El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 28 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XXVIII

 

DESPUÉS de meses de recuperación, el momento de la partida había llegado. Kalam se encontraba en el comedor del templo; una enorme sala donde estaba dispuesta una larga mesa para dar servicio a más de cincuenta comensales. La comida estaba compuesta por arroz a mano, pan cocido relleno de verduras y sopa de pollo. De postre tomaron el famoso melón dulce de Kushan. Kalam estaba muy feliz, en pocas horas partiría hacia su tierra. Nervioso, comía con fruición deseando que pasaran las horas cuanto antes. Ging-Liu le miraba con satisfacción. Había recuperado la forma y únicamente una sensible cojera y una cicatriz en la frente, testimoniaban lo cerca que el asirio había estado de la muerte.

—Tranquilo Kalam, no por comer más rápido las horas pasarán más deprisa —le dijo el maestro sonriendo.

—No veo el momento de volver a mi tierra y ver a mi familia —dijo emocionado.

—Lo entiendo, pero tendrás que ser prudente. No sabemos qué hará Assarhaddon cuando te vea. Si es cierto que te envío a luchar contra los cimerios para matarte, es muy probable que vuelva a intentarlo.

—Ir con la caravana de mercaderes me permitirá entrar en la ciudad sin levantar sospechas. Luego allí buscaré a Imashar, para que me informe. No temas amigo, seré prudente, solo quiero coger a mi familia y marcharme lejos de Asiria. Quizá vuelva con ellos a Gushi.

—Si esa fuera tu decisión, serías bien recibido. Esta es tu casa —le dijo Ging-Liu tocándole el hombro.

Todavía faltaban varias horas para el amanecer y la caravana ya estaba preparada. Como cada año, un grupo de mercaderes yuezhi, viajaba hacia el oeste, hasta las lejanas tierras fenicias para comprar y vender todo tipo de productos. Como era habitual, siempre hacían escala en Nínive, donde sus mercancías y muy especialmente la pimienta, eran muy apreciadas. Ging-Liu, hábilmente, se había servido de la partida de la caravana para incluir en ella a Kalam. La caravana estaba compuesta por decenas de mulas, camellos y burros que cargaban las mercancías, doscientos palafreneros que cuidaban y alimentaban a las bestias, varios centenares de asistentes y porteadores, cien guardias y naturalmente, los comerciantes. Kalam observó con atención la caravana. Los guardias yuezhi iban vestidos con un uniforme negro rematados en botas de piel del mismo color y cubrían sus cabezas con un pequeño turbante también de color negro. Como armas, llevaban consigo un arco bien amarrado al caballo junto con un carcaj cargado de flechas. La espada la tenían guardada en una vaina situada en la espalda. Los mercaderes eran de todo tipo, los había que portaban únicamente una mula y eran acompañados por un asistente o porteador, mientras que otros, mucho más ricos y poderosos, tenían a su cargo varias decenas de caballos y asistentes, incluidos algunos guardias personales.

Kalam se encontraba acompañado por Ging-Liu y varios monjes, entre ellos, Kahn-Jiu. Eran sus últimos instantes con el maestro y se sentía triste, había cogido gran afecto al anciano.

—Ha sido un verdadero placer conoceros —les dijo un emocionado Kalam.

—Te deseo toda la suerte del mundo, espero que te reúnas pronto con tu familia —le dijo Ging-Liu—. Y si tu destino es abandonar Nínive, nosotros te recibiremos con los brazos abiertos.

—Suerte hermano —le dijo Kahn-Jiu dándole un abrazo.

En ese momento se les acercó un hombre acompañado con varios guardias.

—Saludos, honorable Ging-Liu y compañía —saludó el hombre.

—Dios te guarde Kargicheng, permíteme que te presente al asirio que os acompañará hasta Nínive —le dijo Ging-Liu señalando a Kalam.

—Saludos, asirio.

—Saludos, Kargicheng, gracias por aceptarme en tu caravana.

—No, no, soy yo quién debe darte las gracias, es un lujo tener a un médico de tu nivel con nosotros —le dijo sonriendo Kargicheng—, ahora debo marcharme, la caravana está a punto de partir y todavía faltan por perfilar algunos detalles. Saludos hermanos.

Kalam observó al yuezhi y con qué autoridad ordenaba a los más rezagados de la caravana que se dieran prisa, amenazándoles con dejarles en Gushi. Tenía el rostro redondo y la mirada bondadosa, su pelo era corto, lacio y de color negro. Un poco entrado en carnes, vestía una larga túnica de color marrón con flecos.

—Es el hombre más rico de Gushi y el jefe de la caravana. La mayor parte de las mercancías son suyas —le dijo el maestro.

Con lentitud, la caravana comenzó la marcha. Kalam dio un fuerte abrazo al maestro y se despidió con lágrimas en los ojos. Los monjes también estaban tristes por la partida del asirio y no pudieron evitar que las lágrimas brotaran de sus ojos. Sin poder retrasar más la salida, Kalam se unió a la retaguardia de la caravana.

—¡Adiós hermanos, que los dioses os guarden! —gritó Kalam despidiéndose con la mano.

—¡Adiós asirio, que tus dioses te protejan! —exclamó Ging-Liu, con la voz entrecortada.

Ging-Liu le observó hasta que se perdió en la oscuridad de la noche.

—Amigo Kalam, espero que cumplas la misión para la que has sido llamado —susurró el maestro.

 

Las extensas tierras de cultivo anunciaban la llegada de la caravana a la ciudad de Korle. Cruzaron el rio Kongque y se abastecieron de un importante cargamento de peras. Conocidas en toda la región por su dulzor, serían una fuente importante de energía durante el largo camino que se les avecinaba. Ging-Liu le pidió a Kargicheng que protegiera en todo momento a Kalam, pues estaba en deuda con él. El comerciante se tomó muy en serio el encargo del anciano monje y no dejaba a Kalam ni a sol y a sombra. Si no estaba cerca de él, eran varios de sus guardias quienes le custodiaban. Al principio el asirio se sentía incómodo, pero luego llegó a acostumbrarse a la presencia del comerciante y de sus guardias. Le estaba cogiendo aprecio. Durante el viaje, Kalam asistió a los enfermos y a los accidentados. No eran pocos los que sufrían cortes, contusiones o dolores de espalda debido a las pesadas cargas.

Se dirigían hacia la ciudad de Kashgar, dejando el desierto de Taklamakan al este. Kalam viajaba en un caballo proporcionado por Kargicheng, un hermoso ejemplar medo de color blanco, a su lado cabalgaba el comerciante. Se encontraba de buen humor, llevaban varios días de viaje, y todavía no habían tenido ningún problema importante.

—Mira Kalam —le dijo el comerciante señalando—, esas son las montañas de Pamir, detrás se encuentra el desierto de Taklamakan. Es curioso, las montañas tienen nieve todo el año, pero en el desierto no cae ni gota. Es el más seco que conozco y mira que conozco muchos. Kalam miró con admiración las enormes cumbres.

—No se sabe de nadie que haya conseguido cruzarlo, no hay ni pozos ni oasis. Su nombre significa «el que entra, nunca sale». Así se le quitan las ganas a uno de aventurarse —dijo el comerciante sonriendo.

—No seré yo quien lo intente.

—Al estar rodeado por montañas, su clima es extremadamente frío en invierno, se comenta que hubo un año que apareció cubierto por una fina capa de escarcha.

Continuaron el viaje y llegaron a la ciudad de Kashgar. Situada en la vera de la cordillera de Tian Shan, la ciudad era un oasis donde las caravanas encontraban refugio para abastecerse de agua y provisiones. La amabilidad de sus habitantes era bien conocida, y nada más ver la llegada de los comerciantes, comenzaron a salir de la ciudad mujeres y niños deseosos de ver todo tipo de productos y mercancías. Allí hicieron noche y continuaron el viaje a la mañana siguiente.

Cruzaron el río Syr Darya, acamparon en la ciudad de Kokand y luego se dirigieron a Samarcanda. La ciudad estaba construida sobre una loma y su ciudadela la hacía prácticamente inexpugnable. Allí coincidieron con varias caravanas de comerciantes. Samarcanda era cruce de caminos tanto para los que se dirigían hacia la India como para los que se encaminaban hacia Tiro o Bhakri. Fuera de las murallas, el bullicio era ensordecedor y cientos o incluso miles de comerciantes informaban, voz en grito, de las virtudes y calidades de sus productos. Kargicheng se dirigió hacia la aduana que se encontraba en las puertas de la ciudad y pagó los aranceles que le permitía vender sus productos y abastecerse de todo aquello que necesitara para el viaje.

—Esta ciudad será algún día grande, siempre y cuando sus dirigentes sepan mantener unos aranceles equilibrados, claro está —dijo el comerciante.

—¿Es qué ahora no lo es? —preguntó Kalam señalando al gentío que había a su alrededor.

—Sí, sin duda, ahora es una gran ciudad. Está casi en el centro de las grandes rutas comerciales y es cruce de caminos para la mayoría de las caravanas. Además, el gobernador es muy hábil y sabe que es la seguridad de las rutas lo que los comerciantes más valoramos, y ha situado varios cuarteles militares a lo largo de ella. Hace años que los bandidos no se aventuran por estas tierras.

Un comerciante negociaba un cargamento de especias con otro mercader de rasgos occidentales. Hacía gestos exagerados de indignación cuando el occidental le dijo un precio y arrojó simbólicamente una pizca de las especias al suelo, haciéndole ver, que preferiría tirar su mercancía, que vendérselas por ese importe. La negociación duró varios minutos más, hasta que ambos llegaron a un acuerdo y se dieron un abrazo. El occidental le entregó al comerciante una bolsa con monedas que comenzó a contar con celeridad, dando su aprobación con una sonrisa. Luego llamó a varios criados, que cargaron a toda velocidad varios sacos de especias en un carro.

—El occidental ha hecho una compra desastrosa, podría haber conseguido la mercancía a mitad de precio. Tiene mucho que aprender si quiere sobrevivir en este negocio —dijo Kargicheng.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Kalam.

—Las especias que ha comprado son de pésima calidad. Provienen del norte de la India, donde este año las fuertes lluvias han anegado los campos. Lo poco que se ha salvado estaba medio podrido y han tenido que secarlo al fuego en lugar de hacerlo lentamente bajo el sol, que es la mejor manera para que las especias obtengan su mejor aroma y sabor. Estoy seguro que es el primer viaje del occidental y que desconoce la materia prima que quiere comprar, craso error para un mercader.

Pasaron cerca del comerciante y Kargicheng le saludó, el mercader le guiñó un ojo y le hizo un gesto con la mano fingiendo que se cortaba el cuello. Ambos rieron.

—Además, al comerciante le conozco, se llama Lipan, es de lo mejorcito de Samarcanda —dijo Kargicheng—. Le encantan los occidentales, sabe sacarles el mayor provecho.

Kalam observó como Lipan se acercaba a unos mercaderes y les mostraba un puñado de especias de color rojo.

—Una buena negociación es como una guerra en la que los comerciantes son como dos poderosos ejércitos —le dijo Kargicheng.

Kalam le observó con atención.

—Tenemos que estudiar con detalle la mercancía, analizar a nuestro oponente e intentar saber hasta dónde está dispuesto a llegar. Una buena compra puede significar conseguir una verdadera fortuna o caer en la ruina. Entre el éxito y el fracaso apenas median unos pocos siclos de plata.

—El viaje es largo y peligroso y siendo tan rico como eres ¿por qué no te quedas en Gushi y envías a alguien en tu lugar para que negocie?

Kargicheng rio.

—Dios no me ha bendecido con hijos y sinceramente, no me fio lo suficiente de ninguno de mis administradores. Un viaje mal hecho sería mi ruina. Desgraciadamente, solo me fio de mí. Además, este es mi sitio. Viajar, negociar, dormir al raso con mis camellos, es lo que me da la vida.

—Según lo dices, parece que el dinero es lo de menos.

—Si además de hacer lo que de verdad me gusta, gano dinero… ¿Qué más puedo pedir?

Los dos hombres rieron mientras paseaban entre el gentío. Kalam recordó la primera vez que estuvo en el mercado de Nínive, pero aquello era infinitamente más asombroso. Miles de personas se agolpaban extramuros de la ciudad paseando entre los cientos de tenderetes. El aroma a especias, inciensos y alimentos, se mezclaba con el olor a humanidad, animales y excrementos.

Varios días permanecieron en Samarcanda, donde la caravana se abasteció de provisiones suficientes para llegar a Bukhara, la siguiente ciudad de su viaje y parada obligatoria antes de dirigirse a Bhakri, capital escita. Kargicheng compró en Samarcanda madera, piedras preciosas, oro y plata. Como buen negociante que era, consiguió un magnífico precio para algunos de los productos que portaba, como marfil de la India, especias y seda. Kalam se admiró de su habilidad de palabra, de como jugaba con los silencios y sobre todo, como engañaba a sus interlocutores, haciéndose pasar por un advenedizo en lugar del hábil negociador que era. Desgraciadamente para él, cada vez eran más los mercaderes que le conocían y sabían de sus estrategias. En tal caso, se aprovechaba de alguno de sus administradores para realizar la transacción. En total eran cinco los administradores que gestionaban sus mercancías. Cada uno de ellos sobresalía en distintas cualidades y eran expertos en diferentes mercancías, y Kargicheng se aprovechaba de esa virtud, dependiendo de la mercancía o del comerciante con el que tenían que tratar. Antes de hacer cualquier tipo de compra, Kargicheng paseaba tranquilamente por los tenderetes fingiendo indiferencia. Observaba la calidad de los productos y la habilidad negociadora del comerciante. Si el mercader no le conocía, se encargaba él personalmente de la negociación. En caso contrario, enviaba a alguno de sus administradores, aleccionándole antes sobre las virtudes y defectos de su interlocutor.

—Bien invertidos han sido los siclos que he pagado en la aduana —le dijo Kargicheng. Sus negocios en Samarcanda habían terminado y se dirigían a Bukhara—. ¡Qué fácil es hacer buenos tratos en esta ciudad, dios la bendiga por muchos años!

Kalam le sonrió.

—¿Dónde nos dirigimos ahora? —preguntó.

—A la ciudad de Bukhara, será una breve parada, luego iremos a Bhakri, allí nos quedaremos tres o cuatro días dependiendo de las ventas. Saludaré al rey Teuman, hace años que no le veo. La última vez que estuve en Bhakri el rey se encontraba de campaña militar en el norte.

—¿Nos dirigimos a Bhakri? —preguntó inquieto Kalam.

—Sí, después de ir a Bukhara, ¿tienes problemas con los escitas?

Teuman le dio la libertad a cambio de ayudar a Ugaman a recuperar el libro de la lucha. Ahora Ugaman estaba muerto y el libro de la lucha en poder de los yuezhi. Desconocía cómo actuaría Teuman una vez supiera, que no había cumplido con su misión. Kalam puso a Kargicheng en antecedentes.

—En tal caso debemos ser prudentes —le dijo el comerciante—. Teuman es un gran soberano, justo y noble, pero la conducta de los poderosos es impredecible. Será mejor que te quedes con el resto de los asistentes, e intentes pasar lo más desapercibido posible.

 

Kargicheng ordenó que la caravana acampara a orillas del rio Amu Darya y él, acompañado por Kalam, su guardia y algunos sirvientes cargados con barriles, entró en la ciudad de Bukhara. A pesar de encontrarse en la ruta de las más importantes caravanas, Bukhara no había prosperado como las ciudades vecinas Samarcanda o Bhakri. Gracias a su proximidad al río Amu Darya tenía agua en abundancia, pero sus tierras eran yermas y nada, que fueran malas hierbas o arbustos, podía crecer en su estéril terreno. La mayoría de sus habitantes habían emigrado a Samarcanda o a Bhakri, en busca de un mejor futuro para ellos y sus familias. Solo lo más viejos del lugar, demasiado ancianos y tercos para abandonar su pueblo, y varios centenares de funcionarios y soldados, daban vida a la otrora importante ciudad escita.

—¿Por qué entramos en Bukhara? —preguntó Kalam nada más cruzar sus murallas—. Aquí parece que no hay gente con la que comerciar.

—Debemos abastecernos de agua y para ello tenemos que pagar los consabidos impuestos.

—¿No podemos evitar entrar en la ciudad y tomar el agua que necesitamos lejos de ella?

—Ja, ja, ja. ¡Te falta tanto por aprender! —rio Kargicheng—. ¿No te llama la atención el número de soldados que hay en Bukhara?

Kalam miró a su alrededor, varios cientos de soldados y jinetes a caballo, cruzaban constantemente las murallas. No entendía por qué una ciudad con tan pocos habitantes y pobre, merecía ser custodiada por tan ingente número de soldados. Divagando sobre el interés de Teuman por Bukhara, entró en una casa de adobe sin ventanas donde se encontraba un hombre mayor, de unos cincuenta años y bien entrado en carnes. Estaba sentado en una vieja silla de madera de pino, protegían su espalda dos soldados escitas bien armados. Los guardias y los sirvientes esperaron fuera, mientras que Kargicheng entraba en la casa acompañado por Kalam.

—Saludos, honorable administrador de Teuman —dijo protocolariamente el comerciante.

—Me llamo Rhamet —dijo secamente el funcionario—. ¿Qué deseas?

—Vengo a pagar los aranceles que permitan a mi caravana abastecerse del agua del rio Amu Darya.

—Entrégame el documento.

Kargicheng le entregó un documento curtido en piel de cabra, enrollado en un cilindro de madera. El funcionario sacó el legajo y comenzó a leer. En dicho documento quedaban registradas todas las transacciones realizadas desde su partida de Gushi. Mercancías compradas, vendidas, aranceles pagados, número de animales de carga, guardias, esclavos, todo quedaba reflejado en el escrito. Sin él, la caravana se consideraba ilegal y el jefe se arriesgaba a morir decapitado. Rhamet miró a Kargicheng y asintió, estaba todo correcto.

—Son sesenta siclos de plata —dijo.

—Cada vez es más caro abastecerse de agua en este rio —se quejó el yuezhi.

—Siempre puedes coger el agua sin pagar los impuestos o dirigirte a Bhakri sin pasar por aquí.

El comerciante sonrió con desgana y le entregó la cantidad que el funcionario le pedía. Rhamet tomó un sello, lo puso al fuego y suavemente, marcó el documento, después, lo metió en el cilindro de madera y se lo entregó a Kargicheng.

—Todo en orden, podéis coger el agua que necesitéis.

—Como muestra de gratitud, os he dejado fuera un presente que espero que os agrade —dijo Kargicheng.

El funcionario salió intrigado de la casa y vio que fuera, había un grupo de soldados y sirvientes, junto a ellos cinco barriles esperaban el momento de ser abiertos. Rhamet hizo un gesto a un soldado y este, sin más dilación, desenvainó su espada y haciendo palanca con ella, abrió uno de los toneles.

—¡Es cerveza! —gritó exultante.

El funcionario corrió hacia el tonel y apartó al soldado, hundió sus manos y comenzó a beber la cálida bebida.

—Gracias yuezhi, hacía años que no bebía cerveza —le dijo el funcionario con toda la cara mojada.

Kargicheng respondió con un asentimiento y se dirigieron a las afueras de la ciudad, donde les aguardaba la caravana.

—Esta ciudad es pobre, pero el agua del rio es imprescindible para llegar a Bhakri sin problemas. Los soldados patrullan constantemente el rio vigilando que todos los que se abastecen de él hayan pagado sus impuestos. ¡Hay de aquel que cojan bebiendo agua sin haber pagado! —exclamó el comerciante.

—¿Qué le ocurriría? —preguntó Kalam.

—Sería condenado a muerte y la pena se ejecutaría mediante ahogamiento. Su cabeza sería sumergida en un tonel hasta que el reo muriera ahogado. El mensaje es claro: ¡No quieres agua, pues bebe hasta que revientes! —exclamó Kargicheng entre risotadas.

—Ahora entiendo que no nos abasteciéramos de agua en otro lugar.

—Cuando pagas tus impuestos puedes coger el agua donde quieras, pero pobre de aquel que no los haya pagado y sea capturado por las tropas escitas.

—¿Y la cerveza?

—Es bueno llevarse bien con los soldados, nunca sabes cuando los vas a necesitar. Ahora las tropas escitas hablarán de un yuezhi que les ha entregado cinco barriles de cerveza, saben que soy generoso y que en caso de necesitar su ayuda sabré como agradecérselo.

Cruzaban la puerta de la ciudad cuando una nube de polvo les rodeó. Una patrulla escita regresaba de hacer la ronda por el rio y entraron en la ciudad a toda prisa, llevándose por delante a los yuezhi, que difícilmente pudieron evitar ser atropellados. Un guardia de Kargicheng les insultó, y el que parecía ser su jefe, giró el caballo y se encaró con el soldado que desenvainó su espada. Kalam enseguida reconoció al oficial escita e intentó ocultarse.

—¡Guarda tu espada estúpido, a no ser que quieras que tu sangre riegue está polvorienta tierra! —le espetó el oficial escita desde el caballo.

—Guárdala —le ordenó Kargicheng, y el guardia obedeció.

—Has hecho bien mercader, pero será mejor que vigiles mejor a tus perros o tendrás problemas —dijo el oficial antes de darle la espalda y dirigirse a las caballerizas.

Kargicheng apremió a sus hombres para salir cuanto antes de la ciudad, no quería tener ningún altercado con el oficial escita. Eso solo significaba problemas.

—Espero que cuando beba mi cerveza se tranquilice —dijo el comerciante.

—A ese oficial le conozco —dijo Kalam.

El comerciante le observó con atención.

—Es Marlat, general de Teuman, espero que no me haya reconocido.

—No creo —intentó tranquilizar Kargicheng—, había mucho polvo y confusión, creo que en la única cara en la que ha reparado, es en la del guardia que les ha insultado. No debes preocuparte.

Caminaron en silencio hacia la caravana, que aparecía a lo lejos acampada cerca del rio. La preocupación nubló la mirada de Kalam, que temía haber sido descubierto por Marlat. Kargicheng le observaba en silencio, no quería tener conflictos con los escitas, pero había dado su palabra a Ging-Liu, prometiéndole que velaría por la vida del asirio hasta su llegada a Nínive. Cuando llegaron al campamento, cada uno se fue a su tienda. Kargicheng ordenó que se doblara la guardia de la tienda de Kalam. El mercader, inquieto, entró en su tienda, abrió un enorme arcón de madera de cedro ennegrecida al fuego y buscó algo oculto que se encontraba en el fondo.

Como era habitual, acamparon extramuros de la ciudad de Bhakri. Kargicheng se dirigió con su guardia y los administradores a la aduana, para pagar los aranceles. Kalam permaneció oculto en su tienda lejos de las miradas de los soldados escitas, que pudieran reconocerle y sobre todo, lejos de la mirada de Marlat. El comerciante entregó el documento de rutas al funcionario y este lo selló, una vez hubo cobrado sus buenos siclos de plata.

—Informa al rey Teuman que estoy aquí, me está esperando —dijo Kargicheng.

El funcionario le miró con sorpresa.

—¿Y quién eres tú para solicitar una audiencia con nuestro rey? Teuman está muy ocupado como para ser molestado por un mercader.

—Traigo mercancías solicitadas por él y tengo orden de entregárselas en persona. Si no avisas al rey, partiré y tú serás el responsable de que Teuman no tenga lo que me pidió. La decisión es tuya.

El funcionario frunció el ceño, pero finalmente claudicó, no quería sufrir la ira del rey en el caso de que el mercader tuviera razón. Avisó a un soldado que se dirigió raudo al palacio. Kargicheng esperó fuera la respuesta de Teuman. Casi una hora después, llegó el soldado y entregó un mensaje al funcionario que hizo entrar a Kargicheng.

—Nuestro rey te atenderá esta noche durante la cena —dijo a regañadientes el escita, sin aceptar su derrota.

—Gracias —dijo Kargicheng con una sonrisa, disfrutando de su pequeña victoria.

 

El rey se encontraba recostado sobre unos cojines y degustando unos aperitivos que le ofrecía una de sus doce mujeres. Detrás de él, se encontraban el resto de sus esposas, algunos consejeros y su guardia personal. El rey vestía ropas holgadas de fieltro y cuero, ceñidas con un gran cinturón de cuero. Sus ropajes eran de color marrón oscuro, casi negro. Una tiara de oro adornaba su cabeza y le distinguía como rey de los escitas. El comerciante fue presentado y Teuman, sin levantarse de los cojines, autorizó su entrada con un gesto con la mano. Kargicheng entró en la sala acompañado por un administrador.

—Saludos, poderoso rey Teuman. Hace años que no nos vemos y doy gracias a dios por verte en tan buen estado de salud —dijo cortésmente el comerciante.

—Siempre eres bien recibido en mis tierras, querido Kargicheng, toma asiento mientras mis esclavos te sirven algo de comer.

Kargicheng se sentó con las piernas cruzadas sobre un cojín. Un sirviente le entregó un plato de palomo con cebolla y ajo, que el yuezhi comió con agrado. Otro sirviente le entregó una copa de plata con vino fenicio, Teuman sabía cómo agasajar a sus invitados.

—¿Qué tal van las cosas en las tierras lejanas de Kushan? —preguntó Teuman.

—Todo tranquilo, mi señor, las cosechas de fruta han sido muy buenas y el comercio nos permite a más de uno vivir razonablemente bien.

Teuman bebió de su copa sin dejar de mirar al comerciante.

—Me alegro, me alegro, siempre es bueno recibir gratas noticias de países amigos. ¿El funcionario de aduanas me ha comentado que tienes un regalo para mí? —preguntó.

El mercader sonrió, hacía rato que esperaba esa pregunta. Haciéndose de rogar y aumentando así la impaciencia del rey, bebió lentamente su copa hasta apurarla, la dejó en una bandeja y cogió una alforja que llevaba consigo. Metió la mano derecha y sacó un objeto envuelto en una tela de lino. Se levantó y se lo entregó a Teuman ante la mirada expectante de la guardia, que ya había echado mano de sus empuñaduras por si se trataba de un atentado contra su rey. Teuman descubrió el objeto y pudo ver un bello peine de oro con incrustaciones de perlas y plata, que representaba a un jinete atravesando con su lanza a un soldado enemigo.

—Una verdadera obra de arte ¿dónde la has adquirido?

—Se la compré el año pasado a un mercader medo ¿te agrada mi señor? —preguntó Kargicheng conociendo la respuesta. Se había informado de los gustos del rey y sabía que adoraba la orfebrería en oro y plata.

—Es muy bella —dijo satisfecho—. Te agradezco tu regalo ahora dime, ¿con qué mercancías vas a entretener a mi pueblo durante los días que disfrutemos de tu presencia?

—Mi señor, traigo especias y marfil de la India, sedas de Kushan, maderas nobles de Sogdiana y cientos de artículos más, todos ellos de primera calidad.

El rey asintió satisfecho.

—Tu fama te precede y tu nombre es garantía de calidad, no obstante, no todos los comerciantes están autorizados para proveer a la casa real.

—Gracias mi rey.

—¿Y no traes nada más en esa caravana, que pudiera ser de mi interés? —preguntó el rey.

—No te entiendo mi señor —respondió confuso Kargicheng.

—¿Quién es el asirio que os acompaña? —preguntó, levantándose de su asiento.

Kargicheng titubeó. Si negaba la existencia del asirio corría un gran peligro, mentir al rey se castigaba con la muerte. Por otro lado, la pregunta de Teuman significaba que sabía algo, era posible que Marlat le hubiera informado de la presencia de Kalam en la caravana.

—Un asirio llamado Kalam viaja en tu caravana, yo os vi en Bukhara —dijo una voz que se abría paso entre la guardia.

—Te presento a Marlat, general del ejército, pero creo que ya os conocéis, ¿verdad? —preguntó el rey.

El mercader no podía levantarse, le temblaba todo el cuerpo. Teuman parecía verdaderamente enojado, Kalam corría grave peligro.

—¿Y bien? —preguntó el rey.

—Sí, mi rey. Conmigo viaja un asirio llamado Kalam.

—¿Sabes que es un desertor? —preguntó enojado el rey—. ¿Sabes que era un maldito esclavo y que le ofrecí la libertad? ¿Sabes que lo único que le pedí fue que ayudara a uno de mis oficiales a recuperar el libro de la lucha y que los abandonó a su suerte?

—En eso estás equivocado —dijo Kargicheng—, fueron atacados por bandidos y él fue el único que sobrevivió.

El rey le miró extrañado, no esperaba que el mercader le defendiera.

—Tráelo ante mi presencia, ahora mismo —ordenó el rey.

El mercader hizo un gesto con la cabeza a su administrador, que salió a toda prisa del palacio. Pocos minutos después, entró en la sala acompañado por Kalam. Al asirio le temblaban las piernas, lo que acentuaba su cojera. Miró a Teuman que le observaba con severidad. Temió que sus peores presentimientos se hicieran realidad.

—Te creía muerto —le dijo el rey.

—Pude sobrevivir gracias a los yuezhi.

—¿Qué pasó?

—Fuimos atacados por bandidos alanos, todos murieron incluido Ugaman, que luchó con gran valor. Yo fui gravemente herido, pero un monje me salvó la vida y me llevaron a Gushi donde me recuperé de mis heridas.

El rey observó el rostro de Kalam y vio una profunda cicatriz en su frente, también percibió su sensible cojera cuando andaba.

—¿Por qué no te presentaste ante mí cuando llegaste a Bhakri?

—Temía ser castigado por no cumplir con mi misión.

—De hecho no la has cumplido —dijo severo el rey.

Kalam bajó la cabeza, no sabía qué decir.

—Hace años, para saldar una antigua deuda con tu padre, te ofrecí la libertad —comenzó a decir el rey paseando delante suyo—. Solo te pedí una cosa, que ayudaras a Ugaman a recuperar el libro de la lucha que estaba en posesión de los sármatas. Durante meses no recibimos noticias vuestras. Envié una patrulla, que encontró los restos de varios soldados escitas, todos ellos irreconocibles debido a la acción de las alimañas. Te di por muerto, como al resto. Hace meses, un comerciante que hacía la ruta de oriente, me informó que los yuezhi habían recuperado su mítico libro, el que nosotros llamábamos el libro de la lucha. Mis esperanzas por conseguirlo se desvanecían. No obstante, prefiero que ese libro lo posean los pacíficos yuezhi, antes que los impredecibles sármatas. Hace pocos días, Marlat me dijo que había visto a un hombre muy parecido al desaparecido Kalam, se dirigía hacia Bhakri en una caravana de comerciantes yuezhi. El libro de la lucha lo tienen los yuezhi y curiosamente tú estás con ellos ¿acaso tú lo localizaste para ellos?

—No mi señor, desconozco como lo consiguieron, pero yo no tuve nada que ver —se defendió Kalam.

—¡Mientes, permanecerás en los calabozos hasta que los yuezhi nos lo devuelvan!

—¡No! —exclamó Kalam, poco antes de caer al suelo tras sufrir un fuerte golpe en la espalda.

—¡Basta! —ordenó Teuman al soldado—. Coged al asirio y llevadle al calabozo.

El soldado levantó con brusquedad a Kalam, que respiraba con dificultad.

—Mi rey, ¿por qué te interesa tanto el libro? Es cierto que su valor es incalculable pero ya eres inmensamente rico y no lo necesitas para incrementar tu fortuna —dijo Kargicheng, mientras observaba como el soldado se llevaba a Kalam.

—El libro no me interesa por los materiales de los que está hecho, me interesa lo que hay escrito en él.

—¿Cuándo liberarás a Kalam?

—Le liberaré cuando los yuezhi me entreguen el libro. Cuando regreses a tu tierra se lo comunicas a los monjes —dijo Teuman dando la espalda al yuezhi y bebiéndose una copa de vino.

Kargicheng cogió su alforja del suelo y sacó un libro de lomos de cuero curtido.

—El gran Teuman es un hombre de palabra —comenzó a decir el comerciante dirigiéndose a los presentes—, ha asegurado que liberará al asirio una vez tenga el libro de la lucha en su poder. Pues bien, aquí tengo el preciado libro, ruego al poderoso rey que libere al asirio, pues ya tiene lo que desea.

El rey, sorprendido al escuchar tales palabras, se giró y vio que Kargicheng se acercaba a él portando un libro. Lo cogió y lo comenzó a leer.

—Como puedes ver, está escrito en acadio, te será más fácil traducirlo. Este libro es más útil que el original, que está escrito en un dialecto poco conocido de nuestra lengua —le dijo Kargicheng.

Teuman comenzó a pasar las páginas con avidez, y de un solo vistazo, supo que se trataba de un libro que contenía un saber y unos conocimientos infinitos. Lo cerró y miró con enojo al comerciante. Había asegurado que liberaría a Kalam si los yuezhi le entregaban el libro y ahora lo tenía en su poder. No podía echarse atrás, o su palabra sería cuestionada, no tenía más opción que liberar al asirio.

—Has ocultado a Kalam sabiendo que le estaba buscando. Te estará prohibido comerciar en Bhakri, mañana al alba abandonarás la ciudad y no volverás jamás. Ahora fuera de mi vista y llévate al asirio —claudicó el rey, consciente de que había caído en la argucia del comerciante.

Kargicheng saludó respetuosamente, y salió a toda prisa acompañado por su administrador y por Kalam.

—No esperaremos al alba, nos marcharemos ahora mismo —dijo Kargicheng.

—Pero señor, viajar por la noche es muy peligroso —protestó el administrador.

—Más peligroso es quedarnos, Teuman tiene el libro y nada le impide que aprese a Kalam, o que incluso, nos detenga a nosotros por haberle ayudado. Las acciones de los poderosos son imprevisibles.

 

Kalam permaneció todo el camino en silencio hasta que llegaron al campamento. Se sentía culpable. Kargicheng había perdido una fortuna al no poder comerciar con sus productos en Bhakri y lo que era peor, nunca más podría hacerlo. Además, le habían entregado una copia del libro de la lucha a Teuman, que podría usar los conocimientos que contenía, para guerrear con los países vecinos y aumentar su poder. Llegó a su tienda y rápidamente, se dispuso a recoger todas sus cosas. Los criados estaban durmiendo cuando llegó Kargicheng al campamento y les ordenó que recogieran las mercancías, se marchaban.

—¿Por qué nos vamos, mi señor? —preguntó un administrador con los ojos soñolientos.

—Obedece y no hagas más preguntas, debemos irnos ya —ordenó Kargicheng.

En pocos minutos la caravana estaba preparada y partía hacia la ciudad de Merv. Kargicheng miró hacia atrás, esperando ver llegar a los jinetes escitas en cualquier momento. La noche era muy cerrada y unos bateadores, ayudándose de antorchas, guiaban la caravana por las traicioneras dunas. Los caravaneros estaban todavía confusos, en principio, iban estar comerciando cuatro días en la ciudad de Bhakri, una de las más importantes de su ruta, pero de repente, y a media noche, les habían ordenado abandonar la ciudad a toda prisa.

Con el amanecer y a varios kilómetros de Bhakri, la calma pareció llegar a la caravana. Kargicheng informó a sus administradores que tuvieron que abandonar rápidamente la ciudad porque había indicios de que sufría la peste. Pronto todos se alegraron de haber salido raudos de la ciudad, aunque hubiera sido a media noche y estuvieran durmiendo. Kargicheng, dirigía la caravana. Estaba más tranquilo, miró por última vez a su espalda y vio que la ciudad de Bhakri se perdía en la lejanía, los escitas no les atacarían. Había perdido una fortuna, pero había conservado la vida. Durante todos sus años de experiencia, había conocido cientos de reyes, reyezuelos y todo tipo de gobernantes. Sabía que eran corruptos y vanidosos, solo les importaba el poder y amasar la mayor fortuna que pudieran, pero también sabía que eran caprichosos e impredecibles. Un buen día eres su mejor amigo y te cuentan todo tipo de confidencias, y al día siguiente te cortan la cabeza porque piensan que eres un espía, o que has ido a la ciudad para asesinarle. Pensaba en lo ruines y mezquinos que eran los gobernantes, cuando Kalam se puso a su lado.

—Aún no te he dado las gracias por lo que has hecho —le dijo.

—No tienes nada que agradecer, el libro era tuyo.

—No entiendo —dijo confuso Kalam.

—El libro me lo entregó Ging-Liu. Me dijo que una vez estuvieras a salvo en Nínive, te lo entregara como muestra de gratitud.

—¿Gratitud? ¡Pero si me han salvado la vida!

—Nuestro pueblo es muy agradecido —le dijo el mercader—, y sin duda, has causado una gran impresión en el maestro. Cuando me entregó el libro me dijo que tus dioses te han encargado una misión y que el libro te podría ayudar a realizarla con éxito.

—El libro me ha permitido mantener la libertad.

—Mi intención era entregártelo en Nínive, pero creo que no tuve más opción que dárselo a Teuman para evitar que te encerraran.

Kalam le miró agradecido con los ojos húmedos. Nunca le dejarían de sorprender los yuezhi.

—Siento que tuviéramos que abandonar Bhakri, entiendo que habrás perdido mucho dinero.

—El dinero es solo dinero, las mercancías que no he podido vender aquí las venderé en Hagmatana, Nínive o en Fenicia. Lo importante es que seguimos con vida.

Kargicheng miró a Kalam y vio que tenía el semblante triste, se sentía culpable de todo lo sucedido.

—Amigo Kalam, a Ging-Liu le prometí que te protegería hasta que llegásemos a Nínive y te aseguro que haré todo lo posible para que así sea. Los yuezhi, cuando prometemos algo, vive dios que lo cumplimos. No te aflijas ni por mí, ni por mis negocios, lo importante es que llegues sano y salvo a Nínive y te reúnas con tu familia —le dijo Kargicheng con una sonrisa.

—No sé cómo agradecértelo.

—Cuidar de mis caravaneros durante el viaje será suficiente ¿qué esperabas? ¡Soy comerciante, no doy nada a cambio de nada! —exclamó riendo Kargicheng.

Continuaron el viaje y cruzaron la ciudad de Merv. Para evitar problemas y viejos resentimientos con los masagetas, evitaron entrar en Sari y se dirigieron a Hagmatana, la bella capital de los medos. A Kargicheng le fascinaban sus murallas. Majestuosas, sólidas e inexpugnables, indicaban que Hagmatana no era una simple ciudad. Como era habitual, la caravana acampó a unas decenas de metros de las murallas. Kargicheng, acompañado por Kalam, un administrador y su guardia, entró en la capital meda para cumplir con el tradicional pago de aranceles.

—Entramos en una ciudad mágica —le dijo Kargicheng—, esta es la tierra de los magie y de Ahura Mazda, el dios de los medos.

—¿Solo tienen un dios?

—Al igual que nosotros, solo creen en un único dios. Si tenemos suerte puede que nos reunamos con Jiroft, magie principal de los medos, es todo un personaje.

Cruzaron las murallas y se encaminaron al edificio de aduanas. Pagaron los impuestos correspondientes y después se dirigieron al palacio. Kargicheng pidió audiencia con el rey Daiukkuru. El oficial de guardia le informó que el rey medo le vería en audiencia al día siguiente a media mañana. El comerciante ordenó a su administrador que fuera a la caravana y que organizase el montaje de los tenderetes.

—Bueno, vayamos al templo del Ahura Mazda, con suerte quizá podamos hablar con Jiroft —dijo Kargicheng.

 

Hagmatana produjo una grata impresión en el asirio. En cada esquina, portal o callejuela, podía ver una figura esculpida, un friso con figuras geométricas o un relieve que representaba una batalla o alguna escena mística. La ciudad emanaba belleza por todas partes. Después de andar durante varios minutos, llegaron a un edificio que era fácilmente identificable como la morada del dios Ahura Mazda. Los dos hombres entraron en el templo.

—Es el fuego sagrado, siempre está encendido —dijo Kargicheng, señalando la hoguera que prendía frente a la escultura del dios de los medos.

En el templo, el olor a incienso era embriagador y se escuchaba un suave cántico que hacía de todo aquello algo mágico y misterioso.

—¿Qué es esa música? —preguntó Kalam.

—Son los monjes recitando el Avesta, el libro sagrado de Ahura Mazda.

El comerciante sacó unas monedas y las depositó en un plato de bronce que estaba debajo del fuego sagrado.

—Un pequeño donativo para mi amigo Jiroft —dijo sonriendo.

—¿Está aquí?

—No lo sé, él es el magie principal, pero es posible que esté en cualquier lugar del país predicando la palabra de Gaymorat, el primer iluminado.

—Estoy aquí, amigo Kargicheng —dijo una voz que salía de la oscuridad.

—¡Amigo Jiroft, pensé que me marcharía de Hagmatana sin verte! — exclamó feliz el comerciante.

Ambos se dieron un fuerte abrazo.

—Permíteme que te presente a mi amigo. Él es Kalam y es asirio.

—Un asirio con un yuezhi no es algo muy corriente. Saludos, amigo Kalam.

—Saludos, magie.

—Vaya, veo que Kargicheng ya te ha hablado de nosotros —dijo sonriendo Jiroft.

—Algo me ha contado sobre vuestro sorprendente dios.

Jiroft asintió.

—A vosotros los asirios, acostumbrados a cientos de dioses, os sorprende cualquier religión que alabe a un solo dios. A vuestro rey le ocurrió lo mismo.

—¿Assarhaddon estuvo aquí? —preguntó Kalam.

—Hace años, vino con Rusa, el rey de Urartu. Sus intenciones no eran buenas, pues su objetivo era arrasar la ciudad. Gracias a Ahura Mazda llegamos a un acuerdo y la paz venció a la guerra. Pero salgamos fuera y demos un paseo, hace un día maravilloso.

Los tres hombres salieron del templo y pasearon por los jardines anexos.

—¿Entonces negociasteis con Assarhaddon una alianza? —preguntó Kargicheng mientras paseaban.

—Le pagamos una verdadera fortuna para evitar que nos atacara, pero mereció la pena. Unas cuantas minas de oro y algunos caballos bien valen salvar esto ¿verdad? —dijo Jiroft girando con los brazos en alto mostrando la belleza de la insigne ciudad.

—Sin duda —confirmó Kalam.

—¿Tuviste ocasión de hablar con Assarhaddon? —le preguntó Kargicheng.

—Efectivamente, tuvimos una experiencia mística y él estaba muy interesado en que se la interpretara.

—¿Una experiencia mística? —preguntó Kalam.

—Es cuando tu alma rompe las cadenas del cuerpo y vaga libremente por el universo ¿verdad? —preguntó el comerciante.

—Más o menos, pero vas bien encaminado.

—Son muchos años comerciando por estas tierras y conversando contigo.

El magie tomó asiento sobre un banco de piedra y el resto hizo lo mismo. Parecía cansado. Kargicheng miró a Kalam y le hizo un gesto, el asirio entendió perfectamente, las preguntas sobre Assarhaddon las haría él.

—Háblanos sobre Assarhaddon, nunca he estado tan cerca de alguien que le conociera —dijo Kargicheng.

Jiroft sonrió.

—Parecía muy interesado en Ahura Mazda, conversamos mucho sobre él.

—Pensé que era fiel al dios Shamash —dijo Kalam.

—Creo que tuvo dudas, pero cuando le dije que Ahura Mazda era el dios de la paz y que para él todos los hombres son iguales, cambió de idea, ya no le pareció tan atractivo.

—Dudar de los dioses es pecado para los asirios —dijo Kalam—. Estoy seguro que cuando llegó a Nínive, lo primero que hizo fue hablar con Nisher-Sag, para espiar sus pecados.

—Vaya, parece que conoces muy bien a Assarhaddon para no haberle visto jamás —dijo inquisitivo Jiroft.

Kalam bajó la cabeza y el yuezhi carraspeó ante la divertida mirada de Jiroft. Los tres hombres hablaron largo y tendido hasta que la noche les obligó a retirarse. Kalam se quedó fascinado ante la personalidad y la energía que irradiaba el magie, al que ya consideraba un hombre santo. Mientras se dirigían hacia la caravana, Kalam compró varias figuras y telas que representaban al dios Ahura Mazda.

—Si entras en Nínive con estas imágenes, te condenarán por hereje y creo que ya tienes bastantes problemas —le dijo serio Kargicheng.

—No te preocupes, sé cómo ocultarlas.

—¿Para qué las quieres?

—Aún no lo tengo muy claro, pero tengo la sensación de que me serán muy útiles en el futuro.

El comerciante negó con la cabeza sin entender a qué se refería.

 

Al día siguiente se reunieron con el rey medo Daiukkuru. Kargicheng negoció con los administradores del reino la compra de varias decenas de neseos, doscientas ovejas y cincuenta cabras, además de varias docenas de vacas. El comerciante les vendió maderas nobles, sedas y marfil. Kargicheng vendería a precio de oro los famosos caballos medos en Asiria o en Fenicia. En cuanto al ganado, tampoco le faltarían compradores en cualquier ciudad camino de Tiro. Durante cuatro días estuvo la caravana de Kargicheng en Hagmatana y no les faltó negocio. Sus productos eran muy solicitados y compensó con creces la falta de ventas de Bhakri, no obstante, la ciudad de Hagmatana era inmensamente más rica que la capital escita. Pasados los cuatro días, desmontaron los tenderetes y partieron hacia Nínive. Después de varios días de travesía, llegaron al rio que hacía de frontera natural entre los medos y los asirios. Kalam se bajó de su caballo y Kargicheng hizo lo propio.

—Mira, el rio Diyala —dijo Kalam.

—Al otro lado está tu tierra.

Kalam estaba nervioso. Siete años habían pasado desde la batalla contra los cimerios. Él había cambiado, se encontraba más mayor, más cansado. Cojeaba ostensiblemente de la pierna derecha y tenía una cicatriz en la frente, sin contar con la marca en su espalda que le había identificado como esclavo masageta. Su hijo Nabui tendría once años y su mujer… Sintió un pinchazo en el corazón, ¿habría vuelto a casarse? Era lo más lógico, una mujer sola con un niño necesita un hombre. Sintió como el alma se le desgarraba y sus ojos se entristecieron. No podía presentarse así, de golpe, y reclamar lo que un día fue suyo. Su hijo seguro que no le reconocía y si su mujer hubiera rehecho su vida… él no tendría ningún derecho a perturbar la felicidad de lo que fue su familia. Entonces tomó una decisión.

—Entraré como sirviente tuyo en Nínive y buscaré a Imashar para que me informe sobre mi mujer y mi hijo. Si Damkira se ha casado y el asu me confirma que tanto ella como mi hijo son felices, te acompañaré hasta Tiro y luego volveré contigo a Gushi, donde me estableceré hasta el final de mis días —le dijo Kalam mirando el rio.

—Sabes que siempre serás bien recibido en mi tierra, y que estoy feliz de tenerte entre nosotros pero, espero que no sea necesario y en el caso de querer acompañarme, lo hagas con tu familia.

Los dos hombres se fundieron en un fuerte abrazo y las lágrimas brotaron incontrolables por sus ojos. Una fuerte amistad había nacido entre ambos.

Cruzaron el rio Diyala y entraron en tierras asirias. Kalam, para pasar desapercibido, vestía como un esclavo. Como único ropaje llevaba un pantalón corto blanco bastante sucio, cubría su cabeza con un turbante del mismo color y caminaba descalzo. El pecho, al descubierto, dejaba a la vista la marca del esclavo. Tenía la barba rala y, debido a la cicatriz de su frente y a su cojera, sería muy difícil que nadie pudiera reconocerle. Siguieron el cauce del Tigris hasta que llegaron a su afluente, el Khosr. Cruzando el rio, se encontraba la capital del reino más poderoso del mundo, Nínive.

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