El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 11 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XI

 

SINTIÓ el calor del hierro incandescente acercándose a su espalda, arqueó todo su cuerpo previendo el dolor que iba a sufrir. Sería marcado de por vida, marcado como una bestia de carga por su dueño. A partir de ese momento, dejaría de ser un hombre para convertirse en un animal, ya no sería dueño de su vida, sería un esclavo. En la choza, el calor era insoportable debido a la enorme hoguera que prendieron en su centro, y hacía casi imposible poder respirar. Dos hombres sujetaban los brazos desnudos de Kalam, que se encontraba dando la espalda a la pira. Para debilitarle, le habían puesto a pocos metros del fuego. Tenía la espalda abrasada. El dolor era insoportable, pero se encontraba tan débil, que no tenía fuerzas para gritar y apenas podía sostenerse en pie. Jusman se dirigió hacia él portando el hierro incandescente. Los dos hombres obligaron a Kalam a tumbarse, cuando estaba bien aferrado en el suelo, Jusman, con un movimiento certero y contundente, grabó con una «w» con forma de cuernos de búfalo la espalda del médico. Un humo blanco surgió de su espalda impregnando toda la choza con el acre olor a carne quemada. Kalam consiguió emitir un único y desgarrador grito antes de perder el conocimiento. A partir de ese momento, dejó de llamarse Kalam para convertirse en Afarat el esclavo de Sari.

—Despierta esclavo, eres un maldito holgazán, pero yo te enseñaré a trabajar duro —dijo una voz, mientras le arrojaba un cubo de agua a la cara.

Afarat se despertó desconcertado y vio que todavía se encontraba en la choza donde había sido marcado. Del gran fuego, solo quedaban algunas reminiscencias traducidas en pequeñas brasas, de las que emanaban dispersos hilos de humo. Le dolía la espalda y, para su desgracia, recordaba muy bien el motivo. Intentó levantarse con movimientos suaves, para evitar que las telas rozaran sus quemaduras.

—¡Levántate maldito perro asirio! —le gritó la voz, mientras le golpeaba con un látigo justo donde había sido marcado.

El dolor le atería todo el cuerpo, que se volvió rígido como una piedra, pero otro latigazo en la espalda le dobló definitivamente, dejándolo medio muerto en el suelo.

—¿Estás loco Mushabat? —gritó Jusman quitándole el látigo—. ¿Quieres matarlo?

—Es un maldito asirio, tiene lo que se merece. Si por mi fuera, lo mataría ahora mismo.

—Puede ser útil para la comunidad, es médico y lo necesitamos.

—Ya tenemos a Itbala, no necesitamos a nadie más y mucho menos a un asirio —dijo Mushabat escupiendo en el suelo.

—Itbala está medio loco y sabes que siempre está borracho, ya no puede ayudarnos.

—Está bien, pero déjame que yo me encargue de él.

—Pertenece al pueblo, no es tu esclavo, ha sido comprado para servir a Sari no para servirte a ti.

—¿Y quién le va a vigilar para que no escape?

—Será obligación de toda la comunidad, que se encargará de alimentarlo y darle abrigo.

—Como digas caudillo, pero cómo intente escapar, se cruzará con mi espada.

—No le hagas daño o te las verás conmigo.

—Simplemente te digo que no respondo si este perro hace algo que no debe.

El caudillo de Sari se acercó a Mushabat de forma amenazante.

—Para castigarle estoy yo Mushabat, recuerda quién es el caudillo de este pueblo y no lo olvides, y ahora fuera de mi vista —dijo Jusman encolerizado, a unos centímetros del rostro de Mushabat.

Mushabat se retiró reconociendo su derrota, pero se detuvo en la puerta de la choza.

—Eso fue un accidente, en cualquier momento tu maldita suerte puede cambiar —dijo en voz baja, dando la espalda a Jusman y saliendo de la choza.

 

Mushabat era el hijo de Hasset, antiguo líder de Sari. Durante una emboscada, fue hecho prisionero y posteriormente brutalmente torturado y asesinado por los asirios. Jatmala, padre de Jusman, siguió durante varios días a las tropas asirias hasta que, en un estrecho desfiladero, consiguió cercarles y junto con varios centenares de jinetes masagetas, les aniquiló sin darles oportunidad de defenderse. Volvió a la ciudad con varias decenas de prisioneros, que fueron torturados hasta morir para saciar la sed de venganza por la muerte de Hasset. El pueblo, agradecido por tal gesta, le nombró nuevo caudillo en lugar del primogénito del anterior líder. Mushabat era apenas un niño, pero recordaba con enfermizo odio como los asirios habían arrebatado la vida de su padre y por ende, también el liderato de su pueblo, algo por lo que, desde que era muy niño, su padre le había educado. Cuando Jatmala murió, Mushabat reclamó el liderato de Sari como legítimo caudillo, pero el consejo de ancianos habían declinado tal solicitud, pues no le veían preparado para dicha tarea y decidieron que fuera Jusman, el hijo de Jatmala, el nuevo caudillo. Mushabat nunca aceptó tal decisión, y juró que vengaría la muerte de su padre degollando a todo aquel asirio que se cruzase en su camino y que algún día sería el caudillo de Sari costase lo que costase, pues se consideraba el legítimo líder de su pueblo y Jusman no era más que un usurpador.

 

Jusman se acercó al cuerpo inerte de Afarat e intentó reanimarle, pero sin resultado, salió de la choza y fue a buscar a Itbala, que como era costumbre, se encontraba tirado en su camastro de paja borracho y apestando a kumis.

—Despierta viejo borracho —dijo Jusman, mientras zarandeaba al shaman—, necesito que me ayudes.

—¿Qué ocurre, por todos los dioses qué pasa? —preguntó desorientado el viejo.

—Tengo un esclavo herido y necesito que le veas.

—¿Ahora? Déjame en paz, estoy durmiendo —protestó Itbala.

—¡O vienes conmigo o te echo de una vez por todas de este pueblo! ¡Maldito holgazán! —amenazó Jusman.

Itbala se levantó a regañadientes.

—Está bien, está bien, dame un minuto.

Cuando el viejo llegó a la choza, encontró a un joven aturdido tirado en el suelo bocabajo, tenía varias contusiones y una enorme «w» marcada a fuego en la espalda.

—Necesito kumis —dijo el anciano.

—¿No has bebido ya bastante, maldito borracho? —preguntó irritado Jusman.

—Tengo la mente más despejada cuando el kumis corre por mis venas.

—Está bien, tráele una jarra de kumis al shaman —ordenó Jusman a un esclavo.

Hasta que no llegó el esclavo con la jarra e Itbala dio buena cuenta de ella, no se puso a auscultar a Afarat. Le puso la mano en la frente para medir su temperatura, estudió sus ojos, metió su nariz en su boca, puso su oreja en el pecho y observó con detenimiento la quemadura y los moratones de la espalda.

—La quemadura se le ha infectado —dijo el shaman—, tiene la fiebre alta y la cicatriz está muy hinchada, tenemos que bajarle fiebre o morirá. Tiene fuertes golpes en la espalda, esto ha provocado que la cicatriz sangre de forma copiosa y la herida se infecte ¿quién ha sido el animal que ha golpeado a este esclavo cuando la quemadura es tan reciente?

—Mushabat.

El shaman negó con resignación.

—Lo tenía que haber imaginado. Bueno, lo primero es bajarle la fiebre. Subid al esclavo al camastro y tumbadle boca abajo —ordenó el anciano a los esclavos. Necesito corteza de olivo, láudano, paños y una vasija de agua fresca.

—Esclavos, traed lo que dice el shaman —ordenó Jusman a los dos esclavos que salieron a toda prisa de la choza—. ¿Se curará?

—Eso depende de los dioses, parece fuerte, pero la quemadura tiene muy mala pinta ¿quién es, para que te hayas tomado tantas molestias?

—Es un médico asirio.

—Ah, entiendo, quieres que sea mi sustituto ¿verdad?

—Tú no vas a vivir siempre y el pueblo necesita un médico.

—No te preocupes, lo entiendo perfectamente y haré lo que pueda por él —dijo el shaman, justo en el momento en el que entraban los esclavos con todo lo que había pedido.

Itbala mojó un paño y comenzó a frotar con suavidad la espalda de Afarat, dejando caer unas pocas gotas de agua encima de la quemadura. Luego, le levantó suavemente la cabeza y colocó otro paño húmedo debajo de la frente. Cortó un poco de corteza de olivo y lo puso en un vaso con agua, después agregó láudano. Incorporó a Afarat lo suficiente para que pudiera beber un poco.

—Que uno de tus esclavos moje la espalda de este hombre cada media hora y le dé de beber de este vaso, también es importante que humedezca el paño que tiene bajo la frente. Si pasa de esta noche, es posible que sobreviva. Ahora quiero otra jarra de kumis.

Afarat pasó la noche gritando y delirando, pero sobrevivió a la fiebre. Debido al láudano, apenas sentía ningún dolor, pero se encontraba desorientado. Intentó darse la vuelta, pero un fuerte pinchazo en la espalda, despertó en él los hechos ocurridos hacía unos días. Volvió a recordar que era un esclavo, que había sido marcado y que un bárbaro le había golpeado con fuerza, pero no recordaba mucho más. Miró a su alrededor y vio que se encontraba en la misma palloza en la que había sido marcado. Por su tamaño, debía de tratarse de la choza comunitaria, aquella en la que se reunía el consejo de pueblo. Cerca de él, se encontraba un esclavo, permanecía adormilado con la espalda apoyada en la pared. Pudo ver la hoguera, ahora completamente apagada, donde pusieron a fuego el hierro con el que fue marcado. Intentó darse la vuelta otra vez, pero el fuerte dolor le obligo a desistir. El esclavo, al oír el quejido de Afarat, se despertó y sin decirle una palabra, salió corriendo de la palloza regresando al poco tiempo junto con el caudillo de Sari.

—Veo que por fin has despertado —dijo Jusman sentándose en la cama junto a Afarat—, debes dar gracias a los dioses, has estado muy cerca de la muerte ¿te encuentras bien?

Afarat miraba hacia la pared, sentía vergüenza; no se atrevía a mirar a su amo.

—¿Vienes a ver qué tal se encuentra tu posesión? —preguntó desafiante —. No temas, de momento no tengo pensado reunirme con ellos.

—No seas insolente Afarat, no pienso tolerar que ningún esclavo me falte al respeto.

—¡Mi nombre es Kalam no Afarat! —exclamó, en un arrebato de dignidad.

Jusman se incorporó enojado.

—Creo que debo explicarte cuál es tu nueva situación, veo que no te ha quedado muy clara. Ahora eres un esclavo; no tienes pasado, no tienes presente y no tienes futuro. No eres un hombre, eres poco más que una bestia y tienes menos valor que un buen caballo. Ahora perteneces a la comunidad, que puede hacer contigo lo que le plazca. Ya no eres Kalam, el médico de Asiria, ahora eres Afarat, el esclavo de los masagetas. ¿Me has entendido? Si valoras en algo tu vida, espero que asumas tu nueva condición.

—Mi nombre es Kalam y soy… —dudó, no sabía si sería conveniente decir quién era pero, finalmente, pensó que sería lo mejor—. Soy el médico de su alteza real Assarhaddon, rey de Asiria. No soy Afarat, no soy un esclavo.

Jusman no le creyó. ¿Qué hacía todo un asu de su majestad, en una caravana de mercaderes escitas?

—Como si has sido el médico del dios Sol, ahora eres un esclavo y por tu bien, espero que te vayas haciendo a la idea —le espetó con rudeza.

—¡No soy un esclavo! —gritó Kalam con todas las fuerzas que pudo.

—Bien, esclavo, creo que ya has tomado tu decisión.

 

Después de diez días encerrado en la más absoluta oscuridad, bajo tierra, en un agujero de cuatro metros cuadrados y alimentado únicamente con agua y algo parecido al pan, uno se plantea muchas cosas. ¿Merece la pena vivir como esclavo o es mejor morir como hombre libre? ¿Hay que luchar por volver a ver a la familia o morir sin saber nada más de ella? En definitiva, la cuestión era; morir o vivir. Un día, cuando su carcelero le llevaba su ración de agua y pan diario, Afarat le pidió hablar con Jusman, tenía algo importante que decirle. Ya había tomado su decisión. El caudillo de Sari apareció tres días después, demostrando, una vez más, quién mandaba.

—¿Qué quieres esclavo? —preguntó con desprecio Jusman.

—Quiero vivir —respondió Afarat.

—¿Asumes tu condición de esclavo y por tanto tu nuevo nombre?

—Sí.

—¿Cómo te llamas?

Afarat dudó unos instantes, pero finalmente claudicó.

—Mi nombre es Afarat.

El caudillo sonrió.

—¿Y qué eres?

—No soy más que un esclavo del pueblo de Sari —contestó el asirio con lágrimas en los ojos.

Abrieron la puerta del agujero y la luz del sol hirió los ojos del esclavo, poco acostumbrado a tanta claridad. Después de casi quince días en la más profunda oscuridad, cualquier mínima luz, le cegaba los ojos impidiéndole la visión. Pasaron varios minutos hasta que pudo vislumbrar algunas formas. Una de ellas, le era familiar, aunque no recordaba de qué.

—Este hombre está agotado y necesita descansar. Si quieres que sobreviva, envíale a la casa de la sanación hasta que se recupere. Yo cuidaré de él —dijo Itbala.

Jusman asintió y varios guerreros se llevaron al asirio a la choza donde cuidaban a los enfermos o heridos. Itbala cuidó con esmero de su paciente y en pocos días, ya estaba plenamente recuperado de sus quemaduras y de la inanición sufrida por su dura estancia en la cueva. Comenzó a dar pequeños paseos alrededor de la choza hasta que, un día, recibió la visita de Jusman y se lo llevó. El caudillo afirmó que ya era momento de presentárselo al pueblo, a sus amos y señores.

Los vecinos de Sari se encontraban en la plaza mayor de la ciudad. Afarat fue escoltado por varios guerreros hasta el centro del foro, donde habían construido un estrado de madera. Presidiéndolo, se encontraban el caudillo y el shaman, justo detrás, había un grupo de nueve ancianos.

—Pueblo de Sari —comenzó a decir Jusman—, durante años, nuestro querido Itbala ha sido nuestro shaman, ha intercedido por nosotros ante los dioses y ha espantado a los demonios y malos espíritus de nuestra querida tierra. Ahora, después de tanto tiempo de impagable servicio, ha llegado la hora de su relevo. Quiero presentaros a todos a Afarat, nuestro nuevo shaman.

—¿Un asirio va a ser nuestro valedor ante nuestros dioses? ¿Un hereje? Además, él no es shaman. No es más que un perro asirio, deberíamos matarle ahora mismo —gritó Mushabat ante los enfervorizados gritos de sus seguidores.

—¡Yo le enseñaré el camino hacia los dioses! —exclamó Itbala, intentado hacerse oír entre el griterío.

—¿Tú, viejo borracho? —le preguntó despectivo Mushabat—. Solo le podrías enseñar el camino hacia la taberna —dijo ante las carcajadas de buena parte de los asistentes.

El anciano, avergonzado, bajó la cabeza.

—¡Basta! —gritó Jusman—. Afarat es un gran médico, que ha servido en la corte del mismísimo Assarhaddon —dijo Jusman sin mucho convencimiento de que fuera cierto—. Aún le falta conocer el camino de la sabiduría, que guiará sus pasos hacia la morada de nuestros dioses, pero estoy seguro que Itbala sabrá orientarle.

—¡Si es tan válido como dices, que haga ahora la prueba del conocimiento! —gritó alguien, arropado por varios vecinos más.

—Naturalmente que realizará el rito de iniciación —dijo Jusman—, sabéis que es obligatorio para todo aquel que vaya a ser nuestro shaman. Os he congregado aquí, no solamente para presentároslo, sino también para que seáis testigos de su valía, y no hay mejor manera de comprobarlo que poniendo en peligro de muerte su propia vida. Afarat contempló a la muchedumbre, no sabía a qué se referían cuando hablaban de «prueba del conocimiento». Quizá se tratase de una prueba similar a la que, en Asiria, hacen a los aspirantes a médico. Fuera como fuera, era consciente que en muy poco tiempo, saldría de dudas.

—¡Entonces que la haga ahora mismo y delante de todos nosotros, sus amos! —volvió a gritar Mushabat.

Jusman no tenía más opción que aceptar la propuesta de Mushabat, había apostado mucho por Afarat y si se negaba a que realizara el rito de iniciación, corría el riesgo de que el pueblo, alentado por Mushabat y sus acólitos, linchara al asirio.

—Muy bien, pues vayamos todos a la cueva del dios Sol y comencemos el ritual de iniciación.

—Debemos llevar comida y agua para tres personas y tres días —le dijo el shaman.

—Preparad todo lo que necesite Itbala —ordenó Jusman a un esclavo.

Jusman comenzó la marcha seguido por Itbala y Afarat. Muchos habitantes del pueblo les siguieron. Hacía años que no se realizaba el rito de iniciación de shaman y pocos eran los que se lo querían perder. Caminaron durante algunas horas hacia una montaña que se encontraba a varios kilómetros. Cruzaron pequeños ríos, atravesaron densos matorrales y subieron empinados senderos hasta que llegaron a un alto donde se divisaba un espectacular paisaje. Allí se detuvieron. Afarat no había abierto la boca en todo el trayecto, acompañado por Itbala y Jusman, de vez en cuando miraba hacia atrás donde se encontraba Mushabat, que le miraba con atención sin perder ni un solo detalle de sus movimientos. El resto del pueblo, seguía la comitiva como si de un día festivo se tratara. Hombres, mujeres y niños reían, hablaban y especulaban sobre el ritual de iniciación a shaman.

—Ya hemos llegado —dijo Itbala, ante la mirada expectante de los congregados, que no eran capaces de ver una cueva por ningún lado—. Ahora, continuaremos solos el ascenso hasta la cima, Jusman, como caudillo de Sari, Afarat, como aspirante a shaman, un representante del pueblo, y yo, como guía espiritual.

—¡Queremos que sea Mushabat el representante del pueblo! —exclamó uno de sus acólitos, ante los gritos de aprobación del resto de la camarilla.

—¿Estáis todos de acuerdo? —preguntó Jusman a la multitud que les había seguido.

Un murmullo se aprobación comenzó a surgir de la muchedumbre. Mushabat miró con satisfacción a Jusman, que no tuvo más remedio que aceptarle.

—Está bien, si así lo queréis, Mushabat nos acompañará a la cueva — aceptó el caudillo a regañadientes.

Los cuatro hombres comenzaron a subir por una senda que, a cada paso que daban, se volvía más angosta y tupida debido la vegetación que la lindaba. Después de andar durante algunas horas, llegaron a una zona umbría y se detuvieron. El día se había vuelto fresco y una fina niebla dificultaba ver más allá de unas decenas de metros. Se encontraban en un denso bosque de altos y frondosos árboles, que impedían que los rayos del sol llegaran hasta el suelo.

—Hemos llegado a nuestro destino, estamos en el bosque sagrado. Preparad unas antorchas —ordenó el shaman.

Itbala se acercó a unos matorrales y los apartó dejando ver una cavidad oscura. Luego entró en ella, seguido por los demás. El paso de la cueva era angosto, las antorchas apenas iluminaban y corrían el riesgo de escurrirse, pues el suelo estaba mojado y resbaladizo. El techo no era muy alto y tuvieron que entrar encorvados. Afarat pudo ver que a lo largo del túnel, se sucedían una serie de galerías. Sin duda, perderse allí podría ser peligroso. Cruzaron varios pasadizos, unas veces el shaman se dirigía a la derecha, otras veces a la izquierda, a veces el pasadizo era alto y ancho y permitía el paso sin dificultad, y otras veces, tenían que atravesarlos prácticamente a gatas. Después de deambular varios minutos por el subterráneo laberinto, llegaron a una enorme galería. Tendría unos veinte metros de alto y doscientos de ancho. Cientos de estalagmitas y estalactitas, decoraban la inmensa sala y varias decenas de riachuelillos la cruzaban o se deslizaban suavemente por sus húmedas paredes. Curiosamente, a pesar de llevar solamente cuatro antorchas, toda la sala estaba bien iluminada. Las paredes brillaban reflejando todo tipo de tonalidades doradas, pues se encontraban en el interior de una mina de oro.

El shaman se dirigió hacia un pequeño montículo formado por leña amontonada. Arrojó en ella unos polvos, golpeó dos piedras y la leña, a pesar de la humedad, comenzó a prender sin dificultad. Después llamó a sus acompañantes y se sentaron frente al fuego.

—Estamos en la morada de nuestro dios Sol —comenzó a decir el shaman—, a él le debemos todo lo que somos. A él le debemos nuestra prosperidad, nuestros hijos, nuestros caballos, nuestras victorias. A él le debemos la sabiduría que guía a sus más fieles servidores, a nosotros, los shamanes. Hoy, estamos nuevamente en su morada, para que nos vuelva a iluminar con su infinita sabiduría. Ante nosotros se encuentra Afarat, asu, médico asirio. Un hombre que tiene distintos dioses que nosotros, un hombre que proviene de una tierra lejana, de una cultura distinta. Un hombre que procede de un pueblo enemigo, que durante años, ha combatido contra nosotros. Un hombre que es un esclavo. ¿Estará dispuesto nuestro buen dios a aceptarle en su seno? ¿Estará dispuesto nuestro buen dios a orientarle hacia el camino de la sanación? Estamos aquí Jusman, como caudillo y líder de Sari, Mushabat, como representante del pueblo, y yo, Itbala, como shaman, para comprobarlo —sacó un pequeño frasco de barro de una bolsa que llevaba colgada y bebió un pequeño trago.

Afarat observaba al shaman con atención, aún no sabía qué iba a ocurrir, qué prueba tendría que superar y qué consecuencias tendría si fracasase.

—Pronto sabremos si el dios Sol acepta a Afarat como shaman de Sari o no —dijo Itbala, poniéndose en pie y levantando los brazos sobre el cielo —. Espero por tu bien que así sea —le dijo mirando a Afarat—, no serías el primero que muere perdido en esta cueva.

Mushabat sonrió al oír las palabras del shaman, el dios Sol nunca aceptaría a un hereje, a un esclavo, a un perro asirio en su seno. Nunca aceptaría que ese bastardo fuera uno de sus sirvientes. El destino de Afarat estaba escrito y su muerte sería cuestión de pocos días.

—Si eres aceptado por nuestro dios, su espíritu te guiará hasta la salida de la cueva, si eres rechazado, nunca la encontrarás y morirás de hambre o caerás en alguna de sus simas —le dijo el shaman—. Ahora bebe de esta botella, te ayudará a encontrar el camino en el caso de que el dios Sol decida aceptarte como hijo suyo —le entregó la botella de barro a Afarat, que dio un pequeño trago—. Bébetela entera —ordenó Itbala.

Afarat obedeció y se bebió toda la botella. Sintió como un líquido amargo se deslizaba por su garganta y poco a poco, sus sentidos se fueron agudizando. Oía cada gota de agua que se deslizaba por las paredes de la caverna, sentía el profundo odio que Mushabat le profesaba, el aprecio del shaman y la indiferencia del canciller, más preocupado por perder la inversión que había hecho al comprarlo, que de su propia vida. Sentía el olor a humedad, a espacio cerrado, al humo de la hoguera.

—Ahora llegó el momento de comprobar si eres digno —dijo el shaman mientras arrojaba agua al fuego.

La oscuridad lo envolvió todo, miró a su alrededor pero no veía nada. Llamó al shaman pero solo el eco de la caverna respondía sus llamadas, llamó a Jusman, incluso gritó el nombre de Mushabat pero nada, solo su propio eco recibía por respuesta. Notó como le latía el corazón, pensaba que se le iba a salir del pecho, sintió su respiración, cada vez más fuerte, más angustiada. Estaba bloqueado. Durante varios minutos no se movió, intentó agudizar su vista, su oído, en busca de alguna señal que le permitiera salir de la profundidad de la caverna. Poco a poco, su cuerpo fue serenándose. De nada servía caer en el pánico, tendría que buscar la salida, intentar hacer memoria, recordar cómo había llegado hasta la galería. Cerró los ojos y se concentró. Entonces lo sintió, era un leve ulular, una suave brisa. Un ligero viento rozó su brazo derecho, decidió permanecer con los ojos cerrados y que el resto de los sentidos le guiaran. Una vez, escuchó a su padre decir que, cuando uno pierde un sentido, el resto se agudizan para suplir dicha pérdida y ahora su vista no era nada útil. Recordaba donde estaba la hoguera y a gatas, palpando los leños aún calientes, consiguió coger una vara de poco más de metro y medio que no estaba totalmente quemada. Se levantó y despacio, se dirigió hacia el origen de la brisa. Pronto se encontró frente a una galería, palpó con las manos y pudo sentir que podía entrar en ella pero a gatas. No era la galería por la que había entrado en la caverna y se inquietó, pero sentía, cada vez con más fuerza, el frescor del aire sobre su piel. Gateó durante varios minutos. Percibía el aire cada vez más fresco, pero también, notaba como la galería se estrechaba, hasta que acabó arrastrándose por ella. Continuó reptando hasta que su vara golpeó contra una pared. Palpó todo el pasadizo, sintió una pequeña corriente de aire en la cabeza, alargó el brazo y el frescor de una corriente de aire tocó su mano pero, para su desesperación, no era más que una pequeña grieta en la pared. La galería no tenía salida.

 

Jusman, Itbala y Mushabat esperaban al asirio fuera de la caverna. Una vez que el shaman había apagado el fuego en la galería, los tres hombres salieron de la cueva aprovechando los efectos que había provocado en Afarat, la pócima que Itbala le había dado de beber. Le esperaban sentados junto a un fuego, donde habían colocado algunas piezas de caza. Según la tradición del rito de iniciación, el shaman, el líder y el representante del pueblo, debían esperar al iniciado durante tres días y tres noches frente a la caverna. Pasado ese tiempo, si no aparecía, se le daba por muerto.

—Nunca saldrá de la cueva —dijo satisfecho Mushabat, mirando al fuego.

—Eso solamente lo podrá decidir nuestro dios —respondió el shaman, mientras bebía un largo trago de kumis—, debemos esperar.

Jusman había pagado una fortuna por él. Un dinero que era del pueblo, si el asirio moría, Mushabat y sus seguidores podrían poner a los ciudadanos de Sari en su contra y derrocarle como caudillo. Por su propio bien, esperaba verle salir pronto de la gruta.

—Lo conseguirá —dijo Jusman, más para convencerse así mismo que para convencer a los demás—, démosle tiempo.

Pasaron dos días y no tenían noticias de Afarat. Mushabat ya le daba por muerto, Itbala había permanecido prácticamente borracho todo el tiempo y Jusman estaba muy preocupado. Intentaba dar la apariencia de serenidad, pues no estaba dispuesto a dar ningún tipo de satisfacción a Mushabat, pero su rostro reflejaba inquietud y se encontraba muy tenso.

—Este shaman es un borracho —dijo Mushabat mirando a Itbala, que dormitaba bajo un árbol—, y su aspirante, un perro asirio. Seguro que está muerto en la caverna. Eres un pésimo caudillo, cuando vuelva a Sari será tu fin.

Durante dos días, apenas habían hablado y las palabras de triunfo de Mushabat irritaron a Jusman.

—No te será tan fácil derrocarme, el pueblo me prefirió a mí y no a ti, recuérdalo —dijo Jusman manteniendo la serenidad.

—No fue el pueblo quien te eligió, sino un grupo de viejos cobardes — le espetó Mushabat.

—Deberías respetar al consejo de ancianos, ellos representan la sabiduría de nuestros ancestros.

—Cuando sea caudillo, lo primero que haré será degollar a esos estúpidos viejos.

—Nunca serás caudillo, por lo menos mientras yo viva.

—Eso tiene fácil solución —dijo Mushabat desenvainado su espada y dirigiéndose hacia Jusman, que se encontraba desarmado.

—¡Quieto! —le ordenó Itbala—. Enfunda tu arma Mushabat ¿o tienes pensado matarme a mí también, para no dejar testigo alguno de tu crimen?

Mushabat miró con odio al shaman y enfundó su arma.

—Ya tendré otra ocasión y la próxima vez, ya me cuidaré que no haya ningún borracho cerca que te proteja —le dijo a Jusman, mientras se perdía en el bosque.

Itbala se levantó con dificultad y se dirigió al fuego donde se encontraba Jusman. Se sentó a su lado y comió una pieza de conejo que habían cazado el día anterior.

—No hay sitio en Sari para los dos —le dijo Itbala después de beber un trago de agua—, algún día os mataréis entre vosotros. Quizá deberías desterrarlo.

—¿Cómo? —preguntó Jusman—. Que yo sepa, no ha cometido ningún delito.

—Acaba de intentar matarte ¿no te parece suficiente delito?

—No, no me lo parece y con todos mis respetos, no me sirves como testigo.

—Ya, bueno, el shaman borracho que no vale para nada —dijo Itbala con resignación—, en eso te doy la razón. No tengo el aprecio del pueblo. No les culpo, yo mismo me he labrado mi destino. En cuanto tenga un sustituto volveré aquí y me reuniré con nuestro dios, espero que él sepa perdonarme.

Un ruido de pisadas llamó la atención de los dos hombres. De pronto, surgió entre la maleza una figura humana. Estaba muy sucia, tenía las ropas echas jirones y heridas por todo el cuerpo. Se la veía muy débil, arrastraba los pies y andaba encorvada. Cuando llegó a la altura del fuego, cayó al suelo.

—Dale un poco de agua, yo le prepararé algo de comer —dijo Itbala.

Jusman vertió un poco de agua en los labios de Afarat, que permanecía sin conocimiento. Al notar el líquido en la boca, recobró un poco la consciencia, aunque seguía encontrándose muy débil. Itbala cogió un poco de pan y lo humedeció en agua, luego le añadió un pequeño trozo de conejo e hizo una pequeña pasta. Con mucho cuidado, la introdujo en la boca de Afarat, que muy débilmente, comenzó a masticar. Pocas horas después, cuando ya casi había anochecido, apareció Mushabat, miró con sorpresa a Afarat, que ya se encontraba completamente consciente pero débil y volvió a la ciudad lleno de ira.

Descansó durante toda la noche, por la mañana, se encontraba bastante restablecido e iniciaron el viaje de regreso a Sari. Hicieron varias paradas, pues Afarat, se cansaba con facilidad. Después de varias horas de marcha, llegaron a la ciudad.

Fueron recibidos entre vítores y abrazos, todos se alegraron de que Afarat hubiera superado la prueba. Solamente Mushabat y sus acólitos, permanecieron apartados del júbilo del pueblo.

 

Habían pasado varios días desde que regresaron de la cueva del dios Sol. Afarat se encontraban en la palloza reservada a los esclavos. Era una gran estancia en la que se hacinaban veinte de los más de cien esclavos comunitarios que servían a los habitantes de Sari. De planta completamente circular, unas pocas banquetas de madera y un fuego central, eran su único mobiliario. Los esclavos dormían en el suelo sobre un manto de paja que era cambiado todas las semanas. Afarat se encontraba plenamente restablecido y ayudaba a Itbala en sus tareas como shaman. Itbala intentaba beber menos, quería dar una imagen de mayor responsabilidad a su aprendiz, pero el kumis era su perdición y raro era el día que anochecía y el shaman no estaba completamente borracho.

Afarat se encontraba solo con Itbala, pues el resto de esclavos estaban trabajando en las distintas tareas para las que fueron comprados.

—¿Cómo lo conseguiste? —le preguntó el shaman.

—No lo sé —le respondió Afarat—, solo te puedo decir que algo dentro de mí, guio mis pasos.

—Puede ser, yo tampoco recuerdo como conseguí salir de la cueva.

—Me veo en sueños reptando por un estrecho túnel sin salida, recuerdo el sentimiento de angustia y desesperación que sentía en ese momento. Pensaba que iba a morir enterrado vivo.

—Seguro que debió ser así, ¿no recuerdas nada más?

Afarat intentó hacer memoria, pero no de su experiencia en la cueva, de la que prácticamente carecía de cualquier recuerdo, si no de un sueño que, de forma recurrente, le asaltaba casi todas las noches.

—En mi sueño siento que la cueva forma parte de mí. Ya no soy un ser extraño ajeno a ella, sino que formo parte de ella, es como si yo fuera la cueva y la cueva fuera yo, ambos fundidos en una sola cosa. Sé que suena extraño, la verdad es que no sé cómo explicarlo.

Itbala entendía perfectamente lo que Afarat quería decirle. Él tuvo los mismos sentimientos cuando pasó la prueba.

—No te preocupes, continúa.

—Entonces visualicé la cueva y cada una de sus galerías, para mí, era tan conocida como mi propia casa. No tuve problemas en encontrar la salida y, aunque me encontraba exhausto cuando salí de ella, recuerdo por mis sueños, que me sentía pletórico y lleno de energía. Pero como te he dicho antes, estas sensaciones las tengo cuando sueño. Mis recuerdos de la experiencia son muy vagos y prácticamente solo recuerdo cuando me abandonasteis, en la más profunda oscuridad.

—Estoy seguro que si volviéramos ahora mismo a la cueva, no te perderías.

—Lo dudo.

Itbala sonrió.

—Te lo puedo asegurar. No obstante, seguro que tendremos ocasión de comprobarlo.

—Espero que no. No tengo ningún interés en volver ¿tiene alguna explicación, lo que me ha ocurrido en la cueva?

El llanto de un niño despertó a algunos esclavos. La madre, diligente, descubrió uno de sus pechos y dio de comer a su hijo que dejó de llorar. El shaman miró la escena y sonrió. Luego miró a Afarat que esperaba impaciente que le respondiera.

—Lo que te ha ocurrido en la cueva nos ha ocurrido a todos los que hemos superado la prueba. El dios Sol nos ha bendecido, permitiéndonos encontrar la salida. Pero debes saber que son muchos los que se quedan en el camino. Este es uno de los motivos, por el que no tengo ningún aprendiz, nadie en el pueblo quiere correr el riesgo de tener que pasar la prueba y poder morir en el intento. Por eso te compraron al mercader.

—Pero tener un esclavo como shaman no es muy lógico ¿algún día podré ser hombre libre? —preguntó esperanzado Afarat.

—Siento decirte que ya has sido marcado con el hierro de la esclavitud —le dijo con voz triste Itbala, tocándole en el hombro—, no quiero engañarte, puede que algún día seas libre pero, si no quieres torturarte día tras día, será mejor que olvides cualquier esperanza. Es cierto que no es normal que el shaman de Sari sea un esclavo y menos asirio, pero nuestro pueblo necesita un shaman y esta ha sido la única manera que Jusman ha encontrado para tenerlo.

Vino a su memoria la imagen de su familia y sintió un fuerte pinchazo en el corazón. La sola idea de no volver a verles le torturaba. Tendría que haber un camino, una forma de ser libre y poder volver a Asiria. No descansaría hasta encontrar el modo.

—Olvida a tu familia —le dijo de golpe Itbala, como si supiera lo que estaba pensando—. Ahora, lo más cercano que tienes a un familiar soy yo.

—Nunca les olvidaré y estoy seguro que volveré a verles —le dijo tajante Afarat.

—No es mi intención hacerte cambiar de idea, si el recuerdo de tu familia te da fuerzas para seguir viviendo, bendito sea —dijo Itbala con pesar.

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