El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 22 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XXII

 

EL FRIO golpeó con fuerza la tierra de los masagetas. Comentaban los más ancianos del lugar, que se trataba del peor invierno que jamás habían vivido. Empezaba a faltar la comida y los recién nacidos y los ancianos eran los primeros en pagar las consecuencias. Itbala tomó su último trago de kumis y sonrió. Se sentía viejo y cansado, cogió una alforja y metió pan, un pellejo con agua y una jarra de kumis. Todavía no había amanecido. Pensó en su soledad y en la indiferencia que sentía el pueblo por él. No les culpaba, al fin y al cabo, no era más que un viejo borracho. Abrió la puerta de su choza y una racha de viento golpeó su débil cuerpo. Sabía que su momento había llegado; el dios Sol se lo había anunciado hacía tiempo y se dirigía hacia su destino. Atravesó el desierto pueblo escoltado por la luna, a lo lejos solo se oía el lastimero ladrido de un perro. Cruzó la muralla ante la mirada indiferente de los soldados de guardia. No sin dificultad, cruzó los arroyos, crecidos por las lluvias y subió por los resbaladizos senderos hasta que llegó a la cueva del dios Sol. Recordaba que hacía varios meses, había realizado el mismo camino, pero para un fin bien distinto. «¿Qué sería de Afarat?», se preguntó. No tuvo ocasión de despedirse de él. Una mañana le llevaron preso los soldados del rey, acusado de complicidad en el robo del libro de la lucha y del asesinato de los soldados que lo custodiaban. Negó con la cabeza, no era muy optimista con el futuro del joven asirio. Durante el tiempo que le tuvo como acólito le cogió aprecio, era uno de los pocos del pueblo que no le despreciaban. Sintió su marcha. Ahora, definitivamente, nada le ataba en este mundo. Miró hacia la cueva y sintiéndose liberado, entró en ella.

Nadie volvió a saber de Itbala y, a decir verdad, pocos fueron los que le añoraron.

 

Gaffar se preparó para emprender un largo viaje, pocas semanas después y ajeno al destino que había corrido el viejo shaman. Habían pasado varias horas desde que el sol se ocultó tras el horizonte. Era una noche clara y rasa donde el frío atería los huesos. El invierno daba sus últimos coletazos negándose a que la primavera ocupara su lugar. Gaffar cogió todo lo que necesitaba para emprender su viaje. Llenó sus alforjas y se montó en su caballo. Salió de la ciudad saludando a los guerreros que se encontraban de guardia. El viento azotaba su rostro. Miró hacia atrás y contempló por última vez la ciudad de Sari.

Entre las sombras, dos figuras siguieron raudas y silenciosas al consejero, que continuó su camino confiado, sin sentir su presencia.

 

El ciervo estaba malherido, el señor de Kutatisi había acertado en su disparo, y el animal cayó desplomado al suelo, después de que una flecha le atravesara un pulmón. Bajó de su caballo y observó al animal. Respiraba con dificultad y por su boca comenzó a brotar un hilillo de sangre. El señor estaba orgulloso de su caza, pues se trataba de un buen ejemplar. Cogió su cuchillo y degolló al animal acortando su agonía. Mushabat le observaba desde su caballo.

—Lleváoslo, esta noche nos lo cenaremos —ordenó el señor de Kutatisi a sus sirvientes, que se aprestaron a obedecer a su amo.

—Ha sido un gran disparo, sin duda alguna —dijo Mushabat. Enuro le miró con desdén. Limpiaba la sangre de su cuchillo cuando un soldado llamó su atención.

—Señor, un extranjero reclama su presencia, dice llamarse Gaffar y viene de la ciudad de Sari —le dijo el soldado.

—Vaya, parece que nuestro amigo Gaffar ha cumplido su palabra. Veremos qué es eso tan importante que viene a ofrecernos —dijo Enuro montando en su caballo.

Gaffar estaba cansado, el viaje había sido muy duro para un anciano como él. Sentado en la puerta de la ciudad, se frotaba las manos para entrar en calor. Un soldado le ofreció un caldo caliente y lo tomó con agrado. Miró al horizonte y vio a varios jinetes cabalgando a toda velocidad.

Por sus ropajes, enseguida reconoció a Enuro, el señor de la guerra, al lado suyo cabalgaba otro jinete. Cuando se acercó, brotó en él una sonrisa. Había reconocido a Mushabat.

—Veo que finalmente llegaste a Kutatisi —dijo el anciano a Mushabat.

—¡Qué alegría volver a verte! —exclamó Mushabat, bajándose del caballo y dándole un abrazo.

—Saludos mi querido amigo —le dijo Enuro—, ¿qué tal el viaje? Gaffar se echó las manos a la espalda.

—Cualquier viaje es malo para un viejo —dijo sonriendo—, pero lo importante es que ya estoy aquí.

—Me dijo Mushabat que tenías algo que ofrecerme.

—Estoy seguro que te va interesar, pero antes permite que mis viejos huesos descansen de un viaje tan largo.

—Ordenaré a mis soldados que preparen un camastro en las dependencias de Mushabat. Esta noche, durante la cena, hablaremos —dijo Enuro entrando en la ciudad.

 

Los siervos entraron en la gran sala portando bandejas con ciervo asado, el mismo que había cazado Enuro esa misma mañana, junto con varias tinajas de cerveza y vino. El señor de Kutatisi estaba sentando presidiendo una larga mesa, donde se habían sentado todos los prohombres de la ciudad. Gaffar y Mushabat se sentaron a su derecha, a su izquierda estaba sentada Alania, la esposa de Enuro.

—Bueno, anciano, ¿qué es eso tan importante que me tenías que ofrecer? —preguntó directamente Enuro tras beber varias jarras de cerveza.

—Como sabes, Mushabat tiene en su poder el libro de la lucha.

—Lo sé, supongo que a Teuman no le habrá hecho mucha gracia —dijo riendo el sármata.

—El libro, como ya te dije, es muy valioso —dijo Mushabat, levantándose ligeramente de su asiento para acercarse a Enuro.

—El libro es algo más que todo eso —le interrumpió Gaffar, haciéndole un gesto con la mano para que se sentara.

Enuro les miraba con indiferencia, estaba más interesado en que los siervos llenasen su jarra con cerveza.

—Tenía pensado ofrecerte el libro a cambio de que ayudaras a Mushabat a tomar, lo que por ley, le corresponde —dijo Gaffar.

—Sí, me lo ha repetido miles de veces —dijo cansado Enuro—. Mushabat se considera el legítimo caudillo de Sari.

—¡Es que lo soy! —exclamó Mushabat.

—Nunca lo he dudado —dijo con sorna Enuro—. Pero ¿para qué quiero yo un libro?

Gaffar miró con dureza a Mushabat para que se callara.

—Es un libro muy valioso y no solo me refiero a los materiales con los que está hecho —dijo Gaffar—. Es un antiquísimo libro yuezhi, en él, está escrito toda la sabiduría y los conocimientos de ese pueblo. Enuro le miró sin entender.

—Quiero decir que ese libro, en las manos apropiadas, puede ayudar a conquistar tierras e incluso naciones enteras —dijo Gaffar.

—¿Ah sí? ¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó incrédulo Enuro.

—El pueblo yuezhi era fuerte y poderoso hasta que lo perdió. Todas sus técnicas y estrategias militares están escritos en él.

—Parece interesante, ¿hay algo más?

—Sí, está escrito todo el saber del antiquísimo pueblo yuezhi, es decir, sus conocimientos de agricultura, lucha, gestión administrativa, fabricación de armas, sus habilidades médicas… no sé, con ese libro en tus manos, creo que serías capaz de unir a todas las tribus sármatas y proclamarte rey de un imperio colosal —le dijo Gaffar que le veía cada vez más animado.

—¿Cómo sabes que el libro contiene todos esos conocimientos? — preguntó Enuro, mientras bebía un buen trago de cerveza.

Gaffar sonrió a Mushabat, que permanecía en silencio. Había conseguido captar el interés del señor de Kutatisi.

—El sacerdote yuezhi, que había organizado su robo se lo dijo a Jusman.

—¿Dónde está el libro ahora?

—Está en… —intentó decir Mushabat.

—En lugar seguro —interrumpió Gaffar.

Enuro sonrió.

—Está bien, os ayudaré, pero antes quiero que me deis toda la información sobre el robo y en qué situación se encuentra ahora Sari. Si tengo que enviar a mis hombres quiero saber contra quién van a luchar — dijo el sármata.

 

Gaffar salió satisfecho del castillo de Enuro, había conseguido su objetivo. Pronto volvería a Sari y las cosas serían completamente distintas. Nombrarían a Mushabat caudillo de la ciudad y él sería su primer consejero. Sari no era más que un pequeño pueblo masageta, pero con el apoyo de los sármatas podría convertirse en una gran ciudad. Gaffar sonreía pensando en el grandioso futuro que les aguardaba, cuando miró a Mushabat que le observaba confuso.

—¿Qué te pasa? —le preguntó mientras se dirigían a su choza.

Mushabat golpeó una piedra con el pie.

—No entiendo por qué le vamos a dar a Enuro el libro si es tan valioso, ¿por qué no nos lo hemos quedado nosotros? Podríamos conquistar el mundo con él.

—Necesitarías miles de libros como ese para poder conquistar el mundo. El libro no hace milagros —le dijo Gaffar con sarcasmo.

—Creo que le hemos pedido poco a cambio.

Gaffar se detuvo.

—¿Convertirte en caudillo de Sari te parece poco? —le espetó—. ¿Que tu dinastía vuelva a gobernar la ciudad que te vio nacer te parece poco? No seas mezquino, además, este sería el comienzo.

—¿El comienzo? ¿El comienzo de qué?

—Hay una cosa que no le he contado a Enuro.

—¿Qué es?

—El libro está escrito en yuezhi antiguo, no son muchos los que conocen el idioma.

—¡Pero cuando lo sepa entrará en cólera! —exclamó Mushabat.

—Yo nunca le he dicho en qué idioma está escrito, lo importante es que tenemos una copia lista en Nelkari, ahora solo falta encontrar a un traductor. Nosotros nos serviremos de su interior, los conocimientos y las enseñanzas que contiene, y que Enuro se sirva del exterior, el oro y las piedras preciosas.

Mushabat, miró a Gaffar. «Menudo viejo zorro está hecho», pensó y golpeó otra piedra.

 

En una semana el ejército sármata ya estaba preparado para partir hacia Sari. Mushabat y Gaffar acompañaban a Enuro que dirigiría la campaña. El ejército sármata estaba compuesto únicamente por jinetes. Unos eran arqueros y vestían una túnica corta sobre un pantalón amplio. Cubrían sus antebrazos con brazaletes, portaban arcos compuestos de doble curvatura y cubrían su cabeza con un casco de metal de forma cónica. Otros eran lanceros, equipados con sus contus, lanzas de cuatro metros de largo. Protegían sus cuerpos y el de sus caballos, con una armadura laminar. Eran la verdadera fuerza de choque del ejército. Salieron de la ciudad ante la mirada expectante de la población.

—No lucharé contra los escitas —dijo Enuro—, no quiero problemas con ellos.

—No queremos que se derrame una sola gota de sangre, solo deseamos que Jusman abandone la ciudad y las tropas escitas acepten a Mushabat como nuevo caudillo. Tus tropas nos servirán como amenaza y coacción, espero que para nada más —le dijo Gaffar.

—Cuando el pueblo de Sari vea tu poderoso ejército caerá rendido ante mí —le dijo sonriendo Mushabat.

—No creo que los soldados de Teuman dejen libre tan fácilmente al asesino que mató a diez de los suyos —dijo con sorna el sármata.

A Mushabat se le heló la sangre, no había caído en eso. Gaffar miró su rostro asustado.

—No te preocupes Mushabat, ya encontraremos la forma de quitarnos a los soldados escitas de en medio —le dijo.

—Espero que lo hagas pronto o yo no me acerco a la ciudad —dijo temblando.

Enuro y Gaffar se miraron y sonrieron, les costaba creer que Mushabat había robado el libro y asesinado a diez soldados escitas.

 

De camino a Sari, pasaron por la ciudad de Nelkari. El ejército sármata hizo una parada para que los caballos bebieran y descansaran. Gaffar consiguió escabullirse, y se acercó a la choza de Thishpu, el anacoreta a quién Mushabat le había entregado el libro de la lucha, para que hiciera una copia. Llamó a la puerta después de asegurarse de que nadie le seguía.

—¿Quién es? —preguntó una voz detrás de la puerta.

—Soy Gaffar —susurró el masageta.

—¡Amigo Gaffar! —exclamó un anciano nada más abrir la puerta.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó, fundiéndose en un abrazo con su amigo—. Por el dios Sol, ¡qué viejo estás! —añadió con una gran sonrisa.

—Ja, ja, ja. Pasa, pasa, te preparé algo caliente para tomar.

Gaffar entró en la vieja choza del ermitaño. Un catre, un arcón, una mesa y dos sillas eran su único mobiliario. Los muebles eran muy viejos, pero estaban en buen estado. Thishpu echó agua en un caldero y lo puso a calentar en el fuego. Los dos ancianos comenzaron a hablar de sus años de juventud. Cuando el agua ya estaba hirviendo, echó unas hierbas en el caldero, lo removió con un palo y luego introdujo dos escudillas.

—Bueno, creo que conozco el motivo de tu visita a mi humilde choza. Hace meses pasó por aquí un masageta, me dijo que venía de tu parte y me entregó un libro. Me pidió que hiciera una copia —dijo el anciano mientras bebía de la escudilla.

—Efectivamente, vengo a por los dos libros.

—Está escrito en una lengua desconocida, pero se ve que es un libro muy valioso.

—Más de lo que tú crees —dijo Gaffar, mientras sacaba de los pliegues de sus ropajes una bolsa de cuero—. Toma este dinero, espero que lo utilices para tirar esos muebles mohosos y pagar a un carpintero para que te haga unos nuevos.

Thishpu se levantó de la silla y se dirigió al arcón, lo abrió y sacó un bulto envuelto en una tela, lo desenvolvió dejando a la vista el libro de la lucha y su copia.

—Te aceptaré el dinero, no por el trabajo que me ha costado realizar la copia, sino por lo difícil que es encontrar a un buen pulidor de pieles de cabra y lo caro que me han costado los materiales. Además, he gastado cientos de pergaminos para practicar esa escritura y como sabes, los pergaminos son caros, pero quería hacer un buen trabajo —le dijo el ermitaño.

Gaffar echó un vistazo a los dos libros y sonrió satisfecho.

—Sin duda lo has conseguido, es un trabajo perfecto.

—He tenido todo el invierno para hacerlo —dijo sonriendo Thishpu.

—Creo que debo marcharme ya, o comenzarán a buscarme.

—Lo entiendo amigo, ha sido un placer volver a verte.

Gaffar se levantó de la silla y, sin mediar palabra, sacó un puñal que tenía oculto en su cinturón, y con un movimiento ágil y certero, degolló a Thishpu, que no se esperaba el ataque de su antiguo amigo. El cuerpo del ermitaño cayó al suelo entre espasmos en un charco de sangre.

—Lo siento, pero nadie debe saber que existe una copia —dijo Gaffar mirando al cadáver de su amigo, que yacía inerte en el suelo. Metió los dos libros en su alforja y salió de la choza.

 

Ocultos entre los matorrales, dos hombres vieron como Gaffar salía a toda prisa de la choza dejando la puerta abierta. Tomando todas las precauciones, entraron sigilosamente y encontraron el cuerpo sin vida de Thishpu en el suelo. Uno de ellos le tomó el pulso y comprobó que estaba muerto. Registraron la casa y encontraron varios pergaminos rotos con extraños caracteres escritos.

—Mira —dijo uno, mostrándole al compañero un trozo de pergamino —, parece que estaba practicando nuestra caligrafía.

El otro hombre cogió el pergamino y lo analizó con atención.

—Busquemos más pedazos.

Registraron la choza con más cuidado y encontraron más trozos de pergamino parcialmente quemados en la chimenea. Juntaron varios pedazos y los colocaron encima de la mesa.

—Está claro que ha practicado nuestra caligrafía —dijo uno de ellos.

—¿Cómo es posible que conozca nuestro idioma?

—Muy sencillo, Gaffar o Mushabat le entregó nuestro libro y me temo que le pidió que hiciera una copia.

—Si es correcto lo que dices, sabemos que Gaffar tiene una copia y que nos puede llevar hasta el original.

—Efectivamente, debemos darnos prisa y hacernos con el libro y con la copia cuanto antes. Ahora salgamos de aquí y no perdamos de vista a Gaffar ni un solo segundo.

 

El campamento sármata fue montado junto a un arroyo y se encontraba a pocas jornadas de su meta, la ciudad de Sari. Ya anochecía y Enuro estaba sentado con los oficiales sármatas junto a un fuego. Intentaban calentar sus ateridos cuerpos cerca de la lumbre, era una fría noche de finales de invierno. Un soldado se acercó a Enuro y le susurró algo al oído. El jefe de los sármatas se levantó y se perdió en la oscuridad. Allí le esperaba Gaffar.

—Ya tengo el libro en mi poder —le dijo a Enuro.

—¿Dónde está?

—En un lugar seguro, será tuyo cuando todo haya terminado.

—Está bien, no tengo prisa.

—Estamos a dos días de Sari, mañana marcharé solo hacia la ciudad. Dile a Mushabat que he ido a Sari para asegurar su integridad ante los escitas. Espera en las afueras hasta que yo te avise.

El sármata miró con suspicacia a Gaffar.

—No estoy en condiciones de competir contra tu ejército —le dijo Gaffar, como si supiera lo que estaba pensando—. Debes confiar en mí.

—Así lo haremos —dijo el sármata volviendo al campamento.

 

Enuro estaba inquieto, llevaba más de dos días esperando en el campamento las noticias de Gaffar. Observaba como las patrullas escitas y guerreros masagetas le vigilaban desde la distancia. Había construido una empalizada para evitar sorpresas. Mushabat también estaba nervioso, se movía de un lado a otro del campamento sin rumbo definido. Temeroso, pensaba en su incierto futuro, cuando el galope de unos caballos llamó su atención, miró hacia el horizonte y vio un grupo de cincuenta jinetes cabalgando hacia el campamento.

—¡Soldados, preparad vuestras armas! —exclamó Enuro desenvainando su espada.

Los arqueros tomaron posiciones y armaron sus arcos apuntando hacia los jinetes. Los lanceros se montaron en sus caballos y prepararon sus contus listos para embestir con sus pesadas cabalgaduras contra el enemigo. Desde su atalaya, Enuro vio que los jinetes disminuían su velocidad según se acercaban al campamento. Entre ellos se encontraba Gaffar. Finalmente, los jinetes frenaron sus caballos y el masageta se dirigió solo hacia el campamento.

—¡No disparéis es Gaffar, dejadle pasar! —exclamó Enuro.

El masageta cruzó la empalizada ante la mirada atenta de los soldados que no le perdían de vista. Bajó de su caballo y se dirigió a Enuro. A su lado se encontraba Mushabat.

—Perdonad el retraso, pero ya estoy aquí —dijo sonriendo Gaffar.

—Ya me temía lo peor.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó inquieto Mushabat—. ¿Qué has acordado con los escitas?

La situación era tensa, pero Gaffar se encontraba muy tranquilo, sonrió y cogió a Mushabat del hombro.

—No temas Mushabat, serás nuevo caudillo de Sari, así lo he acordado con los escitas —dijo sonriente Gaffar.

—¿Qué les has ofrecido a cambio? —le preguntó Mushabat.

Gaffar miró a Enuro que le observaba expectante.

—Por eso no te preocupes, ahora vayamos a hablar con los soldados escitas. Enuro, me ha dicho el oficial al mando que puedes ir acompañado por los soldados que consideres oportuno. Mushabat, tú también vendrás con nosotros.

Mushabat miró a los soldados escitas que permanecían atentos a varios cientos de metros del campamento, a pesar de las palabras de Gaffar, no las tenía todas consigo y estaba muy asustado. No sin temor, montó en su caballo y se dirigió hacia los escitas flanqueado por Enuro y Gaffar. Cien jinetes sármatas les acompañaban. Mushabat sudaba, parecía que su corazón iba a salirle por la garganta, hubo un momento que pensó que se iba a desmayar. Miraba a los soldados escitas y cómo susurraban entre ellos, sin duda, sabían de quién se trataba, y naturalmente eran conscientes de que había sido él, quien había matado a diez de sus compañeros. A pesar de las palabras tranquilizadoras de Gaffar, estaba realmente aterrado. Casi sin darse cuenta, como si flotara en una nube y todo aquello fuera irreal, llegó a la altura de los soldados escitas, miró a Gaffar y este le sonrió para tranquilizarle, intentó devolverle la sonrisa pero su cara reflejó algo más parecido a una mueca. Los tres hombres se adelantaron ante la mirada vigilante de los jinetes sármatas.

—Ugaman, este es Enuro, el señor de Kutatisi —dijo Gaffar. Ambos hombres asintieron con desconfianza.

—Y este es Mushabat —dijo señalando al masageta.

El oficial miró con dureza a Mushabat y desenvainó su espada.

—¡Mushabat, por orden del rey Teuman quedas arrestado por el asesinato de diez soldados! —le espetó el oficial—. ¡Tira tu espada y baja del caballo!

Mushabat miró desconcertado a Gaffar sin saber qué hacer.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó mirando a Gaffar y al oficial escita.

—¡Baja de tu caballo o te haremos bajar nosotros! —le exclamó Ugaman.

—Haz lo que te dicen, todo ha terminado —le dijo con suavidad Gaffar.

—¡Me has traicionado! —exclamó Mushabat desde su caballo, que se movía inquieto.

Mushabat observó que Enuro sonreía. No sabía los motivos pero Enuro y Gaffar se habían confabulado en contra suya. Nervioso, espoleó su caballo que salió corriendo a galope, varios jinetes corrieron detrás de él. Un arquero sármata armó su arco, apuntó hacia el masageta y disparó su flecha.

El disparo del arquero sármata fue certero y dio en el blanco. Mushabat sintió un fuerte golpe en la espalda y cayó al suelo. Gaffar, acompañado por Enuro y Ugaman, se acercó al cuerpo del masageta.

—¿Por qué? —preguntó Mushabat débilmente antes de morir.

Gaffar cerró sus ojos.

—Nos llevaremos su cabeza y se la entregaremos a nuestro rey —dijo Ugaman.

Desenvainó su afilada espada y con un solo tajo cercenó la cabeza de Mushabat, la metió en una alforja y se montó en su caballo.

—Hubiera preferido habérmelo llevado vivo, creo que tu arquero se ha precipitado —le dijo el capitán escita a Enuro.

—No podíamos correr el riesgo de que escapara —le dijo Gaffar.

Ugaman le miró con desconfianza, Mushabat no habría podido escapar de ninguna manera, espoleó su caballo y se dirigió hacia Sari. Su misión en la ciudad masageta había terminado.

—No ha dicho nada del libro —dijo Enuro.

—Es el acuerdo al que he llegado con él.

Enuro le miró.

—Cuando llegué a Sari me entrevisté directamente con Ugaman, nadie en la ciudad sabe que estoy aquí. Le dije que los sármatas habíais capturado al asesino y que lo entregaríais a cambio del libro. Y él accedió.

—Pero es un libro muy valioso ¿cómo conseguiste que aceptara sin reclamarlo? —preguntó confuso Enuro.

—Es un libro masageta, no escita. Ellos nos lo custodiaban desde hace años por tradición, pero no les pertenece. Lo que los escitas querían era encontrar al asesino de sus soldados para volver cuanto antes a su tierra, y esta era la forma de conseguirlo. Sabían que si no encontraban a Mushabat pasarían años antes de poder volver a sus casas. El libro no les importa nada —dijo Gaffar—. En cuanto los escitas partan a Bhakri tu ejército entrará en acción.

—Volvamos al campamento, esperaremos hasta que eso ocurra.

 

Jusman estaba tirado en la cama completamente borracho, cuando un guerrero le despertó. Abrió los ojos con dificultad, le dolía la cabeza y tenía ganas de vomitar. Los gritos del soldado golpeaban sus oídos como cuchillos, estaba tan borracho que no entendía lo que el guerrero le quería decir.

—No grites maldito ¿acaso quieres que me reviente la cabeza? —dijo mientras se sentaba en la cama y se echaba las manos a la cabeza, creía que en cualquier momento le iba a estallar.

—Señor, han capturado a Mushabat —dijo el soldado, intentando serenarse.

—¿Qué? —preguntó Jusman.

—Han capturado a Mushabat, los escitas tienen su cabeza en una bolsa.

—¿Dónde está?

—En el campamento escita.

Jusman metió su cabeza en un cubo de agua. El frío líquido le despejó, se secó la cara y se dirigió a toda prisa al campamento escita, que se encontraba extramuros de la ciudad.

—Quiero hablar con Ugaman —dijo el masageta al soldado de guardia.

—Dile al capitán que el caudillo de Sari quiere verle —le dijo el guardia a un soldado.

Jusman observó que había mucho movimiento en el campamento escita. Los soldados desmontaban las tiendas, preparaban sus caballos y cargaban de bultos las carretas. Parecía que se preparaban para partir.

—Veo que ya te has enterado de la noticia —le dijo Ugaman cuando llegó al puesto de guardia.

—¿Dónde está?

—Ven, te la enseñaré.

Entraron en el campamento y se dirigieron hacia la tienda del oficial. Jusman seguía observando como los soldados guardaban sus bultos y ensillaban sus caballos.

—¿Os vais? —preguntó Jusman.

—Ya nada nos ata aquí.

—¿Y el libro?

—Lo tienen los sármatas.

—¡Pero nos pertenece!

Ugaman se detuvo.

—Puedes ir a recuperarlo cuando quieras, ya sabes dónde están acampados —le dijo mirándole a los ojos.

Entraron en la tienda y Ugaman sacó la cabeza ensangrentada de una bolsa. Jusman la miró y salió de la tienda. El oficial escita salió detrás de él.

—Nos dejáis solos ante los sármatas —le dijo.

—Los sármatas no atacarán la ciudad, saben que somos aliados y nos temen.

—¿Entonces qué hace aquí su ejército?

—Con ellos está Gaffar, quizá deberías preguntárselo a él.

Jusman le miró sorprendido. Siempre había desconfiado del consejero y su desaparición hacia unos meses confirmaba sus sospechas, pero nunca hubiera creído que traicionaría a su pueblo y lo vendería a los sármatas.

—Esta misma tarde partiremos. Te deseo suerte —le dijo Ugaman.

Jusman sonrió con desgana y salió del campamento escita. Tenía mucho trabajo por hacer, temía un ataque sármata y debía organizar la defensa de la ciudad.

 

El ruido de los cuernos de guerra despertó a los ciudadanos de Sari. Jusman no había dormido en toda la noche esperando un ataque sármata. Observaba desde la muralla a las tropas sármatas, que se encontraban a pocos cientos de metros de la ciudad. Con ellos estaba Gaffar. Las tropas masagetas estaban preparadas y habían calentado aceite y arena para evitar que los sármatas treparan las murallas. Un tenso y amenazador silencio envolvía toda la escena. Gaffar cabalgó hacia la ciudad acompañado por Enuro y varios jinetes sármatas. Querían dialogar.

Jusman observó la llegada de Gaffar y del líder sármata hasta la ciudad. Bajó de la muralla y se montó en su caballo. Acompañado por varios de sus oficiales se dirigió hacia el encuentro de la delegación sármata.

—Saludos Jusman —le dijo Gaffar—. Él es Enuro, señor de Kutatisi.

—¿Qué es lo que quieres traidor? —le espetó Jusman sin mirar al sármata.

—Quiero que abandones Sari —le respondió Gaffar—, no eres el caudillo que esta ciudad necesita, has demostrado ser un auténtico inepto.

—¿Y tú crees que eres la persona más adecuada para el puesto?

—Sin duda. Desde que robaron el libro no levantas cabeza. Estás todos los días borracho y has desatendido tus obligaciones. Quiero que convoques al consejo de ancianos y que ellos decidan.

Jusman miró a Enuro y a su ejército.

—El consejo estaría coaccionado por las tropas sármatas, no sería una votación justa.

—Convoca al consejo —le dijo Gaffar—, si votan a favor tuyo partiré con los sármatas y no volveré nunca más, pero si votan a favor mío, abandonarás el pueblo con toda tu familia.

—¿Y si no lo convoco?

—Si no lo convocas mis tropas arrasarán tu ciudad —mintió Enuro, que no tenía la más mínima intención de tener un enfrentamiento con los escitas.

—La decisión es tuya —le dijo Gaffar.

El caudillo meditó durante unos instantes, miró su ciudad y luego al ejército sármata. No tenían posibilidad ninguna de vencerles.

—Está bien, convocaré al consejo para esta misma noche —claudicó Jusman—. Pero quiero que los sármatas nos devuelvan el libro.

—Será mejor que te olvides de él —le dijo Gaffar.

—El libro nos pertenece.

—Te equivocas, el libro pertenece a los yuezhi y nosotros se lo robamos. Nunca ha sido nuestro.

—¿Es el precio que has pagado a los sármatas? —le preguntó Jusman.

—Ellos encontraron a Mushabat y se lo quitaron. Acordaron con los escitas que entregarían a Mushabat a cambio del libro.

—¿Los escitas lo acordaron con los sármatas o contigo? —le preguntó Jusman.

—Olvídate del libro y convoca al consejo. Esta reunión ha terminado — dijo Enuro, dándoles la espalda y volviendo hacia sus soldados.

Los dos hombres miraron al sármata, que se dirigía hacia sus tropas, escoltado por la guardia. Gaffar y Jusman se quedaron solos.

—Has traicionado a tu pueblo —le espetó Jusman.

—Haz lo que dice Enuro si tienes aprecio a tu asquerosa vida —le dijo Gaffar y siguió al sármata.

 

Estaba anocheciendo y varios fuegos iluminaban el campamento sármata. Gaffar, estaba satisfecho, hasta ese momento todo iba según lo había previsto. Pronto conseguiría su propósito, pero todavía quedaba mucho por hacer. Se dirigió hacia el fuego en el que estaba sentado Enuro con algunos de sus oficiales. Habían clavado pedazos de carne en unos palos y los estaban asando sobre el fuego, el olor a asado despertó el hambre del viejo consejero y sus tripas comenzaron a reclamar algo de atención.

—Saludos, señores —dijo Gaffar—, espero estar invitado a esta sabrosa cena.

—Tenemos algo pendiente —le dijo con acritud Enuro, mientras le entregaba un palo con un pedazo de costilla de cordero clavada.

Gaffar cogió la costilla y se la comió con avidez, cortó otro pedazo de carne, lo clavó en un palo y lo puso al fuego. Estaba disfrutando de ese momento.

—No creas que me he olvidado, pero todavía no he sido nombrado caudillo de la ciudad.

—Estás acabando con mi paciencia —le dijo Enuro mientras miraba al fuego—, el trato era quitar de en medio al inútil de Mushabat y forzar al consejo de ancianos para que te nombren caudillo, y lo hemos hecho. Si ahora deciden que el caudillo sea otro, no será nuestro problema. Quiero el libro y lo quiero ahora.

—Bien, tienes razón, aquí tienes el libro —accedió Gaffar, sacando el libro de una alforja.

El sármata se quedó maravillado ante esa obra de arte. El brillo del libro resplandecía con las llamaradas del fuego, lo tocó suavemente y sintió el frío de las piedras preciosas. Lo abrió y vio que estaba escrito en letras de oro, en un lenguaje que desconocía. Pasó varias páginas en blanco y encontró los nombres de los vencedores del campeonato de la lucha. Volvió a mirar las primeras páginas del libro y miró a Gaffar.

—¿Qué es esto? —le preguntó.

—Es el lenguaje de los antiguos yuezhi —le dijo Gaffar mordiendo un pedazo de carne.

—¿Cómo puedo hacer uso de él si no entiendo lo que dice? —le espetó Enuro levantándose de un salto.

Gaffar no se asustó, siguió comiendo su carne sin apartar la mirada del fuego.

—Tendrás que buscarte un traductor.

—¡Me dijiste que con este libro podría conquistar el mundo! —le gritó Enuro levantándole del cuello—. ¡Bastardo me has engañado!

—Y lo dominarás, simplemente tendrás que tener algo más de paciencia y buscar a un traductor —le dijo Gaffar, respirando con dificultad.

—¿Dónde?

—En Kus… Kushan —a Gaffar le empezaba a faltar el aire y casi no podía hablar.

Enuro soltó a Gaffar, que cayó desplomado al suelo casi sin poder respirar.

—Mandarás a alguien a por ese traductor, mientras tanto, me quedaré con algo tuyo de recuerdo —le dijo Enuro descubriendo un puñal de su cinturón.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Gaffar aterrado.

Sin contestarle, Enuro agarró una oreja del masageta y con un certero corte se la cercenó. Gaffar comenzó a sangrar copiosamente gritando de dolor.

—Que te sirva de escarmiento. Al señor de Kutatisi no le va a engañar un perro masageta. Tu oreja mutilada te recordará todos los días que tienes una tarea pendiente conmigo. Si veo que tardas más de lo razonable en encontrar a un traductor, vendré a por la oreja que te queda y posiblemente no sea lo único que te corte. ¡Ahora vete de mi campamento, bastardo! —le gritó mientras le daba una patada en el estómago.

—Esta noche se reúne el consejo para decidir quién es el nuevo caudillo de Sari —dijo con voz trémula Gaffar—. Te pido, mejor te suplico, que retrases tu partida un par de días, hasta que esté plenamente afianzado como caudillo de la ciudad.

Enuro le miró con desprecio, pero accedió a su solicitud. Tenerle de aliado podría serle útil en el futuro.

—Está bien, si eres nombrado caudillo nos marcharemos en dos días, en caso contrario, mañana al amanecer partiremos. Infórmame esta misma noche, cuando el consejo haya terminado sus deliberaciones.

—Así lo haré, gran señor de Kutatisi.

 

Gaffar cruzó las murallas de la ciudad y entró en su casa. Sentía un fuerte dolor y el muñón que tenía ahora por oreja no dejaba de sangrar. Cogió una tela, la empapó en vino, y oprimió la herida con la intención de cortar la sangría. Cuando la hemorragia comenzó a remitir, cortó varios jirones de una sábana y se hizo un aparatoso vendaje. Sentía fuertes dolores y se encontraba muy débil. Había menospreciado a los sármatas y ahora estaba pagando las consecuencias. Tenía que pensar en una solución cuanto antes o en pocos meses su vida no valdría nada. No tenía ni esclavos ni amigos, no podía mandar a nadie a Kushan a buscar a un traductor, ni siquiera sabía dónde buscar. Agotado, se tumbó en su camastro e intentó descansar, en pocas horas se reuniría el consejo y debía estar lo más lúcido posible. Sus argumentos deberían convencer al consejo de ancianos para que le nombraran caudillo, pero si eso no era suficiente, la amenaza del ejército sármata debería bastar. Volvió a cambiarse el vendaje, su oreja seguía sangrando.

Pocas horas después, un mensajero acudió al campamento sármata. El consejo de ancianos de Sari había tomado una decisión.

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