo te mudarás a una de las estancias del edificio —le dijo un sonriente Passer, cogiéndole de los brazos.
Durante las siguientes semanas, Kalam fue su asistente y le ayudó a la hora de impartir clases o explicar los métodos que utilizan los asirios para realizar determinadas curas. Passer le miraba con satisfacción, mientras el asirio explicaba la forma en la que él curaba ciertas dolencias. Más aún, cuando comentó que muchos de sus conocimientos y técnicas las había aprendido de shamanes escitas y masagetas, o que incluso, había conocido a los sabios yuezhi. En su última clase, Kalam explicó como un shaman escita le curó sus heridas con estiércol, ganándose la admiración de los alumnos y del gran maestro. Recogían los materiales cuando Passer se acercó a él.
—Tus conocimientos enriquecerán a nuestros jóvenes médicos, me alegro de que aceptaras mi ofrecimiento.
—A pesar de mis viajes y de todo lo que he aprendido, me he dado cuenta de los pocos conocimientos que poseo —dijo resignado Kalam.
—La medicina es una ciencia viva y cuantos más conocimientos tengas, más consciente serás de lo que desconoces. Conocer tu ignorancia es el primer paso hacia la sabiduría.
—Yo no quiero ser sabio, simplemente quiero curar las enfermedades y paliar el dolor de los que sufren.
—Pero para ello tienes que estudiar y practicar, y volver a estudiar y volver a practicar, se trata de un trabajo infinito. Pero nunca olvides que somos unos privilegiados al haber sido dotados con el don de la cura.
Se oyeron caballos que galopaban a toda prisa hacia el palacio.
—Assarhaddon se acerca, pronto llegará a la ciudad —dijo Passer.
—¿Crees que venceremos? —el mismo Kalam se sorprendió con la pregunta.
Passer le sonrió.
—¿Ya te consideras egipcio?
—Soy de allí de donde vivo —le respondió Kalam mirándole a los ojos —, y de donde me aceptan. El gran visir y tú me habéis aceptado como egipcio, mientras que en mi tierra han puesto precio a mi cabeza. Sí, deseo la victoria egipcia para poder continuar en Men-Nefer y aprender contigo los secretos de la antigua medicina.
Los ojos del gran maestro se emocionaron. Viejos recuerdos llegaron a su mente, que voló hacia lejanos tiempos y remotas tierras.
—Te entiendo perfectamente. Yo también soy extranjero en esta tierra, pero al igual que a ti, me han aceptado como uno más y les debo gratitud eterna.
—Por tu apariencia, es evidente que no eres egipcio. ¿De dónde procedes?
Passer cogió un papiro y lo guardó en un arcón, luego se sentó en una silla. Miró hacia el horizonte y sus ojos se perdieron buscando imágenes casi olvidadas.
—Tendría tu edad cuando me vi obligado a partir de mi tierra, Esparta. Mi padre era un hombre rico e influyente, gracias a ello pude dedicarme al estudio de la medicina. Vivíamos en una hermosa villa y yo asistía a los enfermos independientemente de su estrato social. Éramos felices, e incluso estaba prometido con una bella mujer —sus ojos se nublaron—, pero un día llegaron soldados y se llevaron a mi padre, le habían acusado de traición. Sin juicio previo, fue condenado a muerte y asesinado en el foro. Poco después, vinieron a por nosotros y decenas de soldados atacaron nuestra villa. Fui el único de la familia que logró escapar, todos los demás murieron, incluyendo mi madre, mis tres hermanas y la mujer que se iba a convertir en mi esposa.
Los recuerdos se agolparon en la mente del gran maestro, que tenía un nudo en la garganta. Kalam le observaba con atención.
—Logré embarcarme en una nave comercial que se dirigía a Egipto, país que era considerado el centro de la medicina mundial en aquella época. Siempre quise estudiar en Men-Nefer, la cuna de dios Imhotep, gran sabio y padre de la medicina egipcia, pero nunca pensé que lo haría huyendo de mi patria por culpa de oligarcas avariciosos que deseaban apropiarse de las riquezas de mi padre.
Durante unos instantes, un profundo silencio les embargó.
—Por eso te entiendo amigo Kalam, tanto tú como yo nos hemos visto obligados a abandonar nuestro país —dijo Passer dirigiéndose hacia un arcón—. Las tropas asirias están próximas y no sabemos cuál va a ser el resultado de la batalla. Por este motivo, creo que no debo esperar para entregarte parte de los conocimientos que nuestro gran dios Imhotep nos transmitió.
Abrió el arcón y de él sacó un pergamino enrollado.
—Este pergamino contiene cuarenta y ocho casos médicos, con su examen, diagnóstico y tratamiento. Sus inscripciones proceden directamente de Imhotep y son la base de toda nuestra sabiduría. Todos los días, después de la clase, te explicaré uno de los casos y cuando sea posible, diseccionaremos un cadáver.
—¿Un cadáver? —preguntó confuso Kalam.
—No temas por tus dioses, aquí en Egipto las cosas son muy distintas. Los fallecidos son momificados para facilitar su aceptación en el reino de los muertos, favorecer su unión con Osiris y retrasar su putrefacción. Naturalmente, para ser momificados es necesario embalsamarlos y es durante su embalsamamiento, cuando podemos estudiar sus cuerpos. Mañana van a embalsamar a un rico comerciante que ha fallecido hace poco. Tú estarás presente, será una ocasión única para veas partes del cuerpo humano que seguro, jamás has visto.
A primera hora de mañana, justo antes del amanecer, Passer y Kalam se dirigieron a la casa donde se embalsamaba a los muertos. El asirio estaba impaciente, nunca había diseccionado a un hombre y tenía una enorme curiosidad por saber cómo funcionaban algunos órganos. En Asiria estaba prohibida la disección, y todo muerto era incinerado o enterrado para evitar enfermedades. En Egipto tampoco estaba permitida la disección, pero el embalsamamiento permitía conocer el interior del hombre y estudiar sus órganos antes de guardarlos en los vasos canopes.
Anduvieron largo tiempo hacia el sur, siguiendo el cauce del rio. La casa estaba apartada y se encontraba a varios kilómetros de la ciudad. Passer le había comentado que los embalsamadores, a pesar de su importancia en la sociedad egipcia, estaban mal vistos y vivían en lugares apartados. Estaban apestados con el olor a muerte y su contacto era rechazado por los demás. Después de andar durante más de una hora, llegaron una casa solitaria situada al lado del rio. Passer llamó a la puerta y le abrió un hombre de avanzada edad. Tenía la cabeza rasurada, andaba un poco encorvado y tenía los ojos pintados con kohl. Su vestimenta estaba compuesta únicamente por una falda de lino blanco que le llegaba hasta las rodillas, e iba descalzo.
—Saludos, Passer, espero que el muerto sea de tu agrado —dijo el embalsamador.
—Saludos, amigo Nemet, seguro que sí. Hoy traigo a un alumno para que vea cómo preparas a los muertos antes de su largo viaje al más allá.
El embalsamador miró con desconfianza a Kalam y levantó su larga nariz como si le estuviera olfateando, el asirio se sintió incómodo. Nemet, sin decir palabra, entró en la casa acompañado por Passer y Kalam. El olor a incienso lo embargaba todo, cruzaron el vestíbulo y llegaron a la sala donde se encontraba el difunto.
—Los egipcios creen necesaria la conservación del cuerpo para la vida en el otro mundo. La momificación permite la salvación física y el Libro de los Muertos, la espiritual —le explicó Passer.
—¿El Libro de los Muertos?
—Ya te lo explicaré, ahora centrémonos con el embalsamamiento.
En el centro de la sala había una mesa de piedra decorada con la cabeza de un león y cuyas patas simulaban ser las garras del felino. Sobre ella se encontraba el muerto.
—Lo primero es lavar el cuerpo del difunto —dijo Passer.
Entraron en la sala dos hombres con telas y cubos de agua, debido al parecido con Nemet, Kalam habría jurado que se trataban de familiares suyos, tal y como más tarde, Passer le confirmó. Los hombres desnudaron al difunto y comenzaron a lavarle. Después, Nemet introdujo un hierro encorvado por su nariz y comenzó a sacarle una sustancia blanquecina. Cuando consideró que ya había extraído la mayor parte del cerebro, cogió un cuchillo de obsidiana y realizó una incisión en el vientre. Extrajo las vísceras dejando únicamente el corazón, en el interior del difunto, pues este órgano no debía separarse del cuerpo al tratarse del lugar donde residían los sentimientos y la conciencia. Nemet lavó las vísceras con vino de palma y las guardó en los vasos canopes.
—Esas vasijas se llaman así en honor al dios Canope, era el almirante de la flota mitológica que llevó a Isis y a Osiris a la India. Estos dioses, como muestra de gratitud, le deificaron y desde entonces es el protector de los órganos de los muertos —le explicó Passer.
—¿Y para qué sirven los vasos canopes? —preguntó Kalam, señalando cuatro recipientes de alabastro blanco cuyas tapas representaban distintos dioses egipcios.
—Los cuatro vasos tienen los nombres de los hijos del dios Horus: Amset, Hapi, Tiumatef y Kehbenhef. El canope de Amset es el que tiene la tapa con una cabeza humana, en él se guardan el estómago y el intestino grueso, el canope de Hapi representa a un cinocéfalo y en él se guarda el intestino delgado, el canope de Timatef está representado por un chacal y en él se guardan los pulmones y el canope de Kehbenhef está representado por un gavilán y es el recipiente de la vesícula biliar y el hígado.
Nemet comenzó a sacar las vísceras del difunto y se las fue entregando a Passer, que a su vez, se las enseñaba a Kalam mientras le explicaba su funcionalidad. Después de vaciar el interior del cadáver, lo llenó de mirra pura molida, canela y sustancias aromáticas, cuando hubo terminado, lo cosió. Poco después, entraron sus dos ayudantes con varios cubos de natrón y recubrieron todo el cuerpo.
—Ahora lo llevarán a otra sala donde permanecerá setenta días, el natrón eliminará toda la humedad del cuerpo lo que favorecerá su conservación. Después, lo lavarán para quitarle toda la sal, lo envolverán con lino impregnado con resina y lo introducirán en el sarcófago. Entonces ya puede ser entregado a sus familiares —le dijo Passer.
El gran maestro sacó una pequeña bolsa de los pliegues de su túnica y le entregó varias monedas a Nemet, que sonrió con satisfacción. Se despidieron del embalsamador y salieron de la casa.
—Antes has hablado sobre El Libro de los Muertos —dijo Kalam respirando un poco de aire fresco.
—Los egipcios creen en la vida después de la muerte. La momificación facilita la conservación del cuerpo en la otra vida, pero el llamado Libro de los Muertos permite la salvación espiritual.
—¿En qué consiste exactamente? —preguntó intrigado el asirio.
—Todos aquellos que han llevado una vida justa, pueden ser recompensados con una nueva vida después de la muerte. Para ello, deben conservar su cuerpo a través de la momificación, pero necesitan del Libro de la Vida para que guie su camino hacia el juicio final, donde el dios Osiris, después de escuchar al difunto, decidirá si merece una nueva vida en el paraíso o en cambio, si debido a su comportamiento, pecados o malas acciones, es considerado culpable. En tal caso, su existencia sería aniquilada y sus despojos serían devorados por los cocodrilos.
—¿Entonces es una especie de mapa o guía?
—El camino hasta la sala del juicio está plagado de animales peligrosos, lagos de agua hirviente, ríos de fuego y todo tipo de peligros. El Libro de los Muertos, mediante una serie de conjuros mágicos, fórmulas y estrategias, permite a los difuntos sortear los obstáculos y poder llegar a Osiris.
—Sin duda se trata de un viaje peligroso.
—El viaje se realiza en el barco del dios del Sol Ra y no son pocos los peligros que acechaban al difunto. Pero sin duda, el más peligroso de todos es la serpiente Apofis, empeñada en volcar la barca y hacer que el muerto desaparezca calcinado en las profundidades del rio de lava.
—¿Cómo decide Osiris quién es salvado o condenado?
—Se colocan las malas acciones del difunto en una balanza y si pesan más que una pluma, es considerado culpable, entonces, los cocodrilos sagrados devoran su cuerpo haciéndole desaparecer para siempre. En cambio, si sus malas acciones pesan menos, es considerado inocente y vivirá por toda la eternidad en el paraíso.
Kalam sentía mucha curiosidad por los ritos funerarios egipcios. Ávido de conocimientos, preguntaba una y otra vez a su maestro, mientras realizaban al camino de regreso a Men-Nefer, cuando vieron a un hombre correr hacia ellos haciéndoles gestos con la mano. Passer enseguida le identificó como uno de sus alumnos.
—¡Gran maestro, las tropas de Assarhaddon han destruido Giza y se dirigen hacia Men-Nefer! —exclamó el joven sin resuello.
El rostro de Passer reflejaba preocupación.
—Debemos abandonar la ciudad —dijo serio.
—¿Debemos huir? —preguntó Kalam.
—Es nuestra obligación, tenemos que salvaguardar la sabiduría de Imhotep y poner a salvo los papiros. Además, mis alumnos son los futuros médicos de Egipto y si mueren, toda una generación de médicos moriría con ellos. Hoy mismo partiremos.
—Pero podemos vencerles —protestó el asirio.
—Que los dioses te oigan y así sea, pero no podemos arriesgarnos.
—¿Adónde nos dirigiremos?
—Iremos al sur, a Napata la capital de Nubia. Assarhaddon no se aventurará con sus tropas a esas tierras desconocidas por ellos. Allí estaremos a salvo.
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