El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 15 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo XV

 

EL VERANO llegó a su fin, y las esperanzas de Afarat de encontrarse con su mujer y su hijo se fueron con él. Poco a poco el frío otoño se fue adueñando de Sari y de sus habitantes. Las partidas de caza habían aumentado considerablemente, tenían que cazar todos los animales posibles, para poder pasar el crudo invierno. Los desecaban o los salaban colgándoles en las vigas de un enorme almacén, donde guardaban también el resto de las provisiones de la ciudad. Nadie poseía los alimentos, toda la comida era repartida según el número de hijos o el estatus social al que pertenecían. No obstante, todas las familias tenían un pequeño huerto y alguna que otra gallina que le proporcionaba huevos o, en momentos de extrema escasez, un sabroso caldo. Los días se hacían más cortos y las despensas estaban llenas de leños, para que el hogar no se quedara desabastecido. Escapar de Sari era un imposible. No conocía la región ni qué dirección tomar, si no moría de hambre moriría de frío. Esperaría a la llegada de la primavera. Mientras tanto, tendría que pasar el invierno en la palloza junto con el resto de esclavos.

Desde que volvió de la cueva, Afarat había asistido, junto con Itbala, a varios enfermos. A pesar de su devoción por la leche de caballo fermentada, el shaman era un hábil curandero y Afarat había aprendido muchas cosas de él. Itbala le delegaba cada vez más responsabilidades y, de esta forma, él tenía más tiempo para dedicarse a lo que verdaderamente le gustaba, beber kumis hasta perder el conocimiento. Cada día que pasaba el aspecto del shaman empeoraba. Pronto moriré —le dijo un día a Afarat—, este será mi último invierno entre los vivos. Cualquier noche el dios Sol se presentará en mis sueños y reclamará mi presencia. Afarat no hacía demasiado caso a las ideas del viejo shaman sobre su muerte, le había cogido bastante cariño y, como bien le dijo un día a Itbala, le consideraba como parte de su familia, una especie de tío lejano.

Era una mañana fría que anunciaba el comienzo del otoño, todo el mundo se preparaba para la gran fiesta, que celebraba el fin del calor y la llegada del frío. Pocas semanas después, los habitantes de Sari prácticamente no saldrían de sus pallozas hasta la llegada de la primavera. A pocos kilómetros de la ciudad, se habían congregado la mayoría de sus habitantes y también los visitantes de los pueblos cercanos para preparar la gran fiesta del invierno. Vestidos con sus mejores galas, se preparaban los manjares más suculentos y se bebían ingentes cantidades de kumis y cerveza. La fiesta duraba tres días, siendo el último el más importante, pues en él se disputaba la gran carrera de caballos. En ella, los niños menores de doce años montaban en el mejor caballo de su familia. Una carrera de veinte kilómetros donde el vencedor era galardonado con todos los honores. Los niños representaban a cada una de sus familias, era un momento de extrema responsabilidad para ellos, temerosos por defraudar a sus padres que durante meses, les habían entrenado para ese momento.

Era el primer día de fiesta y las mujeres preparaban la comida mientras los hombres se distraían realizando competiciones de lucha, tiro con arco o carreras de caballos. El aroma a carne de cordero a la brasa, junto con todo tipo de guisos, impregnaba el ambiente.

—Vamos a ver la competición de lucha —le dijo Itbala a Afarat—, pero antes vayamos a por un vaso de kumis, tantas emociones me dan sed.

—Deberías beber menos —le aconsejó Afarat.

—Por mí no te preocupes —le dijo sonriendo el shaman—, ya te he dicho que de este invierno no paso, así que para lo que me queda de vida, voy a intentar disfrutar lo más posible.

Afarat le miró y negó con la cabeza, durante meses le había insistido para que dejara la bebida. Era una guerra perdida.

—¡Mira! —exclamó Itbala, señalando a un enorme hombre que se estaba echando aceite por el cuerpo—. Ese es Krakot, es el mejor luchador de toda Masagetia, y estoy convencido que también del mundo entero, nunca ha perdido un combate.

Krakot era un gigante de casi dos metros de altura, tenía el pelo largo agarrado con una coleta, pesaría unos ciento veinte kilos y estaba vestido únicamente con un taparrabos de tela. Tenía los ojos rasgados y debido al aceite con el que se había embadurnado todo el cuerpo, brillaba bajo la luz del sol.

—¿Contra quién va a luchar? —preguntó Afarat.

—Se va a realizar un sorteo. Todos los participantes introducen, en una bolsa de cuero, una piedra con el nombre de la familia a la que representan. Los jueces cogen dos piedras y anuncian los nombres de los luchadores a las que pertenecen y lucharán entre ellos. Entonces, la piedra del luchador que vence en combate se mete en otra bolsa de cuero. Se repite este proceso hasta que llega el último combate.

—¿Y cuál es el premio?

—No hay ningún premio, simplemente se lucha para saber quién es el mejor luchador de Sari y de toda la comarca.

—¿No se premia al ganador? —preguntó extrañado Afarat.

—Durante meses se habla del mejor luchador y su nombre es escrito con letras de oro en el gran libro de la lucha. ¿Hay mayor premio que la propia vanidad?

—¿Qué es el gran libro de la lucha?

—En este libro aparecen los nombres de todos los campeones desde que se celebra la fiesta del invierno y de eso hace más de ciento treinta años. Tiene un valor incalculable.

—¿Dónde está ese libro?

—Está custodiado muy lejos de aquí, en Bhakri. Allí está mejor protegido. Todos los años un funcionario real lo trae hasta aquí durante las fiestas, para anotar el nombre del ganador y cuando acaban las fiestas se lo vuelve a llevar. Vamos a ver el sorteo.

Los dos hombres caminaron hacia una multitud. Allí, sobre un atril, un hombre metía una mano en una bolsa de cuero y pronunciaba en alto un nombre. Mientras tanto, los luchadores esperaban en una especie de escenario de un metro y medio de altura. Todos los luchadores estaban a la vista del público para que todo el mundo pudiera verlos y poder así, decantarse por unos o por otros a la hora de hacer sus apuestas. Cada vez que un nombre era pronunciado por el juez, la muchedumbre gritaba enfervorizada y las bolsas con dinero pasaban de unas manos a otras.

—¡Krakot! —gritó el juez—. ¡Contra Hassalin!

Del escenario bajaron los dos luchadores, Krakot saludaba a todo el mundo que vitoreaba su nombre. Estaba tranquilo consciente de su victoria. Hassalin estaba concentrado, miraba al frente, nadie le saludaba. También era un gigante, casi tan alto como Krakot, tenía los ojos rasgados y el pelo, negro y largo, atado en una coleta.

—Vayamos a ver el combate —dijo animado el shaman.

—¿Por qué nadie saluda a Hassalin? —preguntó Afarat.

—Es extranjero, nadie le conoce mientras que Krakot es el luchador más famoso de toda Masagetia y máximo favorito.

—¿De dónde es?

—Es un yuezhi, proviene de tierras muy lejanas. Kushan se llama su país.

Afarat observó a Hassalin, tenía la mirada fría y los músculos en tensión. Parecía que su mente se encontraba en otro lugar muy lejos de allí.

Los jueces se dirigieron hacia una explanada acompañados por todos los luchadores y por una bulliciosa multitud. El público formó un círculo de unos siete metros de diámetro, dos jueces se pusieron a cada lado y uno de ellos dijo los nombres de los primeros luchadores.

 

Lejos de la multitud y los luchadores, se encontraba Mushabat reunido con algunos de sus acólitos.

—Debemos ser rápidos —dijo Mushabat— y robarlo justo en el último combate. Todo el pueblo estará presente y solo tendremos que ocuparnos de los soldados.

—¿Qué harás luego con el libro? —le preguntó uno de sus seguidores.

—Lo venderé, ya tengo comprador, pero por vuestra seguridad no puedo deciros nada.

Mushabat estaba reunido con sus seguidores en su palloza. Durante meses, había planeado la forma de robar el libro de la lucha, después lo vendería por una gran suma de dinero y con el oro pagaría el salario de varias decenas de mercenarios. Derrocaría a Jusman el usurpador y se haría nombrar caudillo. Una vez nombrado líder de la ciudad, marcharía junto con sus mercenarios y sometería a todos los pueblos vecinos de Sari. Pronto sería nombrado caudillo de todos los masagetas y haría frente al mismísimo Teuman, rey de todos los pueblos escitas.

—¿Cómo lo haremos? —le preguntó otro de sus seguidores.

—Ya os avisaré cuando llegue el momento. Por ahora es mejor que no sepáis nada, id a ver la competición, me reuniré con vosotros allí, cuando llegue el momento.

 

El campeonato había comenzado, y la mayoría de los luchadores ya habían combatido. La multitud estaba enloquecida, después de cada combate, los gritos de alegría de los ganadores en las apuestas, eclipsaban los gritos de desesperación de los perdedores.

—Hay quién se juega todo lo que tiene en estos combates —dijo Itbala —, incluso se juegan lo que no tienen.

—¿Qué quieres decir?

—Hay jugadores que se apuestan sus tierras, sus caballos e incluso sus mujeres, he visto a más de uno apostar a su primogénito.

—¡Es una locura!

—Es cierto, creo que muchos de ellos son enfermos, ¿ves aquel árbol de allí? —le dijo Itbala a Afarat, señalando un enorme cedro—. Es raro el año en el que no aparece alguien colgado de él cuando acaba la fiesta, le llaman el cedro de los perdedores.

—¡Último combate de la primera ronda, Krakot contra Hassalin! — exclamó uno de los jueces.

Todo el mundo gritó el nombre de Krakot, pocas apuestas había a favor de Hassalin. Los dos luchadores se dirigieron despacio hacia el lugar que debían ocupar en el círculo. Krakot se sentía seguro de sí mismo, daba vueltas y levantaba los brazos en señal de victoria. El público aclamaba cada uno de sus movimientos y gritaba enfervorizado su nombre una y otra vez, mientras un grupo de yuezhi permanecían semiocultos entre la muchedumbre.

—Krakot y Hassalin, los dos conocéis las reglas —dijo uno de los jueces, ante el asentimiento de los luchadores—. Ganará el combate el que consiga tirar al suelo a su contrincante y lo inmovilice durante diez golpes en el suelo.

Mientras uno de los jueces hablaba, el otro inspeccionaba a cada uno de los luchadores. Revisaba el taparrabos en busca de algún arma u objeto cortante, inspeccionaba sus uñas y también que el aceite con el que habían embadurnado todo su cuerpo, no tuviera ninguna sustancia toxica. Una vez que comprobó que estaba todo correcto, hizo una señal de asentimiento al otro juez.

—Colocaros en vuestros sitios —ordenó el juez a los luchadores que obedecieron de forma inmediata—. ¡Que comience el combate!

Krakot se lanzó rápidamente hacia su contrincante que ya le estaba esperando. Le agarró de la cintura con ambos brazos y le levantó por el aire. Hassalin, que ya conocía esa llave, agarró por la mandíbula a Krakot e intentó girarle la cabeza. Krakot viendo la maniobra de Hassalin se vio obligado a soltarle para evitar que este le rompiera el cuello. «No va a ser tan fácil como pensaba», se dijo Krakot. Mientras, los apostantes no paraban de gritar e intercambiar bolsas de cuero con dinero. Un grupo de yuezhi permanecía atento al combate mientras que uno de ellos intercambiaba algunas bolsas de cuero con algún apostador. Durante unos instantes, ambos luchadores dieron vueltas alrededor del círculo sin darse la espalda, mirándose fijamente a los ojos… se estaban estudiando. Fue Hassalin el que intentó atacar, agarró por el taparrabos a Krakot e intentó tirarle al suelo, pero este, realizando un movimiento muy ágil, logró zafarse de su adversario. Durante varios minutos ambos luchadores se atacaron y se defendieron como pudieron. Nadie recordaba que Krakot hubiera tenido jamás un combate tan igualado. Los dos luchadores se encontraban exhaustos, seguían estudiándose buscando un punto débil, un momento de distracción de su adversario pero era imposible, se trataba de dos grandes luchadores. Hassalin miró de reojo a uno de los yuezhi y vio como le asentía. En ese momento se dirigió como una exhalación hacia su rival, que no esperaba ese movimiento tan rápido. Krakot intentó defenderse pero no lo consiguió, Hassalin cayó sobre él y le derribó. Ambos cayeron al suelo pero Hassalin cayó encima de Krakot, que tenía la espalda en el suelo. Intentó zafarse de Hassalin pero le fue imposible, estaba completamente inmovilizado. El juez, tardando más de lo que Hassalin hubiera deseado, se arrojó al suelo y estudió la inmovilización de Krakot, tenía la espalda completamente en suelo. Dio diez golpes y proclamó al yuezhi vencedor del combate. La mayoría del público no se lo podía creer, casi todos habían apostado por Krakot, que había sido vencido en su primer combate contra un desconocido. Pocos eran los vítores y los gritos de alabanza hacia Hassalin. Un yuezhi reclamaba el dinero de las apuestas a varios apostantes ante la atenta mirada de sus compañeros. Hassalin permanecía en el centro del círculo, su brazo derecho había sido levantado por uno de los jueces. No estaba feliz, su rostro no reflejaba ningún tipo de emoción, mantenía la misma mirada fría y el mismo gesto imperturbable que tenía antes del combate.

—¡Menuda sorpresa! —exclamó Itbala—. Estoy seguro de que nadie esperaba que Krakot perdiera en su primer combate. ¡Es increíble!

Afarat observaba al vencedor, que se había puesto una piel sobre los hombros para no coger frío. No mostraba ningún signo de alegría. Si no fuera porque Afarat había visto el combate, pensaría que estaba mirando al luchador derrotado. No entendía el comportamiento del luchador.

—Es extraño —dijo Afarat.

—¿El qué? —preguntó indiferente Itbala.

—A pesar de haber ganado al campeón, no se le ve feliz por la victoria.

—Tienes razón, pero no le des mayor importancia, aún falta mucho campeonato y Hassalin todavía no ha conseguido nada. Supongo que comportarse de esa manera le permitirá estar más concentrado para el siguiente combate.

—Puede ser —terminó por decir Afarat sin mucho convencimiento.

—Vayamos a beber algo, todavía queda tiempo para ver el siguiente combate de Hassalin. Eso no me lo pierdo por nada.

—¿Ni por una jarra de kumis? —preguntó riendo Afarat.

—Ja, ja, ja —río el shaman—. Puedo ver el combate con una jarra de kumis, no son gustos incompatibles.

Poco después, la victoria de Hassalin sobre Krakot corrió por toda la multitud, que se había congregado en la fiesta. Nadie se quería perder su próximo combate, todas las apuestas le daban como favorito. Una hora después de su primer combate, fue llamado para el segundo, que solventó sin problemas, después un tercero, que también liquidó en poco tiempo, un cuarto, un quinto y finalmente fue llamado para la gran final.

—¡Llamo a la final del campeonato a Hassalin, y a Yihar! —gritó uno de los jueces.

En ese momento entraron en el círculo los dos luchadores. Yihar era escita, tenía la tez muy morena y unos profundos ojos negros. Era más alto que Hassalin, pero mucho más delgado. Había ganado todos sus combates con solvencia y aunque a falta de Krakot, era el favorito de los sarianos, las apuestas estaban muy igualadas. La final era el combate más esperado, y todo el mundo quería verlo. Los apostantes agitaban sus bolsas de cuero al aire mientras pronunciaban el nombre de su favorito y decían la cantidad que iban a apostar. Si alguien aceptaba su apuesta se anotaban los dos nombres y la cantidad apostada en dos tablillas de arcilla y la sellaban con cera. Después, cada uno de los apostantes marcaba con su anillo la cera de las dos tablillas y se quedaban con una de ellas. En la tablilla quedaba anotado el favorito de cada uno de los apostantes, la cantidad de la apuesta, el nombre del apostante y el sello que le identificaba. De esta forma, el ganador podría reclamar al perdedor la deuda. Si el perdedor carecía de dinero para poder saldar su deuda era apresado. Tenía dos días para conseguir el dinero o llegar a un acuerdo con su acreedor, si pasado este tiempo no podía hacer frente a su deuda, todas sus posesiones serían propiedad de su acreedor, y su familia y él mismo serían sus esclavos. Por este motivo, muchos apostantes aparecían colgados en el cedro de los perdedores cuando acababa el campeonato. Si él moría, su deuda no sería heredada por su familia, su deuda moría con él.

Mushabat salió de su palloza y se dirigió hacia la tienda escita donde se custodiaba el libro de la lucha. Estaba nervioso y miraba todos los lados, buscaba algo o a alguien. Sus compañeros le observaban inquietos, a lo lejos pudo ver como unos hombres les saludaron con el brazo. Al poco tiempo llegaron a su altura y se reunieron con ellos. Eran seguidores suyos que estaban viendo la competición de lucha.

—La final va a comenzar, ya han llamado a los luchadores. No creo que tarde más de cinco minutos en iniciarse el combate —dijo uno de ellos.

—Bien, ha llegado el momento —dijo Mushabat—. Todo el mundo está viendo el combate, tenemos poco tiempo para hacernos con el libro.

—Debemos darnos prisa, el combate puede durar menos de un minuto —dijo nervioso otro de ellos.

—No te preocupes, tenemos tiempo suficiente —dijo Mushabat seguro de sí mismo.

Sin saber de dónde habían salido, junto a ellos aparecieron tres hombres. Los seguidores de Mushabat se sobresaltaron y desenvainaron sus espadas nerviosos.

—¿Quiénes sois? —preguntó inquieto unos de los acólitos de Mushabat apuntándoles con la espada.

—No te preocupes —le tranquilizó Mushabat levantando su mano y saludando a los extranjeros—, son amigos.

Los yuezhi le saludaron con leve movimiento de la cabeza. Vestían unas túnicas largas con capucha de color marrón que les llegaban hasta los tobillos. La cabeza la tenían cubierta con la capucha y apenas se les podía ver la cara.

—El combate durará lo acordado —dijo uno de ellos—, tenéis diez minutos para conseguir el libro.

—Será tiempo suficiente —dijo Mushabat.

—El combate está a punto de comenzar —dijo otro yuezhi—, creo que no tenéis mucho tiempo que perder.

—No te preocupes, nos veremos en el lugar acordado cuando acabe el combate.

Los yuezhi se fueron hacia la multitud, Mushabat y sus seguidores se dirigieron a la tienda donde los soldados del rey Teuman custodiaban el libro.

—¿Quiénes son esos? —le preguntó un seguidor a Mushabat.

—Son los que nos van a pagar una fortuna por el libro.

Cuatro soldados custodiaban confiados la puerta de la tienda. Dentro, seis soldados más apostaban su jornal jugando a los dados. Todo fue muy rápido, Mushabat y sus seguidores atacaron a los cuatro soldados que murieron antes de saber qué estaba pasando. Luego entraron en la tienda y mataron a los soldados, que jugaban a los dados. Fue un trabajo rápido y limpio. Después de rematar a uno de los soldados escitas, Mushabat se acercó a un cofre de cedro remachado con hierro y lo abrió. Ante él surgió la imagen del libro. No tendría más de cuarenta centímetros de largo y unos treinta de ancho. Era de oro y piedras preciosas, las hojas estaban hechas de piel curtida de cabra y se podían ver los nombres de todos los ganadores del campeonato de lucha escritos en letras de oro. Era una auténtica maravilla, Mushabat se quedó hipnotizado ante aquella obra de arte, y tuvo que ser uno de sus hombres el que le espabilara de su ensimismamiento.

 

—Mushabat, debemos irnos —le dijo.

—Sí, sí, claro. ¡Vámonos muchachos!

 

El combate acababa de comenzar y gran parte del público aún continuaba haciendo sus apuestas. Entre la multitud, varios hombres ocultos bajo túnicas marrones con capucha observaban atentos a los luchadores.

Hassalin en un lance del combate cayó al suelo y Yihar aprovechó la ocasión para lanzarse sobre él, le tenía a su merced. Uno de los jueces comprobó si tenía toda la espalda en tierra y comenzó a golpear el suelo con la mano. Hassalin observó como uno de los yuezhi apostaba con varios hombres y repartía varias tablillas de arcilla. Cuando el juez estaba a punto de golpear el suelo por décima vez, Hassalin logró zafarse del rival y se puso en pie. Miró hacia el publico y vio como un hombre con capucha marrón le hacia un gesto con la mano. Debía esperar un poco más. Los dos luchadores comenzaron a andar en círculo estudiándose mutuamente y esperando el momento propicio para atacar. Yihar lo intentó dos veces más pero Hassalin, mucho más ágil, consiguió zafarse del escita. Hassalin pasó a tomar una posición más defensiva. No atacaba, simplemente se defendía de los ataques de Yihar. Parecía cansado, respiraba con dificultad y un par de veces pareció que perdía el equilibrio. Miró hacia el yuezhi que hacia las apuestas y le pareció ver que asentía. Llegó el momento definitivo. Hassalin se arrodilló cansado y puso sus manos sobre el suelo. Yihar no vería otra oportunidad más clara para acabar con su oponente y se lanzó contra el yuezhi. Cuando ya se encontraba prácticamente encima, Hassalin se levantó, se giró ligeramente y enganchó al escita con el brazo derecho por la cintura mientras que con el brazo izquierdo inmovilizó el brazo derecho de Yihar. No tuvo problemas para proyectarle hacia el suelo, Yihar cayó con toda la espalda sobre el suelo y quedó aturdido por el golpe. Hassalin se puso encima de él inmovilizándole completamente. El juez observó que la espalda del escita estuviera tocando el suelo completamente y empezó a contar hasta diez.

Gran parte del público saltó de alegría cuando el juez gritó el nombre de Hassalin. Un yuezhi, acompañado por dos hombres más, reclamaba raudo el pago de las deudas a los perdedores mientras que los otros yuezhi abandonaban aquel hervidero y se dirigían hacia el bosque.

—¡El mejor combate que he visto jamás! —gritó emocionado Itbala.

—No sé qué decirte, creo que Hassalin ha estado jugando con Yihar — le dijo Afarat.

—¿Tú crees qué se puede jugar con un hombre que pesa más de cien kilos?

Afarat había visto todos los combates de Hassalin y había algo que no le cuadraba. En todos, menos en el combate contra Krakot, había vencido sin mayores problemas. Pero se había dado cuenta que en todos los combates, en un momento determinado, había dado muestras de flaqueza momentos antes de vencer a su rival. Observó a Hassalin y vio cómo miraba hacia un grupo de hombres, que se introducía en la profundidad del bosque.

—Debo marcharme, luego te veo —le dijo a Itbala.

—¿Dónde vas?

—Voy a aligerar aguas ¿quieres venir conmigo? —le preguntó, mientras se dirigía hacia el bosque.

—No amigo, creo que eso lo puedes hacer solo. Me voy a celebrar este combate, ya sabes dónde encontrarme.

—Nos vemos en la taberna, pero intenta no beber demasiado kumis, espero verte sereno.

Los yuezhi entraron en el bosque y se dirigieron hacia una pequeña cabaña de piedra que utilizaban los cazadores para guarecerse del mal tiempo en épocas de caza. Entraron en ella y allí encontraron a Mushabat junto con varios de sus seguidores.

—¿Tienes el libro? —le preguntó el que parecía ser el jefe de los yuezhi.

—Sí, lo tengo, pero hay un problema.

—¿Cuál es el problema?

—Su valor ha aumentado —le dijo Mushabat.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó, sin ocultar su enojo el yuezhi—. ¡Habíamos acordado cuatro minas de oro y doscientos siclos en piedras preciosas!

—Eso fue antes de ver el libro, ahora creo que me queríais engañar, el libro vale mucho más que eso.

Uno de los yuezhi se dirigió hacia Mushabat con gesto amenazante. El que parecía el jefe le paró de golpe con un gesto con la mano.

—¿Cuánto pides ahora?

—Quiero el doble —respondió el masageta, cruzando los brazos.

—Aquí no tenemos tanto dinero.

—Te doy tres días para reunirlo.

—Sabes que nuestro dinero lo tenemos en nuestro país. Tardaríamos más de cuatro meses en volver y poder pagarte.

—Si no tienes el dinero en tres días se lo venderé a otro comprador.

Un ruido fuera de la cabaña distrajo a atención de los yuezhi.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó uno de ellos.

—Habrá sido un animal —intentó tranquilizar Mushabat—. Sal y vete a ver qué ha sido ese ruido —le ordenó a uno de sus hombres, que salió de inmediato de la cabaña empuñando su espada.

El seguidor de Mushabat miró alrededor de la cabaña pero no vio a nadie, se adentró por el bosque pero seguía sin ver nada. Finalmente desistió de la búsqueda y entró en la cabaña.

—Fuera no hay nada, habrá sido algún animal —dijo el acólito con indiferencia entrando en la cabaña.

—Está bien, está bien —tranquilizó Mushabat—. Entonces ¿hay trato o busco otro comprador?

—En tres días nos reuniremos aquí y espero por tu bien que no vuelvas a subir el precio del libro —dijo el yuezhi.

Los yuezhi salieron rápidamente de la cabaña. Estaban verdaderamente enfadados. El jefe sintió una presencia, miró sobre su espalda hacia la espesura del bosque. Estuvo un instante mirando hacia las copas de los árboles, sentía que algo le estaba observando. Cuando comprobó que no había nada de qué preocuparse, continuó su camino. Pocos minutos después, salió Mushabat de la cabaña junto con sus seguidores.

 

Una multitud enfervorecida aclamaba el nombre del campeón. Hassalin permanecía casi imperturbable y una mueca que imitaba a una sonrisa, se reflejaba en su cara. Jusman se acercó al campeón y levantó su brazo derecho. Uno de los yuezhi cobraba el beneficio de su apuesta ante la mirada expectante de otros dos yuezhi que observaban con atención cualquier movimiento extraño entre los deudores. Hassalin era abrazado por el gentío y todos los presentes luchaban por acercarse al gran campeón y tocarle. Era venerado como un semidiós.

—¡Ha llegado el momento, nuestro campeón ha de firmar en el sagrado libro de la lucha! —exclamó Jusman ante los vítores de la gente—. ¡Vayamos a la tienda donde los soldados del rey lo custodian!

Jusman dirigía la comitiva acompañado por Hassalin, la multitud seguía vitoreando y aclamando constantemente al yuezhi. Itbala no perdía detalle de todo el espectáculo y, observó la mirada perdida y el rostro preocupado de algunos hombres. Eran los perdedores de las apuestas. «¿Cuántos desgraciados visitarán al cedro de los perdedores esta noche?», pensaba. Estaban llegando a la tienda, cuando vieron como un hombre corría hacia ellos, gesticulando como si estuviera poseído por el diablo. Cuando llegó a la altura de Jusman, se detuvo para coger un poco de aire antes de hablar, todo el mundo le observaba con curiosidad.

—¡Han… han matado a los soldados del rey y robado el libro de la lucha! —exclamó respirando con dificultad.

—¿Qué dices? —le preguntó Jusman zarandeándole.

—Mi señor, vengo de la tienda, hay cuatro soldados muertos en la puerta y otros seis en el interior. El libro no aparece por ningún lado, lo han robado.

Jusman miró al hombre con el rostro desencajado, no se podía creer lo que estaba escuchando. Rápidamente se dirigió hacia la tienda seguido por la multitud que de golpe se quedó en silencio. Hassalin permanecía impertérrito como si todo aquello no fuera con él. Cuando Jusman llegó a la tienda pudo comprobar con sus propios ojos como todo lo que le dijo el hombre era verdad. Los diez soldados del rey Teuman habían sido asesinados y el libro había desaparecido.

—Redoblad la guardia —ordenó Jusman a uno de sus oficiales—, enviad patrullas por los alrededores y que revisen el bosque en profundidad. Cerrar las puertas de la ciudad y establecer el toque de queda. ¡Nadie podrá salir de la ciudad y los que quieran entrar deberán ser interrogados! Recluid a todo el mundo que esté en la explanada, nadie podrá salir de ella hasta nueva orden. Registrad toda la carga, toda carreta, bolsa o alforja deberá ser revisada.

Miró hacia su espalda y vio a la multitud, que le observaba con preocupación.

—Escoltad a todos estos a la explanada. Las fiestas serán suspendidas hasta que los asesinos sean capturados y encontremos el libro.

—¿Suspender las fiestas, mi señor? —le preguntó el oficial.

Las pérdidas económicas serían importantes. La fiesta del invierno suponía un dineral para las arcas de Sari, y para sus comerciantes. Anular los festejos significaba la ruina para muchos mercaderes, tanto de la ciudad como los provenientes de otras tierras.

—No hay otra opción —contestó Jusman—, tenemos que volcar todas nuestras energías en encontrar a los asesinos y recuperar el libro. El rey no tolerará que este asesinato quede impune. Nuestra autonomía como pueblo está en juego.

El oficial asintió, su caudillo tenía razón. El prestigio de Jusman y la autonomía de Sari pendían de un hilo. Si no encontraban pronto a los asesinos, Teuman enviaría sus tropas para que se encargaran de las investigaciones y no se irían hasta que no encontrase a los culpables. Un oficial del rey tomaría el mando de la ciudad y Jusman correría el riesgo de ser cesado como caudillo. Teuman no podía permitir que nadie asesinase impunemente a sus soldados, debían capturarles y darles un escarmiento, que sirviera de aviso, para todos los que osasen desafiar su poder.

 

Afarat permaneció escondido casi una hora después de haber visto salir de la cabaña a Mushabat y a los misteriosos hombres vestidos con túnicas. Cuando se aseguró que no quedaba nadie en la cabaña y tomando todas las precauciones debidas, salió de su escondrijo. Había logrado ocultarse tras unos arbustos justo en el momento que salía de la cabaña uno de los hombres de Mushabat. Le vio buscando algo entre los arbustos y por los alrededores de la cabaña. Hubo un momento en el que pasó tan cerca que pudo tocarle. Afarat contuvo la respiración, pensó que finalmente le localizaría. Su corazón luchaba por salir por la garganta, se tocó el pecho y durante un momento pensó que el seguidor de Mushabat podía oír sus latidos. El hombre rebuscó entre los matorrales y golpeó unos arbustos con su espada, convencido de que nadie se ocultaba en el bosque, negó con la cabeza y desistió en su búsqueda entrando de nuevo en la cabaña. Poco tiempo después, vio como salían los yuezhi. Uno de ellos miró hacia el lugar donde él se encontraba. Afarat tuvo la sensación de que le miraba directamente a los ojos. Volvió a aguantar la respiración y, aunque estaba muy nervioso, intentó no hacer el más mínimo movimiento. Después de un breve instante que a Afarat se le hizo eterno, el yuezhi decidió continuar con su camino. Estaba temblando de miedo, si le hubieran descubierto le habrían matado allí mismo. Respiraba aceleradamente y el corazón parecía que se le iba a salir por el pecho. Decidió esperar un poco más, para tranquilizarse un poco y asegurarse que no sería descubierto. Cuando ya se encontraba más tranquilo, se dirigió hacia Sari. Numerosos soldados custodiaban la puerta de la ciudad y cuando uno de ellos recaló en su presencia, avisó al oficial de guardia que le dirigió una mirada de desconfianza.

—¿De dónde se supone que viene ese? —preguntó uno de los soldados.

—Habrá que preguntárselo —dijo el oficial.

Afarat templó los nervios y respiró con calma. Observó como todas las miradas de los soldados se dirigían hacia él.

—¿De dónde vienes, esclavo? —le preguntó el soldado.

—He estado toda la tarde en la explanada disfrutando de los combates —respondió Afarat, sonriendo e intentando ocultar su nerviosismo, que volvía a aflorar.

—Venías de la dirección del bosque.

—Necesitaba aliviarme, y qué mejor sitio que ese —dijo Afarat frotándose las manos.

El oficial de guardia observaba la conversación con el ceño fruncido. El esclavo estaba excesivamente nervioso y sus manos le sudaban. Se acercó a él y le habló.

—¿Sabes lo que ha ocurrido? —le preguntó a Afarat.

Afarat titubeó antes de contestar.

—No sé a qué te refieres ¿qué es lo que ha pasado? —Su corazón le latía con fuerza.

—No pretendas engañarnos —le espetó el oficial de guardia—, lo sabes de sobra.

—No os engaño, os prometo que no sé de qué me estás hablando —dijo sin mucha convicción, pues mentir nunca había sido su fuerte.

—Acompáñame, iremos a hablar con Jusman quizá a él le digas la verdad.

 

Mushabat se dirigía hacia la ciudad satisfecho, había conseguido el valioso libro y duplicado su precio. La empresa había tenido un éxito aún mayor del que esperaba. Bromeando con sus hombres llegó a la puerta de la ciudad. Los soldados, que estaban de guardia, detuvieron su paso. Mushabat les observó asustado. Un soldado se le acercó sonriendo y le saludó afectuosamente, era su primo Gaulam.

—¿Qué ocurre Gaulam? —preguntó más tranquilo Mushabat.

—Han robado el libro de la lucha y asesinado a los soldados del rey, Jusman ha decretado el toque de queda. Nadie puede salir de la ciudad ni de la explanada donde se celebra la fiesta del invierno.

—¿Que han robado el libro de la lucha? —preguntó Mushabat fingiendo desconocimiento—. ¡Es increíble! ¿Y se sabe quién ha podido hacer algo tan horrible?

—Aún no se sabe gran cosa, lo único que te puedo decir es que ya tenemos a un sospechoso.

—¿Quién es? —preguntó inquieto Mushabat.

—El esclavo asirio, hace menos de una hora intentó entrar en la ciudad, le preguntamos de dónde venía y nos contestó que del bosque. La respuesta le extrañó al oficial de guardia, pues el bosque no es un lugar muy apropiado para un esclavo solitario. No sé, quizá solo intentó escapar y, al ver las tropas patrullando en busca de los ladrones, se asustó y volvió a la ciudad. Lo hemos llevado ante Jusman para que lo interrogue.

Mushabat se quedó pálido. Si Afarat se encontraba en el bosque. ¿Habría escuchado su conversación con los yuezhi? Sus hombres se miraron inquietos.

—Por cierto ¿vosotros de dónde venís? —preguntó Gaulam.

—Venimos de las tiendas de las prostitutas —le dijo Mushabat riéndose y golpeando el hombro de su primo— ya sabes, durante estas fechas todas esas zorras están como locas buscando clientes.

—Afortunados sois y yo aquí de guardia.

—Ja, ja, ja —rio Mushabat— el próximo día te vienes con nosotros.

El soldado sonrió.

—Anda primo, siempre dices lo mismo. Entrad en la ciudad antes que me arrepienta y os deje toda la noche fuera en la intemperie. Recordad que Jusman ha establecido el toque de queda, id directamente a vuestra casa o corréis el riesgo de ser arrestados cuando anochezca.

—¿No debería ser interrogado? —le preguntó un soldado de la guardia a Gaulam.

—Es mi primo, estoy seguro de que no tiene nada que ver con los asesinatos. No debemos hacer perder el tiempo a nuestro caudillo.

El soldado miró con desconfianza a Mushabat, pero se apartó de la puerta dejándole el paso libre.

—Pasa con tus amigos e id directamente a vuestras casas —le insistió Gaulam.

Mushabat miró a su primo y sonrió agradecido. Durante unos breves instantes dudó si entrar en la ciudad. ¿Y si Afarat le delataba? Era posible que el asirio no les hubiera visto y su presencia en el bosque fuera pura coincidencia. Además, no entrar en la ciudad cuando estaba a punto de anochecer, podría despertar sospechas. Finalmente y no sin inquietud, cruzó la puerta acompañado por sus hombres. La ciudad estaba completamente en calma y no había nadie por las calles, solo el ruido de las patrullas rompía el profundo silencio que la embargaba.

—Ahora id a vuestras casas y esperad mis noticias —les ordenó Mushabat.

—¿Y si el asirio nos ha visto y nos ha delatado a Jusman? —preguntó con temor uno de sus hombres.

—De eso me ocupo yo, vosotros haced lo que os he dicho.

 

Preocupados, los hombres de Mushabat se dirigieron a sus hogares. En cambio, su líder fue a la palloza principal donde el caudillo, junto con el consejo de ancianos, impartía justicia. Posiblemente Afarat se encontrara allí para ser interrogado. La puerta de la palloza estaba custodiada por dos guardias que le impidieron la entrada. A través de una ventana pudo ver la figura de Jusman, y a varios de los ancianos. Intentó ver a Afarat pero no lo consiguió. Quizá ya había sido interrogado. Observó a Jusman que discutía con un consejero. Intentaba escrutar algún mensaje en la cara de Jusman, cuando sintió una mano que le agarraba con fuerza el brazo.

—¿Qué haces aquí, te has vuelto loco? —preguntó el hombre en voz baja, pero enfurecido.

Mushabat tardó un instante en recuperarse del susto, pensó que había sido apresado por la guardia. Cuando vio la cara del hombre que aún se aferraba a su brazo, se tranquilizó.

—Vámonos de aquí, o seremos descubiertos.

Los dos hombres se movieron sigilosamente y se perdieron en la oscuridad.

—Tenemos problemas —dijo el hombre.

Mushabat observó a su fiel amigo Gaffar, uno de los miembros más eminentes del consejo de ancianos. Tenía el rostro contraído y la mirada velada por la preocupación. Durante años había servido con fidelidad a su padre Hasset, cuando fue el caudillo de Sari. Se había opuesto a la candidatura de Jusman y le había apoyado para ocupar el puesto tras la muerte de Jatmala. Siempre había servido fielmente a su familia y estaba dispuesto a hacerlo una vez más.

—¿Qué ocurre? —preguntó Mushabat.

—Sois unos estúpidos, el asirio os ha visto negociando con los yuezhi. Ya ha hablado con Jusman, y acaba de convocar al consejo de ancianos.

—¿Dónde se encuentra ahora?

—Olvídalo —dijo Gaffar, conociendo las intenciones de Mushabat—. No podrás llegar a él, está custodiado por la guardia personal de Jusman. No se fía de nadie y teme por su vida.

—¿Cómo sabes lo que le ha contado?

—Vi al jefe de la guardia escoltar al asirio, les seguí hasta la casa de Jusman, y me oculté tras unos arbustos. Escuché todo lo que Afarat le dijo.

—¿Jusman y el consejo de ancianos le creerán?

—Sois muchos los implicados, basta con que uno hable, y será el fin de todos y te puedo asegurar que pocos son los que aguantan los interrogatorios de los carceleros.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó muy nervioso Mushabat.

Gaffar meditó unos instantes. Durante años había servido a su padre y deseaba que Mushabat fuera el líder de la ciudad. Estaba al corriente de las intenciones de Mushabat y su interés por robar el libro de la lucha, pero no había participado. Aún no había llegado su momento, su misión era otra. Ahora, debido a la imprudencia de Mushabat y sus hombres, todo el plan podría dar al traste y lo que era peor aún Mushabat, en el caso de ser descubierto, sería brutalmente ejecutado.

—¿Dónde está el libro? —preguntó Gaffar.

—Lo oculté en el bosque, está en un lugar seguro.

Las palabras de Mushabat le tranquilizaron, temía que hubiera sido tan estúpido de haber llevado el libro consigo.

—Debes huir de la ciudad, coge el libro y huye hacia la tierra de los sármatas, ellos te acogerán.

—¿Los sármatas? —preguntó indignado Mushabat—. Ellos son nuestros enemigos.

—Y ahora tú eres un prófugo de tu tribu, los masagetas, y además tienes el libro. Eso te hace valioso para ellos. Quizá te puedan ayudar a conseguir lo que no has logrado con tus acólitos. Yo me reuniré contigo cuando pase el invierno.

—Los sármatas me matarán en cuanto me vean —dijo Mushabat, con la voz entrecortada.

—No, diles que quieres ver al rey, que eres el hijo de Hasset, el legítimo caudillo de Sari. Diles que me conoces y que cuando llegué el invierno iré a visitarles para proponerles un interesante acuerdo.

Las palabras de Gaffar confundieron a Mushabat. ¿Los sármatas le ayudarían a conseguir su meta? ¿Qué le pedirían a cambio? Gaffar percibió la duda, en la mirada de Mushabat.

—¿Acaso no quieres alcanzar tu sueño más deseado? ¿Acaso no quieres ser caudillo de Sari? —le preguntó—. Pues todo tiene un precio, y ahora tú no eres más que un proscrito. Tú decides.

—¿Qué hacemos con mis compañeros?

—Deberás sacrificarles, debes huir solo. Es imposible que con el toque de queda un grupo de hombres pase desapercibido. Serías capturado.

A Mushabat no le preocupaba en exceso el futuro de sus hombres, pero estaba inquieto por el largo viaje que tendría que hacer hasta llegar a tierras sármatas.

—Las puertas de la ciudad están cerradas y vigiladas. ¿Cómo puedo salir de Sari?

—Vamos a mi casa, cogeremos algunas cosas que necesitarás para el viaje, luego te ayudaré a salir de la ciudad.

Fueron a la casa de Gaffar, donde cogieron comida, un pellejo de agua, dinero y una tea, y después se dirigieron, a través de unas callejuelas, hacia la muralla norte de la ciudad. Anduvieron despacio, ocultándose de las patrullas que vigilaban durante el toque de queda. Llegaron a la muralla, esperaron a que pasara la patrulla que hacía la ronda sobre el muro, y se acercaron a un arbusto. Gaffar apartó la hojarasca y algo de tierra que ocultaba una pequeña trampilla de madera.

—Pocos son los que conocen la existencia de este pasadizo —le dijo Gaffar levantando despacio la trampilla—. Huirás por aquí, el túnel llega hasta el bosque, coge el libro y dirígete hacia el oeste. Pasados varios kilómetros llegarás a una pequeña aldea, se llama Nelkari, no entres en ella, bordea la ciudad siguiendo el pequeño riachuelo que la cruza hasta que encuentres una pequeña choza. En ella vive Thishpu, un ermitaño amigo mío. Dile que vas de mi parte, dale el libro y pídele que te haga una copia lo más exacta posible.

—¿Es de fiar? —le preguntó.

—Más que tú y que yo, te aseguro que no hablará. Dile que pronto iré personalmente a recoger tanto el original, como la copia.

Mushabat le miró con suspicacia y luego sonrió.

—No sé cómo darte las gracias.

—Ya llegará el momento. Recuerda, nos veremos cuando llegue la primavera —le dijo a Mushabat, entregándole una tea.

Mushabat abrazó a Gaffar y se introdujo en la oscuridad del pasadizo. Bajó por unas escaleras con mucho cuidado, pues apenas veía nada. Miró hacia arriba y vio como Gaffar cerraba con cuidado la trampilla. Ahora la oscuridad era total. Se quedó quieto, inmóvil, encerrado en aquella tumba, oía como Gaffar echaba tierra y hojas sobre la trampilla para volver a ocultarla. Después, oyó sus pasos alejándose de la muralla. El pasadizo olía a cerrado, a humedad, a podredumbre. Posiblemente ese túnel no hubiera sido utilizado desde hacía años. Hizo un pequeño fuego y prendió fácilmente la antorcha gracias a un pequeño frasco de brea que Gaffar le había entregado. Comenzó a andar por la galería, mientras sentía como su corazón latía con fuerza.

 

Afarat le dijo a Jusman todo lo que había visto y oído, luego fue dirigido hacia la palloza principal, donde volvió a repetir la información ante la mirada atónita e incrédula de algunos consejeros. Jusman hizo llamar a Mushabat y a sus hombres, en cuanto a los yuezhi, ordenó que fueran trasladados a la ciudad. Al día siguiente serían interrogados.

Algunos consejeros no creían las palabras de Afarat, le insultaban, e incluso le acusaban de ser el autor del robo. Jusman le creía y la mayoría del consejo de ancianos también. El ambiente era muy tenso. Un consejero llegó a acusar a Jusman de complicidad con el asirio, para poder quitarse de en medio a su rival de forma definitiva. Jusman tuvo que reprimirse para no ensartar al anciano con su espada. Todos los consejeros se gritaban encolerizados. Temían la respuesta del rey Teuman, en cuanto le llegasen las noticias de la muerte de sus soldados y del robo del valioso libro. Gaffar entró en la palloza, y todos dirigieron hacia él miradas interrogantes.

—¿Dónde estabas? Te hemos hecho llamar desde hace bastante tiempo —le espetó Jusman enojado.

—Estaba en casa de un familiar —se justificó Gaffar—, desconocía que se había convocado al consejo.

Jusman le miró con desconfianza, pero le puso en antecedentes intentando escrutar en su rostro algún indicio que delatara si tenía alguna relación con el robo del libro. Era conocido por todos la cercanía de Gaffar con Mushabat, a quien siempre había apoyado como había hecho con su padre.

—Es un desastre —dijo un consejero.

—Teuman enviará a sus tropas y dejará una guarnición, dejaremos de ser libres —dijo otro.

—Y la fiesta cancelada, será la ruina para muchos de nosotros —dijo otro.

—¡Hemos perdido el libro de nuestros ancestros y han muerto diez hombres! —exclamó otro—. ¡Esto sí que es importante, los demás pueblos masagetas nos perderán el respeto!

—Lo primero será recuperar el libro y ejecutar a los culpables —añadió un consejero.

Gaffar permaneció en silencio, era consciente de que cualquier palabra suya se magnificaría, sería mejor esperar los acontecimientos.

—¿Gaffar, tú qué opinas de todo esto? —le preguntó directamente Jusman, al ver que no participaba en el debate.

Gaffar meditó sus palabras.

—Deberíamos conocer la versión de Mushabat antes de condenarle, no obstante, en el caso de ser juzgado y declarado culpable, todo el peso de la ley debería caer sobre él.

—Así se hará, el peso de la ley caerá sobre él y sobre sus compinches —dijo Jusman, mirando a Gaffar que le aguantaba la mirada desafiante.

—Creo que todavía no ha sido juzgado —dijo Gaffar.

—Como bien dices, no ha sido juzgado… todavía, pero no tengo ninguna duda de que Mushabat tiene algo que ver en todo este asunto. Es cuestión de tiempo que la guardia dé con él y nos los traiga ante nuestra presencia, junto con sus seguidores.

—Esperemos entonces —dijo Gaffar.

Los dos hombres se miraban fijamente, cuando entró un soldado en la palloza.

—Señor, no hemos encontrado a Mushabat —dijo el soldado.

—¿Y sus hombres? —preguntó Jusman.

—Estaban todos en sus casas. No han ofrecido resistencia y según han dicho, no saben nada del libro. Están fuera custodiados por la guardia.

—Bueno, veremos si tienen o no algo que ver. Trasladadlos a la cueva.

—Hay algo más, señor.

—Habla —ordenó Jusman.

—Un guardia ha confirmado que Mushabat entró en la ciudad con posterioridad al toque de queda acompañado por sus hombres.

—¿Por qué no fue interrogado como ordené? —preguntó enfadado Jusman.

—Un familiar suyo estaba de guardia, y entendió que no tenía nada que ver con el robo.

—Apresad a ese soldado y enviadlo a la cueva junto con los demás. Es posible que tenga algo que ver y si no lo tiene, ha desobedecido una orden mía y eso merece un severo castigo. En cuanto a Mushabat, buscad casa por casa, si está en la ciudad no podrá escapar. Tenemos que dar con él.

Los consejeros enmudecieron. Aquellos que dudaban de las palabras de Afarat, miraban al suelo. El consejero que acusó a Jusman, se sentía avergonzado, se levantó y se dirigió hacia el caudillo, le pidió disculpas y se marchó.

—¿Tienes ahora alguna duda de que Mushabat tiene algo que ver? — preguntó Jusman a Gaffar.

—Seguiré dudando hasta que escuchemos qué tiene que decir —dijo con seguridad Gaffar.

—Tenemos a sus hombres, estoy seguro que conseguiremos que nos digan la verdad. En cuanto a Mushabat, daremos con él y será ejecutado.

La reunión había terminado y Gaffar, junto con el resto de los consejeros, salió de la palloza observado por Jusman, que pensaba que algo tenía que ver con el robo del libro y el asesinato de los soldados de Teuman.

 

Era noche cerrada cuando Jusman se dirigió hacia la cueva junto con Afarat y su guardia personal. Entraron en una palloza que estaba custodiada por varios soldados, y levantaron una trampilla que había en el suelo. Un olor nauseabundo golpeó con fuerza sus rostros. Entraron despacio en la oscuridad de la cueva iluminados por teas. La cueva era una galería de poco más de metro y medio de ancho y veinte de largo. A ambos lados de la galería se encontraban las celdas. Estaba construida a pico bajo la palloza y tenía tres plantas. Las celdas más profundas las reservaban para los culpables de los delitos más graves. La oscuridad era casi total y unas pocas antorchas, difuminadas por todo el pasillo, iluminaban levemente la sombría prisión. Jusman y Afarat se pusieron un pañuelo en la cara para poder aguantar el mal olor. Llegaron a una puerta de madera y el caudillo ordenó al soldado que estaba de guardia que la abriera. Entró acompañado por Afarat y alguno de los soldados. Los prisioneros les miraron asustados.

—¿A quiénes viste? —preguntó Jusman a Afarat.

—Aquí no puedo verles bien, necesitaría más luz.

—Soldado, acerca tu antorcha al rostro de los prisioneros. El asirio, con la cara tapada por un pañuelo, miró uno por uno a todos los cautivos. Pudo identificar con toda seguridad a tres de ellos. Jusman ordenó que fueran trasladados a una celda situada en una planta inferior.

—Los prisioneros que no han sido identificados no recibirán ni comida ni agua. Mañana al alba los subiréis a la palloza donde Afarat, con más luz, podrá confirmar si se encontraban en la cabaña con Mushabat. Los que han sido identificados serán interrogados durante toda la noche —ordenó el caudillo—. Quiero una confesión mañana al alba y no me importa los métodos que utilicéis. ¿Dónde están los yuezhi? —le preguntó a un soldado.

—Están custodiados en el almacén.

—Vayamos a hablar con ellos.

Jusman se dirigió hacia el almacén para interrogar a los yuezhi. Afarat fue escoltado a la casa de Itbala, donde sería custodiado por varios soldados para velar por su seguridad. Cuando Jusman llegó al almacén, encontró a seis hombres vestidos con túnicas marrones con capucha.

—¿Quién es vuestro jefe? —les preguntó.

Nadie dijo nada, pero todas las miradas se dirigieron hacia uno de ellos.

—Bien, no me andaré con rodeos —dijo Jusman, dirigiéndose al yuezhi que las miradas apuntaban como líder—. Tenemos testigos que aseguran que tenéis mucho que ver con los asesinatos de los hombres del rey y el posterior robo del libro de la lucha. Hemos detenido a los hombres de Mushabat y ya os han delatado —mintió el caudillo—. Quiero conocer los motivos, ¿por qué queríais el libro?

El yuezhi guardó silencio. Miraba fijamente a Jusman, pero no dijo nada.

—Tu silencio confirma que tenéis algo que ver —dijo Jusman—. Quiero saber la verdad y si hay más gente implicada. Te aseguro que tengo métodos para haceros hablar.

—Tus métodos son inútiles contra nosotros —dijo el yuezhi.

—Eso lo veremos. ¡Habla! —le ordenó.

El yuezhi le dio la espalda sin decir nada, daba la conversación por terminada.

—Si eso es lo que quieres, así será —le dijo enfurecido—. Soldados, enviad a estos yuezhi a la cueva. Encerradlos en celdas individuales en lo más profundo de la prisión. Interrogadles hasta que no les queden fuerzas para hablar.

 

Amanecía un nuevo día y Jusman y Afarat, se encontraban en la palloza donde se ocultaba la cueva. El caudillo apenas había dormido esa noche, tenía que encontrar el libro y a Mushabat como fuera. Había capturado a varios hombres implicados en el robo, pero tenía que descubrir el motivo por el cual, los yuezhi querían hacerse con el libro de la lucha y averiguar si había más gente implicada. Ordenó a los soldados que les subieran los tres seguidores de Mushabat, que habían sido identificados por Afarat. Poco tiempo después, se encontraban delante de él tres despojos humanos. Tenían todo el cuerpo sucio y ensangrentado. Uno tenía ambos ojos hinchados, a otro le faltaban varios dedos y otro tenía un muñón por mano. Le habían arrancado todos los dedos y cubría el muñón con un sucio trapo sanguinolento.

—Tenemos una confesión completa de los tres hombres —le dijo un oficial.

—¿Han dicho algo de Mushabat? ¿Saben dónde se encuentran?

—Todos le han acusado de ser el instigador del robo, pero desconocen dónde se encuentra. Les pidió a todos que fueran a sus casas y esperasen noticias suyas, ahora ha desaparecido y ellos creen que les ha traicionado.

—Sigue buscando, no puede habérsele tragado la tierra.

—Tengo a mis hombres revisando casa por casa y hay varias patrullas buscándole fuera de la ciudad.

—¿Por qué Mushabat quería el libro? —preguntó Jusman al oficial.

—Lo quería para vendérselo a los yuezhi, con el oro conseguido, contrataría mercenarios para derrocarte y así poder controlar la ciudad.

—¿Hay más implicados?

—Parece ser que el campeón del torneo, Hassalin, tiene algo que ver, pero su papel en todo este asunto todavía no está muy claro.

—Esto lo tendremos que aclarar con los yuezhi. Sacad al resto de los prisioneros.

Uno a uno, fueron saliendo de la cueva el resto de cautivos. Se pusieron en fila delante de Afarat, que fue identificando a los que vio en la cabaña. Solamente dos de ellos no fueron identificados por el asirio, aún así, fueron devueltos a la cueva, había que aclarar si tenían algo que ver con el robo. El resto de prisioneros fueron interrogados y torturados durante horas.

 

Jusman estaba muy preocupado. Nada más ser informado del robo del libro, envió un mensajero a Bhakri para informar al rey de los acontecimientos. Esperaba con impaciencia la repuesta de Teuman. Habían pasado varias horas desde que comenzaron los interrogatorios y Jusman ya tenía casi toda la información que necesitaba. Los acólitos de Mushabat dijeron todo lo que sabían, de eso no había ninguna duda, pues todas sus declaraciones coincidían, pero faltaba por saber el motivo por el cual los yuezhi, un pueblo tal lejano, querían el libro. Se sirvió un vaso de kumis y se lo bebió de un trago. Se encontraba solo en su casa, necesitaba pensar. Los festejos se habían anulado y los asistentes extranjeros seguían recluidos en la explanada. Se mantenía el toque de queda en la ciudad y los soldados patrullaban constantemente, tanto por ella, como por los bosques cercanos. Varias partidas de soldados con perros habían salido en busca de Mushabat, pero no habían tenido suerte. Jusman estaba convencido de que alguien le había ayudado a escapar. Continuaba sumido en sus pensamientos, cuando un soldado abrió la puerta de la palloza y entró acompañado por el líder yuezhi. Tenía la túnica rota, sucia y ensangrentada. Cojeaba de la pierna derecha y pudo ver que le habían amputado tres dedos del pie. Aún así, Jusman había sido informado que el yuezhi no había dicho nada, y había aguantado la tortura sin emitir el más leve quejido. Un soldado le amenazó con decapitar a uno de sus compañeros si no hablaba, y el monje ni se inmutó, cuando el mismo soldado le arrojó la cabeza de su compañero a los pies. Jusman miró detenidamente al yuezhi. A pesar de sus ropas harapientas y las heridas sufridas, mantenía la misma mirada profunda y sabia.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó Jusman.

—Mi nombre es Ging-Liu —respondió el yuezhi, con voz débil.

—Acabar con este sufrimiento depende únicamente de ti —le dijo Jusman mientras se acercaba a él y le ofrecía un vaso de agua—. ¿Por qué quieres el libro?

—No podrías entenderlo, ni tú ni tu gente —le contestó rechazando el agua.

—¿No quieres agua? Seguro que estás sediento.

—Mi sed no tiene nada que ver con el agua, si mis monjes no beben, yo tampoco lo haré.

Jusman le miró con sumo respeto.

—Quizá, si me explicases para qué quieres el libro, podría entenderlo.

El monje dudó pero finalmente habló.

—Te contaré lo que quieres saber, pero antes tendrás que prometerme que dejarás libres a mis monjes.

—Lo que me pides no te lo puedo prometer, el delito que habéis cometido es muy grave.

—Soy su maestro, la idea del robo fue mía. Ellos no sabían nada hasta que llegamos a Sari y les conté el verdadero motivo de nuestra visita.

—¿Hassalin tampoco sabía nada?

La pregunta descolocó al yuezhi. Desconocía que también hubieran descubierto a Hassalin.

—Hassalin no tiene nada que ver.

—Le he visto luchar, está claro que es un gran campeón pero no parece muy listo.

—Tiene un gran corazón —dijo el yuezhi ofendido—. No deberías humillarle, es un gran hombre.

Jusman se sintió un poco avergonzado, no debería haber prejuzgado al luchador yuezhi.

—Si hablas liberaré a tus compañeros. Tú te quedarías aquí con Hassalin, podrías sernos útil en el futuro. Esta es mi última oferta, la decisión es tuya.

—No podría vivir esclavizado lejos de mi pueblo, antes prefiero morir.

—No serás esclavizado, vivirás como hombre libre siempre y cuando prometas que no intentarás escapar. Te quedarás con nosotros durante cinco años, luego podrás volver con tu pueblo.

El yuezhi estudió detenidamente la proposición del caudillo y después de valorar los pros y los contras, aceptó el acuerdo. Jusman parecía satisfecho, ordenó a un soldado que entregasen comida y bebida a los yuezhi y que Itbala y Afarat curasen sus heridas. Ging-Liu cogió el vaso de agua que anteriormente le había ofrecido Jusman y bebió con avidez.

—¿Para qué queríais el libro? —preguntó Jusman.

El yuezhi esperó unos instantes antes de hablar. Lo que iba a decir no debería saberlo ningún extranjero. Nadie, excepto los monjes de su templo, conocía el secreto que se guardaba escrito en las hojas de piel de cabra del libro, al que esos ignorantes llamaban libro de la lucha. Si hablaba nunca podría volver a su pueblo, a su templo, nunca volvería a ver su gente. El deshonor habría manchado su nombre, pero había fracasado en su misión y ahora sus prioridades eran otras; velar por Hassalin y el resto de los monjes. Después de meditarlo, decidió hablar.

—¿Has visto alguna vez el libro? —le preguntó a Jusman.

—Le veo todos los años, cuando inscribimos el nombre del campeón.

—¿Pero lo has podido leer?

—No, únicamente he visto el exterior y la hoja en blanco donde el juez inscribe el nombre del ganador del torneo. No he podido ver nada más, los soldados del rey no permiten que nadie pueda ver su contenido. Pero pude comprobar que es una verdadera obra de arte de extremada belleza.

—Lo es —confirmo Ging-Liu—. Es de oro con incrustaciones de piedras preciosas. La portada tiene caracteres serigrafiados en un dialecto antiguo del yuezhi que muestra el verdadero nombre del libro.

—¿Mushabat te lo enseñó?

—No, es así como nuestros sabios nos han explicado que es, yo nunca lo he visto.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Jusman.

El yuezhi titubeo. Le diría que contiene el libro, pero nunca su verdadero nombre. Sería la mayor ofensa que le puede hacer a su templo y ya había dicho demasiado.

—No puedo decirte el verdadero nombre del libro, mi pueblo nunca me lo perdonaría, pero sí te puedo decir por qué es importante para nosotros.

—No entiendo, me puedes decir que conocimientos o sabiduría contiene el libro, pero no me dices su nombre. Definitivamente eres un hombre curioso.

—Si yo te doy una fórmula mágica, pero no te digo para que sirve ni como mezclar los ingredientes, en definitiva no tendrás nada. Con nuestro libro pasa exactamente lo mismo. Te diré por qué es importante para nosotros, pero nunca te desvelaré su nombre ni los conocimientos que el libro esconde, aunque tenga que sacrificar mi vida por ello.

Jusman estaba intrigado y se preguntaba qué fabulosos conocimientos contenía el libro, para que el yuezhi se negara a desvelárselos, incluso a costa de su vida. Pero eso no le preocupaba, tenía métodos para hacer hablar a los prisioneros y si Ging-Liu no le revelaba dicha información, seguro que alguno de los yuezhi sí que lo haría.

—Solo quiero saber por qué es importante para tu pueblo, lo demás no me importa —mintió Jusman.

Ging-Liu le miró de soslayo, enseguida percibió la ambición que reflejaba la mirada de su captor.

—El libro que vosotros llamáis libro de la lucha, nos pertenece desde hace siglos. En él está inscrita toda la historia de nuestro pueblo desde los primeros tiempos.

—¿Cómo llegó hasta Sari?

—Hace muchos años los pueblos bárbaros del sur invadieron nuestras tierras, mucha gente murió. Nuestro rey, temiendo que los bárbaros se apoderaran del libro, se lo entregó a un noble con la misión de que huyera de nuestras tierras y ocultase el libro en un lugar seguro. El noble se dirigió hacia el este, a la ciudad de Wuwei pero fue capturado y durante años, se perdió la pista del libro. Es el tesoro más valioso de mi pueblo. Nuestras raíces, nuestras tradiciones, nuestros conocimientos más ancestrales, están escritos en él. Con su pérdida olvidamos nuestra esencia como pueblo y el país se fraccionó en distintas tribus y clanes.

—¿Cómo lo localizasteis después de tanto tiempo?

—El año pasado un mercader yuezhi oyó en una taberna que alguien hablaba de un libro de pasta de oro, donde los luchadores de un determinado torneo inscribían su nombre en letras de oro. Se acercó a los hombres que hablaban de ese libro y les invitó a beber. Uno de los hombres era Krakot, se vanagloriaba de haber inscrito su nombre varias veces. El comerciante le pidió que le describiera el libro y Krakot, ebrio, así lo hizo. Cuando el comerciante volvió a Kushan, entró en nuestro templo y le dijo a uno de nuestros monjes todo lo que le habían dicho los escitas sobre el libro. No estábamos seguros de que se tratara del mismo libro que durante siglos habíamos buscado, pero era la única pista que teníamos, y nos decidimos a seguirla. Parecía una buena oportunidad de recuperar, lo que en justicia, siempre nos ha pertenecido.

El yuezhi hizo una pausa, estaba fatigado por el cansancio. Bebió un poco más de agua y arrojó un poco sobre su pie amputado. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Jusman se sentía culpable. Llamó a un guardia y le ordenó que llamase a Itbala.

—El comerciante nos dijo que el libro estaba custodiado en Bhakri — continuó el yuezhi—, pero que una vez al año, lo trasladaban a la ciudad de Sari para inscribir en letras de oro el nombre del campeón de un torneo de lucha.

—No entiendo como un libro tan importante pueda ser utilizado únicamente para poner el nombre de un luchador —dijo Jusman—. Me parece increíble que nadie se haya preocupado nunca en traducirlo.

—El libro está escrito en yuezhi, pero en un dialecto casi extinto. Solo los monjes más eruditos estarían en condiciones de traducirlo. Que ahora sea únicamente utilizado para poner el nombre de un luchador, es una aberración que simplemente confirma la ignorancia de tu pueblo.

Jusman no se sintió ofendido, al fin y al cabo el yuezhi tenía razón. Su pueblo no había sido consciente del valor de un libro que habían poseído durante los últimos ciento treinta años.

—Conseguimos en Bhakri toda la información que pudimos. Según nos comentaron algunos sabios escitas, cuenta la leyenda que el rey bárbaro que nos arrebató el libro, era un gran luchador pero muy ignorante, apenas sabía leer y escribir, pues había sido educado para la guerra. Al ver el libro, se maravilló de su belleza, pero no entendió la sabiduría que contenía. Llamó a varios sabios y eruditos para que tradujeran el libro, pero todos los intentos fueron inútiles. Un día, estudiando el libro vio que tenía muchas páginas en blanco. No entendió que un libro de esa belleza estuviera inacabado y llegó a la conclusión de que su contenido no sería importante. Su valor estaba en el exterior, en el material con el que fue realizado, en ese momento dejó de preocuparse por lo que decía el libro. En uno de sus viajes, llegó hasta Sari el día que vosotros celebráis vuestra fiesta del invierno. El rey bárbaro participó en el campeonato, y venció a todos sus rivales. Para celebrarlo y que todo el mundo recordara lo gran luchador que era, escribió su nombre en el libro con letras de oro. Como tradición y para recordar su gran hazaña, ordenó que todos los años se escribiera el nombre del campeón con letras de oro en el libro al que él llamó; el libro de la lucha. Como Sari era un pueblo pequeño, temía que fuera fácilmente robado y lo envío a la capital, Bhakri donde sería custodiado. Una vez al año se enviaría a Sari, para que el campeón inscribiera su nombre en él, luego volvería a Bhakri.

—Parece ser que la leyenda es cierta —dijo Jusman—. Tamohat es el nombre del primer luchador que aparece inscrito en el libro. Fue nuestro rey hace ciento treinta años. Debió ser el rey escita que os venció y os arrebató el libro.

—Sí, efectivamente debió ser así. Ahora estábamos prácticamente seguros de que se trataba del libro que estábamos buscando.

—¿Por qué el libro está inacabado?

—En él escribía nuestra historia el sumo sacerdote de nuestro templo. Todos los años, en el solsticio de verano, escribía los acontecimientos más importantes que habían sucedido en nuestro pueblo, incluidos los nuevos conocimientos y experiencias que habían llegado a nuestras tierras. Había un mapa del mundo que se iba actualizando según se tenían nuevas informaciones. Todo el saber de varias generaciones está escrito en él y está inacabado por que la historia es infinita y nunca puede terminar de escribirse.

—Entonces decidisteis robarlo ¿por qué no lo hicisteis vosotros, por qué mandasteis a otros que hicieran vuestro trabajo?

—Somos monjes no ladrones y además, somos yuezhi, extranjeros en estas tierras, no queríamos provocar un conflicto con los escitas o vosotros, los masagetas. Debía ser uno de vosotros el que robase el libro.

—Y ahí entra Mushabat, ¿cómo lo localizasteis?

—Fue la tarea más sencilla —dijo el yuezhi—, aprovechábamos cualquier caravana de mercaderes para llegar a Sari sin despertar sospechas, luego entrábamos en la taberna e invitábamos alguno de los clientes a cerveza o a esa bebida de leche fermentada que bebéis vosotros.

—Kumis —dijo Jusman.

—Efectivamente, kumis. Durante varios meses no conseguimos más información, hasta que un día, uno de nuestros enviados invitó a beber a un masageta. Después de varias jarras de kumis, le dijo a nuestro enviado que él debería ser el caudillo de Sari, pues su padre también lo fue. También nos dijo que el actual caudillo era un usurpador…

El yuezhi enmudeció, pero Jusman le hizo una señal para que continuara.

—Dijo que si tuviera el oro suficiente, contrataría mercenarios y derrocaría al caudillo. Nuestro enviado fue muy prudente y para ganarse su confianza, habló con él en varias ocasiones sin preguntarle nada acerca del libro. Finalmente, una noche después de beber bastante alcohol, le propuso el robo del libro y acordaron un precio. Es increíble lo que se puede conseguir invitando a un masageta a cerveza o a vuestro kumis. Le dio una pequeña parte por adelantado y acordaron verse días antes de la fiesta del invierno. Su nombre era Mushabat.

—En todo esto no entiendo el papel de Hassalin.

—Nuestro pueblo es pobre y la cantidad que teníamos que pagar por el libro era muy elevada, Hassalin nos fue muy útil para recaudar dinero a través de las apuestas y poder así, con la ayuda de sus victorias, hacer frente a parte del pago del libro.

Jusman miró sorprendido a Ging-Liu.

—¿Me quieres decir que sabíais que Hassalin iba a ganar el torneo? — preguntó incrédulo.

—Nuestros luchadores son los mejores del mundo, cualquier joven monje de nuestro templo, habría puesto en serias dificultades a ese que llamáis Krakot. Este conocimiento también está escrito en el libro, pero por fortuna, tenemos una fuerte tradición oral que nos permite traspasar ciertos conocimientos de padres a hijos sin necesidad de escribirlos.

—Debéis ser un poderoso pueblo.

—Lo fuimos —dijo con nostalgia el yuezhi—, ahora estamos desunidos y luchamos hermanos contra hermanos. Espero conseguir el libro y que la paz y la prosperidad vuelvan a nuestras tierras.

Jusman comenzó a andar pensativo por la palloza. Observó al monje, que pudo ver la avaricia reflejada en la mirada del caudillo. Un escalofrío recorrió la espalda de Ging-Liu, no le faltó mucho tiempo para darse cuenta de que había sido engañado.

—Tú y tus mojes habéis cometido un delito muy grave. Después de hablar contigo, me he dado cuenta de la importancia del libro y no puedo tolerar que le sea arrebatado a mi pueblo, pues lo posee desde hace más de cien años. Sois un peligro y no os puedo dejar libres.

—Prometiste que liberarías a mis compañeros. Fue lo que acordamos ¿acaso tu palabra no vale nada?

—No conocía la historia del libro, lo siento, pero será Teuman el que decida qué hace con vosotros.

—Veo que Mushabat no estaba del todo equivocado.

—¿A qué te refieres?

—Eres un hombre sin palabra, no eres el digno líder que un pueblo necesita —dijo Ging-Liu desafiante, mirándole a los ojos—. Quizá Mushabat tuviera razón cuando dijo que no eras el legítimo caudillo de Sari.

Jusman no pudo reprimirse y golpeó con fuerza al monje que cayó al suelo.

—Nunca debí contarte la historia del libro, he traicionado a mi pueblo y me siento avergonzado por ello —dijo con pesar Ging-Liu.

El caudillo observaba al yuezhi, estaba destrozado, hundido. Vio como se arrodillaba y ocultaba su cara entre las manos. En ese momento, un soldado entró por la puerta.

—Señor, el shaman se encuentra indispuesto —le dijo el soldado—, en su lugar he traído al esclavo Afarat.

—No importa, ya me lo figuraba. Afarat quiero que cures la herida de este hombre y de sus amigos —ordenó Jusman.

Afarat miró al anciano, que se encontraba arrodillado. Era un desecho humano. La túnica sucia y ensangrentada dejaba ver un cuerpo dolorido y mutilado. Pero lo que más impresión le causó a Afarat fue su mirada. Sus ojos carecían de expresividad, estaban vacíos, carentes de vida y esperanza. Parecía un hombre resignado a su suerte, un hombre que esperaba, como una liberación, la llamada de la muerte. Era un alma atormentada que deseaba encontrar la paz. Afarat pidió agua caliente y paños limpios. Mezcló el agua con unas hierbas y comenzó a limpiar el mutilado pie del yuezhi. El monje le sonrió.

—Tú estabas en el bosque —le dijo Ging-Liu muy débilmente.

No parecían palabras de reproche, pero Afarat no podía aguantar su mirada. Sin decir palabra, continuó auscultando al yuezhi. Tenía moratones y cortes por todo el cuerpo, pero lo más grave era la amputación de tres dedos de su pie derecho. Con un trozo de túnica, el monje se había hecho un rudimentario vendaje, pero la herida se había infectado y el yuezhi tenía fiebre.

—Este hombre está muy enfermo, su pie amputado se ha infectado y tiene fiebre, si vuelve a la cueva morirá. Por favor —suplicó el asirio—, te ruego que permitas que él y sus amigos sean trasladados a la palloza de sanación. Allí podré curar sus heridas.

Jusman miró al asirio, que le observaba con ojos suplicantes. No era mala idea, era su obligación proteger la vida de los yuezhi hasta la llegada del enviado de Teuman, y ya había muerto uno durante el interrogatorio. No era conveniente que murieran más antes de volver a ser interrogados por los emisarios del rey.

—Está bien, ordenaré que trasladen a los yuezhi a la choza de sanación, pero los amigos de Mushabat permanecerán en la cueva. A ellos también quiero que les cuides hasta que llegue el enviado del rey y nos diga qué hacemos con ellos.

La choza de sanación se encontraba cerca de la palloza de Itbala. De estructura ovalada, estaba compuesta por diez camastros, varias estanterías y algunos arcones con vendas y todo tipo de hierbas. Jusman ordenó que los dos enfermos que se encontraban en ese momento en la choza, fueran enviados a sus casas, donde serían tratados. No quería que los yuezhi tuvieran ninguna relación con nadie de la ciudad.

Tal y como había ordenado Jusman, los yuezhi fueron llevados a la choza de sanación. Todos excepto Hassalin, que continuaba encerrado en una celda de la cueva, no había sido torturado, ni estaba enfermo. Jusman, decidió que era más prudente dejarle encerrado en la cueva. En la choza de sanación era más fácil escapar. Afarat encontró a los yuezhi completamente desahuciados, no había parte de su cuerpo que no hubiera sido golpeada, además, estaban deshidratados y mal nutridos. A un yuezhi le habían amputado varios dedos de su mano derecha y todos tenían cortes profundos que, en muchos casos, se habían infectado. Afarat desinfectó los cortes que sufrían los yuezhi con agua caliente mezclada con lavanda y luego les aplicó aloe vera para facilitar su cicatrización. Para bajarles la fiebre, les dio a beber una infusión de menta. Después de realizar las primeras curas, se dirigió a Jusman, que le observaba con atención.

—Estos hombres están muy graves, además de las heridas que han sufrido, están deshidratados y desnutridos. Si quieres que vivan hasta que llegue el enviado del rey, deberán recibir los cuidados que yo diga —le dijo a Jusman.

—¿Qué necesitan?

—Deberán beber agua fresca, por lo menos dos litros al día y tendrán que comer. Que hoy y mañana coman sopa de gallina y a partir de mañana leche, queso, dátiles y algo de carne. Deberán comer por lo menos tres veces al día.

—Estos criminales van a comer mejor que yo —dijo Jusman con sarcasmo.

—De ti depende que vivan o mueran —le respondió Afarat.

—Así se hará, pero hasta que recobren la salud, cuando se encuentren en mejor estado volverán a la cueva.

 

Durante varios días los yuezhi recibieron los cuidados que Afarat había ordenado. Itbala, ya restablecido de su indisposición, ayudaba al asirio en el cuidado de los yuezhi. Les cambiaban los vendajes, preparaban infusiones y curaban las heridas. Durante todo este tiempo, Afarat apenas había intercambiado alguna palabra con ellos. Él les observaba con atención. Escuchaba sus melódicos rezos, que le transportaban a otras tierras lejanas y desconocidas, observaba como, durante horas, permanecían con las piernas cruzadas y con los ojos cerrados. Les habría preguntado tantas cosas de su país y de sus tradiciones. Pero no podía, la culpabilidad por haberles denunciado se lo impedía. Sentía vergüenza de sí mismo. Miraba a aquellos monjes y la grandeza que transmitían le hacían sentirse pequeño, un ser inferior. Él no era más que un delator.

—No te aflijas —le dijo un día Ging-Liu—, hiciste lo que tenías que hacer.

Afarat no dijo nada, seguía atendiendo el profundo corte que uno de los yuezhi tenía en el brazo.

—Eres esclavo, no tenías elección —le dijo el yuezhi.

—Siempre hay elección —le contestó Afarat.

El yuezhi observó a Afarat, era evidente que no siempre había sido esclavo. Era experto en las artes curativas y su porte no era el de un simple servidor. Se concentró en su aura y pudo ver que un increíble dolor martirizaba su corazón. Ese dolor iba más allá de su mera existencia como esclavo. Se trataba de un hombre al que la vida, le había arrebatado todo lo bueno que un buen día tuvo a bien entregarle. El médico sufría.

—No te martirices por nosotros, tu dolor ya es lo bastante fuerte —le dijo el yuezhi, con compasión—. Además, con tus sabios cuidados has espirado cualquier mal que nos hubieras hecho.

—Todavía seguís siendo prisioneros y muchos de vosotros estaréis mutilados de por vida.

—Querido amigo, no hay peor mutilación que la del alma. Las mutilaciones del cuerpo son banales si el espíritu está en paz y en equilibrio con la naturaleza.

—Los sacerdotes asirios dicen que las enfermedades son castigos de los dioses por vulnerar el equilibrio con el universo.

—Si lo piensas bien, decimos lo mismo pero desde otro punto de vista. En nuestro caso, el papel que les damos a los dioses es bien distinto.

—¿Ahora vosotros estáis en paz y en equilibrio con la naturaleza? —le preguntó Afarat.

Ging-Liu, sonrió.

—Nuestro equilibrio está alterado, pero volverá a restablecerse en poco tiempo.

—No te entiendo. ¿Cómo vais a restablecer vuestro equilibrio siendo prisioneros y con miembros mutilados?

—Como te he dicho antes, el cuerpo no es más que un recipiente, ¿qué más da que esté roto o incompleto? Lo importante es el contenido de ese recipiente. Ahora nuestro espíritu, que es el contenido del recipiente, no está en equilibrio porque no es libre. Nuestra alma debe ser libre. Los yuezhi hemos nacido para ser libres no prisioneros, preferimos la muerte que vivir encerrados. Cuando seamos de nuevo libres, nuestro espíritu volverá a estar en paz y te aseguro que esto, ocurrirá pronto.

Afarat le miró fijamente sin entender exactamente a qué se refería. Escapar de la ciudad no sería tarea fácil y, aunque su salud había mejorado en los últimos días, todavía estaban débiles y algunos mutilados. Estaba convencido que nunca conseguirían salir de su prisión.

—Tú buscas la libertad para volver a estar con los tuyos ¿verdad? —le preguntó Ging-Liu.

Afarat se limitó a asentir, era incapaz de decir ninguna palabra.

—Necesitamos tu ayuda para liberar a Hassalin —le dijo el yuezhi—. Si nos ayudas, te sacaremos de esta ciudad y volverás a ser libre ¿qué dices?

—Por supuesto —dijo entusiasmado—, la vida sin mi familia no tiene sentido. Haría cualquier cosa por salir de aquí.

—Debemos darnos prisa y huir de aquí antes de que llegue el enviado del rey Teuman.

—Dime qué tengo que hacer.

—De momento cuida de nuestras heridas; esperaremos a la luna nueva.

 

Era una mañana fría de comienzos de invierno. Un cielo azul sin mácula saludó a Afarat cuando salió de la choza de los esclavos. Se dirigía a la cueva para asistir a Hassalin. Habían pasado varias semanas desde el robo del libro y, a pesar de los esfuerzos de los soldados de Jusman, no se había encontrado ninguna pista de Mushabat ni del libro. El caudillo había enviado espías e informadores a las cuatro esquinas del mundo conocido, pero todavía no había obtenido ninguna respuesta. Si no encontraba el libro pronto, el deshonor caería sobre él y podría correr el riesgo de ser cesado como caudillo. Deseaba capturar a Mushabat y recuperar el libro antes de la llegada del enviado del rey.

Los yuezhi habían mejorado de sus heridas y Afarat temía que, en cualquier momento, Jusman, ordenase que volvieran a la cueva. Deberían darse prisa si querían escapar, y después de varias semanas de espera, el ansiado día había llegado, esa noche había luna nueva.

Afarat llegó a la palloza donde se ocultaba la cueva, y cruzó la puerta franqueado por los soldados que hacían guardia. Le sonrieron y saludaron. Otro guardia, de imagen más huraña, le abrió la trampilla a regañadientes y Afarat comenzó a bajar las escaleras con mucho cuidado para no caerse. A pesar de que bajaba por esas mismas escaleras casi todos los días, no se había acostumbrado al nauseabundo olor de la cueva. Entró en una celda donde se encontraban varios seguidores de Mushabat. Eran los hombres que no había identificado, por lo que no estaba clara su implicación en el robo. Aún así, habían sido torturados y sus cuerpos reflejaban el resultado de los métodos que los soldados de Jusman utilizaban para conseguir arrancar las confesiones de sus encarcelados. Un soldado le comentó a Afarat que uno de ellos había confesado estar implicado en el asesinato de uno de los soldados del rey, pero su declaración no encajaba con la del resto de detenidos, y Jusman interpretó que su declaración se debió a la tortura, y que el hombre no decía la verdad, simplemente quería que cesase su sufrimiento y tener una muerte rápida.

Afarat curó las heridas de los prisioneros y cambió sus vendajes. A diferencia de los yuezhi, los hombres de Mushabat no habían mejorado su estado físico. Alguno tenía la fiebre muy alta y uno de ellos murió. Sin duda, el ambiente de podredumbre en el que se encontraban, no ayudaba a mejorar su salud. Después de asistir a los hombres de Mushabat, se dirigió a la celda de Hassalin. Se encontraba en la planta más profunda de la cueva donde el calor, la humedad y el olor a detritus, eran aún más insoportables. Un soldado con la cara oculta tras un trapo húmedo le abrió la puerta, y entró en la oscura celda. Iluminado por una antorcha pudo ver al gigante yuezhi sentado de espaldas a la puerta con las piernas flexionadas. Estaba más delgado, pero su estado de salud parecía bueno. No había sido torturado. El yuezhi no hizo ningún gesto, ni se inmutó cuando oyó la puerta abrirse a su espalda. Afarat colocó la antorcha en la pared y se acercó con cierto temor al gigante.

—Saludos, Hassalin, soy Afarat.

El yuezhi no hizo ningún gesto. Seguía con los ojos cerrados, la cabeza ligeramente levantada y las manos apoyadas en las rodillas.

—Veo que te encuentras en perfecto estado —dijo Afarat, en un intento de llamar la atención del gigante.

Hassalin seguía meditando con los ojos cerrados y sin inmutarse, como si se encontrara solo en su celda o en un lugar lejano.

—Traigo un mensaje del maestro Ging-Liu —le susurró Afarat al oído, asegurándose antes de que el guardia no le pudiera oír.

El gigante abrió los ojos y giró ligeramente la cabeza hacia el hombre que le había susurrado el nombre su maestro. El asirio había conseguido captar la atención del yuezhi.

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