El designio de los dioses
Capítulo VI
EL SOL le quemaba la piel, sus ojos estaban secos y sentía como la lengua se le hinchaba llenándole toda la boca de una especie de esponja áspera y pegajosa. Apenas podía respirar, el insoportable calor le abrasaba la garganta. La nariz, quemada por el sol, estaba seca y el polvo le rasgaba la garganta cada vez que intentaba respirar. La piel, quemada, negra, agrietada, estaba cubierta por llagas y supuraciones. Intentó retirar la manga de su camisa pero la tela se le había pegado en la piel, sintió un dolor insoportable, pero no tenía fuerzas para gritar. No sabía cuánto tiempo llevaba tumbado en medio del desierto, pero viendo la situación en la que se encontraba, pensó que mucho, demasiado. Ladeó la cabeza buscando su caballo, miró a lo lejos y le pareció ver un bulto, intentó incorporarse pero le fue imposible, no tenía fuerzas. Le ardían los ojos y casi no podía ver. Una fina neblina le impedía vislumbrar más allá de unos metros. Pudo, no sin pocas dificultades, percibir el escenario donde se encontraba. Su caballo yacía en el suelo, posiblemente muerto, a pocos metros de donde él se encontraba. Kalam estaba tumbado sobre un suelo árido, plagado de pequeñas rocas punzantes, que se le clavaban en la espalda y en las piernas como pequeños estiletes.
El espectáculo era desolador, estaba rodeado de infinitas dunas de fina arena que se alternaban con valles de afiladas rocas. Era el desierto. Y no era un desierto cualquiera, todos los asirios lo conocían. Era el desierto de Asharat, nadie jamás lo había atravesado. Se pensaba que era el hogar de los dioses y estos, recelosos de que algún mortal profanase su morada, habían creado un espacio inhóspito que evitase que cualquier ser humano intentase la audacia de acercase a su morada.
Contaba la leyenda que, una vez, un valiente guerrero, intentó atravesar el desierto para comprobar, por sus propios ojos, si en verdad ese lugar era, como se decía, la morada de los dioses o simplemente se trataba de un desierto más. Los dioses, llenos de ira hacia aquel ser inferior, que osaba blasfemar contra ellos negando su existencia, mandaron a su encuentro a una hermosa joven, vestida de blanco y montando un hermoso semental del mismo color. El guerrero, quedó paralizado, primero, por encontrarse con alguien en aquel inhóspito lugar y segundo, ante la belleza del ángel que se encontraba ante él. Hipnotizado ante tanta belleza, bajó del caballo y se acercó hacia la joven doncella. Cuando se encontró a su altura, vio como de los ojos de la mujer, salían dos enormes serpientes que se le enroscaron rápidamente por el cuello a la vez que la mujer daba aterradores gritos. De su boca comenzaron a salir escorpiones que, con gran rapidez, subieron por sus piernas. Estaba aterrado, petrificado ante el horror que se encontraba delante de él. Intentó escapar pero no pudo moverse, sintió como se le tragaba la tierra y en poco tiempo esta le llegó a la cintura. Intentó zafarse de las serpientes y de los escorpiones, pero cada movimiento que hacía, le hundía un poco más en la arena. Finalmente, fue tragado por el desierto y nunca más se supo de él. La mujer, satisfecha por su trabajo, se convirtió en un cuervo y desapareció volando en el horizonte.
Kalam, se encontraba en el mismo desierto de la historia. No era en modo alguno supersticioso, pero si realista, y sabía que solo un milagro podría evitar que muriera allí mismo. Estaba agotado, muy agotado. Sabía que iba a morir, ese sería su final. Sintió un pinchazo en el costado, se abrió la camisa y vio que estaba cubierto por una capa de sangre seca. Se incorporó y sintió un fuerte dolor, del costado herido comenzó a brotar sangre dejando ver una enorme brecha, sucia de barro, costras y restos de tela. La herida era grave y él lo sabía. Necesitaba beber agua o moriría en poco tiempo. Apenas le quedaban algunas horas de vida. Pudo ver que el caballo portaba un pellejo con agua, no sabía si se habría secado o si todavía contenían algo del sagrado líquido. Intentó levantarse pero no pudo, entonces, comenzó a arrastrase, pero el roce de su profunda herida con las afiladas piedras se lo impidió. Estaba convencido que ese sería su último día entre los vivos. Los ojos se le cerraban, ya no tenía fuerzas, no podía respirar. Notó como una leve calma recorría todo su cuerpo, ya no sentía dolor, solo quietud. La noche llegó al desierto y con ella, la paz envolvió el maltrecho cuerpo del médico.
Despertó de golpe y se movió inquieto, algo le había tocado. Miro a su alrededor pero no vio nada. Aún no había amanecido y la oscuridad se cernía alrededor suyo. Cogió su espada e intento incorporarse pero no pudo. Seguía muy débil. Escuchó algo cerca del caballo muerto. Era un ruido sutil, tenue, alguien o algo reptaba sobre el animal. Intentó incorporarse de nuevo y esta vez tuvo más suerte, con gran esfuerzo, consiguió ponerse en pie. Balanceándose a cada paso, logró acercarse al caballo con la espada en ristre. Estaba muy débil, pero consiguió sacar fuerzas de flaqueza y se colocó frente al animal muerto. Debido a la oscuridad, apenas podía verlo, simplemente notaba la sombra del mismo. De repente, vio otra sombra que se movía con rapidez, escuchó un gruñido y una bestia enorme cayó sobre él. Estaba tumbado en el suelo y la bestia le babeaba la cara e intentaba morderle. Le agarró del cuello pero la bestia gruñía e intentaba zafarse moviendo la cabeza a ambos lados. En un descuido, sintió un profundo dolor, la bestia le había mordido el brazo izquierdo. Dio un fuerte grito de dolor y desesperación, mientras la bestia hincaba con fuerza sus colmillos en su brazo, intentando desgarrarle la carne. Sentía la tibieza de la sangre bajándole por el hombro. Intentó buscar su espada pero no la encontró. Con el brazo derecho, tanteó el suelo hasta que sintió en sus dedos el frio hierro de la empuñadora. Cogiendo todo el aire que podía y haciendo caso omiso al dolor, giró con todas sus fuerzas el brazo derecho y clavó media espada en el lomo de la bestia, que después de dar un lastimero aullido, cayó fulminada encima de él.
Ya había amanecido cuando despertó. Sobre él se encontraba el cuerpo inerte de un lobo. Se ladeó y el animal cayó a su lado dejando escapar un hilillo de sangre del lomo, donde se encontraba aún clavada la espada. Estaba exhausto. Cogió su espada, la separó del lomo del lobo y comenzó a brotarle sangre de la herida. Sin pensárselo dos veces, acerco sus labios y empezó a beber. No sintió ni asco ni aprensión, tenía mucha sed y la sangre del lobo era el único líquido a kilómetros de distancia. Su brazo izquierdo ya no le dolía, lo miró y vio que le colgaban trozos de carne. No podía moverlo, pero no sentía dolor, no sentía nada de dolor. Miró hacia el cielo y vio como un grupo de buitres volaban haciendo círculos justo encima de él.
Y su mente viajó. Se encontraba en su ciudad natal, recordando cuanto era niño, cuando era feliz y la vida le sonreía, cuando no tenía preocupaciones y su único cometido era disfrutar de la niñez. Y vio a su padre que le hacía un gesto con la mano para llamar su atención. Él tenía ocho años y jugaba con su amigo Ersham. Siempre jugaban a lo mismo, él era un valeroso capitán de las tropas del rey y su amigo, un soldado hitita, el pueblo que siglos antes, había dominado a los asirios.
—Estoy harto de ser un guerrero hitita —dijo el amigo de Kalam—, son un pueblo bárbaro y sus soldados no se pueden comparar con nuestros guerreros.
Jugaban en el patio interior de la casa, en el centro se encontraba un pequeño pozo, donde cogían agua para los animales y para las labores domésticas. Rodeando el patio, habían plantados algunos árboles frutales que, en verano, daban una más que apreciable sombra al hogar. La casa estaba formada por tres estancias, un corral que hacía de urinario y una pequeña cuadra donde se encontraba el asno. La casa estaba construida con adobe y paja y era muy sobria. La cocina estaba compuesta por un hogar donde cocinaban, una mesa y cuatro sillas. El dormitorio constaba de una mesa, una silla, dos mantas rellenas de paja, que hacían de colchón y un gran arcón donde guardaban la ropa. En la otra habitación su padre recibía a los enfermos. En ella el asu tenía una mesa larga, que hacía de camilla, además de varias estanterías donde tenía diverso material médico y pequeñas tinajas donde guardaba brebajes y plantas medicinales.
—Alguien tiene que hacer de hitita —sonrío Kalam—, no podemos estar en el mismo bando, sino, el juego no tendría gracia.
—Ya, el problema es que siempre soy yo el hitita ¿por qué no lo eres tú de vez en cuando, aunque sea para variar?
—Porque yo soy más grande y más fuerte que tú ¿y no querrás que nuestro pueblo vuelva a estar bajo el yugo de los hititas? ¡Cómo se entere el rey, te van a condenar por alta traición!
Kalam era un año mayor que su amigo y cuando tenían la misma conversación, se acogía a la amenaza de la traición al rey para campar a sus anchas y elegir él su personaje favorito. A su amigo le causaba pánico que le acusaran de traición. Tenía solo siete años, pero era muy consciente de lo que les ocurría a aquellos que eran acusados, con o sin pruebas, de traición al rey y a su reino. Aquel que osara traicionar al rey, traicionaba al orden del universo. La traición era el caos, el caos era la barbarie y la barbarie lo que más temían los asirios. Así pues, el castigo a los traidores, debía ser equiparable al caos que dicha traición provocaría. Esto significa que los traidores podrían ser empalados vivos, despellejados, desmembrados, enterrados vivos o lapidados. El castigo depende del rey, que es quién decide cómo y en qué grado administrarlo. Fuera cual fuera su elección, el sufrimiento del traidor estaba asegurado.
—¡Siempre me haces lo mismo! Ya no juego —protestó Ersham—, me voy a mi casa.
—¡Kalam, ven, necesito que me ayudes! —gritó el médico desde la habitación donde atendía a los enfermos.
—¡Voy padre! Ersham, no te enfades, ¿nos vemos por la tarde?
—Bueno pero esta vez yo seré un general asirio —dijo sonriendo—. Tendrás que dejarte ganar o seré yo quién te denuncie por traidor. Ja, ja, ja.
—Ja, ja, ja, —rio divertido Kalam— aprendes rápido, está bien, me dejaré ganar.
Kalam se dirigió a la estancia donde se encontraba su padre, a él le gustaba ayudarle en sus tareas como médico, aprendía mucho a su lado. Era consciente que todos esos conocimientos le serían muy útiles en el futuro. Su padre era una persona severa pero cariñosa, quería mucho a su único hijo y tenía mucha fe en él. Sabía que tenía una inteligencia superior a la del resto de los niños, pero también era consciente, que le perdía el temperamento. Era muy impulsivo e impaciente, carecía de autocontrol y esos defectos, si no eran convenientemente tratados, frustrarían su futuro como asu. Él le estaba educando y le instruía en el noble arte de la medicina. El niño era muy joven y mientras otros chiquillos de su edad jugaban o ayudaban a sus padres en las tareas del campo, él asistía con su padre a los enfermos y escuchaba atentamente todas sus enseñanzas.
Los médicos tenían muy buena reputación y su padre además, era llamado habitualmente para asistir a algún miembro de la nobleza de Assur, lo que les permitía vivir con cierta holgura. Bien es cierto, que ser médico no escapa de ciertos riesgos y que incluso no estaban libres de maquinaciones palaciegas y de luchas de poder.
—Hola Padre —saludó Kalam.
—Hola hijo, este señor tiene una herida en el brazo y se la tenemos que coser. Si no lo hacemos, es posible que se le infecte y tenga fiebres. Cuando seas médico y veas una herida como esta, lo primero que tienes que hacer es limpiarla con agua y vino.
El médico cogió una pequeña gasa de algodón, la humedeció con agua y vino y muy suavemente, limpió la herida de su paciente. Comenzaba una clase práctica de su padre. A veces, se preguntaba cómo era posible que sus pacientes consintieran que, mientras les están curando, un niño que apenas sube un palmo del suelo, les observara atentamente. Cuando era ya un adolescente se lo preguntó a su padre y le contestó: «Algún día tú tendrás que cuidar sus heridas y curar sus enfermedades, cuanto antes empieces a formarte como médico, antes podrás ejercer tu profesión y antes podrás cuidar sus males. Siempre ha sido así y siempre será así».
Kalam era muy joven, pero ya había asistido a su padre varias veces y había visto ese tipo de heridas. Era muy común en tiempos de guerra —que eran la mayoría— se trataba de un corte profundo provocado, sin duda, por el filo de un cuchillo o de una espada. Después de las batallas, a su padre no le faltaba trabajo, estaba horas y horas atendiendo a los heridos. En muchos casos, salvaba la vida de sus pacientes, en otros, los heridos morían en sus brazos. «Cuando seas médico y no puedas salvar la vida de tu paciente —le dijo un día—, no te aflijas, piensa en las vidas que has salvado y, sobre todo, que has hecho todo lo posible por salvarle. Nuestros conocimientos son escasos y en muchas ocasiones, estamos en manos del destino».
No era cuestión suya dónde se había hecho esa herida, él era médico y su misión era curarle. Es cierto que, en más de una ocasión, fue interrogado por guardias sobre algún paciente suyo. En ese caso, contestaba con evasivas y si le presionaban en exceso, pedía el amparo del sacerdote. Esta petición, asustaba a los soldados, muy supersticiosos y temerosos de las fuerzas sobrenaturales que, según creían, dominaban los sacerdotes. «No hay mayor valentía que el conocimiento y mayor cobardía que la ignorancia» —le decía a su hijo.
El paciente era joven, tenía los ojos claros y limpios y cubría su cabeza con un turbante azul. Detrás de su barba, poco espesa y negra como el ala del cuervo, dejaba traslucir una boca de finos labios y blancos dientes. Parecía un noble, pues no tenía el porte de un funcionario real o un comerciante. A Kalam este personaje le fascinó, tenía una hermosa espada con la empuñadura labrada en bellas formas. De la faja le colgaba una bellísima daga dorada como el oro, digna de un rey o un príncipe, portaba un enorme arco fabricado en una madera negra como el tizón y el carcaj y las flechas que contenía (un gran numero como pudo ver) eran del mismo material. Iba muy bien armado para no tratarse de un soldado. ¿Quién sería ese hombre?
—Después de limpiar la herida —continuó explicándole su padre—, debes coger una aguja como esta —le dijo, señalando una fina aguja ligeramente curva y con un pequeño orificio en una de sus puntas—, la hilvanas con este fino hilo de seda y la pasas varias veces por encima de una vela. Con esto, conseguiremos que todas las impurezas de la aguja desaparezcan con el calor de la vela, de esta manera, evitaremos infectar la herida al tocar la aguja con la piel.
El niño observaba con atención cada movimiento de su padre, había visto la escena cientos de veces y cientos de veces, Alamkar le había repetido el procedimiento. Aún así, le fascinaba cada acción de su padre, al que adoraba como a un dios.
—Debes introducir la punta muy despacio en la piel, intentando no penetrar en exceso en la carne —le indicaba el asu—, después debes empujar suavemente evitando que el hilo se anude.
El paciente, mientras tanto, observaba las indicaciones del médico y le sorprendía ver al chiquillo como se empapaba de las enseñanzas del padre. Cuando el médico acabó de coser la herida, salió de la estancia para recoger un poco de agua para limpiar la aguja y demás herramientas, dejando solos al paciente y a su hijo.
—Te llamas Kalam ¿verdad? —preguntó el paciente.
—Sí, señor —respondió tímidamente el niño mirando al suelo.
—¿Te gustaría ser médico como tu padre?
—Sí, señor.
—Los niños a tu edad, suelen preferir ser soldados ¿por qué en cambio tú quieres ser médico?
El niño no tenía ninguna duda sobre la respuesta.
—Quiero ser médico para poder curar a los enfermos y ser querido por todos en el pueblo, como lo es mi padre.
—Claro, es muy interesante. ¿Nunca te ha interesado convertirte en un gran soldado, defensor de tu patria?
—Alguna vez lo he pensado, luchar contra los enemigos y vivir un sin fin de aventuras. ¿Tú eres soldado?
—En mi pueblo, todos los hombres nacimos soldados.
—¿De dónde eres?
—De un país un lejano.
—¿Y qué has venido a hacer aquí? ¿Cómo te has hecho esta herida?
Alamkar entró en la estancia y escuchó la indiscreta pregunta de su hijo.
—¡Niño cállate y deja de molestar al señor! —le espetó su padre—. Disculpe a mi hijo, a veces es un poco impertinente.
—Ja, ja, ja —rio el paciente—. No te preocupes, la inocencia de los niños… Gracias por su atención, toma esta bolsa como pago por tus servicios.
—No es necesario señor —dijo el médico rechazando el dinero del extraño.
—¿No me vas a cobrar por este formidable trabajo? Ojalá tuviera médicos como tú en mi país, acepta la bolsa, en mi pueblo es de mala educación rechazar los regalos, sean cuales sean y más tratándose de dinero —le dijo acercándole la bolsa.
Alamkar la abrió y vació su contenido en su mano; treinta siclos de plata era el precio que el extraño había pagado por sus servicios, un precio muy alto por la cura de una herida superficial.
—Perdone señor —protestó el médico—, es un precio excesivo por una simple herida.
—Estos siclos están bien pagados y no cubren únicamente la cura de la herida, sino tu silencio, ya sabes que los escitas no somos muy bien recibidos por estas tierras.
—Gracias señor —dijo Alamkar, y volvió a meter las monedas en la bolsa de cuero—. No se preocupe, nadie sabrá jamás que ha estado aquí.
El extraño asintió convencido de las palabras del asu.
—Muchas gracias médico. Tienes un hijo muy inteligente, será un gran médico…, como su padre.
—Gracias señor, eso espero, el niño tiene mucho interés por la profesión y yo estoy encantado de poder enseñársela.
—También es conveniente que conozca el arte de las armas, ¿ha practicado alguna vez con alguna?
El asu odiaba las armas y la guerra. Había visto tantas mutilaciones, tanto dolor, tantas muertes inútiles durante su experiencia como médico, que sentía repulsa por todo lo que la guerra significaba. Alamkar odiaba la violencia, pero por desgracia, era parte de su vida, como la del resto de los asirios.
—No señor, aún es joven pero estoy de acuerdo con usted, el manejo de la espada le puede ser muy útil en estos tiempos.
—Sería conveniente enseñarle a manejar la espada y arco. Para estos conocimientos, no importa la edad. En mi tierra, a la edad que tiene tu hijo, los niños ya son hábiles con el manejo del arco a caballo —dijo el paciente recogiendo sus armas—. Ha sido un placer conocerte, sin duda, has realizado un gran trabajo. Te deseo lo mejor para ti y tu familia.
—Gracias señor, le deseo un tranquilo regreso a su país —dijo el médico estrechándole la mano.
—Adiós pequeño —dijo el paciente tocando el pelo al niño—, estoy seguro que serás un gran médico y quién sabe, quizá tus hazañas lleguen algún día hasta tierras tan lejanas como la mía y tenga que requerir tus servicios.
—Allí estaré señor —dijo orgulloso el niño, sacando pecho ante las risas de su padre y del extraño—. Que tenga un feliz viaje.
Salió el extranjero por la puerta, con su aspecto señorial y bien pertrechado con todas sus armas. Montó en un hermoso caballo de guerra y cabalgó a toda prisa seguido por dos guerreros, que le aguardaban en la puerta, dejando una estela de polvo a su paso.
—¿Quién era ese señor? —preguntó Kalam, mientras observaba como se alejaba el extraño acompañado por sus hombres.
—Es un gran señor, viene de un país muy lejano y poderoso.
—¿Y qué ha venido a hacer aquí?
—No lo sé, hijo mío y créeme, es mejor así. Vámonos a comer, ya es tarde y tu madre seguro que ya ha preparado la comida.
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