Envidia

Josephine Hart · Capítulo 8 de 31

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Envidia

Capítulo 8

CAPÍTULO VIII

 

—¡Eh, vosotros dos! ¡Pareja!

Hubert sonrió. Elizabeth, él, Dominick y yo compartíamos una cena de

bienvenida al hogar en un restaurante cercano a su nuevo piso. A Elizabeth no se le

daba bien cocinar.

Bronceada, con el pelo aclarado por el sol y vestida con una camisa de seda

crema y una falda marrón oscuro, Elizabeth habló de Grecia. Cada palabra exudaba

amor. Se refirió al color con sus bonitos ojos de pintora y tuve la certeza de que, de

manera inexorable, había entrado en su fase griega. La claridad verde azulada y el

blanco celestial solo quedarían truncados por alguna cascada de pétalos rosa

ruboroso. Aunque quizás un campesino o una campesina vestidos de negro montarían

a caballo o cruzarían el lienzo para darle contraste dramático.

—Muy bien, madame et monsieur Hubert Baathus, recién casados… felizmente

unidos… dadnos una definición de la felicidad conyugal.

Dominick siempre buscaba definiciones.

—No existe —declaró Hubert.

Elizabeth se mostró sorprendida.

—El matrimonio no supone necesariamente la felicidad. La felicidad consiste en

estar con la persona elegida y ser único para tu pareja.

—¿Con o sin boda de por medio?

—Sí. Convendrás conmigo en que la comodidad, la conveniencia y el placer de

una unión formalizada son deliciosos. Se trata de algo sensato. Por lo tanto, el

matrimonio es la felicidad sensata. ¿No?

—Tu dominio del inglés ha mejorado notablemente.

—Gracias, Ruth. —Hubert me sonrió.

—Hubert se expresa con cierta pomposidad en inglés solo cuando trata por

primera vez con alguien —aseguró Elizabeth—. Es tímido.

—¿Tímido? Yo diría que solo un poco —repliqué.

—Una felicidad sensata. Me ha gustado. Espero que disfrutéis muchos años de

felicidad sensata. —Dominick alzó la copa—. Por la felicidad sensata… la felicidad

de Elizabeth y Hubert.

Fuimos al piso de Hubert, convertido en el hogar de ambos, a tomar café. Era un

apartamento masculino, de maderas oscuras y pesadas, cortinas con dibujos de

cachemira, sillones de piel. Un apartamento convencional y elegante: la bonita

morada de un hombre apuesto. Hubert me miró mientras yo observaba el

apartamento.

—Dentro de un par de años nos mudaremos a París. Decidimos que carecía de

sentido amueblar una casa.

—¿Es una decisión definitiva? —preguntó Dominick.

Yo aún no había acabado de asimilar la idea de la separación.

—Por supuesto —repuso Hubert.

—Por eso seguiré pintando en mi estudio hasta que nos mudemos a París —

apostilló Elizabeth—. Hubert me ha prometido que tendré un estudio en el desván de

la casa.

Me figuré una nueva fase de tejados parisinos de pizarra gris. ¿Qué tópico elegiría

Elizabeth? Me parecía que la felicidad sensata resultaría muy aburrida. Yo de

Elizabeth, ¿qué podía encontrar en Hubert? ¿Yo de Elizabeth?

—Lamentablemente debo irme. Me alegro de volver a veros. Todo ha sido muy

armonioso. Siempre busco armonías matemáticas, os aseguro que su belleza os

dejaría boquiabiertos. Por si no lo sabíais, los griegos se consideraban a sí mismos la

esencia de la bondad.

—Vaya, Dominick, es la primera vez que te oigo referirte con tanto romanticismo

a tu trabajo.

—Es posible, Ruth. Quizá temo que se rían de mí. —No precisó quién podía

reírse de él.

—El amor es un milagro. Una manera de ver a alguien… bañado en luz. Es como

mis cuadros, mi pintura pasada de moda y pletórica de luz. El amor es una dimensión

adicional para la mirada. Crea una luz que solo el ser amado parece poseer y que solo

percibe el que ama. Es así como veo a Hubert.

Elizabeth volvió la cabeza al cabo de su insólito y breve discurso. Su rostro

delgado y fino traslucía una impetuosidad aterradora. ¿Acaso había traicionado mi

odio a través de la sorpresa que me provocó Elizabeth? ¿Elizabeth había huido a

ponerse a cubierto?

—Antes yo llevaba una vida de niño consentido y egoísta. Elizabeth me ha vuelto

mejor persona —reconoció Hubert, apuesto, feliz y humilde.

—¿Cuál es el signo externo de semejante perfeccionamiento? —pregunté

intentando un tono burlón.

—Ruth, no hay ningún signo externo, pero he cambiado. Por ejemplo, me burlo

menos de los demás. —Hubert marcó los límites.

—Vaya, Hubert, es evidente que tu inglés ha mejorado. Ya no tienes dificultades

con los matices.

Hubert rio.

—Venga, Ruth, tú también te ablandarás.

Dominick retrocedió ante la insinuación de que era incapaz de quebrar mi

frialdad.

Sensible como siempre, Elizabeth se percató y dijo:

—Me parece que Dominick ya ha iniciado el proceso. Y ahora seré muy francesa,

os daré dos besos y os diré au revoir.

Obviamos los besos. La pareja menos armoniosa se despidió con un gesto de la mano y se retiró.