El designio de los dioses
Capítulo XXIX
TAL y como había vaticinado Nisher-Sag, la reina murió a los pocos meses de contraer la enfermedad. En toda Asiria se decretaron quince días de luto y se prohibieron las fiestas y el alcohol. Todo el reino debía llorar la muerte de Zukatu. El funeral se ofició en el Palacio Antiguo de Assur, antigua capital Asiria. Los cientos de asistentes al sepelio se agolparon en el palacio y formaron una auténtica marea humana en el exterior. Como sacerdote real, Nisher-Sag dirigía la ceremonia. La sala real estaba adornada con flores y el aroma a incienso apenas mitigaba el fuerte olor de los allí presentes. Por la puerta principal entraron cuatro sacerdotes portando el sarcófago de madera que contenía el cuerpo inerte de la reina. Comenzaron a oírse cánticos sagrados, la multitud enmudeció y abrió paso a la marcha fúnebre. Varias mujeres comenzaron a llorar. Con un paso cadencioso, los sacerdotes cruzaron la sala y colocaron el sarcófago sobre un altar, quitaron su parte superior descubriendo el cuerpo de la reina, que apareció situada de lado y en posición fetal. Había sido debidamente embalsamada y vestida con sus mejores galas y joyas; brazaletes de oro y lapislázuli, un collar de plata que dibujaba distintas formas geométricas y una tiara de oro con incrustaciones de cornalina, ágata y turquesa, todas ellas joyas de noble factura. Nisher-Sag se situó delante del altar y los sacerdotes se retiraron.
—¡Oh gran dios Dumuzi, amo de la ultratumba y del renacimiento, de las cosechas y de las inundaciones, de la muerte y de la vida! —comenzó a exclamar Nisher-Sag mientras miraba al cielo con los brazos en alto—. ¡Oh gran dios Dumuzi, señor de lo vivo y de lo muerto. De tus pechos mana la leche que permite la vida y los rayos de sol que secan nuestras tierras. Yo, Nisher-Sag, tu fiel servidor, te imploro por el alma de Zukatu, amada esposa de Assarhaddon, rey de todas las asirias!
Cogió un cuenco lleno de huesos quemados, procedentes del sacrificio en honor al dios Dumuzi, y los echó en el sarcófago.
—¡Que los restos del sacrificio satisfagan tus deseos y guíes el alma de Zukatu hacia tu glorioso reino de ultratumba, no permitas que confunda su camino y regrese al mundo de los vivos. Este ya no es su mundo, ya no pertenece a los vivos, si no que te pertenece a ti, gran dios Dumuzi. Su alma debe descansar en el reino de los muertos!
De una caja de madera cogió una balanza de oro, dos pequeñas pesas y un cilindrosello.
—¡Oh gran dios Shamash, dios de la justicia y del conocimiento, del cielo y de la tierra, garante de la equidad entre los hombres, conocedor de secretos y vigilante de las acciones de tus siervos! —exclamó Nisher-Sag —. ¡Te entregó esta balanza, estas pesas y este cilindrosello, que representan las buenas acciones de nuestra amada reina, que simbolizan su amor y devoción por los dioses patrones de Asiria y que expresan la pureza de su alma! —dijo el sacerdote poniendo todos los elementos sobre el cuerpo de la reina—. ¡Te ruego que no seas severo con ella, y permite que eluda los infiernos y tenga el descanso eterno que se merece!
Tras sus últimas palabras, aparecieron varios monjes cantando oraciones y salmos, se situaron frente al sarcófago y después de terminar sus oraciones, lo cerraron, lo subieron a hombros y comenzaron a bajar a una cripta situada en el centro de la sala real. Les siguió Nisher-Sag y la familia real. La princesa Sherna estaba destrozada y no dejaba de llorar, el joven Assurbanipal intentaba ocultar su dolor pero sus ojos llorosos le delataban. Más serenos parecían el príncipe heredero Sin-Iddina-Apla y sobre todo Samas-Uma-Ukin al que parecía que todo aquello no tuviera nada que ver con él. La reina madre Nakiya, sostenía a Assarhaddon, que andaba con dificultad destrozado por el dolor.
Dos días estuvo velando la familia real el cuerpo de la reina en la cripta. Pasado este tiempo, abandonaron Assur y se dirigieron a Nínive. Urgentes asuntos de estado precisaban la atención del rey. La reina madre Nakiya no dejó a su hijo ni de día ni de noche, le asistía constantemente junto con Imashar y Nisher-Sag. El sacerdote había acabado casi con todos los rebaños de corderos de Nínive, debido al gran número de holocaustos que había realizado en honor de los dioses. Les suplicaba por la recuperación del rey, que había sucumbido en una profunda nostalgia. En una sola noche, había sacrificado, junto con sus acólitos, más de cien corderos en honor a la diosa de salud Nin-Karrak, pero sin resultado.
El rey permanecía en cama y se levantaba únicamente para hacer sus necesidades y comer algo en una mesa próxima. Debido a la inactividad, comenzaron a salirle erupciones en la piel y úlceras, lo que acrecentó su depresión. Imashar intentó curar sus eccemas con bayas de laurel macerados en aceite de oliva, pero el rey no mejoró. Cambió el tratamiento por otro a base de cataplasmas de limón, aceite de oliva y zumo de arándano, pero tampoco tuvo mejores resultados.
Imashar entró en los aposentos reales y encontró al rey tal y como lo había dejado horas antes, tumbado en la cama con la mirada perdida. Había adelgazado mucho y su estado físico era preocupante.
—Mi señor, ¿qué tal os encontráis hoy? —preguntó el asu.
El rey no dijo nada, parecía como si no hubiera percibido la presencia del médico. Imashar auscultó al rey y le cambió las gasas que cubrían los eccemas. No tenía fiebre, lo que era buena noticia, le estudió los ojos y el aliento, le tomó el pulso y, con la ayuda de un sirviente, consiguió cambiarle de posición.
—No quiero morir —dijo con voz lastimera—, los dioses me odian y quieren llevarme ante ellos.
Imashar se sorprendió, no esperaba que el rey fuera a hablar.
—Mi rey, vuestra enfermedad es producto de su mente. Los dioses no tienen nada que ver con ella.
—He pecado de apostasía y he sido castigado.
Impotente, el asu ordenó a un sirviente que fuera a buscar a Nisher-Sag, el único que podría ayudarle. Dos horas más tarde, se presentó junto con dos de sus acólitos.
—Siento la tardanza, me encontraba en el monte meditando junto con varios sacerdotes y el sirviente ha tardado bastante en encontrarme —se disculpó Nisher-Sag.
—No te preocupes, te he hecho llamar porque creo que mis servicios son inútiles para ayudar al rey. Su mal es de espíritu y solamente encontrando el equilibrio entre su cuerpo y su alma podrá salvarse —dijo Imashar—. Piensa que su enfermedad está causada por los dioses y que solamente ellos pueden curarle.
Nisher-Sag se acercó a Assarhaddon.
—Mi rey, los dioses son benevolentes, saben perdonar cualquier pecado que haya cometido —le dijo.
—No quiero morir, no quiero ir al infierno —sollozó Assarhaddon.
—He hecho cientos de sacrificios y en todos ellos los dioses han tenido a bien revelárseme. Los dioses me han hablado, y le puedo asegurar que le han perdonado. Ellos sufren al verle así, mi señor, ellos le necesitan, necesitan de su fuerza y poder para que pueda propagar sus enseñanzas y su fe a las cuatro esquinas del mundo. Mi rey, habéis sido perdonado por los dioses, ahora necesitáis ser perdonados por vos mismo.
—He dudado, he dudado de Shamash a favor del dios de los medos y la reina ha muerto. Ha sido por mi culpa.
—Shamash me ha hablado y me ha dicho que le perdona, sabe que le amáis más que a vuestra vida. Mi señor, abandonad vuestros miedos, los dioses no quieren haceros ningún daño —suplicó Nisher-Sag.
El rey se giró y calló, dando la conversación por terminada. Imashar y el sacerdote se miraron con pena. La enfermedad de Assarhaddon era grave y desconocían la cura.
Nakiya se encontraba en la sala del trono junto con el príncipe Sin-Iddina-Apla, el gobernador Nigirsu, Imashar, Nisher-Sag, y los generales Hitman y Kishdar. Habían pasado varias semanas desde el funeral de Zukatu y el estado de salud de Assarhaddon no mejoraba. Era el momento de pensar en quién iba tomar las riendas del país, mientras el rey permaneciera inhabilitado. La reina tomó asiento en el trono real mientras que su nieto permanecía de pie a su derecha, los demás se sentaron en sendos escabeles.
—Es de todos conocidos que el rey está gravemente enfermo —dijo Nakiya—. Su estado de salud no mejora y el país necesita que alguien lo dirija. Os he reunido aquí para informaros que a partir de hoy, yo seré la reina regente de Asiria y me ocuparé de los asuntos internos y externos que afecten al reino.
Todos asintieron dando su conformidad, Nisher-Sag aplaudió entusiasta la decisión de la reina.
—El príncipe heredero mandará sobre todos los ejércitos y comandará las campañas militares —añadió.
—Nos alegra la noticia —dijo Hitman.
—Será un gran honor estar a las órdenes del príncipe Sin-Iddina-Apla, mi señora —dijo Kishdar.
La reina madre les miró satisfecha.
—Pero lo primero es conocer el estado de salud de nuestro rey. Imashar, Nisher-Sag, decidnos cuáles son vuestras impresiones sobre la enfermedad del rey y cuánto tiempo pensáis que durará su mal —dijo Nakiya.
—Mi reina, la enfermedad del rey está en su cabeza…
—¿Quieres decir que el rey está loco? —interrumpió Nigirsu al asu.
—No gobernador, simplemente quiero decir que la enfermedad que sufre su majestad está provocada por su sentimiento de culpa, piensa que ha pecado y se castiga por ello.
—¿Qué opinas tú Nisher-Sag? —preguntó la reina.
—Creo que algo o alguien ha roto el equilibro con el cosmos y la enfermedad del rey es la manera que han encontrado los dioses para reinstaurarlo.
—¿Entonces el rey sufre un castigo divino? —preguntó Kishdar.
Nisher-Sag negó con la cabeza.
—Es muy complicado interpretar a los dioses. Me comunico de forma habitual con ellos mediante el estudio de las estrellas, las vísceras o los sueños. En ocasiones, sus indicaciones o deseos son claros, pero otras veces, sus revelaciones son confusas y difíciles de traducir. Lo que puedo asegurar es que en algún lugar o en algún momento, Assarhaddon ha hecho algo que ha disgustado a los dioses.
—Le dijiste que los dioses le habían perdonado —le dijo Imashar.
—Y así es, le han perdonado, si muere no irá a los infiernos, pero desconozco qué precio le van a pedir para saldar su deuda.
—¿Podría morir? —preguntó angustiado el príncipe.
—Así es, mi señor, los dioses pueden reclamar la presencia del rey para poder subsanar el equilibrio roto —respondió el sacerdote.
Imashar se levantó de la silla y se dirigió hacia Nisher-Sag.
—Que el rey viva o no, depende únicamente de él, no de los dioses. Ha caído en una profunda nostalgia y si en poco tiempo su salud no mejora, será el desánimo lo que acabe con él, no los dioses —dijo el asu intentando controlarse.
—Desánimo producido por los dioses como castigo por algún pecado cometido, no lo olvides —le dijo Nisher-Sag.
—Dejemos las discusiones teológicas para otro momento, lo que le importa al país es saber cuánto tiempo va a permanecer en este estado — intervino Nakiya.
Los dos hombres se miraron sin saber que decir, desconocían la respuesta.
—Puede curarse mañana, dentro de cinco años o nunca —dijo Imashar.
—O incluso morir —dijo Nisher-Sag mirando al asu.
La reina se reclinó en el trono real y cogió la mano del joven príncipe, que le sonrió con tristeza. Guardó silencio durante unos instantes y luego se levantó.
—Como desconocemos cuánto tiempo va a durar la enfermedad del rey, y ni siquiera sabemos si sobrevivirá a ella, yo Nakiya, madre del rey, hago uso de mi legítimo derecho a gobernar Asiria como reina regente, hasta que el príncipe heredero Sin-Iddina-Apla, esté capacitado para llevar las riendas del país.
Todos aceptaron de buen grado la decisión tomada por la reina madre, no obstante, era conocida por sus sabias decisiones tanto en tiempos de su marido, el rey Senaquerib, como durante el reinado de su hijo Assarhaddon.
—El reino de Asiria está en buenas manos —dijo un solemne Nisher-Sag.
La reina sonrió.
—Ahora tenemos que ocuparnos de otro grave problema —dijo la reina, ante la mirada expectante de todos—. Hemos recibido un preocupante mensaje de Sil-Bal, rey de Gaza. Han sido vistas tropas egipcias cruzando el Sinaí.
—¿Se dirigen hacia Fenicia? —preguntó Hitman.
—No, se dirigen directamente a Gaza —respondió la reina.
—¿De cuántas tropas de trata? —preguntó Kishdar.
—Según el mensajero de Sil-Bal, alrededor de diez mil soldados entre infantería, caballería y carros de guerra.
Kishdar se levantó del asiento.
—No son muchos para representar una seria amenaza a nuestras fronteras. Creo que lo que quieren es tantearnos.
—Estarán crecidos después de su victoria sobre Artacomo —intervino Hitman.
—Generales asirios, ¿qué nos aconsejáis? —preguntó la reina.
—Debemos luchar contra ellos y devolverles al delta hasta que tengamos fuerzas suficientes para arrasar Men-Nefer —dijo Hitman.
—No podemos dar ninguna señal de flaqueza, si ven que permitimos que ataquen a nuestros aliados, lo siguiente que harán será atacar las ciudades fenicias y para entonces será muy difícil detenerles —dijo Kishdar.
—La decisión está tomada, enviaremos las tropas a luchar contra los egipcios. El príncipe dirigirá las tropas pero tú, Kishdar, le acompañaras como comandante en jefe, conoces muy bien el terreno y al ejército egipcio.
—Será un gran honor.
—Preparad todo lo que necesitéis. No entiendo de guerras ni de ejércitos, os doy plena libertad para que toméis las decisiones que estiméis oportunas. Podéis marcharos.
Hitman, Kishdar y el joven príncipe se dirigieron hacia el campamento militar. Sin-Iddina-Apla estaba emocionado, desde niño le habían adiestrado en el arte de la guerra y sabía manejar con gran soltura tanto la espada como la lanza. Pero nunca había entrado en combate, y se disponía a derramar sangre egipcia para defender las fronteras de su país. Los generales le observaron y sonrieron, vieron en sus ojos el fulgor y la virilidad de los jóvenes guerreros.
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