El designio de los dioses
Capítulo XXI
TEUMAN esperaba la llegada de su general con los prisioneros. El asesinato de diez de sus soldados no podía quedar impune. Debía dar un escarmiento a los asesinos para que sirviera de lección a todos aquellos que osaran violar sus leyes. El rey escita se encontraba en el palacio, calentándose en un fuego en la sala del trono. El otoño golpeaba con fuerza las frías tierras de los escitas.
—Este invierno será duro mi señor —le dijo un consejero.
—Sí, las lluvias han llegado demasiado pronto y hemos tenido que aplazar algunas campañas. En fin, esperemos que el año que viene tengamos más suerte.
Debido al territorio yermo en el que vivían, los escitas no cultivaban prácticamente nada, basaban su medio de vida en el pastoreo y el pillaje. Había sido un mal año y los pocos saqueos realizados, no habían sido tan fructíferos como hubieran deseado.
—Señor, ha llegado Marlat —dijo un soldado.
—Bien, hacedle entrar.
Marlat entró con paso marcial en la sala acompañado por Afarat. El rey miró extrañado a su general. No entendía que hacía ese esclavo en el palacio. Si tenía algo que ver con el asesinato de sus soldados, tendría que estar en el calabozo.
—Mi señor —saludó el general.
—Saludos general, espero que hayas tenido un buen viaje desde Sari.
—Los caminos empiezan a estar impracticables y eso ha dificultado un poco nuestro regreso, pero por lo demás, ha sido un viaje de lo más tranquilo.
—Me alegro ¿quién es este? —dijo el rey, mirando a Afarat.
—Es Afarat, un esclavo de Sari, le he traído ante tu presencia porque creo que es interesante que le conozcas.
Teuman escrutó al esclavo, había algo en él que era familiar. Afarat le miró desafiante, se consideraba hombre muerto y había asimilado su destino, no tenía nada que perder. El rey abofeteó al esclavo por mirarle de forma insolente.
—Ten cuidado esclavo, si tienes algo que ver con el asesinato de mis hombres morirás, pero hay muchas maneras de hacerlo y algunas son muy lentas y dolorosas.
El labio de Afarat comenzó a sangrar.
—¿Qué puede tener este esclavo que sea interesante para mí? — preguntó Teuman a su general.
—Ha sido médico del rey Assarhaddon.
Teuman miró sorprendido a Marlat, no se creía lo que estaba oyendo. Miró con más atención al esclavo.
—¿Es eso cierto?
Afarat, consciente del interés del rey, supuso que si tenía una oportunidad de salir con vida de Bhakri era debido a su pasado como asu del rey.
—Sí, mi rey.
—Su verdadero nombre es Kalam, le cambiaron el nombre cuando le marcaron. Ha sido médico en Assur.
—¿En Assur? Yo conocí a un médico en Assur, me curó una herida en el brazo hace años.
Los recuerdos brotaron en la mente de Afarat, miró al rey y recordó a un joven que llegó a la consulta de su padre hacía muchos años, tenía herida en el brazo. Recordó sus ojos claros y sobre todo su daga, un arma que parecía de oro. Afarat vio que la misma daga colgaba del cinturón del rey.
—Era mi padre, te cosió una herida del brazo —dijo Afarat.
El rey se remangó la camisa dejando ver una cicatriz en su brazo.
—Tú eras el pequeño que asistía atento a todas sus indicaciones, ¿verdad?
—Así es mi señor.
El rey sonrió.
—Y llegaste a ser el asu de Assarhaddon. Desde pequeño era evidente que ibas a llegar muy lejos.
—Mi señor, siento contradecirte pero ahora no soy más que un esclavo de los masagetas.
Teuman se dirigió a Marlat.
—Me gustaría conocer su historia pero antes quiero saber si tuvo algo que ver con la muerte de mis soldados —le preguntó.
—Directamente no, pero si quieres te cuento lo ocurrido.
El general le transmitió toda la información de la que disponía. El rey le miraba con atención, a veces desviaba la mirada hacia Afarat que permanecía atento a la conversación. Cuando Marlat terminó de hablar, el rey se dirigió a él.
—¿Es correcta la información de Marlat?
—Sí, mi señor. Ayudé a escapar a los yuezhi, ese ha sido mi delito. Ansiaba la libertad y ellos eran los únicos que podían proporcionármela.
El rey comenzó a pasear por la sala, con las manos en la espalda. No sabía qué hacer con él. Había ayudado a escapar a unos yuezhi que estaban directamente implicados en el crimen. Pero había sido médico de Assarhaddon y cualquier información que le pudiera proporcionar sobre el rey sería bienvenida. No obstante, Afarat debía ser castigado por su delito, o sería un mal ejemplo para su pueblo.
—Pensaré que hacer contigo y con los otros prisioneros. De momento, quiero que Afarat sea lavado y aseado. Permanecerá custodiado en palacio hasta que decida qué hacer con él —dijo el rey.
Pocos días después, el rey tomó su decisión. Los cómplices de Mushabat no fueron condenados a muerte. Un verdugo les quemó los ojos y les arrancó orejas y lengua. Vagarían por la ciudad de Bhakri mutilados hasta el fin de sus días. Serían un ejemplo viviente de la justicia del rey. Mas dificultad tuvo para encontrar un castigo para Afarat. Había decidido que estuviera a su servicio. Si había sido asu de Assarhaddon seguro que se trataba de un médico excepcional y en Escitia no sobraban precisamente los físicos. Además, su conocimiento de Asiria y de la familia real le podría ser útil. Finalmente, le condenó a recibir veinte latigazos por ayudar a escapar a los yuezhi, una pena menor y casi simbólica.
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