El designio de los dioses
Capítulo XX
EL OTOÑO avanzaba de forma inexorable y las lluvias comenzaban a hacer impracticables los caminos. Las campañas militares tendrían que esperar hasta la primavera siguiente. Assarhaddon se encontraba en palacio junto con la reina Zukatu y sus hijos Sin-Iddina-Apla, Samas-Uma-Ukin y Assurbanipal, la princesa Sherna se encontraba en otra sala cosiendo junto con sus damas de compañía. El rey observaba a sus hijos, ya eran mayores y en la próxima campaña le acompañarían. Sin-Iddina-Apla, era el hijo mayor y futuro heredero de la corona. Ya desde niño había sido educado para ser rey. Era un joven brillante, muy inteligente y hábil con las armas. Samas-Uma-Ukin, era introvertido y con fuerte carácter. Era habitual verle golpear a los esclavos y fustigar a los caballos con violencia. En cambio, Assurbanipal, el hijo pequeño, era completamente distinto. Desde niño había sido educado para servir a los dioses como sacerdote o escriba y siempre había encontrado refugio en los libros. Sabía leer y escribir en varios idiomas, era cariñoso y amaba profundamente a su madre. Assarhaddon estaba orgulloso de sus hijos. Su descendencia estaba asegurada y confiaba que no sufriría el mismo final que su padre, asesinado por su hijo mayor Arad-Nalil. Su sucesor era Sin-Iddina-Apla y sus hermanos habían aceptado tal designación con absoluta obediencia. Observaba al rey como sus hijos practicaban el tiro con arco cuando un guardia real anunció una esperada visita.
—Señor, el capitán Eshirpal solicita audiencia —dijo el guardia.
—Hazle pasar —ordenó impaciente el rey.
El capitán entró con el semblante serio, a nadie le gusta dar malas noticias.
—Señor, vengo de Harran donde me he entrevistado con Kishdar capitán del ejército…
—¿Kishdar? —interrumpió el rey—. No me suena ese nombre.
—Lo nombró Artacomo, tras la muerte del capitán de carros de guerra Bitakyn.
—Continúa —ordenó el rey.
Era evidente que Eshirpal tenía mucho que contar.
Eshirpal informó a Assarhaddon. El rey estaba preocupado. Un formidable ejército había sido prácticamente aniquilado, su mejor general le había desobedecido y se había suicidado además, el gobernador de Nimrud le había traicionado. Assarhaddon ordenó a su capitán que marchara hacia Nimrud y apresase a Karmilamon. Quería tenerlo ante su presencia lo antes posible.
Kishdar y lo que quedaba del glorioso ejército de Artacomo, llegó a Nínive varios días después de que el rey fuera informado por Eshirpal. El capitán asirio, nada más llegar a la ciudad, fue recibido por Assarhaddon en audiencia. Había gran expectación en la sala del trono por conocer al capitán que había devuelto con vida a parte del ejército asirio. Asistieron a la audiencia todos los nobles y altos funcionarios de la corte. Nisher-Sag, permanecía al lado de la reina madre Nakiya, mientras que Nigirsu, gobernador de Nínive, estaba a la izquierda del rey. A la derecha de Assarhaddon permanecía Hitman, que había sido nombrado capitán general de todos los ejércitos. Kishdar, entró en la sala del rey escoltado por dos miembros de la guardia real. Uno de ellos era Eshirpal, que miraba orgulloso a su viejo compañero de armas.
—Shamash te guarde por muchos años —saludó el rey.
—Que Assur le bendiga con larga vida majestad —dijo Kishdar mirando al suelo.
—Has hecho un magnífico trabajo al traer con vida a pocos supervivientes del poderoso ejército que mandaba Artacomo. Debió ser un verdadero infierno.
—Así fue, mi señor. Desde que partimos de Gaza todo ha sido un desastre. Deberíamos haber vuelto a Nínive como ordenaste.
—¿Sabías que le había ordenado a Artacomo volver a Asiria? — preguntó el rey.
—Sí, mi señor. Me lo dijo el capitán Bitakyn poco antes de morir.
El rey se levantó de su trono.
—¿Por qué no te negaste a obedecerle y volviste a Asiria?
—Soy un soldado y en el campo de batalla debo obedecer a mi general —levantó la cabeza y miró a su rey—. No tenía otra opción, si hubiera intentando volver a Nínive hubiera sido apresado y Artacomo hubiera ordenado mi muerte. Cuando Bitakyn me lo dijo, ya era demasiado tarde, no tuve más opción que marchar hacia Egipto. Assarhaddon miró a Hitman y le autorizó a participar en la conversación.
—Mi señor, el capitán tiene razón. No tenía más opción que obedecer al general —dijo Hitman en defensa de Kishdar—. Todos conocíamos a Artacomo, no habría tolerado que un oficial le desobedeciera. Si Kishdar lo hubiera hecho, el general le habría matado y el desastre de nuestro ejército hubiera sido total ya que no se hubiera podido salvar la vida de los cuatro mil hombres.
El rey se acarició la barba.
—No estamos aquí para juzgar a este hombre, si no para premiarle por el valor que demostró en combate. No solo ha salvado la vida de miles de soldados sino que además tuvo la valentía de capturar al general Artacomo y descubrir una conspiración contra el imperio —dijo el rey paseando por toda la sala.
Los asistentes comenzaron a susurrar entre ellos, estaban sorprendidos por las palabras del rey. Nisher-Sag miró a la reina Nakiya que le hizo un gesto de desconocimiento.
—Nuestro capitán ha traído documentos que acreditan que Artacomo había conspirado con el gobernador de Nimrud. Su objetivo era conquistar Egipto y luego volver a Nínive donde, aprovechando el apoyo del ejército, me derrocaría y se proclamaría rey de Asiria —dijo el rey ante la sorpresa de todos—. Pero si las tablillas que ha traído Kishdar no es suficiente prueba de su delito —continuó el rey—, el propio gobernador de Nimrud así lo ha confesado.
Assarhaddon dio la orden y al momento, el gobernador de Nimrud entró en la sala custodiado por dos soldados. Karmilamon había sido torturado, tenía la cara amoratada y sus manos estaban ensangrentadas; le habían levantado las uñas de su mano derecha. Arrastraba los pies y se cayó un par de veces antes de llegar ante la presencia del rey.
Temblaba de miedo, sabía cuál era el destino que le esperaba a los que osaban traicionarle.
—Aquí está mi primo Karmilamon, el traidor. No le bastaba con ser el gobernador de una de las ciudades más prósperas del reino, sino que su desmesurada ambición le llevó a conspirar con Artacomo para que una vez que conquistara Egipto, le nombrara faraón. ¿No es así primo?
El pedazo de carne ensangrentado asintió. Miraba constantemente al suelo. Conocía a todos los presentes y la vergüenza le impedía levantar la cabeza.
—Tal y como marcan nuestras leyes serás juzgado, pero en el caso de ser declarado culpable todo el peso de la ley caerá sobre ti —le dijo el rey a pocos centímetros de su cara, mirándole con desprecio—. ¡Lleváoslo!
Los presentes miraron como la guardia se llevaba al desafortunado gobernador. Muchos de ellos le conocían y no les extrañó las acusaciones del rey. Era un ser vil, mezquino y su avaricia no tenía límites.
—Bueno, volvamos a temas más gratos —dijo el rey mientras volvía a sentarse en su trono—. Tengo que anunciar que todos los soldados que han vuelto de Egipto serán recompensados con cuatro hectáreas de tierras y dos esclavos para que las trabajen. También les pagaremos cincuenta siclos de plata como ayuda para la compra de los aparejos necesarios para cultivar la tierra. Es lo mínimo que podemos hacer después del infierno que han vivido.
El ruido atronador de los aplausos comenzó a oírse por toda la sala.
Kishdar miró a Eshirpal y le sonrió. Assarhaddon, desde su trono levantó su mano derecha y la gente volvió a guardar silencio. Dirigió su mirada hacia el capitán asirio.
—Quizá Kishdar no tiene la experiencia suficiente, pero ha demostrado tener varias de las cualidades que se le suponen a un buen general. Durante la campaña de Egipto has demostrado tener mucho valor y te has ganado el respeto de los soldados. Te nombro general del ejército y espero poder contar contigo para la próxima campaña contra los egipcios.
—Mi señor, espero no defraudarle —dijo Kishdar con un nudo en la garganta.
—Estoy seguro de que no lo harás. Quiero que seas la sombra de Hitman, él te enseñará todo lo que necesitas saber para poder desempeñar perfectamente tu nueva labor —dijo el rey mirando a Hitman, que asintió aceptando de buen grado su nuevo cometido.
El rey presidía el tribunal de justicia. Estaba sentado en un trono y sujetaba un instrumento de medida, en señal de justicia y equidad. Delante de él, sentados en un banco de cedro, se encontraban los otros doce grandes magistrados dirigidos por Tanezmet, juez de Nínive. Detrás del rey se podía ver un relieve que representaba al dios de la justicia Shamash. En él aparecía el dios con una tiara con varios cuernos, barba larga y vestido con volantes de lana. Una figura que representaba al rey Assarhaddon, vertía libaciones en una vasija en señal de respeto y sumisión. Un gran sol en la parte superior del relieve dominaba toda la escena. Tanezmet ordenó silencio en una sala repleta de curiosos. Hacía años que una personalidad tan importante no era juzgada por un delito tan grave.
—Shamash, rey de los cielos y de la tierra, juez del mundo y del infierno, luz de los dioses, guía de los justos, dios que mantiene el orden en el universo, te ruego ilumines a este tribunal con tu sabiduría para juzgar a aquellos que han osado violar nuestras sagradas leyes, desviándose del camino marcado por ti y llevando al imperio al desorden y el caos —dijo Tanezmet mirando al relieve con los brazos en alto.
Después de invocar la oración de la justicia al dios Shamash, Tanezmet volvió a tomar asiento en el centro del tribunal.
—Que se presente ante nosotros Karmilamon —ordenó Tanezmet.
Una puerta doble se abrió y entró el gobernador de Nimrud, debidamente escoltado por dos soldados. Le habían aseado y vestido con ropas limpias para la ocasión, pero su imagen era deplorable. A pesar del poco alimento que había recibido en los últimos días, mantenía su orondo cuerpo bien entrado en carnes. Los ojos los tenía hinchados y enrojecidos, le temblaba el labio inferior y andaba encorvado arrastrando los pies. Sus heridas habían sido curadas y tenía la mano derecha vendada.
—¿Tu nombre es Karmilamon? —preguntó Tanezmet cuando el preso llegó a la altura del tribunal.
—Sí, señor —confirmó débilmente.
—¿Eres el gobernador de Nimrud?
—Sí, señor.
—¿Sabes por qué estas siendo juzgado?
Karmilamon titubeó, miró a Assarhaddon que desde su trono situado a un nivel superior al tribunal, le miraba con severidad.
—Creo que se me juzga por traición —dijo finalmente.
—Los delitos por los que se te juzgan son; traición, conspiración contra el imperio y robo —le dijo Tanezmet—. ¿Cómo te consideras de estos delitos?
—Me considero culpable —dijo Karmilamon mirando al suelo.
—¿Hay alguien más implicado en tu traición?
—No, señor.
—¿Acaso no estaba implicado el general Artacomo?
Karmilamon levantó la cabeza.
—Al general Artacomo solo se le puede culpar de desobedecer al rey y no volver a Asiria cuando así se le ordenó.
—¿Acaso no te envío parte del botín que consiguió en Biblos y que pertenecían a su majestad?
El gobernador guardó silencio.
—¡Contesta! —ordenó Tanezmet.
—El general me envío una cantidad importante de dinero para que se la administrara. Desconozco su procedencia.
—Importa poco lo que digas a favor de Artacomo —intervino Assarhaddon— el general pagó su delito quitándose la vida. Ahora simplemente queremos saber si hay alguien más implicado en la conspiración para derrocarme.
La sala quedó en silencio expectante ante las palabras de gobernador.
—No, mi señor. Todo el plan fue ideado por mí.
—¿Cuál era tu plan? —preguntó Tanezmet.
—Si… siempre he soñado con ser rey de algún importante país. Dirigí mi mirada a Egipto aprovechando la campaña de Artacomo. Mi idea era conspirar contra el rey para derrocarle y nombrar en su lugar a Artacomo. Como agradecimiento, yo sería nombrado rey de Egipto. Eso es todo —dijo Karmilamon entre temblores.
—Si nadie del tribunal tiene más preguntas el acusado puede abandonar la sala.
No hubo más preguntas y Karmilamon volvió a los calabozos del palacio de justicia. El tribunal salió de la sala y se reunió para meditar el castigo que iban a impartir al gobernador. Pocos minutos tardaron en acordar la sentencia y Karmilamon fue llamado de nuevo. Assarhaddon estaba de pie. Como máximo responsable del tribunal, sería el encargado de comunicar la condena.
—Shamash ha iluminado a este tribunal y yo, Assarhaddon, rey de Asiria y brazo ejecutor de sus designios, te condeno a ti Karmilamon, gobernador de Nimrud y acusado de traición, conspiración y robo… —hizo una pausa y miró a los ojos del gobernador—, a muerte.
Un ligero rumor comenzó a recorrer la sala.
—La sentencia se ejecutará mañana al amanecer. Serás empalado y tu cuerpo se pudrirá en la puerta del dios del inframundo Nergal.
—¡No! —gritó aterrado Karmilamon que fue golpeado por un guardia y cayó doblado al suelo.
—Espero que el infierno acoja tu corrupta alma —añadió el rey.
Al día siguiente Karmilamon fue ejecutado ante la mirada curiosa de los ciudadanos de Nínive. Su cuerpo fue pasto de los cuervos y se pudrió en la puerta del dios Nergal hasta que fue retirado por la guardia. Nisher-Sag, como shangu del dios Shamash supervisó toda la operación.
«Su alma no encontrará consuelo y vagará por los caminos del inframundo hasta el fin de los días», pensó Nisher-Sag, mientras observaba como los soldados retiraron el cadáver del gobernador.
Sus restos fueron esparcidos por los caminos para que fueran presa de las alimañas.
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