El designio de los dioses
Capítulo XXXII
LA CARAVANA se dirigía a Harran, los comerciantes habían cruzado el río Habur y se encontraban a pocos kilómetros de la ciudad consagrada al dios-luna. Kalam permanecía tumbado en una carreta, Imashar le había entregado a Kargicheng suficiente tranquilizante para que Kalam permaneciera sedado durante varios días. Cuando Imashar terminó de contarle la triste muerte de su hijo, juró que mataría a Assarhaddon con sus propias manos y si no fuera por el fuerte sedante que el asu le dio a beber, se habría dirigido, daga en mano, a palacio en busca de venganza. Por suerte para el asirio, el fuerte tranquilizante le hizo pronto efecto y cayó desmayado al suelo pocos metros después de salir de la tienda. Desde entonces, y por su seguridad, permanecía sedado siendo constantemente velado por Kargicheng y sus asistentes. Ya habían pasado siete días desde el fatídico momento en el que Kalam, supo de la desgraciada suerte de su familia y el comerciante decidió que no era necesario suministrarle más sedante. Se encontraban lo suficientemente lejos de Nínive como para que intentara regresar y consumar su amenaza. Kargicheng dirigía el carro en el que se encontraba Kalam, cuando este se despertó.
—¿Dónde estamos? —preguntó confuso.
—Nos dirigimos a Harran —le respondió el comerciante—. ¿Te encuentras bien?
—Me duele la cabeza.
—Pronto se te quitara el dolor.
—Quiero volver a Nínive —dijo Kalam, intentando levantarse.
—Sabes que no debes, tienes que olvidarte de Nínive y todo lo que esta ciudad representa.
—Le mataré.
—La venganza no te devolverá a tu familia.
Kalam negó con la cabeza.
—¡Déjame aquí! —le espetó.
—Olvídalo, te matarían y juré proteger tu vida.
El asirio intentó levantarse pero no pudo, estaba atado al camastro.
—¡Desátame!
—Lo haré en su momento. Entiendo tu dolor, pero la vida debe continuar. Nunca conseguirías matar a Assarhaddon y si vuelves a Nínive lo único que vas a lograr es que te maten. Debes vivir por ti y por tu familia. Tu mujer y tu hijo perviven en tu recuerdo, debes honrarles por su memoria. La venganza es el camino de los perdidos.
—No quiero vivir, si he soportado todos estos años de sufrimiento y agonía, ha sido por la esperanza de poder reunirme con ellos. Ahora están muertos y nada tiene sentido, mi vida no tiene sentido. Solo quiero que la muerte me llame y arranque mi alma de este mundo de injusticias y desgracias.
—Debes vivir, por ti y por tu familia, olvida la venganza Kalam, y olvida la muerte.
—Ging-Liu dijo que los dioses me habían encomendado una misión y ahora veo claramente cuál es; matar al tirano.
—Asesinar nunca puede ser una misión ordenada por los dioses…
Kalam rio con amargura.
—Nuestros dioses son crueles, son asesinos y vengativos. Tu dios es distinto, es como el dios de los medos, un dios justo, pacífico, que ama a sus servidores. Nosotros vivimos para servirles a ellos, esa es la gran diferencia. Para ellos no somos más que un juego, un entretenimiento y por lo que veo, conmigo están entreteniéndose de lo lindo.
Kargicheng le miró con pena.
—Tu dolor te ciega y no te deja ver lo evidente, espero que el tiempo pueda curar tus heridas y aliviar tu atormentada alma.
—Mi alma estará más aliviada cuando la sangre de Assarhaddon ensucie el brillo de mi daga.
—Pronto alcanzaremos Harran, cuando lleguemos allí, hablaremos — dijo Kargicheng, con la esperanza de que el asirio cambiara de opinión durante el camino.
—Está bien, me encuentro cansado, muy cansado. Espero encontrarme mejor cuando lleguemos a Harran y entonces volveré a Nínive —dijo Kalam, firme en su decisión.
La ciudad de Harran recibió con agrado y entusiasmo la llegada de la caravana. Sus habitantes cruzaron raudos las murallas de la ciudad y se dirigieron al mercado que Kargicheng y los suyos, montaron en pocas horas. Era la última ciudad de importancia que el yuezhi visitaría antes de llegar a Tiro y quería hacer el mayor negocio posible. Paseaba entre los tenderetes, cuando fue avisado por uno de sus sirvientes, Kalam reclamaba su presencia. Se dirigió hacia el campamento donde se encontraba el asirio. Durante todo el viaje, Kalam le había insistido en su deseo de volver a Nínive y el comerciante se había negado una y otra vez, sabía que su regreso a la capital asiria solo podría significar su muerte. Kalam nunca intentó escapar, tampoco se encontraba preso y era muy libre de irse cuando quisiera, pero sentía que tenía una obligación con Kargicheng y huir de la caravana, aprovechando la complicidad de una noche sin luna, no sería lo más honesto. Tenía una obligación y un deber con el comerciante, que al fin y al cabo, le había protegido y ayudado durante todo el viaje. Kargicheng entró en la tienda de Kalam y le encontró colocando sus cosas en una alforja.
—Veo que insistes en tu marcha —le dijo con resignación, nada más entrar en la tienda.
—Debo irme y lo sabes.
—Le prometí a Ging-Liu que te protegería, no puedo permitir que te vayas.
—Has cumplido con creces tu promesa. Recuerda que le dijiste a Ging-Liu que me llevarías sano y salvo a Nínive y así lo has hecho. Has cumplido con tu palabra y ahora debo marcharme. Yo debo cumplir con mi destino.
El comerciante se acercó a Kalam y le cogió de los hombros.
—Amigo Kalam, durante todo este tiempo te he cogido un gran aprecio, te considero más que un amigo y no quiero que te ocurra nada malo. Si te dejara marchar, mi conciencia no estaría tranquila y me consideraría culpable de todo lo que te pudiera ocurrir.
—No soy tu prisionero, soy libre para marcharme cuando quiera y tú lo sabes. Te debo mucho amigo Kargicheng, y por eso quería hablar contigo antes de volver a Nínive. Mi destino está enlazado con el de mi mujer y mi hijo. Si muero, seré feliz porque me reuniré con ellos y si tengo éxito, haré justicia y vengaré su muerte. En cambio, si marcho contigo a Tiro y luego vuelvo a Gushi, será mi conciencia la que no duerma tranquila. Por la noche tengo pesadillas —dijo Kalam moviéndose nervioso por la tienda—, sueño con la muerte de mi mujer y mi hijo. Veo el rostro de Damkira destrozado por el golpe contra el suelo y a mi hijo ensangrentado, vestido con las ropas del rey llamándome mientras Nisher-Sag le entierra vivo. Tengo miedo a dormir, todos los días las pesadillas asaltan mi sueño impidiéndome el descanso.
Kalam se sentó en el camastro y comenzó a llorar. Kargicheng le miró con pena, se sentó a su lado y le abrazó.
—Entiendo tu desesperación, pero tengo que decirte que tu alma nunca descansará en paz, aunque acabes con la vida del rey. Debes asumir la pérdida, por muy dolorosa que esta sea y continuar con tu vida.
—Debo marchar —dijo Kalam, entre jadeos.
—Nada puedo hacer por impedírtelo, nada puedo hacer para evitar que regreses a Nínive —dijo el comerciante levantándose—. Comprendo tus sentimientos y creo que no tengo más opción que dejarte marchar, pero permíteme ayudarte en todo lo que pueda. Espérame aquí, ahora vuelvo.
Kargicheng asumió que no podía evitar que su amigo se marchara. Su dolor era demasiado fuerte y si continuaba su viaje con él, posiblemente enfermaría. Salió de la tienda regresando unos minutos más tarde.
—Toma este documento —le dijo Kargicheng—, es el salvoconducto que me entregó Nigirsu y que te permitirá sortear las patrullas militares y cruzar las murallas de Nínive sin problemas.
Kalam le miró agradecido.
—También toma estas ropas, es la vestimenta habitual del representante de un importante mercader —dijo Kargicheng dándole una bolsa que contenía una túnica de lino blanco—. Fuera hay un caballo medo esperándote. Un mercader vestido con ropas caras y cabalgando un neseo no despertará sospechas.
—No puedo aceptar regalos tan caros —protestó Kalam.
—No es un regalo, es un préstamo. Quiero que me lo devuelvas —le dijo Kargicheng con una sonrisa—, pronto partiremos a Tiro, pero haremos el mismo viaje de vuelta a Gushi y espero que podamos encontrarnos por el camino.
Kalam se acercó a Kargicheng y le dio un fuerte abrazo. Las lágrimas corrían por las mejillas de ambos, eran conscientes que salvo un milagro, esos serían sus últimos momentos juntos.
—Toma estas monedas, te permitirá subsistir durante unos días.
—No sé cómo puedo darte las gracias. Has hecho tanto por mí —dijo Kalam, aún con lágrimas en los ojos.
—Yo sí lo sé, vuelve vivo amigo mío, vuelve vivo.
Kalam se vistió con sus nuevos ropajes, preparó su alforja y salió de la tienda. Subió al neseo y con los ojos húmedos se despidió de su amigo.
Tuvo un viaje tranquilo, se cruzó con varias patrullas militares, que le dejaron paso nada más enseñarles el salvoconducto de Nigirsu. Pocos días después, se encontraba de nuevo frente a las murallas de Nínive. Cruzó la puerta de Shamash sin mayores problemas y se dirigió hacia el palacio. Sin saber muy bien qué hacer, se acercó al oficial de guardia.
—Saludos, oficial, mi nombre es Afarat y vengo a ver a Imashar, asu de su alteza real el gran rey Assarhaddon —dijo Kalam, con rostro preocupado y utilizando su antiguo nombre de esclavo.
El oficial se acercó a Kalam y le miró de arriba abajo con desconfianza.
—¿Y por qué iba a molestar al médico del rey? —preguntó.
—Quizá por esto —dijo Kalam mostrándoles unos siclos de plata—, pero si no fuera suficiente motivo, tal vez este otro también ayude — añadió, mostrando el salvoconducto de Nigirsu.
El oficial cogió rápidamente las monedas mirando de reojo a los demás guardias, no tenía intención de compartir el botín. Tomó el salvoconducto y fingió leerlo. Kalam ocultó una sonrisa, lo había cogido al revés. Cuando termino de «leer» el salvoconducto, el oficial asintió y avisó a uno de los guardias.
—Soldado llama a Imashar, tiene una visita, un tal Afarat le espera — dijo el oficial mientras le entregaba el salvoconducto.
—Gracias.
A los pocos minutos, apareció un desconcertado Imashar, no conocía a nadie con ese nombre. Cuando vio que quién le esperaba era Kalam, su corazón casi le dio un vuelco.
—Saludos, querido Imashar, perdona que venga sin avisar, pero necesito de tus servicios —le dijo angustiado Kalam.
—Saludos, Afarat, es un placer verte —dijo Imashar intentando reprimir los nervios, que luchaban por aflorar—. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Mi mujer está muy enferma por favor, necesito que la veas —dijo en tono de súplica.
—Dame unos minutos. Voy a por mis instrumentos y vuelvo enseguida.
Poco después, volvió Imashar portando una pequeña alforja. Kalam se ocultó la cara con un turbante y ambos hombres marcharon hacia el centro de la ciudad, doblaron varias callejuelas, cruzaron el templo de la diosa Ishtar y llegaron a Tell Nebi Yunus, una pequeña loma de jardines y fuentes, que los habitantes de la ciudad utilizaban como lugar de paseo y esparcimiento. Subieron a lo alto de la loma y se sentaron en un banco de piedra. Allí, rodeados de gente estarían más seguros.
—No debiste volver —dijo Imashar, con pena.
—Tenía que hacerlo, no hay otra opción.
—Siempre la hay. Lo que quieres hacer es una auténtica locura.
—Nada tiene que perder quién nada tiene —dijo Kalam levantándose —. Necesito tu ayuda.
Imashar le miró azorado.
—No puedo actuar contra mi rey, lo siento —dijo el asu, con lástima—. Déjalo estar Kalam, el rey está gravemente enfermo. La nostalgia se ha adueñado de su alma, apenas come o habla, si no se recupera pronto, morirá. Deja que los dioses hagan el trabajo que tú quieres hacer y se lo lleven ante su presencia. Es a ellos a los que tiene que rendir cuentas.
Kalam, desde la privilegiada atalaya, contemplaba la hermosa ciudad de Nínive.
—Han sido mi mujer y mi hijo los que han muerto. Soy yo el que debe juzgar y ejecutar la condena. Si no me ayudas, lo entenderé, pero no evitará que haga lo que tengo que hacer —dijo el asirio sin dejar de mirar la ciudad.
El asu miró a Kalam. Recordó la primera vez que le vio en el palacio. A pesar de su juventud, le asombró la confianza que tenía en sí mismo. Como, sin dudarlo ni un segundo, diagnosticó la enfermedad del rey y la forma en la que le liberó de ella. También recordó a Damkira y a Nabui, y la horrible muerte que les asaltó a ambos. Era el asu del rey y como tal, había jurado por su vida que velaría por la salud del monarca. Pero ahora las cosas habían cambiado, su amigo Kalam le necesitaba para hacer justicia y vengar la muerte de su familia y él no podía negarse.
—¿Qué quieres que haga? —le preguntó.
La noche envolvía con su oscuro manto la ciudad de Nínive. Las calles estaban vacías y solamente el ladrido de algún perro vagabundo o las pisadas de la guardia haciendo la ronda, perturbaba el profundo silencio en el que dormía la capital del reino. Nisher-Sag estaba inquieto. No podía dormir. Una extraña desazón rondaba su mente. Se levantó de la cama, se vistió y se dirigió al templo de Shamash. Necesitaba rezar. Quizá, de esta manera, conseguiría calmar su inquietud, tal vez, el buen dios Shamash iluminara su mente y le mostrara qué era lo que le angustiaba y que malos presagios barruntaba su espíritu. Cruzó en silencio varias calles hasta que llegó al templo. Subió por la escalinata y entró. Se postró ante la imponente figura de Shamash y comenzó a rezar.
—Te estaba esperando —dijo una voz.
—El sacerdote se giró asustado hacia el lugar de donde provenía el sonido.
—Pensé que ya no vendrías.
—Tu voz me es familiar ¿quién eres y por qué te ocultas en la penumbra? —preguntó nervioso el sacerdote, mirando por todas partes sin poder ver a nadie.
—Claro que mi voz te es familiar, sin duda me conoces y muy bien que me conoces.
Kalam salió de la penumbra y se dejó ver. Nisher-Sag, que aún permanecía de rodillas cayó al suelo.
—¿Sorprendido de verme? —le preguntó Kalam dirigiéndose hacia él.
—Pe… pero estás muerto —dijo aterrorizado Nisher-Sag.
—Es cierto, estoy muerto pero he regresado del mundo de las tinieblas para vengar la muerte de mi familia —dijo Kalam, desenvainando su daga.
El sacerdote permanecía en el suelo, le temblaba tanto el cuerpo que no podía levantarse.
—¿Qué… que vas a hacer? —preguntó Nisher-Sag temiendo la respuesta.
—Creo que ya lo sabes, mi familia no descansará tranquila hasta que los causantes de sus desgracias hayan muerto.
—¡Perdóname Kalam! —suplicó el sacerdote con lágrimas en los ojos —. ¡La muerte de Damkira fue un accidente y Nabui…! —Nisher-Sag dudó si continuar hablando—. ¡Nabui fue sacrificado para salvar a Assarhaddon, pero fue Nakiya quién me lo entregó en sacrificio! ¡No pude negarme, no tuve otra opción!
Kalam se le acercó empuñando con fuerza su daga. Sentía una mezcla de odio y desprecio por el sacerdote. Sabía muy bien qué tenía que hacer, durante los últimos días, había soñado con ese momento.
—Siempre hay otra opción —dijo Kalam clavándole la daga en el corazón.
No sintió ningún placer, no sintió ningún alivio, no sintió más que la tibia y húmeda sangre del sacerdote correr por su mano. Observó el cuerpo de Nisher-Sag, que yacía sobre un charco de sangre y miró la figura del dios Shamash.
—Dios de la justicia, si es verdad que existes, te entrego el alma de Nisher-Sag, júzgale con severidad y no permitas que su alma tenga un minuto de descanso en toda la eternidad. Que todo el daño que ha hecho en vida lo pague con creces en la muerte y que los demonios de las tinieblas martiricen su alma hasta el fin de los días.
Limpió la daga en los ropajes de Nisher-Sag y la guardó. Sobre el pecho del sacerdote colocó la figura alada que representaba al dios Ahura Mazda y salió del templo con el mismo sigilo con el que había entrado.
El sol acababa de asomar por el horizonte cuando un joven sacerdote se dirigió al templo del dios Shamash, para realizar la primera oración del día. Subió la escalinata y vio un bulto a los pies de la escultura del dios. Se acercó y con horror, pudo comprobar que se trataba de su maestro, el sacerdote Nisher-Sag. Como alma que lleva al diablo, se dirigió al palacio para informar a la reina madre. Nakiya no podía creer lo que estaba escuchando, desgraciadamente para ella, la muerte del sacerdote no sería la peor noticia que recibiría durante el día.
Kalam había alquilado una pequeña casa de una sola planta, con dos habitaciones y muy próxima al mercado. Se había presentado al casero como el representante de un comerciante de especias de origen semita, que estaba interesado en abrir nuevos mercados en Nínive y Assur. El casero no sospechó del asirio y mucho menos cuando le pagó tres meses por adelantado. Después de su visita al templo de Shamash, había vuelto a su casa, donde se ocultaría durante unos días.
En el palacio reinaba la confusión. La reina estaba reunida con Hitman y Nigirsu. El asesinato de Nisher-Sag la había conmocionado. Le conocía desde hacía años y siempre le había servido con devoción y fidelidad. Por motivos de seguridad, todas las puertas de la ciudad fueron cerradas, nadie podría entrar o salir a no ser que tuviera un salvoconducto especial firmado por Nigirsu o la reina. Los soldados asirios comenzaron a registrar casa por casa y se dirigieron especialmente a los barrios donde residían los extranjeros, muy especialmente los medos. La reina estaba preocupada, andaba de un lado a otro de la sala buscando algún motivo, alguna razón por la que alguien quisiera matar al sacerdote.
—¿Y encontraron una figura de Ahura Mazda en su pecho? —preguntó Nakiya.
—Así es mi señora —respondió Nigirsu—. Estamos registrando las casas de los medos que residen en la ciudad. Os prometo, mi reina, que cogeremos al asesino y será ajusticiado.
—Las puertas han sido cerradas y nadie puede entrar o salir de la ciudad. Los soldados que han estado de guardia durante la noche confirman que nadie ha entrado o salido de Nínive, el asesino no ha podido escapar — dijo Hitman.
La reina madre se preguntaba el porqué. Nisher-Sag era un hombre poderoso y, como tal, podría tener algunos enemigos, pero nadie se atrevería a atentar contra el sacerdote del templo del dios Shamash. El asesino de un sacerdote se quemaría durante toda la eternidad en el más profundo de los avernos. ¿Quién podría odiar tanto a Nisher-Sag como para querer matarle? ¿Quién no temería el castigo de los dioses por semejante pecado? Un nombre surgió de golpe en la mente de la reina, pero enseguida lo desestimó. Ese hombre había muerto hacía muchos años. La reina madre se sintió cansada y tomó asiento en el trono.
—He doblado la guardia y docenas de patrullas vigilan la ciudad. Cientos de informadores han sido alertados, y recibirán cuantiosas recompensas por cada información útil que nos proporcionen…
La entrada de un mensajero interrumpió a Hitman. Era un oficial del ejército que había partido contra los egipcios, tenía el semblante serio.
—Mi reina, traigo horribles noticias —dijo el mensajero postrándose en el suelo.
—¡Habla! —ordenó la reina levantándose de un salto. Su corazón latía con fuerza.
—Mi reina, el príncipe heredero, Sin-Iddina-Apla, ha muerto.
La noticia de las muertes del príncipe heredero y del influyente sacerdote del templo del dios Shamash, corrió rauda por toda la ciudad y en pocas horas, todos sus habitantes estaban al corriente de tan funestos sucesos. Los asirios, tan supersticiosos como religiosos, se dirigieron a los templos repartidos por toda la ciudad, para orar o hacer ofrendas. Los templos de Ishtar, Assur y sobre todo, el templo de Shamash, estaban abarrotados de creyentes y personas temerosas de sufrir la ira de los dioses. El pánico colectivo se adueñó de la ciudad y como setas, comenzaron a surgir profetas vaticinando la ruina del imperio.
—¡La ira de Shamash ha caído sobre nuestra ciudad, Asiria pagará en sus propias carnes toda la sangre derramada en su nombre. El primero ha sido el sacerdote de su propio templo y luego el príncipe heredero. Asirios, los siguientes seréis todos vosotros! —gritaba un anciano con los ojos desorbitados y una larga barba blanca, señalando a los viandantes que se paraban a oírle. Las mujeres y los niños le miraban asustados y más de uno se puso a llorar. Los hombres le miraban con preocupación—. ¡Los asirios seremos castigados a consecuencia de los miles de actos impuros cometidos por nuestros reyes desde el día del gran diluvio. Arrepentíos grandes reyes de Asiria, arrepentíos o el pueblo pagará vuestras culpas!
El anciano no pudo decir nada más. Una patrulla, alertada por el griterío, se le acercó y le golpeó con saña, luego se lo llevaron, y nadie más volvió a saber de él.
Kalam se encontraba en su casa, alertado por el griterío que procedía de la calle, miró por la ventana. Vio a la gente correr sin rumbo definido, unos subían la calle, otros la bajaban y no eran pocos los indecisos que no sabían qué hacer. Salió de la casa ocultando parte de su cara con un turbante. Para no ser reconocido, solo dejaba ver su lado izquierdo, dejando visible la cicatriz que cruzaba su rostro. Vestido como un comerciante, se dirigió a un grupo de hombres que hablaban cerca de su puerta.
—¿Qué es lo que ocurre? —les preguntó.
—¿Es que no te has enterado? Han asesinado al sacerdote del templo de Shamash y el príncipe heredero ha muerto en la campaña contra Egipto.
Kalam recordó la imagen del joven príncipe cuando partió hacia la guerra contra los egipcios. Se le veía seguro de sí mismo y lleno de la vitalidad propia de su juventud. También recordó cuando jugaba con el pequeño Nabui, las veces que habían coincidido en los jardines de palacio. Era aún un niño, pero destacaba en él su enorme energía y su fuerte personalidad. Sintió pena por él.
—Se te ve muy afectado ¿les conocías? —le preguntó el desconocido.
—No, simplemente soy representante de comercio y estas son noticias negativas para el negocio.
Los hombres le miraron con desprecio y se marcharon dejándole solo.
—Sucios mercaderes, solo les importa el maldito dinero —dijo uno, mientras se marchaba.
Siguió caminando por la calle y se dirigió al mercado. Si quería más información, ese era el lugar perfecto. La gente se agolpaba en los tenderetes de comida. Kalam se acercó a una sierva que hacía cola para comprar unas hogazas de pan.
—¿A qué se debe este tumulto? —le preguntó.
—Han cerrado las puertas de la ciudad, nadie puede entrar ni salir. Mi señora teme que pronto falten los alimentos y me ha enviado a comprar todo lo que pueda.
Dos mujeres comenzaron a pelearse, una le había quitado el sitio de la fila a la otra. Comenzaron a insultarse, arañarse la cara y a agarrarse del pelo. En el fragor de la lucha, cayeron sus cestos al suelo y varios ladronzuelos, que observaban con atención la escena, acudieron raudos a coger los alimentos que estaban esparcidos por el suelo, y se ocultaron entre la muchedumbre. Las mujeres dejaron de luchar y corrieron inútilmente tras los hábiles ladrones. Varios hombres gritaron en contra de Assarhaddon, a quién consideraban el culpable de las desgracias de la ciudad.
—¿Por qué hace meses que no aparece? Nadie sabe si está muerto o vivo —dijo uno.
—A mí me han dicho que está endemoniado —respondió otro.
—Eso explicaría la muerte del príncipe y del sacerdote.
El caos se había adueñado de la ciudad. Las patrullas a caballo galopaban a toda velocidad apresando a todo aquel que osaba insultar o proferir doctrinas contra del rey. Varios hombres, aprovechando la confusión, entraron en la casa de un comerciante judío y poco después salieron corriendo portando varios bultos. Poco después, cubierto de sangre y levantando los brazos al cielo, apareció el judío pidiendo ayuda. Malherido, se desplomó inerte en el suelo, ante la impasible mirada de los viandantes. Kalam pensó que lo mejor sería volver a casa y atrancar la puerta. No era un buen día para pasear por la ciudad.
Cuando le informaron de la muerte de Sin-Iddina-Apla, la reina madre pidió que la dejaran sola. No quería que nadie fuera testigo de su sufrimiento y pudiera ver como lloraba abatida por el dolor de la muerte de su nieto favorito. No podía dar ninguna señal de flaqueza. El imperio necesitaba a alguien fuerte que le gobernara y, en ausencia de Assarhaddon, ella estaba obligada a asumir ese papel. Después de desahogarse, llamó a Nigirsu y a Hitman. La reina se encontraba mirando por la ventana cuando entraron sus consejeros.
—Mi reina —saludaron ambos.
—¿Qué le ocurre a la ciudad? —preguntó Nakiya mirando por la ventana.
—La noticia de la muerte del príncipe y de Nisher-Sag se ha propagado rápidamente por Nínive y la gente está un tanto nerviosa —dijo Nigirsu.
—He visto soldados golpeando a varios hombres —dijo la reina.
—Meros alborotadores mi reina, ya han sido reducidos —dijo el general Hitman.
—Quiero que me digáis la verdad —ordenó la reina madre. Los dos hombres se miraron y fue Hitman quien habló.
—La gente está inquieta. Piensan que la muerte del sacerdote y del príncipe son castigos divinos, y que malos augurios amenazan al reino.
—Se les pasará, mi reina, es cuestión de tiempo —añadió Nigirsu.
—El pueblo está confuso, quiere respuestas a lo que está sucediendo ¿hay alguna información sobre el o los asesinos de Nisher-Sag? —preguntó la reina.
—Nada, mi señora, hemos registrado casa por casa el barrio de los extranjeros y no hemos encontrado nada —respondió Hitman.
—Quiero que los culpables del asesinato sean ajusticiados, sean quienes sean. El pueblo necesita culpables y nosotros se los vamos a entregar ¿no sé si me he explicado? —preguntó la reina dirigiéndose a Hitman.
—Con claridad, mi reina. Los asesinos de Nisher-Sag serán arrestados y ejecutados.
—Tienes dos semanas para capturarlos.
—Así será, os lo prometo —dijo Hitman golpeando su pecho con el puño derecho.
—Bien, respecto al rey —continuó la reina—, debe ser aislado de estas malas noticias. Ya he dado orden de que nadie le informe sobre la muerte del príncipe y del sacerdote. En su estado podría hacer alguna locura. Hablaré con él a su debido tiempo. Si no tenéis nada más que decir, podéis marcharos.
Tessub estaba preocupado. Durante la campaña de Artacomo contra los egipcios, había perdido muchos clientes e incluso había reducido sus salidas al mínimo para evitar ser insultado o golpeado. Poco después, las aguas volvieron a su cauce y los clientes regresaron. Nunca se había sentido asirio. Por muchos años que viviera en la capital del reino, siempre sería un extranjero, un egipcio. Y, en esos días de confusión y cólera, ser egipcio en Nínive, era un riesgo. El día siguiente de conocer la muerte del príncipe heredero, la escasa población egipcia que vivía en la capital asiria fue realojada, él incluido, en barrios vigilados por soldados. El oficial encargado del traslado le dijo que era por su bien, temían que fueran linchados por una horda enfurecida en busca de venganza por la muerte del príncipe. Llevaban en ese barrio casi dos semanas aislados del mundo exterior, no les permitían salir y tampoco permitían a nadie entrar. Eran los soldados los que les abastecían de agua y comida. Ausente de noticias, desconocía cuál era la situación de la ciudad.
Tomó un poco de queso, más por la necesidad de alimentarse, que por la presencia del hambre. Cenaba con su mujer y sus dos hijos adolescentes. Hacía un par de horas que había anochecido y cuatro candiles de aceite iluminaban la estancia. Casi nadie hablaba, la preocupación se podía ver en sus ojos. De pronto, un ruido les sobresaltó. Alguien llamaba con brusquedad a la puerta.
—Abrid la puerta a los soldados del rey —ordenó una voz mientras aporreaba la puerta.
Tessub miró temeroso a su familia.
—Ya voy.
Abrió la puerta y entraron de golpe varios soldados espadas en ristre. Tessub tuvo que apartarse para no ser arrollado por el ímpetu de los soldados y se apoyó en una mesa para no caerse.
—¿Eres Tessub? —preguntó el oficial asirio.
—Sí, lo soy —respondió el médico egipcio.
El miedo se reflejaba en su mirada.
—Debes acompañarnos —cogió con brusquedad al egipcio y lo sacó de la casa.
—¡No! —gritó uno de sus hijos que se dirigió hacia él.
Pero un soldado le golpeó con su lanza en el estómago, haciéndole doblar las rodillas.
Tessub se perdió en la oscuridad de la noche escoltado por los soldados. En la casa, su familia se abrazó con fuerza y comenzó a llorar.
Durante días, los hombres de Hitman, registraron casa por casa los barrios de los extranjeros, arrestado y torturado a todos aquellos de los que hubiera la mínima sospecha. Habían puesto precio a la cabeza de los asesinos del sacerdote, investigado cualquier indicio, cualquier pista que pudiera arrojar algo de luz sobre el oscuro crimen, pero todos los esfuerzos fueron inútiles. La reina madre quería resultados y los quería de forma inmediata. Hitman, con profundo dolor en su corazón, firmó la detención de Tessub, médico, Kamuet, comerciante, y Shiten, arquitecto, acusados del asesinato de Nisher-Sag, sin más culpabilidad que la de ser egipcios y por lo tanto, enemigos del pueblo asirio. La muchedumbre tenía lo que quería y la reina estaba parcialmente satisfecha, pero Hitman no. Durante años, había servido al pueblo asirio y siempre se había considerado una persona íntegra y con honor, pero firmar la condena a muerte de personas que sabía que eran inocentes, le revolvía el estómago y le producía náuseas. Se encontraba en el cuartel general, cuando fue requerido por la reina. Cansado y con muy pocas ganas de entrevistarse con Nakiya, se dirigió a palacio. Allí le aguardaba la reina madre, con cara de pocos amigos.
—Saludos, mi reina.
—Veo que ya has hecho las primeras detenciones, ya era hora —dijo con reproche Nakiya.
—Los dos sabemos que los egipcios son inocentes y nada tienen que ver con el asesinato de Nisher-Sag.
—Pero el pueblo creerá que sí lo son y eso es lo que importa. Quiero que se les torture y se les paseé en carros por toda Nínive, luego serán ahorcados en la puerta de la ciudad como escarmiento a todos los asesinos.
—Lo que ordenéis —dijo con resignación Hitman.
—Pero te recuerdo que los verdaderos asesinos siguen libres y no debemos descansar hasta que demos con ellos.
—Naturalmente les seguiremos buscando, mi reina.
—Espero que pronto sepamos quién o quiénes están detrás de la muerte del sacerdote. Mientras tanto, el pueblo ya tiene lo que estaba buscando, culpables.
Los egipcios Tessub, Kamuet y Shiten, tuvieron un juicio sumarísimo y fueron acusados del asesinato de Nisher-Sag, con el objeto de desestabilizar al reino para facilitar una invasión egipcia. Para confundir a los investigadores, colocaron una figura del dios Ahura Mazda, en el pecho del sacerdote y de esta manera, culpar del crimen a los medos. Tras una hora de deliberación, los jueces les declararon culpables y fueron condenados a morir en la horca. La condena se ejecutaría de forma inmediata, pero antes tendrían que sufrir el escarnio público.
Para que no pudieran proclamar su inocencia, a los tres egipcios les cortaron la lengua y les quemaron los ojos. Subidos en un carro y metidos en una jaula, fueron exhibidos por toda la ciudad. El pueblo canalizó toda su ira contra los condenados y les insultaban mientras les arrojaban todo tipo de inmundicias. Los reos se protegían acurrucados en las esquinas del carro. Varias horas duró el escarnio público hasta que finalmente, llegaron a los muros de la ciudad. Se abrió la puerta del carro y bajaron los egipcios. La muchedumbre no dejaba de escupir y arrojar hortalizas y todo tipo de objetos, los soldados se vieron obligados a intervenir para evitar que los presos fueran linchados. Después de un momento de tensión, la muchedumbre se calmó y los egipcios fueron subidos al patíbulo. El gobernador Nigirsu dio la orden y sin más dilación, el verdugo colocó la soga en el cuello de los condenados y tiró de la palanca que accionaba las trampillas. La gente vitoreaba y gritaba llena de júbilo, los asesinos del sacerdote Nisher-Sag colgaban del cuello frente a la puerta que tenía el nombre del dios asirio de la justicia.
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