El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 5 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo V

 

ASSARHADDON se encontraba en palacio disfrutando de uno de sus pasatiempos favoritos, un ejercicio de lucha, cuando su copero mayor le informó de la llegada de un mensajero. Raudo, se levantó de su asiento y los luchadores cesaron el combate. Se dirigió hacia la sala real, junto con su madre y el sacerdote. La reina Zukatu, continuó sentada mirando los sudorosos cuerpos de los luchadores, mientras disfrutaba del dulce sabor de unos dátiles.

—¿Qué noticias traes, mensajero? —preguntó impaciente el rey nada más entrar en la sala.

—Mi señor —dijo el mensajero postrándose ante el rey— traigo noticias del gran general Artacomo. La victoria ha sido total, los cimerios han sido derrotados y hemos conseguido un gran botín. El mismísimo rey cimerio ha sido hecho prisionero y será llevado a palacio…

—¿Eso es todo? —interrumpió el rey.

—No, mi señor —contestó el mensajero—, también traigo malas noticias. Kalam, su médico personal, ha muerto en combate.

La reina madre se llevó la mano a la boca y su rostro reflejó una enorme expresión de sorpresa y espanto. En cuanto al sacerdote, una leve sonrisa se pudo vislumbrar en sus labios.

—¡Oh, dioses es una gran pérdida para el imperio! Toda Asiria llorará su muerte —dijo el rey fingiendo dolor, sentándose abatido en su trono—. ¿Cómo murió?

—Como un héroe, mi señor. Los cimerios atacaron el campamento, muchos soldados asirios murieron. Prácticamente todos los cirujanos y esclavos cayeron bajo las espadas enemigas. No pudimos evitar su muerte.

Nakiya miró al sacerdote y pudo ver la satisfacción que irradiaban sus ojos.

—¿Ha podido recuperarse el cuerpo? —preguntó el rey.

—El campamento fue incendiado, su cuerpo, como el de muchos otros, quedó completamente calcinado e irreconocible.

—Entiendo, puedes irte soldado —dijo el rey levantándose del trono—. Recibirá el funeral de un general y se decretarán tres días de duelo en su honor.

La reina madre estaba consternada, ahora el rey tenía vía libre con Damkira. El trono de sus nietos peligraba.

—Señor, recibe mis más sinceras condolencias —dijo el sacerdote—. Teníamos opiniones, encontradas pero no cabe la menor duda que era un gran médico.

—Ahórrate tu compasión, sacerdote —le cortó la reina madre—. Todos sabemos la poca simpatía que sentías hacia el asu.

El ataque de la reina al sacerdote le desarmó, Nisher-Sag miró al suelo avergonzado. El rey les miró sin entender qué quería decir Nakiya.

—Es una desgracia para Asiria, era un gran médico —dijo el rey intentando cambiar de tema.

—Sin duda alguna, mi señor. Asiria llorará su muerte durante días — dijo el sacerdote mirando de reojo a la reina, esperando otra reprimenda.

La reina se acercó al rey.

—¿Qué harás con su mujer y su hijo? —le preguntó.

—Haré lo que dicte la ley —respondió el rey mirando al sacerdote.

—La ley dice que, si una mujer queda viuda estando bajo protección del rey, este debe protegerla a ella y a su progenie como si fuera su propia mujer y su propia descendencia. Al dormir bajo el mismo techo, para los ojos de los dioses son marido y mujer.

—Madre, como puedes ver, no tengo otra opción que hacer de Damkira mi esposa. Me tengo que ceñir a los requerimientos de la ley —dijo con sarcasmo el rey, mientras bebía un sorbo de sikaru restu.

Los peores augurios de la reina se hicieron realidad. Empezaba a imaginarse al hijo de Kalam sentado en el trono de Asiria.

—¿Cuándo le vas a dar la noticia a Damkira? —preguntó Nakiya.

—Serás tú, madre, quien lo haga —contestó el rey—. Esperaré las pertinentes semanas de luto, antes de hacerla mi esposa.

—¿Y si ella se negara a ser tu mujer? —La reina se agarraba a esa inverosímil posibilidad como un clavo ardiendo.

El rey sonrió.

—¿Negarse a ser la mujer del rey de Asiria? —preguntó riendo el rey —. Será mi mujer, quiera o no.

Nakiya aceptó su derrota.

—Bien hijo, haré lo que me dices. Espero que la muerte del hombre que te salvó la vida no enoje a los dioses —dijo la reina madre con resignación.

—¡No tuve nada que ver con su muerte! —gritó Assarhaddon—. ¡Los dioses no pueden estar enfadados conmigo, ha muerto porque ellos así lo han decidido!

—Claro que sí, mi señor —dijo Nisher-Sag para tranquilizarle—, ha sido el destino. Los dioses han querido que Kalam muera, para que Damkira sea suya.

—Ojalá sea así, hijo mío. Ahora debo marcharme, tengo que dar una mala noticia —dijo Nakiya con preocupación. La muerte del asu no estaba en sus planes y temía que los dioses castigaran al imperio por la osadía de su hijo.

La reina caminaba pensativa. Damkira nunca había sido de su agrado, pero tampoco le deseaba ningún mal. Su marido había salvado la vida de su hijo y este, en agradecimiento, le había enviado a una muerte casi segura. No importaba lo que dijera el sacerdote, estaba convencida que los dioses le castigarían por su ingratitud. Sumida en sus pensamientos, llegó hasta su alcoba. Se cambió de ropa y se vistió con un sencillo vestido largo de algodón color oscuro, sin ningún tipo de adorno. Llamó a una sirvienta y le ordenó que fuera a buscar a la mujer del asu. Poco después, llamaron a su puerta y Damkira entró en la habitación.

—¿Me has llamado, mi reina?

—Así es, Damkira —respondió huraña Nakiya, mientras ordenaba a una criada que sirviera dos copas de vino—, tengo malas noticias que darte.

—¿Kalam? —preguntó nerviosa.

—Toma esto y bébetelo —ordenó la reina dándole una de las copas.

Damkira cogió la copa y se la bebió de un trago, estaba impaciente por tener noticias de su marido y sabía que hasta que no la apurara, la reina madre no abriría la boca.

—Siento decirte esto —continuó Nakiya—; durante el tiempo que habéis estado viviendo en palacio, os he cogido cariño y además, Kalam salvó la vida de mi querido hijo…

—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó Damkira muy excitada.

—La batalla ha sido muy dura —continuó la reina esperando que el tranquilizante, que había puesto en su copa de vino, hiciera efecto cuanto antes—, han muerto muchos hombres, la sangre de nuestros soldados ha regado los campos.

—Por favor, no lo soporto más —volvió a interrumpir Damkira fuera de sí— ¿está herido… o muerto?

—Tú lo has dicho, mi querida Damkira, tu marido, el asu del rey, ha muerto —respondió Nakiya mirándola a los ojos.

Damkira sintió como todo daba vueltas a su alrededor. No podía respirar, su cuerpo no le respondía. Finalmente, cayó desmayada al suelo. La reina llamó a las sirvientas y la llevaron a su habitación. El viejo Imashar cuidó de ella durante días, pero no encontró mejoría. El desánimo había hecho presa en la bella Damkira.

El general entró en la ciudad de Nínive con todos los honores. Miles de personas se agolpaban para ver al triunfante ejército asirio, nuevamente vencedor sobre sus enemigos. Artacomo estaba eufórico, vestido con sus mejores galas, saludaba a todos los habitantes de la ciudad desde su flamante carro de guerra. Detrás de él, dentro de una jaula tirada por dos bueyes, se encontraba el rey Teushpa. Sucio, humillado, la población de Nínive le recibía tirándole frutas y verduras podridas, además de algún que otro escupitajo. Se encontraba acurrucado, hecho un ovillo, en una esquina del carro. Un final muy triste para un rey, otrora, tan poderoso. Assarhaddon, vestido con el traje de ceremonias, bajó la escalinata de palacio para recibir al héroe. Estaba exultante, no solo habían evitado la incursión cimeria, sino que también, le habían quitado de en medio al molesto Kalam, dejándole vía libre para poder seducir a Damkira.

Artacomo bajó raudo del carro y se dirigió hacia su señor.

—Saludos, mi rey.

—Saludos, mi buen general. Tu victoria ha sido asombrosa, se hablará de ti y de tus gestas durante siglos —dijo sonriendo el rey.

—Solo he servido a mi señor.

—Con efectividad y lealtad, el reino necesita más hombres como tú. El general no cabía de gozo.

—Te he traído un regalo, mi señor —dijo el general mirando hacia el carro donde se encontraba Teushpa.

El rey cimerio les observaba con atención, sabía que su vida dependía de esos dos hombres.

—Bien, luego hablaré con él, ahora entremos en palacio. He ordenado un gran banquete en tu honor.

—Gracias, mi señor —agradeció el general aunque, naturalmente, no esperaba menos después del enorme éxito de su misión.

 

Subieron la escalinata y se situaron junto a la puerta que daba entrada al palacio. Justo en ese momento, el sonido de trompetas estimuló más a la ya exultante población, que rompió en vítores y alabanzas hacia los dos hombres. Toda la ciudad de Nínive saludaba a sus salvadores. Entraron en palacio seguidos por toda la corte, allí les esperaba un gran banquete. Hicieron acto de presencia en la sala de audiencias, que ya se encontraba abarrotada de invitados; nobles, altos funcionarios, oficiales del ejército, ricos comerciantes y terratenientes, componían la clase dirigente de la capital y por ende, de Asiria. Más de trescientos comensales participarían del gran banquete. Damkira excusó su asistencia indicando que se encontraba indispuesta, hecho que disgustó al rey, que llevaba varios días sin verla. Se olvidó durante unos momentos de ella y observó la enorme sala ricamente decorada y a los invitados vestidos con sus mejores galas. Assarhaddon quería que la majestuosidad del festejo, fuera recordado durante años y lo había conseguido. Una vez sentados cada uno en el sitio que indicaba el protocolo, la música del laúd sonó y los criados desfilaron con los fastuosos manjares y exquisitas bebidas. Los sirvientes, ya fueran hombres o mujeres, vestían túnicas blancas hasta la cintura ceñidas por una cinta azul y calzaban chinelas de cuero. Algunos de ellos eran esclavos, mientras otros eran sirvientes a sueldo de palacio. Portaban grandes bandejas de plata que contenían todo tipo de manjares. Primero, y como era costumbre, sirvieron la mesa del rey; aves de caza aderezada con miel, aceite y especias de oriente, carne asada de cabra, oveja y caballo, distintos tipos de queso, dátiles, higos, uvas, peras y granadas, componían los ingredientes del jugoso banquete. Ánforas de vino, sikaru restu e hidromiel, regaban los alimentos y hacían las delicias de los comensales. Cuando el banquete estaba muy avanzado, un grupo de bailarinas apareció en escena e hipnotizaron con sus danzas a todos los invitados. El ambiente cada vez era más embriagador y los efluvios del alcohol empezaron a hacer acto de presencia. Más de un noble recibió algún que otro golpe propinado por alguna bailarina, a la que había confundido con una prostituta, provocando las risas del resto de invitados. El rey hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una fiesta. Estaba muy interesado en todo lo referente a la campaña contra los cimerios, cuidándose mucho de hablar con el general sobre el fatal destino de su médico. Artacomo le narró con detalle todo lo sucedido durante la batalla y como habían capturado a Teushpa. El rey hizo llamar al prisionero, tenía curiosidad por conocer al cimerio que había osado desafiarle. Dos soldados llevaron a Teushpa ante su presencia. Debidamente encadenado, fue arrojado ante él y obligado a permanecer de rodillas. Su aspecto era aún más lamentable que cuando le vio desfilar encadenado en la jaula y despedía un olor nauseabundo. El rey, asqueado, mandó que le lavaran y le dieran ropas limpias. No quería que el olor de ese pordiosero le estropease la comida. Poco después, regresó el cimerio vestido con una larga camisa hasta los pies, cubierta por un manto llamado kalasaris, adornado por flecos. La apariencia de Teushpa había cambiado. Aunque no parecía un rey, tampoco se asemejaba a un paria. El cimerio volvió a ser arrojado ante el rey, intentó levantarse, pero un fornido soldado le golpeó con su lanza y cayó al suelo. El mismo soldado le obligó a ponerse de rodillas delante del asirio, ante las carcajadas de los asistentes, que veían con gozo el trato humillante que el cimerio estaba recibiendo.

—Saludos, cimerio —dijo Assarhaddon, comiéndose un pedazo de carne de codorniz.

—Saludos, poderoso rey de Asiria —saludó respetuoso Teushpa, mirando con ansiedad la comida que el rey asirio degustaba con fruición.

—¿Por qué has invadido mis tierras? —preguntó con tono neutro. En su voz no había ningún reproche, simplemente curiosidad.

Teushpa miraba con atención los alimentos. Hacía varios días que su comida se limitaba a pan duro y agua. Un soldado le golpeó con fuerza en la espalda, lo que distrajo su atención hacia la pregunta del Assarhaddon.

—Debíamos proteger nuestras fronteras.

—La Capadocia es una región importante para nosotros ¿pensaste que no respondería a vuestro ataque? —inquirió irritado el rey.

—Sabíamos que lo harías, nuestra intención era vencer a vuestro ejército y acordar una paz eterna con el poderoso imperio de Asiria.

—Nuestro imperio es invencible ¿acaso no te has dado cuenta?

—A pesar de vuestra victoria, aún tenemos un poderoso ejército en Frigia, podría ser llamado y atacar vuestras ciudades fronterizas. Os propongo una alianza. Para sellarla os entregaría la mano de mi hija Yashmina. Ambos reinos serían hermanos.

Las palabras de Teushpa irritaron a Artacomo, que estuvo a punto de levantarse y patear al cimerio, pero, de haberlo hecho, habría sido duramente castigado, pues solamente el rey, podía hablar con Teushpa. Assarhaddon debía autorizarle a participar en la conversación. Pero su cólera no le pasó desapercibida al rey asirio.

—Artacomo, ¿quieres decir algo? —preguntó el rey mirando a su general.

—Solo con su permiso, mi rey —respondió humildemente.

—Puedes decir lo que quieras, al fin y al cabo tú lo capturaste.

Artacomo se levantó y pateó la cabeza del rey cimerio que cayó de espaldas golpeándose con fuerza contra el suelo. De su nariz comenzó a fluir una gran cantidad de sangre, ensuciando el impoluto suelo de la sala.

—¿Cómo osas amenazar a nuestro rey? —preguntó enfurecido el general al cimerio, que se encontraba retorciéndose de dolor.

—¡Artacomo, te he dado permiso para que intervengas en la conversación, no para que maltrates al prisionero! —le espetó el rey—. ¡Estamos en un banquete real y este no es el lugar más adecuado para que muestres tu brutalidad!

—Lo siento, mi señor —se lamentó el general.

—¡Guardias, llevaros al prisionero! —ordenó el rey.

Los soldados cogieron al cimerio y lo sacaron en volandas de la sala. Artacomo contemplaba como se llevaban al rey cimerio, que aún se dolía del golpe. Todos se quedaron sorprendidos, no esperaban esa respuesta del rey. Creían que Assarhaddon mandaría ejecutar al cimerio allí mismo, delante de los invitados.

—Artacomo, tengo importantes planes para Asiria. Son ambiciosos y harán aún más grande nuestro imperio. Tú tienes un papel muy importante pero, por favor, no lo estropees. No podemos estar enemistados con todas las naciones. Debemos buscar alianzas que protejan nuestras fronteras — dijo el rey en un tono más conciliador.

—Lo que ordenéis, mi rey, vuestra majestad sabe que siempre le serviré con fidelidad.

—Lo sé, mi buen amigo —dijo el rey tocándole el hombro.

Los comensales se fueron despidiendo de Assarhaddon y abandonaron la sala hasta que, ya bien entrada la noche, se fue el último invitado. El rey se quedó solo en la sala, únicamente acompañado por su guardia personal. Se sirvió otra copa de vino, se encontraba muy ebrio. Había sido una noche perfecta y estaba decidido a terminarla de la mejor manera posible. Salió de la sala de audiencias y se dirigió hacia la parte del palacio destinada al personal de servicio, allí se encontraba el dormitorio de Damkira. Llegó dando tumbos a su estancia, abrió la puerta con la llave que le había proporcionado el mayordomo real, y entró. Allí encontró dormida a Damkira, en una habitación anexa, estaba su hijo Nabui. Se acercó a ella despacio, pero estar tan borracho, tropezó con una alfombra y cayó de bruces contra el suelo. El ruido del golpe despertó a Damkira, que se levantó sobresaltada de la cama. La habitación estaba muy oscura y apenas pudo ver una sombra que, con dificultad, intentaba levantarse.

—¿Quién eres, qué es lo que quieres? —preguntó aterrada Damkira.

—No… No temas soy Assarhaddon, tu rey —balbuceó Assarhaddon.

—Mi señor, ¿qué es lo que queréis?

—A ti, mi bella Damkira, ya es hora de que vuelvas a vivir —dijo el rey dirigiéndose hacia ella con paso tambaleante y la lujuria escrita en los ojos.

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