El designio de los dioses
Capítulo XIV
DESPUÉS de varias semanas de duro asedio, la llegada de Sil-Bal fue un bálsamo para las tropas asirias, que ya temían la imposibilidad de doblegar la ciudad. Desde las almenas, Baal, rey de Tiro, observaba con horror como su ciudad estaba rodeada por tierra y por mar. Sin suministros procedentes de Egipto, que la ciudad sucumbiera al hambre y las enfermedades era cuestión de tiempo. Impotente, veía como los asirios construían un camino de madera y sus formidables torres de asedio estaban cada vez más cerca. Miró a su alrededor y vio a sus súbditos contemplar los movimientos del enemigo en silencio, sus ojos transmitían una profunda preocupación. Un niño lloró y su llanto rompió el espeso silencio, su madre intentó consolarle ante la mirada de varios tirios. El rey se acercó al niño y, sonriendo, le toco la mejilla. El niño se calló al momento y le devolvió la sonrisa. Su madre miraba a Baal con gratitud. El rey de Tiro había tomado una decisión. Haría lo imposible por salvar su hermosa ciudad.
—Mi general —dijo un soldado dirigiéndose a Artacomo—, emisarios de Tiro solicitan audiencia.
Artacomo se encontraba paseando por la playa acompañado por el rey de Gaza, detrás de ellos, y atentos a cualquier movimiento, les seguía sus guardias personales.
—Está bien, pasaremos revista a las naves judías y nos entrevistaremos con los emisarios —dijo el general.
Anduvieron hasta que llegaron a la nave real, un hermoso trirreme fenicio comprado junto con varios barcos más por Sil-Bal, para proteger sus costas de las incursiones piratas. Artacomo se detuvo delante de la bella nave.
—Un barco impresionante.
—Mi mejor compra —dijo satisfecho el rey de Gaza—, me costó un dineral, pero mereció la pena.
—Nosotros apenas tenemos barcos, los asirios vivimos de espaldas al mar.
—Es normal, vuestras ciudades están muy lejos de la costa y ya tenéis a los fenicios para que naveguen por vosotros —dijo con una sonrisa Sil-Bal, mirando a Artacomo.
—Subamos.
Franqueados por los soldados de guardia, entraron en la nave. Artacomo seguía encantado mirando con atención cada detalle del barco cuando apareció ante ellos Garbaal, almirante del rey.
—Artacomo —dijo el rey de Gaza—, este es Garbaal, almirante de mi flota, el mejor marinero que existe en el mundo.
—Saludos general —saludó Garbaal bajando levemente la cabeza.
—Saludos almirante.
Artacomo le preguntó, durante varios minutos, acerca de las características y virtudes del trirreme, cuando hubo saciado su curiosidad, se despidió de él y se dirigió hacia el campamento, donde le esperaban los enviados del rey de Tiro. Cuando llegaron a la tienda, los dos emisarios se pusieron en pie. Hacía un calor horrible y a los tirios no les habían ofrecido ni una gota de agua. A pesar de la sombra, estaban sudorosos y esperaban de buen grado, que el general fuera generoso con ellos y les ofreciera algún refrigerio.
—El rey de Tiro, nuestro señor Baal, os saluda —dijo uno de ellos—. Mi nombre es Zalamet, soy el primer ministro de su majestad y él es Itbalem, heraldo mayor del reino. Venimos en nombre de nuestro rey para negociar la paz con el poderoso Artacomo, general del imperio asirio. Ruego que mis palabras sean escuchadas.
Zalamet era un hombre de mediana edad, de cara muy redonda y frente muy despejada, sus ojos eran claros y emanaban autoridad, vestía una túnica larga hasta los tobillos de color blanco con borlas. Itbalem tenía la cara alargada y la nariz aguileña, la espalda la tenía ligeramente encorvada y era extremadamente delgado. Vestía una túnica de color marrón oscuro y tenía la cabeza cubierta por un sombrero de forma cónica, ligeramente alargada, del mismo color que la túnica.
—Hablad pues —dijo el general, mientras tomaba asiento y se servía un vaso de agua fresca ante la rogante mirada de los emisarios.
—Nuestro rey pide perdón al rey Assarhaddon por el levantamiento, está dispuesto a pagar una fuerte suma en compensación por los soldados muertos y a volver a someterse al poder asirio —dijo Itbalem, que miraba de soslayo la jarra de agua.
Era lo que Artacomo esperaba. El general sabía que Baal, mientras controlase la costa, no se rendiría. Tiro debía ser conquistada, pues no podía ser asediada a no ser que se dispusiera de barcos. Pero el rey de Tiro no contaba con las naves de Sil-Bal, ahora no tenía escapatoria, o pedir la paz o morir de hambre. La rendición era solo cuestión de tiempo. Pero Artacomo no se lo iba a poner nada fácil.
—Han muerto muchos soldados, y el gobernador fue salvajemente asesinado ¿qué compensación puede subsanar, aunque solo sea en parte, tal ofensa? —preguntó enérgicamente Artacomo.
—Hace muchos años, Ezequías, rey de Jerusalén, entregó treinta talentos de oro y ochocientos de plata al rey asirio Senaquerib, para salvar la ciudad, estamos dispuestos a pagar el doble —dijo Zalamet—. Si Senaquerib perdonó a Jerusalén, espero que tú también perdones a Tiro.
No era una mala oferta, además, no deseaba un asedio largo, su objetivo era otro y faltaban pocos meses antes de que llegase el invierno y las lluvias convirtieran los caminos en lodazales impracticables.
—¿Qué más ofrece tu rey? —preguntó indiferente el general, mientras se servía otro vaso de agua. Bebió un trago y el resto lo tiró al suelo ante la mirada suplicante de los tirios.
—Tiro volverá a ser ciudad tributaria de Asiria —contestó Zalamet.
—Eso es evidente —dijo con desdén Artacomo.
—Ofreceremos rehenes que garanticen nuestra lealtad —dijo Itbalem.
—Será la familia de Baal la que garantice la lealtad de Tiro. Todos los miembros de la familia real, exceptuando a Baal, serán deportados a Nínive. Se os prohibirá cualquier contacto con Egipto, incluso comercial. El rey será encerrado en palacio y no podrá salir mientras viva o mientras Assarhaddon lo estime oportuno. No tendréis ejército, y doscientos de vuestros habitantes de entre quince y treinta años serán ejecutados. Nosotros elegiremos a los prisioneros. Además, mil tirios serán deportados a tierras asirias. Una guarnición de cinco mil soldados asirios, mantenidos por Tiro velará por el cumplimiento del acuerdo. Estas son mis condiciones y hoy mismo, antes del anochecer, espero respuesta.
Los emisarios se quedaron de piedra, no esperaban unas condiciones tan duras. El presidio del rey, la deportación de la familia real junto con mil tirios, la ejecución de doscientos tirios, el pago de tributos y el mantenimiento de los soldados asirios, además, de la prohibición de comerciar con Egipto, su mejor cliente, hacían muy difícil la supervivencia de la ciudad.
—Son condiciones muy duras, significaría el fin de mi pueblo —se atrevió a protestar Zalamet.
Artacomo se levantó como una centella, desenfundó su espada y atravesó el corazón del primer ministro tirio, que cayó muerto al suelo.
—¿Algo más que decir? —preguntó Artacomo, aún de pie y con la espada goteando sangre.
Itbalem negó con la cabeza, sus ojos reflejaban sorpresa y horror, estaba tan aterrorizado que no podía moverse.
—Pues vete entonces. ¿A qué estás esperando?
El tirio huyó del campamento asirio temblando hasta los huesos, tenía la mirada fija en Tiro y corrió hacia su ciudad sin mirar atrás. Antes del anochecer, Artacomo recibió la respuesta de Baal. La ciudad se rendía.
Varios días después de la ejecución de Zalamet, el ejército asirio partió hacia Gaza. Artacomo, tal y como había acordado con los tirios, dejó cinco mil soldados como guarnición en la ciudad, además, otros veinte mil escoltarían el enorme tributo y a los mil tirios deportados hacia Nínive. A sus espaldas, dejó doscientas cabezas cortadas e insertadas en estacas clavadas en el istmo que unía la ciudad costera con la fortificada. Artacomo entregó diez talentos de oro y doscientos de plata a Sil-Bal como gratitud por el envío de su flota, de los cuales, cinco talentos de oro serían depositados en las arcas de Gaza pero pertenecerían a Artacomo. Sil-Bal, aceptó de buen grado el acuerdo con el general y le entregó una tablilla de arcilla que le identificaba como dueño y señor de esa cantidad de oro. Después de un gran festejo en honor a los dos grandes líderes, Sil-Bal organizó su flota y se dirigió por mar a Gaza, mientras que los asirios se dirigieron a la ciudad por tierra. La campaña estaba siendo muy provechosa para el general asirio, que volvería a Nínive siendo inmensamente rico.
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