El designio de los dioses
Capítulo XXVII
EL AMANECER sorprendió a Imashar deambulando inquieto por su alcoba. Con las manos en la espalda, caminaba de pared a pared con la esperanza de que el paseo iluminara su mente. Las pequeñas bolsas que colgaban de sus ojos delataban las infatigables horas de insomnio que llevaba a sus espaldas. Se sintió cansado y tomó asiento en un escabel. Se frotó con energía el rostro intentando espantar el sueño que amenazaba con hacer acto de presencia. Su deber le impedía tomar descanso, cogió un vaso y bebió una fuerte infusión que le mantendría despierto unas horas más, sacó unos antiquísimos pergaminos de un recio arcón de cedro y comenzó a estudiarlos bajo la incipiente luz del alba, que comenzaba a iluminar la estancia. Estaba preocupado, la reina Zukatu se encontraba aquejada de una grave y rara enfermedad. Buscó en pergaminos egipcios, tablillas de arcilla asirias y pieles medas, cualquier información que pudiera identificar la dolencia de la reina.
También le preocupaba Assarhaddon. Permanecía día y noche velando a su mujer. En los últimos años, se había sentido más unido que nunca a ella, se podría decir que en él afloró un amor que permanecía oculto en lo más profundo de su corazón.
Retomó el paseo por la habitación, no conseguía dar con el remedio adecuado a la enfermedad. Repasó mentalmente todos los síntomas que padecía la reina; color amarillento de la piel, pérdida de apetito, cansancio, fiebre, fuertes arcadas y orina muy oscura. Intentó subsanar la debilidad de la reina con la aplicación de una dieta rica en carne pero sin éxito, el color amarillento de la piel evitando su exposición al sol, la orina oscura obligándola a beber varios vasos de agua al día y la pérdida de apetito mediante pequeños paseos y suaves ejercicios físicos. Pero sus remedios fueron un auténtico fracaso y la reina se encontraba cada vez peor. Preocupado, decidió salir de la habitación y dirigirse a las estancias reales, quería comprobar en qué estado se encontraba. No tardó mucho en llegar a la habitación de Zukatu. Para que pudiera asistirla más rápidamente, le acomodaron en una habitación muy próxima. Llamó a la puerta y uno de los criados le abrió. La sala estaba a oscuras y olía ligeramente a cerrado, ordenó abrigar a la reina y abrir una ventana para que la estancia pudiera ser ventilada. Observó al rey, que permanecía sentado con la cabeza apoyada en la cama, vencido por el cansancio. La reina dormía tranquila. Varias figuras, que representaban a demonios y monstruos estaban diseminadas por toda la habitación. No pudo evitar una sonrisa al recordar a Kalam y su escepticismo ante las extrañas figuras del sacerdote Nisher-Sag. «¿Qué será de él? ¿Estará vivo?», se preguntó. Enseguida desechó ese pensamiento de su mente, Kalam estaba muerto, así se lo comunicó Assarhaddon, había muerto en la batalla contra los cimerios. Acercó su mano a la frente de la reina, estaba caliente y sudada. Cogió una gasa de lino, la mojó en agua y con sumo cuidado, la puso sobre la frente de Zukatu. Alguien llamó a la puerta, el criado la abrió y entró Nisher-Sag. Los dos hombres se saludaron.
—Parece que no soy el único que no ha podido dormir —dijo el sacerdote.
—Creo que la preocupación por la salud de la reina nos desvela a ambos.
—¿Cómo se encuentra?
—Está estable, pero tiene la fiebre muy alta y eso me preocupa.
—Acabo de sacrificar a un cordero y he leído su hígado.
—¿Algo interesante? —preguntó Imashar.
—¿Qué tal se encuentra él? —preguntó Nisher-Sag, señalando al rey.
—Está hundido.
El sacerdote se dirigió al rey y le observó con atención. Su respiración era acelerada y movía los párpados con rapidez, sin duda tenía una pesadilla.
—Lo que he leído en el hígado no es bueno —dijo el sacerdote—. Creo que los dioses reclaman a la reina ante su presencia.
Imashar no dijo nada, conocía desde hacía años a Nisher-Sag y sus opiniones no eran cuestionadas. No obstante, tampoco le faltaba razón, si no encontraba pronto un remedio a su enfermedad, la reina moriría.
—Ahora lo que me preocupa es el rey —añadió Nisher-Sag—, tiene un imperio que gobernar y no debe dejarse llevar por el desánimo.
—Hablas como si la reina estuviera ya muerta.
Nisher-Sag le miró con firmeza.
—Que la reina muera es solo cuestión de tiempo, y creo que tú también lo sabes.
—Solo sé que todavía está viva.
El sacerdote negó con la cabeza.
—Tú eres asu y el mejor de Asiria debo añadir, pero yo tengo comunicación con los dioses, ellos se han revelado, la muerte de Zukatu es cuestión de tiempo.
—Lo siento Nisher-Sag, pero mientras la reina respire no cejaré en mi empeño de curarla.
—Loable y lógica tu actitud, pero también estéril. Deberías guardar tus energías para aliviar el dolor del rey, la reina es una causa perdida —dijo Nisher-Sag saliendo de la habitación.
Imashar veló el sueño de la reina y de Assarhaddon. Ya bien entrada la mañana, despertó con suavidad al rey que le observó con la mirada perdida.
—Majestad debéis comer algo o enfermareis —le dijo.
—No tengo hambre.
Imashar llamó a un criado y se acercó con una bandeja con queso, frutas, pan y leche. La dejó en una mesa próxima a la cama y se marchó. Imashar sirvió un vaso de leche y se lo dio al rey que bebió a regañadientes.
—No ayudaréis a vuestra esposa si también enfermáis —dijo Imashar.
El rey se levantó, se dirigió a la mesa y tomó un pedazo de pan y queso. Comió con desgana y volvió a sentarse en el regazo de su mujer.
—Los dioses me han castigado —dijo con pesar.
—La enfermedad de la reina no es culpa vuestra, mi señor.
—Sí, lo es, dudé de Shamash en favor de Ahura Mazda y ahora estoy pagando las consecuencias de mi apostasía.
—Nunca habéis negado a Shamash, sino todo lo contrario, siempre habéis sido fiel a él. Olvidad esos pensamientos, no os hacen ningún bien.
—Pero…
La reina dio un pequeño quejido y los hombres dejaron de hablar para prestarla atención. Se había despertado.
—Amor mío, ¿cómo te encuentras?
La reina le miró y sonrió.
—Mi reina, debéis tomar alimento —le dijo Imashar, ofreciéndole un dátil sin hueso—, tomad este dátil, os dará energía.
Cogió el dátil y se lo comió con dificultad, tenía la garganta completamente seca. Imashar cogió un vaso con agua y se lo dio.
—Estoy débil —dijo la reina con dificultad.
—Pronto te curarás —le dijo el rey sonriendo.
Imashar volvió a tocarle la frente. La fiebre había bajado, observó sus ojos y vio como los tenía de color amarillento, igual que la piel. Su pulso era muy débil. Cogió un vaso de agua y le vertió una cucharadita de un polvo blanco.
—Bebed esto mi señora —dijo Imashar dándole el vaso—, es planta seca de diente de león con agua, os abrirá el apetito.
La reina tomó el vaso y bebió con lentitud.
—Mi rey, debéis comer esto —le dijo Imashar entregándole un higo seco—. Está relleno de jengibre, animará vuestro espíritu. La reina y toda Asiria os necesitamos, por favor no caigáis en la desesperanza.
El rey cogió el higo, lo abrió con curiosidad y se lo comió.
—Ahora debo marcharme, volveré en unas horas. Por favor, mi rey, debéis descansar.
—Imashar espera —le dijo Assarhaddon, cuando el asu se disponía a salir de la habitación—, tengo que hablar contigo.
Los dos hombres salieron de la habitación y cerraron la puerta. No querían que la reina escuchara su conversación.
—¿Va a morir? —preguntó directamente el rey.
Imashar le miró con tristeza.
—Solo los dioses lo saben.
—¿Pero qué enfermedad tiene? ¿No hay ningún médico en Asiria que pueda curarla?
—Hubo uno mi señor.
El rey se quedó callado, sabía de quién se trataba.
—Él está muerto —dijo con acritud—, y no creo que tuviera los conocimientos suficientes para salvar a la reina.
—Era el único que podría haberlo hecho, mi rey.
Los remordimientos golpearon con fuerza la conciencia de Assarhaddon. Ahora lo entendía todo. Había ordenado la muerte del médico que le salvó la vida, y ahora su mujer moriría como castigo.
—Si no le hubiera enviado a una muerte segura, la reina viviría —dijo el rey.
—No entiendo, mi señor —dijo confuso Imashar.
—Quería poseer a Damkira y la única forma de hacerlo era enviando a Kalam a una muerte segura, por eso lo envíe a la campaña contra los cimeros —se sinceró Assarhaddon, sin dejar de mirar al suelo en ningún momento.
—Pero simplemente le enviaste a luchar contra los cimerios, fueron ellos los que le mataron.
—No, ordené a Artacomo que me librara de Kalam. Si los cimerios no le mataban, lo habría hecho un soldado suyo. Su suerte ya estaba echada.
Imashar le miró horrorizado, sospechaba del interés del rey por Damkira, pero nunca pasó por su cabeza que fuera capaz de hacer algo tan horrible para conseguir su objetivo. Quizá, al fin y al cabo, los dioses sí que tuvieran que ver en la enfermedad de la reina. Assarhaddon había enviado a la muerte al hombre que le salvó la vida. El equilibro del cosmos había sido alterado y ahora los dioses intervenían para volver a restaurarlo.
—Pero eso no es todo, mis pecados son infinitos —susurró el rey como si temiera ser oído por los dioses.
—Tienen que ver con Damkira y Nabui ¿verdad? —preguntó Imashar con el corazón encogido, temiéndose la respuesta.
—Sí —respondió el rey mirando avergonzado al suelo.
Assarhaddon cayó de rodillas, miró al asu y decidió contarle la verdad. Una verdad que llevaba oculta en su interior demasiado tiempo, martirizándole, comiéndole por dentro como un parásito devora a su víctima, como la enfermedad destruye al enfermo, como la langosta se come las cosechas.
El rey había vomitado todo de su interior y ahora se encontraba exhausto pero liberado. No había levantado una sola vez la mirada del suelo, se sentía sucio, avergonzado, incapaz de mirar a los ojos a su viejo asu.
—Los dioses me odian.
Balbució el rey esperando unas palabras de consuelo de su médico, que no encontró. Imashar estaba hundido, destrozado. Sumergido en un mar de lágrimas, no se dio cuenta cuando Assarhaddon, entró en la habitación de la reina dejándole solo con su dolor.
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