El designio de los dioses

Alfonso Solis · Capítulo 10 de 41

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El designio de los dioses

Capítulo X

 

 

NIMRUD, hacía años que había sido destronada como capital del imperio, pero continuaba siendo una de las ciudades más florecientes de Asiria. Situada en la orilla este del río Tigris, era cruce de caminos de las caravanas que transportaban sal, oro y especias hacia el reino de Elam. Estaba rodeada por una muralla de ladrillo de ocho kilómetros de largo y quince metros de alto y cuatro puertas, fuertemente vigiladas, permitían el acceso a su interior. Un canal artificial saciaba la sed de hombres y animales permitiendo regar huertos y jardines. En el centro de la ciudad, se encontraba el mercado, corazón de la urbe y lugar de encuentro de comerciantes que vendían sus productos, y ciudadanos ávidos de mercancías o noticias. El comercio era la base de la prosperidad de la ciudad.

El gobernador de la ciudad, Karmilamon, era primo del rey. Hombre de pequeña altura y muy entrado en carnes, tenía el pelo lacio y limitado. Sus ojos, desproporcionadamente grandes, sobresalían en una cara redonda y amofletada. La boca, sin labios, era muy grande y cuando la abría daba la impresión de que en cualquier momento, se iba a comer a su interlocutor. Su cuerpo orondo estaba cubierto por decenas de verrugas y tenía una incipiente joroba. Vestía siempre con las mejores sedas y decoraba sus orondos dedos con anillos de oro y piedras preciosas. Coronaba su redonda cabeza con una diadema de plata y oro sobre una peluca debidamente aceitada con óleo de Fenicia. Karmilamon era conocido en la ciudad como el sapo y no únicamente por su aspecto físico. Era una persona ambiciosa, se rodeaba de lujos y de aduladores. Una decisión suya podía suponer la muerte de cualquiera que osara importunarle. Le gustaba rodearse de artistas de todo tipo, pintores, escultores, filósofos, deseaba dar la impresión de ser una persona culta e interesante. Pero sobre todo, le gustaba estar rodeado de efebos. A su guardia personal la seleccionaba personalmente y no los elegía precisamente por su habilidad con las armas. Pero su debilidad eran los niños y los eunucos. No eran pocos los días que paseaba por el mercado con el único objetivo de comprar, a buen precio, algún joven esclavo con el que compartir sus noches de soledad.

Era amigo personal del general Artacomo y les unían las mismas ambiciones. Soñaba con abandonar Nimrud y convertirse en el rey de alguna gran provincia o ciudad sometida. Soñaba con Damasco, Tiro o, por qué no, Egipto. Este era su verdadero sueño, convertirse en faraón de Egipto, y haría cualquier cosa para conseguirlo. Más de una vez, le había asegurado a Artacomo, que algún día conquistaría Egipto y su poder e influencia sería superior a la del mismísimo Assarhaddon. El general fingía sentirse ofendido y le amenazaba con denunciarle por alta traición, pero después de beber varias copas de vino y disfrutar de los encantos de las esclavas, su imaginación volaba hasta las mismísimas murallas de Men-Nefer.

—Tú serás rey de Asiria —le dijo un día Karmilamon—, y me harás rey de Egipto. Dale tiempo a los dioses para que preparen su plan.

—Debería ensartarte con mi espada por traidor —le respondió Artacomo.

—Los dos somos fieles a nuestro rey, pero nada nos impide soñar e imaginar que nuestros deseos se hagan realidad.

—Yo nunca he deseado ser rey de Asiria.

—¿Acaso no sería la mejor de las glorias, para el más valeroso de sus generales?

—Nunca lucharía contra mi rey.

—Yo tampoco, estamos hablando de mi primo y si soy gobernador de Nimrud, es gracias a él, pero ¿quién sabe lo que nos puede deparar el futuro, mi buen amigo?

—Somos siervos de los dioses y en muchas ocasiones, meros juguetes en sus manos. Lo que me depare el destino, no me preocupa, simplemente estoy en el mundo para machacar a los enemigos del imperio, pero si los dioses deciden que sea rey de Asiria, lo aceptaré de buen grado.

El rey conocía la personalidad y los gustos de su primo, y como medida de precaución y para evitar más excesos de los prudentemente debidos, había destinado en Nimrud al general Hitman, como gobernador militar de la ciudad y, exceptuando la guardia personal del gobernador, todas las tropas dependían de él. Hitman, le mantenía puntualmente informado sobre los actos y comportamientos del gobernador y curiosamente, Karmilamon también le informaba sobre los actos y comportamientos del general.

Hitman era un hombre rudo, curtido en mil batallas contra los medos y los palestinos. Hombre alto, de complexión fuerte y de piel cobriza, sus ojos negros transmitían dignidad y nobleza. Su relación con el gobernador era muy tensa. Oficialmente se soportaban, pero el odio que se profesaban era conocido en toda la ciudad. Eran dos personas muy distintas, con motivaciones muy diferentes.

 

Una mañana, mientras Hitman se encontraba desayunando, un emisario le entregó un mensaje proveniente de palacio; Assarhaddon requería su presencia en Nínive. Rápidamente, se montó en su caballo y se dirigió a galope hacia la capital del reino.

Entró en la sala del trono y encontró al rey bebiendo una copa de sikaru restu y observando una bella puesta de sol.

—Buenas tardes mi rey —dijo el general postrándose ante él.

—Mi querido general —contestó el rey girándose hacia Hitman—, me alegro mucho de verte. Es increíble que viviendo en dos ciudades tan próximas, nos veamos tan poco ¿quieres una copa de sikaru restu? —le preguntó el rey, mientras daba dos palmadas—. A mí me calma el dolor de cabeza.

—Muchas gracias mi rey, estoy demasiado acostumbrado a sikaru tabu, hace meses que no bebo una buena cerveza —dijo el general, mientras cogía una copa de cerveza de una bandeja—. ¿Qué tal se encuentra de salud? Espero que los dioses le bendigan con una vida larga y próspera.

—Me encuentro en perfecto estado, la diosa de la salud, Nin-Karrak, me ha rozado con su sagrado manto, permitiéndome superar todos los males que me han afligido.

—Me alegro y doy mil gracias a los dioses.

Era última hora del día y por las ventanas entraba el frescor de las azaleas y un ligero aroma de jazmín. El sofocante calor, parecía que se había tomado una tregua, por lo menos de momento. La sala del rey estaba decorada con bellos tapices babilónicos y las cortinas de seda que cubrían ligeramente las ventanas, ondeaban suavemente al sentir el ligero contacto de la brisa. Assarhaddon estaba preocupado, la situación del imperio era muy complicada y debía actuar con diligencia. Observaba con atención a Hitman, evidentemente ya no era aquel joven oficial que luchó junto a su padre Senaquerib contra los judíos o los medos, pero aún mantenía el mismo porte marcial y su profunda mirada. Debido a su edad, había sido trasladado a Nimrud, una ciudad populosa pero tranquila, un retiro plácido para un gran general. Pero su presencia, era de nuevo requerida para volver a la acción. Desde que le destinaron a Nimrud, su vida militar se había limitado a combatir a bandidos y a mantener el orden en la ciudad. La inactividad le mataba y siempre estaba de un humor de perros. Necesitaba la guerra como el fuego necesita la leña, o como el cazador necesita la presa. Había nacido para luchar, y esperaba que la llamada del rey, significase su vuelta al campo de batalla. Assarhaddon vio el brillo en sus ojos, sonrió y le puso en antecedentes.

—El rey egipcio Taharqa ha animado a las ciudades fenicias a levantarse contra nosotros, de hecho, las ciudades de Biblos, Tiro y Sidón ya lo han hecho. Como podrás entender, es algo que no estoy dispuesto a tolerar. Quiero someter a esas ciudades cuanto antes, para que la rebelión no se propague a otros reinos vecinos, pero también tengo que acabar con la amenaza que suponen los maneos para las ciudades del este, y para esta misión te necesito. Quiero que vengas conmigo a Urartu y me ayudes a aniquilarles.

Las expectativas del general se vieron confirmadas, volvía a la guerra.

—Mi rey, será todo un honor —dijo el general sin poder reprimir una leve sonrisa de satisfacción—, ¿cuándo nos ponemos en camino?

—Partiremos en treinta días —respondió el rey, mirando hacia la ventana—. Tienes tiempo suficiente para preparar todo lo que necesites. Será una campaña larga, pues también tendremos que ir a Elam y Urartu, quiero pactar una paz duradera que nos permita el comercio con los países del norte y del oriente, además, no me puedo permitir tener varios frentes abiertos.

—¿De cuántas tropas disponemos?

—De unos treinta mil soldados, pero espero que Rusa, el rey de Urartu, nos proporcione algunos más. No obstante, los maneos son sus molestos vecinos y estoy seguro que Rusa, estará encantado de quitárselos de encima. Ahora amigo, será mejor que te vayas, tienes mucho trabajo por hacer.

—Estoy impaciente por empezar la campaña. Después de tantos años de inactividad, siento que la sangre vuelve a correr por mis venas.

—Que los dioses te acompañen general.

—Que Shamash le protejan muchos años, majestad.

El general se despidió del rey y salió de la sala real con toda rapidez, estaba impaciente por partir con su poderoso ejército cuanto antes. Tenía muchos preparativos por hacer y no quería perder ni un solo minuto. Después de tanto tiempo, volvía al campo de batalla, estaba tan excitado como la primera vez que luchó.

 

Días después de la reunión del rey de Asiria con Hitman, llegó a la capital el emisario cimerio con el pago del rescate de Teushpa, junto con los rehenes y tres mil jinetes. Assarhaddon y Yashmina contrajeron matrimonio y el rey cimerio fue devuelto a sus tierras escoltado por mil jinetes asirios. Assarhaddon había conseguido una importante alianza con los cimerios, lo que le permitía tener protegido el territorio noroeste del imperio. Ahora debía proteger, mediante sendas alianzas con Urartu y Elam, las regiones del este y someter a los maneos obligándoles a firmar una capitulación, de esta forma, podría focalizarse hacia su gran objetivo, Egipto. Acompañado por Hitman, partiría hacia Tushpa, capital del reino de Urartu donde se reuniría con Rusa, su rey. Después, y con su ejército reforzado con tropas urartianas se dirigirían a Hassanlu, capital del reino de Man. Posteriormente, marcharía hacia el sur, cruzaría el río Diyala hacia Hagmatana una de las ciudades más importantes de los medos, la saquearía y se dirigiría a Susa, capital de los elamitas, donde firmaría una alianza con su rey Urtaku.

 

La ciudad se vistió con las mejores galas para despedir al más respetado de sus generales. Artacomo, al que ya muchos comenzaban a llamar el Terror de Asiria, se encontraba extramuros con su poderoso ejército. Una hueste aún más impresionante que aquella que combatió a los cimerios, estaba preparada para iniciar la campaña contra los reinos rebeldes. Casi cien mil hombres componían su invencible ejército, todos perfectamente equipados, entrenados y dispuestos para la batalla. El ejército de Asiria era el más poderoso del mundo y la base sobre la que se asentaba todo el imperio. Ahora se dirigían a reprimir a los reinos fenicios. Pobres infelices, ya muchos presagiaban su futuro. Brutalmente asesinados, violados, esclavizados y en el mejor de los casos, deportados a tierras lejanas. Este es el porvenir de aquellos que osaban levantarse contra el yugo asirio y desafiar su inmenso poder.

Artacomo se encontraba en su flamante carro tirado por cuatro caballos. Un auriga, un escudero y un arquero, eran sus acompañantes. Detrás de él, sus fieles capitanes Bitakyn, Baladán y Sargaon, cada uno de ellos, sobre un carro dirigido por su auriga de confianza. Les seguían el resto de aurigas conduciendo un total de quinientos carros. Detrás de ellos, veinte mil jinetes, entre lanceros y arqueros, todos vestidos con cotas de metal y corazas de lino, les seguían veinte mil soldados de infantería pesada, con sus enormes y pesadas lanzas; cuarenta mil soldados de a pie, ejército formado por jabalineros, honderos, arqueros y soldados de infantería ligera que portaban un escudo de madera redonda, rematada con una chapa de bronce, y una espada de hierro corta y ágil, capaz de cercenar cualquier miembro enemigo gracias a su afilada hoja. Cerraban la procesión, más de quince mil asistentes, entre porteadores, cirujanos, cocineros y esclavos. Acompaña al ejército una legión de comerciantes y prostitutas ávidas de dinero fácil. Varios kilómetros separaban la cabeza de la retaguardia de la tropa. El ejército de Artacomo era una ciudad rodante, un negocio viviente que permitía a Asiria llenar sus arcas y a sus soldados conseguir un cuantioso botín. Treinta días le separaban de Biblos y de la gloria. El general estaba nervioso, impaciente, deseoso de enfrentarse con su enemigo. Pero Biblos, Sidón y Tiro, no eran más que el aperitivo, la verdadera gloria estaba más allá del monte Sinaí, en Egipto.

El rey le observaba desde la muralla, a su lado, se encontraba el general Hitman.

—Un magnífico espectáculo —dijo el general.

—El más bello del mundo. Ten paciencia Hitman, pronto partiremos nosotros.

—No veo la hora de marchar, estoy verdaderamente impaciente.

—Yo también. No quiero que Artacomo se lleve toda la gloria. Nos esperará en Gaza e iremos juntos a Egipto —dijo sonriendo Assarhaddon.

—Pensé que eso dependería de cómo se encontrasen las tropas después de sofocar la sublevación —dijo extrañado el general.

—Lo acabo de decidir —dijo el rey observando como toda la ciudad clamaba el nombre de su general—, no quiero que Artacomo conquiste Egipto, eso le daría demasiado poder. Debo ser yo quien entre en Men-Nefer y clave la cabeza de Taharqa en una lanza. El pueblo ya le quiere demasiado y no conviene que confunda quién es su señor.

—Eso nunca ocurrirá —dijo serio Hitman.

—No toleraré que nadie me haga sombra, ni siquiera el mejor de mis generales —sentenció el rey, mirando a Artacomo que se alejaba por el horizonte.

Las palabras del rey no pasaron desapercibidas. A pocos metros de él, y muy atento a la conversación, se encontraba su primo Karmilamon, que no había perdido detalle de su advertencia. Hitman cruzó la mirada con el gobernador de Nimrud, que le sonrió nervioso. Desde que el general llegó a Nínive, apenas habían cruzado palabra, no se fiaban el uno del otro.

Los niños corrían y desfilaban junto a los guerreros. Varios perros ladraban desorientados mientras que, las madres y mujeres de los soldados, lloraban y se consolaba mutuamente. Un grupo de hombres se dirigió hacia una taberna, con ganas de celebrar la partida del ejército. Era una mañana cálida y soleada, los soldados, con sus cotas de malla y sus escudos de bronce, brillaban bajo los rayos del sol. El optimismo emanaba de una ciudad deseosa de un nuevo triunfo de sus tropas sobre el enemigo. «Los dioses vuelven a sernos propicios», pensaba Nisher-Sag, desde lo alto del templo del dios Shamash, mirando al ejército que se ocultaba bajo una nube del polvo.

Cuando el último soldado salió de Nínive, la puerta principal se cerró dejando la ciudad protegida y esperanzada.

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