Envidia
Capítulo 26
CAPÍTULO XXVI
De nada sirve describir los días siguientes. Los que lo han vivido, lo saben. Y los que
no lo han vivido, jamás lo comprenderán.
El funeral. Asistieron varios condiscípulos en representación de los alumnos del
colegio. Me quemaron los ojos con sus piernas fornidas. Sus rostros vertieron vinagre
en mi garganta. Y envenenaron mis oídos con sus voces tiernas.
El apenado director y los profesores cariacontecidos dieron informes de vida de
los chicos, cuyos tiempos habían pensado medir en cursos.
Un ministro, personalidades del mundo de los negocios y figuras de las artes, el
mundo editorial y el ámbito universitario asistieron con desasosiego. Nadie supo qué
decir porque carecían de palabras para expresarlo.
Lexington los acogió a todos y los impresionó. Y les dio de comer… después de
que enterráramos a los chicos, ahora separados, el uno al lado del otro en el
cementerio del pueblo, junto a mi familia. Mi niño serio, William, que ahora se había
convertido en un niño sepulcralmente serio. Jamás debió ser mío. Era demasiado
bueno para mí. ¿Hubo alguna pauta, algún plan para aniquilarme? Si algún miembro
de mi familia hubiera sido bueno, ¿no podría haber intercedido en nuestro nombre?
Entonces recordé que yo no creía en Dios ni en la vida después de la muerte, y me
sentí reconfortada.