El designio de los dioses
Capítulo IV
EL REY se encontraba en la sala del trono despachando con algunos nobles, cuando el mayordomo real, le comunicó que el sacerdote reclamaba audiencia. Assarhaddon, impaciente por conocer los designios de los dioses, despidió a los nobles e hizo llamar al sacerdote, que inmediatamente entró en la sala.
—Saludos, mi rey —dijo el sacerdote.
—Saludos, sacerdote, ¿cuáles son los augurios de los dioses?
—Los dioses se han manifestado, mi señor, pero de forma ambigua y confusa.
—¡Explícate! —ordenó impaciente el rey.
El sacerdote hizo una pequeña pausa para captar, aún más, la atención de su rey. Se le acercó con paso lento y las manos entrelazadas.
—Tal y como le comenté a su majestad, ayer sacrifiqué un cordero y estudié su hígado. Los dioses se han manifestado a través del sacrificio y me han confirmado la victoria de nuestras invencibles tropas sobre nuestros enemigos, los cimerios. Pero también, ciertas marcas o señales en el hígado, parecen indicar que los dioses han percibido vuestro plan para que Kalam muera y pueda yacer con Damkira.
—¿Qué? ¿Cómo es posible?
—Los dioses saben que vuestra majestad ha enviado a Kalam a la guerra contra los cimerios para que sean ellos, y no usted, quienes acaben con él, con el único objetivo de poseer a su mujer, y están muy irritados — el sacerdote negó con la cabeza y miró al suelo con expresión preocupada.
Al rey le temblaban las manos y se sirvió un vaso de vino, se lo bebió de un solo trago y volvió a servirse otro vaso, dándole un trago más corto. Los dioses habían descubierto su plan, se sentía como un ratón atrapado por un gato. Aterrorizado, creyó que se iba a desmayar. Con dificultad, pudo llegar hasta su trono y cayó abatido sobre él.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó en un susurro casi inaudible.
—Los dioses son sabios y solo ellos pueden decidir cuándo alguien vive o muere y no van a tolerar que ningún hombre juegue a ser dios y, ni mucho menos, intente burlarse de ellos —miraba la cara de Assarhaddon, que estaba realmente aterrado—. Y su mensaje es el siguiente; Kalam irá finalmente a luchar contra los cimerios, si muere en combate, su majestad podrá hacer de la esposa del asu su mujer, pues los dioses habrán decidido que debe morir. Pero si vuelve, significa que tiene su favor. En tal caso, deberá darle una importante suma de oro y el médico, tendrá que partir de palacio y de Nínive. Que Kalam y su mujer estén cerca de su majestad, le desequilibra y por lo tanto, perjudican al imperio. Si los dioses deciden que debe vivir, lo hará, pero lejos, muy lejos de usted.
—¿Es eso lo que quieren los dioses? ¿No me castigarán por mi comportamiento? —preguntó esperanzado el rey.
—Efectivamente, mi señor, los dioses le aman y no le castigarán por su osadía. Demos gracias a Shamash, que se ha revelado en el sacrificio permitiéndome interpretar sus deseos. Debemos rezarle hasta el fin de nuestros días —dijo Nisher-Sag con tono solemne, levantando los brazos al cielo.
—Así se hará. Kalam irá a la guerra contra los cimerios y que los dioses decidan si vuelve o no. Como muestra de gratitud, pasaré toda la noche orando en el templo de Shamash. Le estoy infinitamente agradecido —dijo el rey, juntando las manos y mirando hacia el cielo.
Nisher-Sag miraba satisfecho al rey. El plan, orquestado por la reina, había funcionado en su totalidad.
—Debemos respetar el designio de los dioses, si queremos que la prosperidad, siga bendiciendo vuestro gran imperio —dijo el sacerdote.
El rey asintió levemente con la cabeza.
—Puedes marcharte —dijo Assarhaddon, que continuaba temblando en su trono.
El sacerdote salió de la sala y se dirigió hacia los jardines interiores, donde la reina le estaba esperando. El plan había salido mejor de lo previsto y Nisher-Sag estaba satisfecho. Independientemente de lo que le deparase el destino, Kalam era historia; o moría en el campo de batalla o tendría que marcharse de Nínive para nunca volver. Ahora era la reina madre quien tenía que actuar, debía proteger a Kalam para que volviera sano y salvo después de la campaña contra los cimerios. Nakiya, llamó a uno de sus siervos y después de darle un mensaje, le ordenó que se dirigiera al campamento militar.
Kalam recibió la noticia por Imashar. No entendía por qué tenía que ir a la guerra. Su padre le había enseñado bien el manejo de la espada e incluso era bueno con el arco, pero no era un soldado. Además, el asu del rey, no solía alejarse de palacio. Era algo anómalo y se temía el motivo. Ni siquiera Assarhaddon, se lo había comunicado personalmente. Desde que Imashar le dio la noticia, había intentado reunirse con él en innumerables ocasiones, pero había sido inútil. Temía tanto por su vida como temía por su mujer y por su hijo.
Era su última noche en palacio antes de partir. Poco después del alba, tenía que presentarse ante el general Artacomo. La campaña militar duraría poco, o eso, por lo menos, le había dicho Imashar, cosa de tres o cuatro meses, luego volvería a casa con los honores que corresponden a todo un héroe.
La estancia estaba fresca, era noche cerrada y por las ventanas se oía el suave susurro del viento al golpear indolente las cortinas. Estaban en penumbras, había pocos candiles encendidos y por la ventana solo entraba el frescor de la noche, fuera, la oscuridad lo envolvía todo.
Kalam estaba en la cama abrazado a su mujer. Al amanecer, partiría hacia la guerra, algo desconocido para él. El médico se encontraba mirando al techo, sumido en sus pensamientos, mientras que Damkira le acariciaba el pelo. Era su última noche antes de partir y desconocía si volvería vivo. Estaban callados, no querían que un solo susurro rompiera la magia del momento. Las horas pasaban y el sueño no llegaba, finalmente, el sol asomó con timidez entre las montañas y el amanecer difuminó el hechizo, haciéndoles volver a la cruda realidad.
Damkira se levantó y le preparó el desayuno a su marido. Leche de cabra, pan, uvas pasas y algo de queso, fue su frugal almuerzo. Kalam comió con desgana, no tenía demasiado apetito. Su mujer le preparó una bolsa de tela donde metió más comida para el camino. Pan, higos, dátiles y queso de cabra eran envueltos con sumo cuidado por la amante esposa, que intentaba reprimir unas fugaces lágrimas. Dos soldados y un esclavo, enviados por el rey, esperaban impacientes en la puerta para ayudar al asu, a acarrear los utensilios que necesitaba llevar para la campaña.
—Cariño ten cuidado —dijo Damkira abrazando con fuerza a su marido, sin poder aguantar más las lágrimas.
—No te preocupes, mi vida, estaré en la retaguardia cuidando a los heridos, me mantendré todo lo lejos que pueda de la batalla —dijo Kalam, mientras correspondía a su mujer con otro abrazo.
—Te quiero y si te ocurriera algo, me moriría —dijo Damkira entre sollozos.
—Amor mío, pronto estaré de vuelta, no temas por mí.
—Señor, se está haciendo tarde —dijo un poco incómodo un soldado.
—¡Esperad! —ordenó malhumorado—. Aún no me he despedido de mi hijo.
Kalam, acompañado por Damkira, se dirigió a la habitación donde dormía plácidamente el pequeño. Se agachó y le besó suavemente en la mejilla.
—Te quiero hijo mío, cuida de mamá mientras papá esté lejos —dijo Kalam, con los ojos húmedos.
El esclavo cogió todos los bultos del asu y los colocó en un carro de mano. Los soldados le miraban impacientes, si llegaban tarde, el oficial de guardia les daría unos buenos latigazos.
Kalam se encontraba en la puerta de su casa, abrazado a su mujer.
—Volveré.
—Te estaré esperando.
Se dieron un fuerte beso y Kalam partió junto con el esclavo y los dos soldados. Echó una mirada atrás y vio que Damkira, corría llorando hacia la casa, no quería que su marido la viera rota por el dolor. Los dos soldados miraban la escena con cierto júbilo, eran hombres acostumbrados al dolor y al sufrimiento y cualquier muestra de sensibilidad la veían como un síntoma de flaqueza y debilidad.
—¡Vamos esclavo, date prisa o te daré unos azotes! —gritó un soldado.
—Quieto soldado —le ordenó Kalam—, ya tendrás tiempo de gastar todas tus energías con los cimerios.
—Sí, señor, lo que ordenéis —obedeció el soldado, mirando con desprecio al esclavo.
Kalam llegó al campamento militar y se presentó ante Artacomo. Enseguida reconoció en él al hombre que, durante la fiesta en honor al dios Shamash, hizo gestos obscenos y se rio a carcajadas cuando su mujer fue presentada al rey. Sin duda, no era el mejor de los comienzos. El general era un hombre fornido, con el cuerpo curtido por mil batallas y el rostro marcado por una enorme cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda. Kalam la observó y pensó que debió ser muy dolorosa. Por la marca que le dejó, se trataba de una herida producida por una daga extremadamente afilada. Además, el cirujano que intentó curársela, no acertó con el tratamiento. Lo irregular de la cicatriz indicaba, a todas luces, que se infectó en varias ocasiones. «Seguro que ha estado muy cerca de la muerte», pensó Kalam. El general no tardó en percatarse del interés de Kalam por su cicatriz.
—Veo que mi vieja herida te interesa.
—Lo siento, general —dijo avergonzado Kalam.
—Saciaré tu curiosidad —dijo Artacomo mientras bebía un vaso de vino de un solo trago—. Me la hizo una palestina. La muy zorra aprovechó que estaba durmiendo, cuando me atacó. Me desperté justo cuando iba a clavarme una daga y pude esquivarla. Bueno, mejor dicho, casi la esquivo —dijo el general mientras emitía una estentórea carcajada—. La estrangulé allí mismo, y luego ordené a mis esclavos que la violaran.
—¿Por qué intentó matarte?
El eructo del general debió oírse a kilómetros a la redonda.
—Bueno, quizá que degollara a su padre y violara a su madre, tuvo algo que ver —dijo Artacomo riendo de nuevo—. Maldita zorra palestina, era de Jericó, fuimos allí hace varios años para sofocar una pequeña revuelta. Esos bastardos no volverán a revelarse contra la gran Asiria durante algún tiempo. Y, ahora, vamos a por esos hijos de perra cimerios —dijo el general mientras se servía otra copa de vino y se la volvía a beber de un trago—. Les machacaremos y luego violaremos a sus mujeres e hijos, en fin, lo de siempre —terminó de decir, mientras se sentaba de forma brusca en una silla—. ¿Sabes manejar algún arma?
—La espada —dijo lacónicamente el médico, que ya empezaba a odiar al general.
—Bueno, aquí no vienes a luchar —dijo Artacomo mientras se servía otra copa—. Estarás en la retaguardia, junto con los esclavos y demás cirujanos. Los dos soldados que te han escoltado hasta el campamento, son tu guardia personal, velarán por ti día y noche. Eres el asu de su majestad y debo protegerte. Bueno, basta de charla ¡Traed mi caballo! ¡Partimos! — ordenó el general mientras se levantaba de la silla con cierta dificultad.
El ejército salió de la ciudad en loor de multitudes, los habitantes de Nínive se agolpaban para ver el desfile, mientras pétalos de distintas flores impregnaban el ambiente de un embriagador aroma. Música de trompetas y laúdes acompañaban al ejército, seguido con atención por el rey desde el palacio. Tres mil soldados de infantería, mil jinetes, trescientos carros de combate, varios cientos de esclavos y tropas auxiliares, componían el grueso del ejército. El general Artacomo disfrutaba del desfile. Hombre aguerrido, sin escrúpulos, una auténtica máquina de matar. Dirigía a sus hombres con mano de hierro, y no toleraba el más mínimo error. Sus órdenes nunca eran cuestionadas, eran ciegamente obedecidas, aunque eso significase una muerte segura. Sus enemigos le temían, era conocido en todo el imperio por su crueldad y sadismo.
El ejército cruzó las murallas y salió de la ciudad, marcharon durante varios días atravesando las profundas aguas del rio Habur, crecido por el tardío deshielo, cruzaron la ciudad de Gushi, donde se aprovisionaron de alimentos y caballos de refresco, y finalmente tuvieron a la vista la ciudad de Harran, que todavía no había sido atacada por los cimerios.
Se encontraban a varios kilómetros de Harran y ya podían oír los gritos de júbilo de sus habitantes. Un grupo de jinetes salió de la ciudad para recibir al ejército. Cruzaron la puerta principal entre los vítores del gentío, los hombres abrazaban a los soldados mientras que las mujeres les besaban. Los niños desfilaban detrás de los soldados, imitando su aire marcial. Cruzaron el templo del dios-luna Sin, donde el sacerdote junto con sus asistentes estaba degollando un carnero. En ese momento, Artacomo ordenó a su ejército que se detuviera y bajó del caballo. Se dirigió hacia el templo del dios-luna Sin, el sacerdote vio como un enorme soldado se dirigía hacia él, y dejó el carnero ensangrentado al cuidado de sus asistentes.
—Saludos, señor, seáis bienvenido al templo de nuestro dios-luna Sin —saludó el sacerdote.
—Saludos —dijo respetuoso el general—, debo deciros que soy fiel seguidor del dios-luna Sin, pero nunca he tenido la ocasión de visitar su templo.
—Es un gran honor para mí poder enseñároslo —dijo el sacerdote lleno de orgullo—. En este momento, estaba realizando un sacrificio en su honor para agradecerle vuestra llegada, pero crucemos dentro por favor.
Entraron dentro del templo, el techo estaba construido de madera de cedro fenicio, y una gran escultura de piedra del poderoso dios, dominaba toda la estancia. Representado con una larga barba, estaba coronado con una luna creciente sobre una tiara con cuernos.
—Es una figura imponente —dijo el general.
—No puede ser de otra manera, tratándose del padre de Shamash e Ishtar.
—¿Es cierto qué todos los dioses una vez al mes vienen a consultarle? —preguntó el general.
—Así es, el dios-luna Sin, es el más sabio, incluso el todopoderoso dios Assur le pide consejo —dijo orgulloso el sacerdote.
El general se inclinó ante la imponente figura, oró durante unos minutos y salió del templo acompañado por el sacerdote. Observó el carnero muerto y como los acólitos del dios-luna depositaban sus entrañas en una bandeja de plata.
—Espero que los augurios sean propicios —dijo Artacomo.
—Estoy convencido que así será.
—Coge esto —dijo el general mientras le entregaba una pequeña bolsa de cuero— son veinte siclos de plata, espero que tengas suficiente para unas cuantas oraciones en mi nombre, mientras dure la campaña contra los cimerios. Yo estoy muy atareado, y no suelo tener tiempo para rezos.
—Será más que suficiente —dijo el sacerdote mientras cogía la bolsa—, eres muy generoso.
—Ja, ja, ja, espero que con esta plata, pueda lavar mis numerosos pecados —dijo el general mientras bajaba por la pirámide escalonada.
Artacomo montó en su caballo y se dirigió al palacio donde se encontraba el gobernador de la ciudad, que le esperaba impaciente en la puerta. Estaba inquieto y la visita del general al templo del dios-luna Sin, le había puesto aún más nervioso. Cuando vio llegar a Artacomo, no esperó a que este bajara de su caballo y fue a su encuentro.
—¡Valeroso general Artacomo! —exclamó con risa nerviosa el gobernador—. Los dioses han sido propicios, y han permitido que llegues a nuestra ciudad antes que los cimerios.
—Gobernador Mushukib, me alegro de llegar antes a la gloriosa Harran, que esos hijos de perra —dijo el general, mientras le daba un cortés abrazo.
—Artacomo, déjame presentarte a Ummun, gobernador militar de la ciudad.
—Saludos, Ummun —dijo Artacomo, cogiéndole el antebrazo.
—Saludos, Artacomo.
—Entremos al palacio —dijo el gobernador—, seguro que querrás comer algo y descansar, más tarde Ummun y yo te pondremos en antecedes.
—Me parece bien, pero mientras comemos me informaréis de la situación. No quiero perder ni un solo segundo, deseo eliminar cuanto antes a esos bastardos —dijo el general, ansioso por entrar en combate.
Entraron en palacio Mushukib, Ummun, Artacomo y sus tres capitanes, el de infantería, caballería y carros. Dentro del palacio, les esperaban varios nobles y altos funcionarios. La sala principal estaba bien decorada con tapices y mosaicos. La silla principal del gobernador había sido retirada, y en su lugar habían colocado divanes y grandes cojines de terciopelo de distintos colores. El aroma a jazmín impregnaba toda la sala. En el centro, había un espacio libre, utilizado principalmente para la realización de todo tipo de espectáculos, con el fin de entretener a la clase dirigente de la ciudad mientras comían. Artacomo se tumbó en un diván cerca con Ummun y Mushukib, el resto de comensales se pusieron cómodos y se sentaron en divanes y cojines. Al leve sonido de un laúd, aparecieron sirvientes que portaban distintas bandejas de comida, tinajas de vino y sikaru restu. Carnes asadas de oveja y cabra, higos, uvas, carne de caza y distintos tipos de panes y quesos comprendían la comida. Los sirvientes llenaban constantemente las copas de los invitados con vino y cerveza. Cuando ya estaban suficientemente ebrios, volvió a sonar el laúd y un grupo de bailarinas, ligeramente vestidas, entró en la sala. Pasó poco tiempo antes de que Artacomo cogiera con brusquedad a una de ellas y la tumbara en el diván. Sus capitanes, al ver el comportamiento de su general, hicieron lo propio y pronto toda la sala se llenó de bailarinas corriendo, de un lado para otro, tratando de huir de los oficiales, que borrachos, las perseguían con lascivas intenciones. Los anfitriones miraron con perplejidad la escena pero no hicieron nada. Conocían la fama de su general, y al fin y al cabo, había ido a Harran a ayudarles.
—La fama que tiene este hombre le precede, espero que le haya gustado mi regalo —dijo sonriendo Mushukib al gobernador militar.
—Estoy seguro que sí, solo hay que ver lo bien que se lo está pasando —le contestó mirando a Artacomo, que yacía junto con dos bailarinas en ese momento.
—Dejemos que disfruten y descansen —dijo el gobernador, mientras se levantaba.
—Será lo mejor, no sea que también se encaprichen de nosotros —dijo Ummun, riéndose a carcajadas.
Todos los comensales salieron de la sala del palacio dejando solos a Artacomo y sus hombres que, entretenidos como estaban con las bailarinas, ni siquiera se dieron cuenta. Después de entregarse durante varias horas al desenfreno y la lujuria, cayeron profundamente dormidos.
Durmieron hasta bien entrada la mañana. A Artacomo le dolía la cabeza y tenía un humor de perros, y sus capitanes no estaban mejor que él. Ordenó que le sirvieran el desayuno, y varios sirvientes le llevaron pan, queso e higos secos junto con vino y cerveza. Se bebió una jarra de vino, comió algo de queso y empezó a sentirse de mejor ánimo. A su alrededor, empezaban a despertarse algunas bailarinas, que inmediatamente al ver que los soldados estaban ya despiertos, se hicieron las dormidas. Artacomo salió del palacio y se dirigió al templo del dios-luna Sin, antes de hablar con Ummun o con Mushukib, quería conocer los augurios de los dioses. Subió rápidamente la escalinata del templo y entró por la puerta. Allí encontró al sacerdote junto con algunos de sus acólitos rezando sus oraciones. Artacomo era muy religioso y ferviente seguidor del dios-luna y esperó a que el sacerdote terminara sus rezos para acerarse a él y preguntarle. No quería importunar a su amado dios, interrumpiendo las oraciones de su sacerdote.
—Que los dioses te protejan Artacomo —dijo el sacerdote.
—Saludos, ¿qué designios nos deparan los dioses?
—Bueno —dijo el sacerdote mientras bajaba las escaleras del templo junto con Artacomo—, a veces son algo ambiguos y no se revelan con la claridad que nos gustaría.
—¿Qué quieres decir? —preguntó impaciente el general.
—Ayer sacrifiqué un carnero, pero no vi nada fuera de lo común. Los dioses no se manifestaron, pero por la noche, estudié la luna y los astros.
—¿Y bien? —preguntó Artacomo, aún más impaciente.
—Bueno, leí que pronto va a haber una gran batalla —dijo el sacerdote, mientras seguían caminando por una atestada calle— y que Asiria, nuevamente saldría victoriosa.
—Eso está bien —dijo más tranquilo el general.
—Pero hay algo más.
—¿El qué? —preguntó Artacomo, parándose en seco.
Un hombre chocó contra Artacomo y este le empujó mandándole a varios metros de distancia. El sacerdote no se atrevió a intervenir.
—También vi algo semejante a un cometa —continuó el sacerdote, mientras miraba como se levantaba el aterrado hombre del suelo y salía corriendo—. Esto significa que pronto habrá cambios, cambios importantes en Asiria.
—¿Serán buenos o malos dichos cambios?
—Cuando aparece un cometa, siempre ocurre algo importante. Puede ser bueno o malo, por eso te he dicho, que a veces los dioses son ambiguos. Por ejemplo, pocos días antes de que Senaquerib, el padre de nuestro amado rey, destruyera Babilonia apareció un cometa. El cometa significó la destrucción de Babilonia, pero fue un mensaje de nuestro poder para el resto del mundo. Pero no debes preocuparte querido amigo, de momento los dioses están contigo y vencerás a los cimerios.
El general asintió y le cogió del hombro.
—Eso es lo que quería oír —dijo satisfecho Artacomo.
—Me dirijo a la casa de un comerciante de telas, está gravemente enfermo. Me ha mandado llamar su mujer. ¿Quieres acompañarme?
—¿Qué es lo que le ocurre?
—Ha debido cometer algún pecado horrible y la diosa Ura ha enviado a uno de sus demonios que le ha poseído. Hace semanas que sufre ataques y por lo que dice su mujer, cada día son más fuertes.
—¿Qué tipo de ataques?
—Grita, le dan espasmos, luego cae al suelo y se pone rígido, y en algunas ocasiones le sale espuma por la boca.
—Sí que parece que esté poseído por algún demonio, ¿no es posible realizarle algún exorcismo?
—Este tipo de enfermedad se debe a su mala conducta, en cuanto repare su error volverá la normalidad. No creo que sea necesario realizar ningún tipo de exorcismo.
Siguieron caminando por la ciudad hasta que llegaron a la casa del comerciante. La vivienda de dos plantas, era de adobe cocido y estaba ricamente decorada, delatando el estatus de sus dueños. La mujer recibió a los visitantes entre sollozos y les acompañó hasta la alcoba del enfermo, que se encontraba sentado en una silla mirando por la ventana.
—Immal, están aquí el sacerdote del templo de Sin y un acompañante —dijo la mujer.
Immal se levantó y se dirigió hacia los visitantes, estaba sonriente y no tenía apariencia de enfermo.
—Saludos, sacerdote y… —dijo el comerciante, mirando al general.
—Artacomo, general del ejército asirio.
—Es un honor para mí recibir tan ilustres visitantes. Mujer trae algo de beber y comer para la visita —dijo nervioso el comerciante. La fama de Artacomo le precedía, y era temido tanto por enemigos como por amigos.
La mujer salió de la estancia, y al poco tiempo regresó con una jarra de sikaru, almendras, algo de carne de cabra y panecillos con pasas.
—Me ha comentado tu mujer que estás enfermo —dijo el sacerdote.
—Efectivamente, según parece tengo ataques en los que pierdo el conocimiento. Dice mi mujer que mi cuerpo se mueve de forma convulsiva, a veces me desplomo al suelo y escupo espuma. Cuando me despierto me encuentro desorientado, no sé donde estoy y no reconozco ni a mi mujer… lo cual no es del todo negativo —añadió ante las risas de los presentes—. A veces estos ataques duran poco tiempo sin embargo, otras veces puedo estar desorientado durante gran parte del día.
—¿Sabes a qué puede deberse esos ataques? —preguntó el sacerdote, mirándole fijamente a los ojos, esperando que confesaran un horrible pecado.
—No, nunca me había pasado antes —dijo Immal, apartando la mirada. El sacerdote le ponía nervioso.
El sacerdote miró a Artacomo y asintió, el comerciante le había retirado la mirada, porque sentía vergüenza por algún pecado cometido.
—¿Has cometido algún pecado horrible? —preguntó el sacerdote.
—No, soy respetuoso con las leyes.
—¿Has robado o engañado a alguien?
—No.
—¿Has blasfemado o ultrajado a los dioses?
—No, nunca, soy respetuoso y fiel creyente del dios-luna Sin.
—¿Tienes hijos?
—Sí, tengo una hija y un hijo.
—¿Te has acostado con tus hijos o tus hijos se han acostado entre ellos?
—No, por todos los dioses, son mis hijos —respondió indignado el enfermo.
El sacerdote se paseó por la estancia y comenzó a hablar mirando tanto al paciente como al general. Artacomo tuvo la impresión de encontrarse delante de un maestro que impartía con diligencia una clase a sus alumnos.
—Cuando los dioses castigan a los hombres enviando enfermedades como la tuya, es porque el orden se ha roto. Has debido hacer algo que les ha irritado y como castigo Ura ha enviado a uno de sus demonios, que te ha poseído. Debemos identificar el mal que has cometido para restaurar de nuevo el orden y así expulsar al demonio de tu cuerpo y que regrese a los infiernos de donde vino. Debes ser sincero, si quieres curarte.
Immal negó con desesperación.
—Soy sincero —dijo implorando el enfermo—, no sé qué me pasa, ni porqué, pero te puedo asegurar que soy un buen ciudadano asirio que cumple todas las leyes, paga sus impuestos y no he cometido ningún delito y naturalmente, tampoco he cometido ningún pecado.
—Es posible que hayas pecado sin darte cuenta —dijo el sacerdote.
—Puede ser pero nunca sería mi intención —claudicó Immal. Una leve sonrisa escapó de los labios del sacerdote.
—Bien, vamos a intentar expulsar a ese mal que te consume —dijo el sacerdote mientras sacaba de una bolsa una figura de alabastro con forma monstruosa y amenazante— quiero que coloques esta figura cerca de tu cama. También tendrás que beber dos vasos al día de tu propia orina mezclada con heces y sangre de oveja. Tendrás que sacrificar un carnero cada dos días, y beber su sangre directamente de su cuello. Este carnero deberás sacrificarlo en el templo del dios-luna Sin, y lo harás en honor de la diosa de la salud Nin-Karrak.
—¿Es necesario que beba esa bazofia? —preguntó con asco el enfermo.
—Al beber ese líquido, los demonios que están en tu cuerpo se asquearán y saldrán de él —dijo el sacerdote.
—¿Y la figura del monstruo que representa? —preguntó el general.
—El demonio, cuando salga de su cuerpo y vea al monstruo, huirá espantado y no volverá. Si haces lo que te digo te curarás, pero deberás hacer memoria y pensar que has podido hacer para enfadar a los dioses, de esta forma, sanarás más rápidamente.
—Haré lo que dices sacerdote —dijo resignado el enfermo.
—Que los dioses te protejan Immal —dijo el sacerdote.
—Que los dioses os bendigan grandes señores —se despidió Immal.
El sacerdote y el general se despidieron en la puerta del comerciante, y Artacomo se dirigió hacia el campamento militar, donde le estaban esperando sus capitanes. Pensaba en lo vengativos y crueles que son los dioses y eso le agradó. ¿Sería él también un dios?
«Soy cruel y vengativo como el que más, y castigo a los enemigos de Asiria por sus pecados contra el imperio. Si no soy un dios por lo menos me considero su brazo ejecutor», pensó con agrado.
Continuó su camino y miró con desprecio a todo el que se encontraba a su paso. Él era un ser superior, un semidiós cuya misión en la tierra era impartir la justicia asiria. Él no había elegido ese trabajo, pero lo realizaría con agrado, pues era su obligación.
«¿Qué pecado habría cometido aquel desgraciado para enfadar de esa manera a los dioses? —continuó pensando—. Fuera lo que fuera, seguro que no era ni la mitad de horrible que todas las barbaridades que yo he cometido en mi vida. Asesinatos, mutilaciones, violaciones y demás excesos y pocos daños he sufrido. Algunas heridas leves y la profunda cicatriz en mi rostro, son el precio que he pagado a los dioses por mi comportamiento. Un precio muy bajo a todas luces. Sin duda alguna, soy el brazo ejecutor de su ira, y me adoran», pensó con regocijo.
Inmerso aún en sus pensamientos, llegó al campamento y se reunió con sus capitanes. En el cuartel todo estaba en orden y los soldados estaban impacientes por empezar el combate. Los cimerios tenían fama de ser grandes guerreros y expertos jinetes. Él nunca se había enfrentado a ellos y, al igual que sus soldados, también estaba impaciente. Preguntó por Kalam y le dijeron que se encontraba en el foro, pasando consulta a los habitantes de la ciudad. Artacomo, acompañado por sus capitanes, se dirigió al foro donde una larga fila de enfermos le guio directamente a la consulta del médico. Allí pudo ver como Kalam, atendía a los habitantes de Harran, que dudaban de los métodos del sacerdote o que simplemente, no habían sentido ninguna mejoría después de haber escuchado sus consejos. Que el asu del rey, pasara consulta a todo el pueblo, era un acontecimiento inédito y los ciudadanos aquejados de algún tipo de molestia, no podían desaprovechar la ocasión de escuchar sus sabios consejos. Le observó durante unos momentos y vio como recetaba extracto de abedul para la artritis, semillas de girasol y miel para el asma y amapola para combatir la tos. Le llamó la atención que en ningún momento, invocara a los dioses, no vio ninguna pequeña escultura de la diosa de la salud Nin-Karrak, o de otros dioses, ni siquiera vio alguna figura monstruosa que espantara los males de los desgraciados, como hacía poco tiempo había visto hacer al sacerdote del templo de Sin. Sintió curiosidad por saber qué tratamiento habría utilizado con el endemoniado que acabada de ver y se acercó a él.
—Saludos, Kalam.
—Saludos, general.
El asu vendaba el brazo de un hombre, con una tela impregnada con aloe vera.
—Veo que estás muy atareado, espero que te sobre tiempo para cuidar de mis soldados —dijo Artacomo, con cierto tono de reproche.
Kalam no se inmutó. Quizá por desconocimiento, quizá por imprudencia, el general no le infundía ningún tipo de temor. Si acaso, desprecio.
—Tus soldados gozan de buena salud. Ayer pasé consulta a primera hora, y pocos fueron los que necesitaron de mis servicios, o del resto de cirujanos, nada grave que les pueda evitar entrar en combate.
—Bien —dijo satisfecho el general—. He visto que no te sirves de los dioses para realizar tus curas.
—Para eso ya están los sacerdotes, yo prefiero utilizar los medios que me proporciona la naturaleza.
—Ya veo, acabo de estar con el sacerdote, hemos ido a la casa de un desgraciado que ha sido poseído por el demonio.
El médico hizo como si no le hubiera escuchado. Imaginaba cuáles eran sus intenciones.
—Ahora debes mezclar miel y aloe vera, tendrás que hacer una pasta y dejarla macerar en un litro de vino, humedece la tela y venda la herida, cambia el vendaje por lo menos una vez al día —dijo Kalam a su paciente.
—Gracias señor.
—¿No has oído lo que te he dicho médico? —gritó el general, que no estaba acostumbrado a que le ignoraran.
—Lo siento, estaba concentrado en mi paciente. Debo decirte, mi general, que no creo en los demonios, pienso que todas las enfermedades y todos los males tienen una causa natural, y que no basta con rezar a los dioses para conseguir la cura.
—Eso que acabas de decir es blasfemia, podría acusarte de ello ante el gobernador y el sacerdote, y podrías ser ejecutado —amenazó el general.
El siguiente paciente, que estaba escuchando la conversación, decidió darse la vuelta y no ser atendido por el médico.
—Estás asustando a mis pacientes.
—Ja, ja, ja —rio el general—, creo que más les asustas tú con tus blasfemias, pero no temas, no voy a denunciarte, te necesito para esta campaña.
—Me alegro —dijo distraído el médico, que llamó con la mano al siguiente paciente—. ¿Qué te ocurre?
—No es a mí, mi señor —dijo la mujer—, es a mi marido.
—Dime entonces.
—Sufre dolores en la tripa y en el costado, además, tiene sangre en la orina. Se encuentra muy enfermo y lleva así varios días. Cada vez se encuentra peor —dijo la mujer entre sollozos.
—Dime mujer, ¿tu marido bebe agua?
—No señor, odia el agua, solo bebe vino y sikaru.
—Está bien, te voy a dar un remedio para curarle. No debes preocuparte por él, tu marido no tiene ninguna enfermedad grave y se curará siempre y cuando haga lo que yo te diga.
—Claro mi señor —dijo esperanzada la mujer.
Kalam cogió una bolsa de un arcón de madera. La abrió, y esparció parte de su contenido sobre una báscula. Pesó una cantidad y la metió en otra bolsa más pequeña.
—¿Conoces la arenaria roja?
—Sí señor, conozco prácticamente todas las flores y plantas de la región.
—Bien, debes poner un litro de agua a calentar y cuando esté hirviendo, le tienes que añadir cuatro siclos de arenaria roja bien seca. Déjalo enfriar y luego lo cuelas. Tu marido debe beber por lo menos dos litros de esta agua. Si no le gusta el sabor, añádele miel pero nunca vino o sikaru, tiene prohibido estas bebidas por lo menos durante tres semanas ¿has entendido?
—Sí, mi señor, muchas gracias —dijo la mujer, cogiendo la mano del médico besándola agradecida.
—Bueno creo que ya está bien por hoy —dijo el general—, enfermos iros a vuestras casas con vuestras desgracias, el médico se encuentra cansado y tiene que ir al campamento a descansar. Mañana volverá a pasar consulta.
—Aún no he terminado —protestó Kalam enfadado.
—Yo te diré cuando has terminado —dijo el general, situándose enfrente del médico—. Ahora quiero que me acompañes y veas al endemoniado. Tengo curiosidad por saber qué le vas a recetar, para expulsar al demonio que se ha encariñado con su asqueroso cuerpo… Ya son ganas —añadió con sarcasmo.
Kalam aguantó la fría mirada del general, y después de sopesar la situación, vio que no tenía ninguna opción y decidió acompañarle a casa del enfermo, sus pacientes tendrán que esperar. Artacomo mandó a sus capitanes de vuelta al campamento y se dirigió con Kalam a casa del comerciante de telas. Durante el camino, ninguno de los dos abrió la boca. Kalam odiaba a Artacomo y este, apenas sentía indiferencia por él. Le consideraba poco más que un muerto viviente. Todavía no había pensado cómo deshacerse de él, tal y como le había ordenado el rey. Debía ser de una manera que no provocara la ira de los dioses y en la que no se viera involucrado Assarhaddon. Tendrían que ser los cimerios los que acabasen con el asu. «Bueno, no importa, ya se me ocurrirá algo» —pensaba Artacomo—. Llegaron a la casa del comerciante y la mujer, extrañada, les abrió la puerta.
—Saludos, mujer —dijo el general—, este es Kalam, médico de su majestad Assarhaddon, viene a ver a tu marido.
—Claro señor —dijo gratamente sorprendida la mujer—, se encuentra arriba, en la misma habitación que le habéis encontrado esta misma mañana. Permitidme que os acompañe.
Cuando entraron en la alcoba, Kalam vio que en el suelo, cerca de la cama, alguien había puesto la figura de un monstruo. El enfermo seguía sentado en la silla mirando por la ventana, parecía que no había cambiado de posición durante las últimas horas.
—Immal —dijo la mujer—, está aquí el general Artacomo y viene acompañado por Kalam, médico real.
—Saludos, señores, hoy es un día grato y lleno de sorpresas —dijo el enfermo levantándose de la silla.
—Explícale a Kalam lo que te ocurre —cortó rápidamente el general—, quiero escuchar sus sabios consejos.
—Como le he comentado esta mañana al sacerdote y al general — empezó a decir Immal—, sufro de espasmos y temblores, a veces pierdo el conocimiento y me desvanezco. Otras veces me encuentro desorientado, no reconozco dónde estoy ni tampoco a mi mujer.
El médico se acercó al enfermo y le levantó los párpados para observarle mejor los ojos.
—¿Duran mucho esos ataques? —preguntó.
—A veces poco tiempo, otras veces medio día o más.
—¿Te pasa con frecuencia?
—Cada día con más frecuencia.
—Entiendo que esa figura —dijo Kalam, señalando al monstruo—, la ha puesto ahí el sacerdote ¿qué te ha aconsejado para acabar con tu mal?
—Bueno, me ha dicho que realice sacrificios, que beba sangre de carnero y también orina mezclada con heces y sangre de oveja. Pero creo que esto último no lo voy a hacer, no lo podría soportar.
—¡Yo preferiría seguir endemoniado! —exclamó el general, dando una fuerte carcajada.
—Túmbate en la cama —ordenó el médico.
El paciente obedeció, y Kalam le tomó el pulso, abrió sus párpados para estudiar mejor su retina y le olió el aliento. Después, le puso el oído en el corazón mientras con una mano le apretaba suavemente el cuello por debajo de la mandíbula. El general observaba la escena con atención.
—Tienes dos opciones —le dijo el médico—, o seguir los consejos del sacerdote o los míos.
—Señor, por horribles que sean los suyos, seguro que serán más llevaderos que los del sacerdote —dijo esperanzado el comerciante.
—De la planta llamada cáñamo, toma su resina y ponla al fuego. Debes inhalar su humo cuatro veces al día. También, deberás coger un litro de agua y ponerla a calentar añadiendo espliego, marrubio, hinojo y raíz de espárrago con miel. Y, para poder descansar por la noche, pon espliego seco en una bolsita y colócala debajo de la almohada. Si haces lo que te digo, tu cuerpo entrará en sintonía y los ataques desaparecerán. Si no encuentras estos ingredientes, acércate al campamento militar y yo te los daré.
—Gracias, mi señor —dijo muy agradecido el enfermo—, pero no se preocupe, tengo una prima que conoce cientos de plantas y seguro que las que me acaba de mencionar, le son familiares. Sin duda me serviré de sus consejos pero, para evitar problemas con el sacerdote, le diré que sigo los suyos y sacrificaré y beberé la sangre del carnero.
—Bueno, un poco de sangre tampoco creo que le haga mal a nadie — intervino el general.
—Haz lo que consideres oportuno Immal, lo importante es que te recuperes.
El paciente se incorporó y le dio al médico un fuerte apretón de manos.
—Le estoy enormemente agradecido ¿cómo podría pagaros?
—Soy médico real y ya cobro por ello, nada me debes.
—Gracias señor.
—Debemos irnos ya —apremió el general—, tengo una importante reunión con el gobernador, y voy con retraso.
—Saludos, Immal —dijo Kalam.
—Saludos, grandes hombres —dijeron Immal y su mujer.
El general salió a toda prisa de la casa, seguido con dificultad por Kalam.
—Vas a dejar sin clientela al sacerdote —dijo el general, mientras caminaba rápido hacia el palacio.
—Cada uno busca lo mejor para sus pacientes, simplemente usamos métodos distintos.
—Sinceramente —dijo escéptico el general—, no creo que unos hierbajos echen a un demonio de un cuerpo, pero tampoco creo que lo haga comer mierda, no obstante, prefiero beber hierbajos que comer mierda de oveja —terminó de decir el general escupiendo al suelo.
—Debo ir al campamento, tengo que organizar todo mi equipo.
—Bien, vete y diles a mis capitanes que vayan al palacio del gobernador.
—Así lo haré —dijo Kalam despidiéndose con una suave inclinación con la cabeza.
Artacomo entró en el palacio y se encontró con Mushukib y Ummun que le esperaban impacientes, tenían importantes noticias para él.
—Los cimerios se dirigen a Karkemish, debemos partir de inmediato o toda la región de Capadocia caerá en sus manos —dijo Ummun.
—¿Cuántos soldados son? —preguntó el general.
—Miles —contestó Ummun—. A los cimerios se les han unido mercenarios armenios y escitas. Nuestros exploradores nos han informado de largas columnas de infantería y caballería, calculan que unos ocho mil soldados en total. Parece que no tienen muchos carros.
—Los cimerios no utilizan apenas carros de combate, son tropas muy rápidas basadas en la caballería y en la infantería ligera. Atacan y se retiran para desgastar al enemigo y cuando le ven agotado, mandan a sus jinetes para que les arrasen. ¿De cuántas tropas disponemos en la ciudad? — preguntó Artacomo.
El gobernador se acarició la barba preocupado.
—Tengo dos mil soldados, de los cuales, quinientos son de infantería pesada y ochocientos son jinetes, además, tenemos doscientos carros.
—Bueno, pueden ser suficientes. Prepara a tus soldados, partimos mañana hacia Karkemish, enseñaremos a esos hijos de perra como luchamos los asirios.
Mushukib se levantó de su asiento y se dirigió a Artacomo. Le sudaban las manos.
—¿Podrás vencerles, general? —le preguntó preocupado el gobernador —. Si eres derrotado tomarán Harran, no tenemos tropas que la protejan y después tendrán el paso libre hacia Palestina o Nínive, dependiendo de adónde quieran dirigirse.
—Les venceré —respondió convencido Artacomo— los cimerios serán exterminados y su nombre será borrado de la historia.
—Que los dioses te oigan —asintió el gobernador—. Mandaré al sacerdote que realice sacrificios en vuestro honor.
—Los oráculos nos son propicios. Le he preguntado al sacerdote y tendremos el favor de los dioses. El botín de guerra hará aún más grande nuestro colosal imperio.
Los capitanes del general asirio hicieron acto de presencia y entraron en la sala, saludaron a los presentes y tomaron asiento. Dos esclavos les sirvieron algo de comer y vino. Eran los más fieles acólitos del general. Hacía años que servían bajo sus órdenes, habiendo logrado ascender, gracias a su valor en combate y a la fidelidad que le profesaban. Bitakyn, capitán de carros, Baladán capitán de infantería y Sargaon capitán de caballería, sus nombres eran conocidos y temidos en las cuatro esquinas del mundo. El rumor del avance de los cimerios había llegado al campamento y estaban inquietos. Según habían oído, los cimerios habían saqueado varias ciudades asirias situadas en la Capadocia y se dirigían a Karkemish. Tenían que evitar el avance cimerio o el imperio asirio se vería gravemente amenazado.
—Conozco a los soldados cimerios —dijo Bitakyn— son muy buenos jinetes. Rápidos y valientes, no tienen miedo a la muerte, debemos tener cuidado con su caballería. En cambio, su infantería no debe ser problema para nuestros soldados, mucho más hábiles con la lanza y la espada.
—Los cimerios a pie no saben luchar —dijo Sargaon—, pero los jinetes, tanto cimerios como escitas, pueden ser un problema.
—¿Y los soldados armenios? —preguntó el gobernador.
Los capitanes asirios sonrieron.
—Son campesinos con espada, no nos crearán ningún tipo de dificultad —dijo Ummun—. No son más que aldeanos pobres que se dejan reclutar como mercenarios para poder subsistir. Seguro que los cimeros los utilizan como fuerza de choque para distraernos y cansar a nuestros soldados, mientras preparan el verdadero ataque.
El general Artacomo asintió, se sirvió una copa de vino y se levantó de su asiento.
—Es cierto lo que dices Ummun —confirmó Artacomo—, los armenios no son problema pero los arqueros a caballo escitas sí. Tienen fama de ser muy habilidosos a caballo. Según comentan, desde que son niños les enseñan el manejo del arco y aprenden a dirigir los caballos sin riendas dejando sus manos libres para disparar sus arcos. Debemos atacar su caballería antes de que ellos nos ataquen a nosotros. Si se coordinan con la caballería cimeria, podríamos tener dificultades.
—Eso será tarea mía, mi general —dijo Baladán levantándose de un salto—, mi infantería pesada y mis arqueros seremos un muro infranqueable, les debilitaremos lo suficiente para que Sargaon y sus jinetes les dé el toque de gracia. Los armenios no serán problema para Bitakyn y sus carros.
—Bien —dijo el general—, debemos volver al campamento y preparar nuestras tropas. Ummun, te espero junto con tus soldados en los muros exteriores de la ciudad, mañana al alba.
Los capitanes se dirigieron hacia el campamento, pensando en la mejor estrategia contra los cimerios. Artacomo estaba preocupado, no había contado con los mercenarios armenios ni escitas. Seguramente, se encuentren en inferioridad numérica. Además, tenía otro problema de qué preocuparse; cómo quitarse de en medio a Kalam. Artacomo se dirigió hacia la tienda de campaña del asu, fuera, se encontraban montando guardia los dos soldados que hacían de escolta. Artacomo llamó a uno de ellos y se perdieron en la oscuridad.
A pesar de que acababa de amanecer, el incipiente calor auguraba el inicio de un tórrido día de finales de primavera. Era temprano y los muros de la ciudad ya estaban atestados de hombres y mujeres que no querían perderse la marcha del ejército y despedían a los soldados con música y flores. El gobernador observaba el poderoso ejército desde la muralla, situada encima de la puerta principal de la ciudad. Las escamas metálicas de los uniformes de los soldados brillaban bajo la tenue luz del sol, dándoles una apariencia irreal, como si fueran soldados de otro mundo. Era el todopoderoso ejército asirio en todo su esplendor. El ejército que dominaba todo el mundo conocido, el terror de Mesopotamia. No había nación que tuviera un poder militar semejante. Solo oír su nombre provocaba el pánico entre sus enemigos. Su valentía, su ferocidad en el campo de batalla y su crueldad con los vencidos les precedía. Desde Urartu a Arabia, desde Elam hasta Egipto, todas las naciones les temían. Todas menos una, los cimerios. Este pueblo nómada, que ahora lideraba el rey Teushpa, había osado enfrentarse ellos. El propio Sargón, abuelo del rey Assarhaddon, había muerto en una batalla contra ellos. Conquistaron Frigia donde su rey, Midas, prefirió morir envenenado antes que caer en sus manos. Ahora dominaban la Capadocia asiria y si no se les detenía, podrían poner en riesgo a todo el imperio.
El ejército asirio emprendió la marcha hacia Karkemish, debían llegar a su destino antes que los cimerios o la ciudad sería arrasada. Llevaban dos días de marcha cuando un explorador, informó a Artacomo que los cimerios habían cambiado de dirección, ahora se dirigían hacia Hubushna, la puerta de Capadocia. También le dijo que, a las tropas de Teushpa, se habían unido más mercenarios provenientes de Frigia y Armenia, ahora el ejército debería estar compuesto por más de quince mil hombres. Artacomo informó a sus capitanes y a Ummun de la situación, y se dirigió con su ejército a Hubushna, donde llegaron después de tres días de infatigable marcha. Las tropas cimerias habían sitiado la ciudad y Artacomo les observaba desde una pequeña loma. Habían llegado a tiempo, los cimerios no había tenido tiempo de montar sus máquinas de asedio. Deberían ser unos veinte mil soldados, rodeaban completamente la ciudad y sus fuegos iluminaban la oscuridad de la noche. La mañana siguiente hubo movimientos en el campamento cimerio, sin duda, les habían localizado. Teushpa desmontó el asedio y organizó sus tropas para la batalla, desplazó su ejército a dos kilómetros de la ciudad de Hubushna, hacia una zona rocosa con ligeras lomas para dificultar el movimiento de los carros asirios. Mientras el ejército cimerio se movía, Artacomo se mantenía protegido en la loma. Montó empalizadas y rodeó todo el campamento con un profundo foso, no quería sorpresas. Mandó un explorador a Hubushna para que le informara de la situación de la ciudad y reclutar a todos los hombres que fuera posible. A las pocas horas, el explorador volvía acompañado con doscientos jinetes, poco tiempo después, mil hombres se les unieron. Encabezaba las tropas de Hubushna su gobernador civil, Taladeón, un guardia le escoltó a la tienda de Artacomo, donde se encontraba el general, junto con la plana mayor del ejército.
—Saludos, mi nombre es Taladeón gobernador civil de Hubushna —se presentó el gobernador—. Habéis llegado justo a tiempo, doy gracias a los dioses.
—Saludos gobernador, veo que traes algunos soldados contigo —dijo Artacomo.
El gobernador miró al suelo.
—Siento no traer más —se disculpó Taladeón—, pero la guarnición es pequeña y los hombres son aldeanos que no saben luchar, en el campo de batalla serían un estorbo más que una ayuda.
—Eso es cierto, en el campo de batalla, es preferible tener pocos soldados a tener muchos hombres —dijo Sargaon.
—Los cimerios han organizado sus tropas y nos esperan en una zona rocosa. Nuestros carros no tendrán mucho campo de maniobra y podrían ser presa fácil para sus arqueros a caballo —dijo Bitakyn.
—Debemos sacarles de allí y obligarles a luchar en campo abierto — intervino Ummun.
—Un terreno rocoso tampoco les beneficia, sus caballos pueden tropezar y es difícil mantener la formación de las tropas de infantería. Lucharemos allí donde ellos nos esperan, pero lo haremos a nuestra manera —dijo el general.
—¿Cuál es tu plan? —preguntó Taladeón.
—De momento, dormir y descansar —contestó Artacomo—, debemos estar frescos, mañana antes del amanecer, bajaremos la montaña y montaremos el campamento cerca de Hubushna.
—Es una pena que queráis descansar —dijo Taladeón—, os he traído una sorpresa para ti y tus oficiales.
En ese momento, el gobernador de Hubushna dio dos palmadas y entraron en la tienda varios sirvientes portando tinajas con vino y sikaru restu. Los soldados sonrieron y empezaron a beber copiosamente, al poco tiempo, el gobernador dio otras dos palmadas y aparecieron varias decenas de mujeres vestidas con ropas transparentes.
—¡Bueno, iré a dormir un poco más tarde! —rio a carcajadas el general —. ¡Gracias por tu sorpresa gobernador, voy a dar buena cuenta del vino y de estas mujeres!
—Te puedo asegurar que es todo un placer —dijo riendo el gobernador mientras se servía otra copa de vino.
Los soldados bebieron y disfrutaron de los encantos de las jóvenes de Hubushna, hasta bien entrada la noche. Finalmente, poco antes del amanecer, cayeron dormidos victimas del vino y el cansancio.
Artacomo había dormido pocas horas y como era habitual en él, se encontraba con un humor de perros. Bebió una copa de vino de un trago y comió algo de carne de cabra con miel. Sus capitanes, aún dormían en su tienda, abrazados a las mujeres. Él era el único que se había despertado. Salió fuera y observó a los cimerios. No se habían movido, permaneciendo en el mismo sitio que el día anterior, era evidente que no tenían intención de moverse de allí. Despertó a sus capitanes y les ordenó que organizasen sus tropas. Estaba impaciente por enfrentarse a ellos.
Los soldados asirios bajaron la montaña y se situaron a pocos kilómetros de las tropas enemigas. Artacomo dirigía al ejército desde su carro tirado por dos caballos. Un auriga y un escudero eran sus acompañantes. Como armas, Artacomo llevaba un arco, varias lanzas y su espada. El escudero le protegía con un gran escudo redondo de madera, mientras soportaba el carcaj cargado de flechas. Vestía botas altas y una túnica con flecos, ceñida al cuerpo, con un cinturón. Dos franjas azules cruzadas en el pecho, informaban de su cargo, mientras que una cota de malla metálica acolchada con lino, le protegería de las flechas y de las estocadas enemigas. Un yelmo de metal, coronado por un penacho de plumas de avestruz, era su casco. El ejército cimerio estaba formado en varias líneas de combate y preparado para la batalla. La primera línea estaba compuesta por los mercenarios armenios, seguidos por la infantería cimeria y la caballería. Los jinetes escitas se situaron a ambos flancos del ejército, para facilitar su maniobrabilidad. Los carros de combate se encontraban en la última fila. Artacomo pudo ver como Teushpa, montado sobre un carro con un auriga como único acompañante, daba órdenes a sus capitanes. No llevaba arco, simplemente su espada y varias lanzas componían su equipo.
A una orden de su general, el ejército asirio avanzó hacia los cimerios. En la primera línea de batalla, se situó la infantería pesada, la fuerza de choque de Artacomo. Estaba compuesta por fuertes soldados, que debían soportar el peso de una lanza de más de dos metros de largo y de un escudo redondo de madera de metro y medio. Con su lanza, mantenían a distancia a las tropas de infantería enemigas, mientras impedían la carga de la caballería, y con sus grandes escudos, protegían a la infantería ligera y a los arqueros situados justo detrás. Los carros de guerra se situaron después de los arqueros y estaban protegidos por la caballería. Una última línea de arqueros, completaba la formación.
Kalam observaba el movimiento de las tropas desde la retaguardia. Allí, junto con otros cincuenta cirujanos y varias decenas de asistentes y esclavos, había preparado un hospital de campaña con todo lo necesario para poder hacer su trabajo que, a todas luces, ese día no le iba a faltar. Varios cientos de soldados protegían la retaguardia de posibles incursiones enemigas, entre ellos los dos escoltas de Kalam, que no se habían separado de él durante todo el viaje, ni de día, ni de noche. A pesar de todo el tiempo que pasaban juntos, no sabía nada de ellos, ni siquiera sus nombres. Kalam les miró y vio que estaban muy atentos a lo que ocurría en el campo de batalla, no sabía si se alegraban de estar en la retaguardia o hubieran preferido estar en primera línea. Pero después de observarles más detenidamente, se dio cuenta que los soldados hubieran preferido mil veces, estar luchando por su general, que estar protegiéndole a él. Volvió a mirar al ejército asirio y vio que, pocos cientos de metros, lo separaban de su enemigo.
Las tropas asirias avanzaban hacia los cimerios, que permanecían quietos, expectantes. De pronto, el sonido de una trompeta irrumpió en el campo de batalla y cientos de jinetes escitas se abalanzaron contra el ejército asirio. El avance escita no sorprendió a los asirios, que mantuvieron la formación y siguieron avanzando. Los jinetes cabalgaban a toda prisa y preparaban sus arcos apuntando hacia la infantería pesada. Otro sonido de trompetas, esta vez del lado asirio, fue la señal para que las tropas asirias detuvieran su avance. Un tercer sonido de trompetas hizo que los soldados de infantería pesada se arrodillaran, mientras apoyaban sus escudos en el suelo y levantaban en diagonal sus largas lanzas. En ese momento, los jinetes escitas se situaron en paralelo con las tropas asirias y dispararon sus arcos provocando numerosas bajas entre las tropas enemigas. Era impresionante ver su habilidad en el manejo del arco sobre el caballo, teniendo en cuenta que no sostenían las riendas. Sin duda, eran los mejores jinetes del mundo. Los arqueros asirios, situados en dos hileras, empezaron a disparar sus arcos, primero una hilera, y luego la segunda hilera, dando tiempo siempre a una tercera para cargar sus arcos. De esta manera, la lluvia de flechas sobre las tropas enemigas era constante. Muchos jinetes escitas cayeron abatidos, pero siguieron atacando el centro de la formación.
Mientras continuaba el intercambio de flechas entre la infantería asiria y la caballería escita, los soldados armenios comenzaron su avance en forma de cuña hacia la infantería pesada. Artacomo, que vio el movimiento armenio, mandó a Bitakyn y a sus carros contra estos. Mientras, Taladeón y doscientos jinetes, atacaron por los flancos a la caballería escita, que armada únicamente con arcos y una pequeña espada, se vio obligada a replegarse. Taladeón persiguió a los jinetes escitas provocando numerosas bajas entre sus filas. El capitán escita que mandaba la caballería, al verse perseguido por los jinetes asirios, ordenó la retirada y se dirigió hacia la retaguardia cimeria. Taladeón, confiando en una victoria segura, espoleó a sus jinetes, pero una lluvia de flechas cayó sobre él y sus hombres, provocando numerosos muertos. Cuando se dio cuenta que había caído en una emboscada, retrocedió, pero fue demasiado tarde, la caballería cimeria cayó sobre ellos y los aplastó. Taladeón luchaba rodeado de enemigos, en el suelo yacían la mayoría de sus soldados, estaba agotado y herido.
—¡Taladeón está atrapado, Sargaon, dirígete con tus hombres e intenta liberarle de los cimeros! —ordenó el general.
—¡Sí, mi señor! —exclamó el capitán y espoleó su caballo hacia la posición del gobernador—. ¡Seguidme perros del infierno! —ordenó a su caballería.
Mil jinetes se dirigían hacia Taladeón, mientras, la infantería pesada de Artacomo daba buena cuenta de los armenios, que eran más numerosos pero peor equipados y adiestrados. La infantería pesada asiria avanzaba hacia los cimerios apoyada por las tres hileras de arqueros, que impedían que la caballería enemiga se les acercara. Pero los cimerios no habían dicho su última palabra. Sargaon, al ir a ayudar a Taladeón, había dejado una brecha en el flanco izquierdo. Los jinetes cimerios y escitas no perdieron la oportunidad y se lanzaron hacia la brecha provocando gran número de bajas entre las tropas asirias. La embestida fue brutal y los soldados cimerios llegaron hasta la retaguardia del ejército asirio. Pronto alcanzaron el campamento donde se encontraban los esclavos, las tropas auxiliares y el hospital de campaña. Artacomo vio como el enemigo incendiaba el campamento y ordenó a Ummun que fuera con sus jinetes y arqueros a repeler el ataque. Kalam vio horrorizado como la caballería enemiga atacaba el campamento, matando a todo aquel que se interponía en su camino. El asu cogió una espada e intentó defenderse. Un jinete cimerio le golpeó con el caballo y le pasó por encima. Cayó herido al suelo. En ese momento, uno de sus escoltas apareció y le atacó con su espada. Kalam, desde el suelo, consiguió defenderse, pero el soldado seguía atacando con gran violencia. El médico, no sin dificultad, logró levantarse, protegiéndose una y otra vez de las embestidas del soldado. Trastabillado y cansado, retrocedió hasta que perdió el equilibrio y cayó al suelo. El soldado asirio, que debía velar por su seguridad y proteger su vida incluso con la suya, le tenía a su merced. Se acercó al médico, que permanecía inmóvil en el suelo. Sonrió, disfrutaba de ese momento. Sin duda, para él, matar era un verdadero placer y estaba tomándose su tiempo. Levantó su espada dispuesto a dar la estocada final, pero no lo consiguió. De pronto, su mirada reflejó sorpresa y terror. Miró su pecho y vio como el filo de una espada asomaba por él. Tocó el tibio hierro y observó su ensangrentada mano. Confuso, se dio la vuelta y vio el rostro del hombre que había sido su compañero durante las últimas semanas. Intentó avanzar hacia él pero cayó fulminado al suelo. El soldado extrajo la espada del cuerpo inerte de su anterior compañero y se dirigió a toda prisa hacia Kalam.
—¡Corre médico! —gritó el soldado—. ¡Toma este caballo y huye!
—Pero ¿por qué quería matarme?
—¡No lo sé, solo te puedo decir que la reina madre me dijo que te protegiera de cualquier enemigo! —exclamó el soldado—. ¡No te puedo decir más, ahora date prisa, coge este caballo y huye o morirás!
De pronto, un jinete escita apareció de la nada y disparó una flecha al soldado asirio, que cayó desplomado al suelo. Kalam intentó reanimarle, pero cuando vio que estaba muerto y que ya nada podía hacer por él, se dirigió hacia el caballo. Intentó montar pero un jinete cimerio le golpeó, haciéndole caer al suelo. El cimerio bajó del caballo y atacó a Kalam con su espada. El médico estaba cada vez más débil y apenas podía defenderse. El cimerio le atacó hiriéndole en un costado y continuó su embestida sobre un agotado Kalam, que difícilmente podía sostener la espada. Miró a su alrededor y huyó hacia una gran tienda de campaña que estaba ardiendo. El cimerio le siguió, pero tuvo que salir de la tienda ya que el humo apenas le dejaba respirar. Dio por muerto al asu y montó en su caballo. Kalam casi no podía respirar. Vio un odre con agua, se arrancó un pedazo de tela, la empapó y se tapó la cara con ella. Logró salir de la tienda y se montó en un caballo que pacía desorientado por el campamento. Sin mirar atrás, huyó del campamento gravemente herido.
Ummun y sus soldados se dirigieron al campamento, que estaba siendo devorado por las llamas. Los cimerios y los escitas, al ver la llegada de los asirios, se retiraron, pero cuando abandonaban el campamento, una lluvia de flechas cayó sobre ellos. Los arqueros asirios, que estaban en la retaguardia y que hasta ese momento no habían sido llamados a la lucha, aparecieron y vaciaron sus aljabas sobre sus enemigos. Artacomo mandó a los carros contra los cimerios, que ahora se veían seriamente amenazados. Baladán ordenó romper la formación de infantería y cargó con todas sus tropas contra el enemigo. Sargaon había llegado a tiempo de salvar a Taladeón, que se encontraba gravemente herido. El capitán asirio sufrió numerosas bajas y se preguntaba si salvar la vida del necio gobernador, había merecido la pena. Ordenó a dos jinetes que acompañaran a Taladeón a la retaguardia, el resto de los jinetes, cargarían junto a él contra los cimerios. Teushpa vio horrorizado como los carros asirios embestían contra su infantería, pasándoles por encima. Prácticamente sin caballería, solamente podía contar con algunos de sus carros de guerra. Ordenó a sus aurigas que le siguieran y se enfrentó a los carros asirios. El ataque fue desigual y pronto Teushpa se encontró rodeado por los carros enemigos mientras que la caballería de Sargaon aniquilaba su retaguardia. Los mercenarios armenios huían despavoridos, perseguidos por la infantería ligera asiria, los jinetes escitas apenas podían seguir resistiendo el ataque de los arqueros asirios, mientras que los cimerios luchaban en clara inferioridad numérica con la infantería pesada. Teushpa, si quería mantenerse con vida, no tenía más opción que huir con las pocas tropas que aún le quedaban. Conocía de sobra a los asirios y sabía cuál era el destino que les aguardaba a sus prisioneros. Rendirse significaba una muerte segura. Apartó de un golpe a su auriga y le echó del carro, cogió con fuerza las riendas y espoleó a los caballos, que comenzaron a galopar guiados por el diablo. El rey cimerio pasaba por encima de todo lo que se ponía por delante, no importaba si eran soldados aliados o enemigos. Sargaon vio como el rey cimerio intentaba escapar y fue a su encuentro junto con alguno de sus hombres. Teushpa miró atrás y vio como se le acercaba un grupo de jinetes asirios, espoleó aún más a sus caballos que corrían todo lo que podían. Uno de los caballos, exhausto por el esfuerzo, tropezó con una roca y el carro volcó dando varias vueltas de campana. Una nube de polvo ocultó el carro del rey. Sargaon llegó al carro junto con sus hombres, cuando la nube se estaba disipando. Uno de los caballos estaba herido en una pata, intentaba levantarse, pero tenía parte de la estructura del carro encima y no podía hacerlo. El otro caballo permanecía tumbado, estaba muerto. Se acercaron al carro y no vieron al rey. Sargaon desenfundó su espada, dispersó a sus hombres y se pusieron a buscarle. Finalmente, lo encontraron herido a unos veinte metros del carro, estaba inconsciente pero vivo. No parecía que tuviera ninguna herida grave. Los soldados asirios dieron buena cuenta de sus enemigos, rematando a los heridos y torturando a muchos prisioneros. Grupos de soldados rebuscaban entre los cadáveres cualquier objeto de valor que se pudieran llevar a la bolsa. Varios soldados empezaron a pelearse para determinar el dueño del cadáver de un oficial cimerio. La disputa finalizó cuando se les acercó un oficial asirio, y se apropió del cadáver. Apenas unos centenares de soldados decidieron rendirse, la mayoría de ellos armenios.
Artacomo se dirigió hacia el campamento, o hacia lo poco que quedaba de él. Las llamas lo habían devorado completamente y cientos de soldados muertos, muchos de ellos calcinados, se encontraban esparcidos por toda la zona. Artacomo miraba los cadáveres buscando uno en particular, pero no lo encontraba.
—Señor —dijo un soldado a Artacomo—, hemos hallado los cuerpos de los dos escoltas muertos, también hemos encontrado varios cuerpos calcinados. Según parece, se encontraban en la tienda que almacenaba los alimentos. Algunos de ellos son soldados cimerios y otros compañeros asirios. Junto a ellos han aparecido varios hombres calcinados que, por los restos de sus ropajes, han sido identificados como cirujanos.
—¿Habéis localizado el cuerpo del asu del rey?
—No, mi señor, pero creemos que puede ser uno de los cuerpos calcinados encontrados en la tienda.
Artacomo se levantó de un salto y se dirigió hacia los restos de la tienda. Allí pudo comprobar lo que le había dicho el soldado. Varios cuerpos calcinados se diseminaban por el suelo. Algunos podían ser identificados fácilmente como soldados asirios o cimerios por los restos del metal que componía su uniforme, mientras que otros, eran difícilmente identificables. Observó los cuerpos sin vida y llegó a la conclusión que se trataban de los cirujanos que estaban intentando escapar de los cimerios y se habían ocultado en el almacén. Allí encontraron la muerte cuando los soldados enemigos prendieron fuego a la tienda. Supuso que los soldados asirios intentaron repeler el ataque, pero les fue imposible, y también cayeron bajo el hierro cimerio. Con estas condiciones, era muy difícil que Kalam hubiera sobrevivido y más teniendo que cuenta que sus dos escoltas estaban muertos. Sin duda, podría dar al médico por muerto. Había cumplido con los dos objetivos de su misión; acabar con la incursión cimeria en Capadocia y evitar que Kalam saliera con vida de la campaña. El rey sería extremadamente generoso con él. Se sentía feliz y satisfecho, sin duda, era un gran día.
El general inspeccionaba los restos del campamento cuando, a lo lejos, vio como varios soldados llevaban a Teushpa encadenado ante su presencia. Se dio la vuelta y se dirigió hacia la comitiva. El rey cimerio se encontraba herido en la cabeza y un pequeño hilo de sangre le cruzaba la mejilla. Se encontraba sucio de sudor y polvo. Estaba cabizbajo, humillado, había perdido toda oportunidad de vencer a Asiria y de poder así, proteger su querida tierra de Frigia, de futuras invasiones enemigas. Artacomo levantó un escabel que estaba caído en el suelo y se sentó. Teushpa fue arrojado al suelo y obligado a arrodillarse ante el general asirio.
—Una gran batalla —dijo Artacomo, mirando los restos de la lucha.
—Eso siempre lo dicen los vencedores —dijo abatido el cimerio.
El general le miró con suficiencia. Se sentía muy superior al derrotado rey.
—Lucháis bien los cimerios, es una pena que os hayáis confundido de enemigos.
—¿Qué vas a hacer con los prisioneros?
Artacomo se mesó la barba y miró a los cautivos.
—Los armenios no saben luchar, a la mayoría les mataré aquí mismo. A los demás, los venderemos como esclavos, serán parte del botín de guerra. En cuanto a los escitas y los cimerios —dijo mientras se levantaba de la silla y miraba a un grupo de prisioneros fuertemente vigilados por soldados asirios— estos son otra cosa, son muy buenos soldados y les daremos la opción de unirse al ejército asirio, en caso contrario, serán ejecutados, la decisión es sencilla. Los que estén malheridos o no nos sean útiles, serán torturados y eliminados.
—¿Y en cuanto a mí? —preguntó preocupado el líder cimerio.
—Serás llevado ante el rey, que decida él qué hace contigo.
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