El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 36 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XXXVI

 

ASSARHADDON estaba satisfecho, se encontraba a pocos kilómetros de Lunu y la campaña estaba siendo todo un éxito. La noticia de la conquista de Per-Amón había llegado a las cuatro esquinas de Egipto y las ciudades que había encontrado a su paso habían sido abandonadas con tanta premura, que a sus habitantes no les había dado tiempo a anegar los campos, cegar los pozos o matar a los animales. Simplemente, habían escapado con las pocas pertenencias que podían cargar en un burro o en el mejor de los casos, un pequeño carro. El ejército egipcio había pasado prácticamente inadvertido, salvo por alguna emboscada a la retaguardia asiria. Las bajas habían sido mínimas y las ciudades de Qantir, Per-Bastet y Athribis habían caído sin mayores dificultades.

El rey asirio observaba la ciudad de Lunu, la última gran ciudad antes de llegar a Men-Nefer. Situada en la rivera del Nilo, estaba bien protegida por una gran muralla de adobe y por el propio rio. A diferencia de otras ciudades egipcias que habían conquistado, Lunu no había sido abandonada y estaba bien protegida por el ejército egipcio. Era su último bastión defensivo y su caída dejaba expedito el camino del ejército invasor hacia la capital de Egipto. El movimiento en la ciudad era frenético, cientos de obreros y soldados, construían empalizadas y fosos alrededor de la muralla, mientras que los arqueros no perdían de vista a los asirios y vigilaban sus movimientos previendo cualquier ataque sorpresa. Junto a Assarhaddon se encontraban sus generales Kishdar y Hitman.

—Estos egipcios son hábiles constructores, la empalizada que están construyendo dificultará el paso de nuestra caballería —dijo Kishdar.

—Mañana antes del alba, envía varios miles de jinetes para que la destruyan y ataquen a los obreros —dijo el rey ante el asentimiento de su general.

—La ciudad está muy bien fortificada y el rio Nilo protege su muralla occidental, pero somos muy superiores en número y no debemos tener problemas para conquistarla —dijo Hitman.

—Y una vez arrasada la ciudad, nos dirigiremos a Giza y después a Men-Nefer. ¡Ya estoy impaciente! —exclamó el rey.

—La victoria será total y nuestro imperio aún más poderoso. Durante generaciones se hablará de esta gran conquista —dijo Hitman.

Los tres hombres sonrieron mientras observaban la ciudad, que ya se la imaginaban destruida y envuelta en llamas.

—Mi rey —dijo una voz a sus espaldas.

Estaban tan absortos en sus pensamientos, que ninguno de ellos se había percatado de la llegada de un mensajero. Assarhaddon hizo un ademán autorizando al mensajero a hablar.

—Ha llegado al campamento una delegación de Sais. Necao, el gobernador de la ciudad, solicita una audiencia con su majestad.

—¿Necao? —preguntó el rey.

—Es el gobernador de la ciudad más importante del oeste de Egipto, creo que sería interesante saber qué es lo que quiere proponernos —dijo Hitman.

—Pues entonces habrá que escucharle. Soldado decidles que les recibiré esta misma noche en mi tienda —ordenó el rey.

 

La noche, como era habitual en Egipto, era muy fresca y un cielo sin mácula permitía ver un sinfín de estrellas decorando, con su tenue luz, la inmensidad del firmamento. Assarhaddon se encontraba en la tienda real acompañado por Hitman, Kishdar, Ubalimet y su guardia personal. Estaban sentados sobre grandes cojines, salvo el rey, que estaba sentado en un trono de madera decorado con oro y piedras preciosas. Le protegían la espalda cuatro oficiales de la guardia real. Un oficial anunció la llegada de la delegación egipcia y al momento entró Necao, acompañado por dos personas más.

—Saludos, gran rey y notables señores del gran reino de Asiria —dijo Necao.

—Saludos, gobernador de Sais, toma asiento.

La delegación egipcia se sentó enfrente de los asirios. Assarhaddon dio dos palmadas y al momento entraron algunos sirvientes con bandejas de comida y varias tinajas de vino y cerveza.

—Permitidme que os presente a mis acompañantes, él es Sabek, sumo sacerdote del templo de nuestra diosa Neith —dijo el gobernador, señalando al hombre que se encontraba a su derecha— y él es Kenamon, gobernador militar de Sais y máximo responsable del ejército.

Saludaron con un gesto con la cabeza.

—Ellos son mis generales Hitman, Kishdar y el sacerdote Ubalimet, y ahora hechas las presentaciones, estamos impacientes por conocer cuál es el motivo de tu visita —dijo el rey.

Necao observó a los presentes. Era consciente que se encontraba ante los hombres más poderosos del mundo. Guardó silencio durante un instante y finalmente habló.

—Hace muchos años que el trono de Egipto está siendo usurpado por reyes extranjeros llegados del sur. Invadieron nuestras tierras a sangre y fuego, destruyeron ciudades y deportaron a sus habitantes. Quemaron templos y trajeron consigo dioses que nos eran extraños. Los egipcios estamos cansados y hartos de la dominación nubia y queremos librarnos de ese yugo. Os propongo una alianza para eliminar a la sucia estirpe nubia del trono egipcio y echarles fuera de nuestras fronteras.

Assarhaddon le observó con atención, Necao era joven, de mirada inteligente y piel bronceada, más por los aceites con los que se suelen embadurnar los egipcios, que por la acción de los rayos del sol, tenía los ojos pintados con kohl y olía a perfume. Vestía una falda larga de lino y se protegía del frío nocturno con una piel de leopardo que colgaba sobre sus hombros. Se adornaba con un grueso collar de oro y con varias pulseras del mismo metal. Sin duda se trataba de un personaje distinguido y de noble cuna.

—¿Qué me ofreces? —preguntó Assarhaddon.

—Tengo diez mil soldados puestos a tu disposición pero, teniendo en cuenta el poderoso ejército que mandas, no creo que los necesites. En cambio, puedo ofrecerle guías que conocen perfectamente el terrero hasta Men-Nefer y los caminos y vados seguros para cruzar el Nilo.

—¿Y qué me pides a cambio?

—Mi familia es de estirpe noble y pura, mis ancestros nunca se han mezclado con los sucios nubios. Tengo un gran ascendente sobre los gobernadores de las ciudades del norte y oeste de Egipto y cuento con su apoyo. Ellos son mis aliados y por ende, y si vuestra majestad lo desea, aliados del imperio asirio. Mi deseo es uno, y creo que puede ser muy útil para los intereses de su majestad.

El egipcio se detuvo para comprobar si contaba con la atención del rey y de sus generales. Assarhaddon le miraba con interés, casi con fascinación y sus generales no perdían detalle de sus palabras. Satisfecho por el efecto que había causado en los asirios, continuó su discurso.

—Lo que le quiero pedir le será muy útil tanto para proteger las fronteras del sur de su imperio, como las fronteras de sus países aliados como Gaza o los reinos fenicios —dijo Necao gesticulando y moviendo sus brazos para dar más énfasis a sus palabras—. Si su majestad vence al usurpador Taharqa, le pido que me nombre faraón de Egipto, seré su más fiel aliado y pagaré los tributos que estime oportuno. Egipto volverá a tener un faraón egipcio, los gobernadores del norte apoyarán mi nombramiento y el pueblo también lo hará, está deseoso de tener un faraón de origen puro y egipcio. Esta es mi petición, como podrá ver, es beneficiosa tanto para Egipto como para Asiria.

Assarhaddon se levantó de la silla y paseo por la tienda con aire pensativo. Miró a sus generales y vio en sus ojos que aceptaban el acuerdo. ¿Qué mejor que tener a un aliado en el trono de Egipto? Expulsaría a la estirpe nubia de tierras egipcias y pondría a un noble de sangre pura en el trono. Más que un invasor, sería considerado un héroe, que liberaría al pueblo del yugo extranjero. Assarhaddon sonrió.

—Está bien, acepto, pero como prueba de fidelidad, pondrás a disposición de mis generales tus diez mil soldados —dijo Assarhaddon.

—A condición de que sea yo quien los dirija en la batalla.

—Es lo justo, cuando conquistemos Men-Nefer y expulsemos a los nubios, serás proclamado faraón de Egipto en Sais, allí estarás al abrazo de los tuyos.

Necao asintió agradecido, tomó un vaso de vino y brindó por la victoria asiria. Ordenó a sus hombres de confianza que se dirigieran a Sais y movilizaran las tropas. A partir de ese momento, el gobernador egipcio sería considerado un general más de las tropas asirias.

 

El ejército asirio se encontraba frente a las murallas de Lunu. A pesar de haber enviado jinetes y zapadores para que destruyeran los fosos y las empalizadas de los defensores, los egipcios se habían defendido con furia y conseguido proteger sus defensas y repeler cualquier avance asirio. Pero ahora no se enfrentaban a una avanzadilla de zapadores o jinetes, ahora se encontraban frente al grueso del ejército asirio y con el mismísimo Assarhaddon al frente. En las murallas estaban los arqueros egipcios, con sus arcos de doble curvatura y sus carcajes cargados con flechas. Varias humaredas señalaban el lugar donde se habían situado las calderas que los defensores habían preparado con brasas, brea, aceite o agua hirviendo para arrojárselas a los atacantes. El rey ordenó el avance de la infantería que marchaba protegida por escuderos y arqueros, su misión era limpiar el paso hasta la ciudad, destruyendo las empalizadas y cubriendo con tierra y piedras los fosos. Los defensores respondieron y una nube de flechas cayó sobre los atacantes que sufrieron numerosas bajas. Pero Assarhaddon no se amilanó y ordenó el avance de más infantes y arqueros. Los egipcios volvieron a la carga pero esta vez fueron ellos quienes recibieron los dardos enemigos. Viendo la debilidad de los defensores, diez mil arqueros más fueron llamados y durante varios minutos, dispararon sus armas impidiendo a los defensores, ni siquiera asomar la cabeza por las troneras. Los zapadores hicieron su trabajo cegando los fosos y destruyendo las empalizadas, luego allanaron el rocoso camino, para que los esclavos empujaran una enorme torre de asedio hacia las murallas de la ciudad. Los arqueros defensores, protegidos como podían tras los escudos o las almenas, lanzaban sus flechas contra los porteadores y varios de ellos cayeron muertos o heridos, pero por cada uno que caía, otro ocupaba su lugar. Centenares de soldados asirios protegidos con grandes escudos, ocultaban a los esclavos de las saetas enemigas, pero no eran pocos los que caían heridos por las flechas egipcias. Aún así, la torre avanzaba lenta pero inexorablemente hacia las murallas de la ciudad. Assarhaddon ordenó una gran ofensiva y miles de soldados y jinetes se abalanzaron contra las murallas.

—¡Soldados de infantería, tomad escalas y avanzad hacia las murallas! —gritó Hitman.

—¡Arqueros y escuderos, proteged la infantería! —gritó Kishdar, mientras avanzaba con los arqueros a caballo.

La torre de asalto llegó hasta su objetivo y los soldados, protegidos en la tronera, comenzaron a golpear los muros de la ciudad con el ariete. Los defensores comenzaron a arrojar rocas, brea y aceite hirviendo sobre los atacantes y una enorme nube negra lo envolvió todo. Pero los asirios eran muy numerosos y varios soldados ocuparon el lugar de los caídos, mientras que otros, intentaban apagar el fuego con palas. Pronto la infantería alcanzó los muros y subieron por las escalas. Los egipcios se vieron superados y los asirios consiguieron alcanzar la muralla. Desde el exterior, los arqueros no dejaban de disparar sus arcos y los egipcios se vieron obligados a abandonar la muralla y refugiarse en la ciudad.

—¡Avanzad soldados, los egipcios se retiran, reforzad la torre de asalto! —gritó Hitman, que se dirigía hacia la puerta de la ciudad acompañado por la caballería.

La torre de asalto estaba muy dañada por el fuego y las rocas, y apenas había soldados que empujaran el ariete. A una llamada de su general, varios arqueros se dirigieron hacia la torre y ayudaron a los pocos soldados que permanecían en la tronera, y que aún tenían fuerzas para balancear el ariete.

—¡Subid por las escalas, vamos asirios ya son nuestros! —gritó Kishdar, mientras bajaba de su caballo y subía, espada en ristre, por una de las escalas.

A su alrededor, cientos de soldados subían por las decenas de escaleras casi sin resistencia. De pronto, se produjo un ruido ensordecedor, el ariete había hecho su trabajo y parte de la muralla había cedido. Unidos por un solo grito, miles de soldados penetraron en la brecha y entraron en la ciudad. Los egipcios, ya fueran civiles o militares, huían despavoridos ante la aterradora imagen de una turba enfervorecida. Las puertas de la ciudad se abrieron y la caballería, con Assarhaddon a la cabeza y acompañado por Necao, entró en Lunu.

La ciudad todavía ardía cuando llegó la noche ocultándolo todo con su oscuro manto. Assarhaddon ordenó que la ciudad fuera destruida y todos sus habitantes fueran pasados a cuchillo. En la puerta de Lunu fue encendida una pira con cientos de egipcios muertos, la gran hoguera, con un siniestro tono rojizo, iluminaba las murallas de la ciudad. Necao fue obligado a participar en la barbarie y mató a varios egipcios desarmados, algunos de ellos mujeres y niños, ante la atenta mirada de Assarhaddon, que quería comprobar hasta qué punto, contaba con la fidelidad del gobernador de Sais. Y, Necao, cuando se aseguró de no ser visto, vomitó detrás de una casa intentando sacar de su interior todo el horror y la vergüenza que sentía de sí mismo. Odiaba al faraón y odiaba a los nubios, pero a los que había matado eran egipcios, hombres, mujeres y niños egipcios. Lloró como un niño y se preguntó si al besar la mano al rey de Asiria había hecho lo correcto, se preguntó si no había traicionado a su pueblo, se preguntó si sería capaz de hacer cualquier cosa por conseguir el trono de Egipto. Seguía llorando cuando sintió una mano tocándole el hombro.

—Mi señor, entiendo el dolor que sentís y conozco los pensamientos que os martirizan. Yo mismo me he visto obligado a matar a varios de los nuestros, pero si queremos conseguir un bien superior, debemos hacer cosas que no nos agradan. Los muertos de Lunu no serán los únicos antes de que sea nombrado faraón. Así debemos asumirlo si queremos conseguir nuestra meta. Aún está a tiempo para echarse atrás y regresar a Sais, pero creo que debemos mirar hacia adelante, mirar a estos muertos como mártires, como un mal necesario para conseguir un objetivo supremo. Debemos ser fuertes y servir fielmente a los asirios mientras nos sean de utilidad —le dijo Kenamon mirándole a los ojos.

—¿Tú también has participado en esta masacre?

—Sí, mi señor, el general Hitman me ha pedido que luche a su lado, sin duda para comprobar mi fidelidad. No ha sido agradable, pero tampoco siento vergüenza de ello, soy un general y obedezco órdenes.

—¡Pero… Pero era nuestro pueblo! —exclamó Necao mirando a su alrededor.

—Nuestro pueblo es Sais, donde sois el gobernador, el resto de Egipto será vuestro pueblo cuando seáis proclamado faraón —dijo Kenamon con severidad—. Será mejor que lo entendáis de esta manera, o no estaréis preparados a continuar la campaña contra Taharqa.

Necao miró al suelo, se secó las lágrimas que corrían por sus mejillas y asintió.

—Tienes razón, será mejor verlo así —aceptó.

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