Envidia
Capítulo 20
CAPÍTULO XX
Dos días después su rostro apareció en la pantalla del portero electrónico.
Distorsionado y casi disfrazado de sí mismo, parecía un robot en un lienzo gris.
Minutos más tarde estaba en la puerta.
—Por si no lo sabes, tengo llave de la entrada y del… del…
—¿Del estudio de Elizabeth?
—Sí. Elizabeth está en Frimton. Ruth, no mancillaré lo nuestro con disculpas ni
explicaciones. Ahora es una realidad en nuestras vidas. —Asentí con la cabeza—.
Ruth, he pensado mucho en lo que voy a decirte.
—Te lo agradezco.
—Pensar era imprescindible, Ruth, se trata de cuestiones graves.
—De las que tenemos pleno conocimiento aunque, quizá, ya no exista pleno
consentimiento.
—¿Qué has dicho?
—Disculpa, es una definición del pecado.
—Mi esposa… mi primera esposa era católica. Acabo de recordarlo. Cuestión
grave, pleno conocimiento y pleno consentimiento.
—Exactamente.
—Ruth, tú no eres católica.
—No, pero la religión siempre me ha fascinado.
—Ah.
—¿Te sorprendo?
—En todos los sentidos, querida mía.
Ya, «querido mío».
—Supongo que buscas algún tipo de absolución.
—No, desde luego que no, solo quería decirte…
«No me digas nada, pensé, no digas nada. Estoy muy familiarizada con el
pecado».
—Veamos. Supongo que has venido a decirme que «eso no volverá a suceder» y
advertirme.
—Lo que dices es un insulto para los dos. —Bien, eso significa que yo aún tenía
posibilidades de triunfar—. Tenemos una opción. Sé que mis palabras sonarán muy
frías y calculadoras y te ruego que me disculpes. Podemos optar entre el orden o el
caos.
—Charles, defíneme el «orden».
—El orden de la negación o el orden del… engaño.
—¿Y el caos? ¿Qué me dices del caos?
—El caos del descubrimiento y la destrucción de nuestras familias.
—¿Y?
—Ruth, tú estás hecha para el engaño ordenado.
—¿Y tú?
—No lo sé. Superficialmente, tal vez más que tú, pero no estoy seguro.
—¿Y Elizabeth? —Osé preguntar.
—Ruth, la primera regla consiste en que jamás menciones a Elizabeth cuando
estemos juntos…
—¿Reglas? —Las reglas del compromiso.
—Sí, reglas. Ruth, me parece que estamos hechos el uno para el otro.
—Tal vez.
A solas y en penumbras: niños que nunca habían sido felices ni buenos.