El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 18 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XVIII

 

 

MIENTRAS que Artacomo se dirigía hacia occidente, para contener a los insurgentes fenicios. Assarhaddon marchó hacia oriente, con el fin de acordar tratados de paz y acuerdos comerciales con los reinos de Urartu y Elam, y luchar contra las tropas maneas y medas, que tantos problemas les estaban ocasionando a sus aliados.

Su primera visita fue a Rusa, el rey de Urartu. Allí ratificó la eterna alianza que tenían ambas naciones y compró varios miles de caballos, y hábiles esclavos forjadores, muy útiles para templar espadas y afilar puntas de flecha. Después, marchó al reino de Man, y apoyado por Rusa y varios miles de soldados urartios, arrasó su capital Hassanlu. Su rey Hajji, fue empalado junto al resto de la familia real en la puerta principal de la ciudad.

Una vez hubo eliminado a los incómodos maneos, Assarhaddon fijo su mirada en Hagmatana, la hermosa capital de Media. Rusa, que había sufrido en su territorio los constantes ataques de los medos, insistió en destruir la ciudad y, al igual que habían hecho con los maneos, eliminar a los medos de la faz de la tierra. Pero la intervención de Jiroft, magie de los medos, lo impidió. Místico sacerdote del dios Ahura Mazda, mantuvo largas conversación con Assarhaddon, que quedó fascinado por su dios, dudando incluso de su amado dios Shamash. Pero Ahura Mazda era un dios bondadoso, que odiaba la violencia y la sangre, y Assarhaddon pensó que Asiria necesitaba dioses fuertes y crueles, no débiles y benevolentes. Con Jiroft, el rey asirio tuvo una experiencia mística, y pudo ver como su alma salía de su cuerpo. La fascinación que sintió Assarhaddon por Jiroft, sirvió para que Hagmatana fuera salvada, pero Daiaukku tuvo que pagar muchos talentos de oro y plata, y entregarles miles de sus caballos, los famosos neseos medos, para poder evitar que su hermosa ciudad fuera pasto de las llamas.

Assarhaddon se despidió de Rusa en Hagmatana, y se dirigió hacia Susa, capital del reino de Elam, mientras que el rey de Urartu regresaba a Tushpa, capital de su reino. En Susa se reunió con su amigo Urtaku y ratificaron la alianza existente entre ambas naciones. Allí, el rey asirio, recibió la noticia de la victoria de Artacomo sobre las naciones fenicias sublevadas y le informó que se encontraba en Gaza, esperando sus instrucciones. Assarhaddon temía que el más valeroso de sus generales, venciera al faraón Taharqa, y que su popularidad le hiciera sombra, poniendo en peligro su propia corona. Lo consultó con Hitman, y decidió ordenarle que volviera con sus tropas a Nínive, la conquista de Egipto tendría que esperar un año más.

En Urartu, Assarhaddon pudo disfrutar de su pasatiempo favorito, la caza del león y consiguió que Urtaku, les entregara la estatua de la diosa Ishtar, saqueada de tierras asirias hacía muchos años, cuando ambas naciones estaban en guerra. Después, visitó Babilonia, donde supervisó la reconstrucción de la ciudad, destruida por su padre Senaquerib, como castigo por una insurrección. Assarhaddon, se reunió con Eshergaar, gobernador de Babilonia y rezó en el templo de Marduk, el dios protector de la ciudad. El rey descansó durante varios días, y disfrutó de los encantos de las bailarinas babilonias, así como de su famoso vino. Cuando recuperó las fuerzas, decidió que era el momento de regresar a Nínive.

Cruzaron las aguas del río Éufrates, que bañan Babilonia, y siguieron el curso del río Tigris visitando todas las ciudades que encontraron a su paso. Hitman aconsejó al rey que sería conveniente que aprovecharan el viaje de regreso a Nínive, para acercarse a las ciudades más importantes que estuvieran en su camino, y así poder conocer de primera mano, la situación real de cada una de ellas. En todas las ciudades se entrevistó con el gobernador, y pudo darse un baño de multitudes. De esta forma, visitaron Dur-Kurigalzu y su hermoso zigurat, y Sippar donde visitó el templo del dios Shamash, uno de los templos dedicados a este dios más importante de su reino. También visitó Assur, ciudad en la que el rey se detuvo a descansar durante unos días antes de continuar su viaje.

Se dirigía al templo de los dioses Anu y Adad acompañado por su fiel Hitman. Hacía varias semanas que había emprendido el viaje hacia Nínive y todavía no había recibido noticias de Artacomo. No estaba preocupado, pues no dudaba de la fidelidad de su general, pero temía que el ejército asirio hubiera caído en alguna emboscada o tuviera otro tipo de problema. Intentó borrar los malos pensamientos de su mente, y subió la escalinata de acceso al templo de Anu y Adad. Recordó las palabras de su maestro cuando le habló de estos dioses.

—Adad es el dios de las tormentas y del temporal. Fue él quien envió el diluvio universal, que arrasó el mundo. Anu es el dios del cielo, es el más viejo de los dioses y el padre de todos, de ahí su importancia —le dijo su mentor.

Sumido en sus recuerdos de juventud, no oyó una voz que le llamaba a lo lejos. Los guardias desenvainaron sus armas y apuntaron hacia un hombre que corría a toda prisa hacia su rey.

—¡Tengo noticias importantes para el rey, dejadme pasar! —exclamó un hombre a los fornidos soldados, que hicieron una muralla para defender a su señor.

—¿Qué ocurre? —preguntó Assarhaddon, bajando la escalinata.

Frente a él, se encontraba un hombre vestido con una túnica de lino blanco, que le llegaba hasta los tobillos. Tenía el pelo recogido con una cinta negra y un cinturón de seda verde, ceñía su oronda cintura. Tenía el aspecto de un mercader o de un ciudadano adinerado.

—Señor, tengo noticias importantes que afectan a uno de sus generales —dijo el hombre, intentando coger aire.

—¡Habla! —ordenó el rey.

—Mi nombre es Ezequías y provengo del reino de Judá, donde gobierna nuestro amado rey y aliado vuestro Manases. Soy mercader de vino y tengo empleados trabajando por todo el oeste de vuestro imperio desde Alepo a Gaza.

El rey le miraba impaciente, no necesitaba que Ezequías le contara su biografía, y movió su mano derecha apremiando a su interlocutor.

—Pues bien, mi señor —dijo el mercader, mirando casi todo el tiempo al suelo—. Uno de mis criados acaba de volver de Gaza, donde ha estado negociando en mi nombre y trae noticias de sus tropas.

—¿Qué sabes tú de mis tropas? —preguntó irritado el rey, acercándose al judío.

Ezequías inconscientemente se apartó unos pasos.

—Sé que han destruido varias ciudades fenicias y que han descansado durante varios días en Gaza —dijo el judío, comenzando a arrepentirse de su idea de hablar con el rey asirio.

—Eso no es noticia. ¿Qué más dices saber?

—Según me ha dicho mi criado, las tropas asirias han sufrido numerosas bajas en su camino hacia el sur. Parece ser, que muchos soldados han caído enfermos y que los soldados egipcios han acosado a sus tropas provocándoles numerosas bajas. Mi criado ha recorrido todo el camino a caballo sin descanso, llegó ayer, y me contó lo sucedido. Aprovechando su visita en la ciudad, quise darle la noticia, pues pensé que sus mensajeros no le habían informado todavía.

Assarhaddon no entendía lo que el mercader le estaba diciendo. ¿En el camino hacia el sur? ¿Le habría desobedecido Artacomo y habría marchado hacia Egipto?

—¿De dónde ha obtenido tu criado esa información? —preguntó el rey.

—Aprovechando un ataque egipcio, un grupo de esclavos, que acompañaban al ejército, escaparon y se dirigieron a Gaza en busca de alimentos. Fueron atrapados por el rey Sil-Bal y ejecutados. El rumor corrió por toda la ciudad en pocos minutos.

—Quiero hablar con tu criado, tráemelo ahora mismo —ordenó Assarhaddon.

El mercader corrió por las callejuelas de Assur a toda prisa acompañado por dos soldados de la guardia. Assarhaddon y Hitman se miraron sin decir nada, querían esperar a tener más noticias. El rey, acompañado por su general, subió la escalinata del templo y oró durante varios minutos. Cuando salieron del templo ya les esperaba Ezequías con su criado.

—Mi señor, él es Samuel —dijo señalando a un apuesto joven que se encontraba a su derecha—, el criado que me ha dado la información, os dirá todo lo queráis saber.

—Habla —ordenó Assarhaddon.

—Mi rey, vengo de Gaza donde se comentan los problemas que ha tenido vuestro ejército en su camino hacia el sur…

—¿Cómo sabes que se dirige al sur? —preguntó Hitman.

El criado del mercader le miró sin entender la pregunta.

—¡Habla! —ordenó Hitman—. ¿Cómo sabes que el ejército asirio se dirigió hacia el sur?

—Señor, no entiendo qué quieres decir. El ejército asirio se dirigió hacia el sur, hacia Egipto.

—Pero…

—¿Qué problemas ha tenido mi ejército? —preguntó Assarhaddon interrumpiendo a su general.

—Los esclavos comentaron que los víveres que portaba el ejército fueron insuficientes, y a las pocas semanas de partir se terminaron. Debido a la falta de agua y a las duras condiciones del desierto, muchos hombres murieron. Pero ahí no terminaron los problemas, pocos días después de llegar al Nilo, muchos soldados enfermaron y murieron.

—¿Sabes si el ejército llegó a Men-Nefer? —preguntó el rey asirio.

—Poco después de que el ejército asirio tomase Per-Bastet, los esclavos escaparon. Es toda la información que le puedo dar, mi señor.

—Bien, seréis recompensados por vuestro servicio. Podéis marcharos.

Si la información era correcta, la situación era extremadamente grave. Artacomo le había desobedecido y el ejército asirio tenía serios problemas. Assarhaddon montó en su caballo y se dirigió a galope hacia el palacio acompañado por Hitman y su guardia. Estaba confuso, no sabía cómo actuar. Nunca se había sentido traicionado, era una situación completamente nueva para él. Tenía que pensar y buscar una solución cuanto antes, pero lo primero sería confirmar la información del mercader judío. Llamó a su capitán de confianza y le envió, junto con una decena de sus más rápidos jinetes, en busca de Artacomo y del ejército asirio.

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