Envidia
Capítulo 31
CAPÍTULO XXXI
Todo esto sucedió hace unos años. No importa cuántos.
Ella ha muerto.
Murió de cáncer. Recibí una llamada telefónica del médico del pueblo.
Obviamente me había mencionado como su pariente más próximo.
—¿La señora Garton?
—Sí.
—Soy el doctor Mackintosh.
—Dígame.
—Lamentablemente tengo que darle una triste noticia. Se trata de Elizabeth
Ashbridge.
—¿Ha muerto?
—Sí. Lo siento mucho.
—¿Qué ocurrió?
—Cáncer. Fue un proceso muy rápido. Cáncer de mama. Comenzó en el pecho
izquierdo. Temo que acudió a mí demasiado tarde. Era una mujer excepcional.
—Sí, lo sé.
—Cuando le hablé del cáncer me respondió: «Es extraño que no crezca en el
corazón». Jamás lo olvidaré. «Es extraño que no crezca en el corazón». Dijo que se
debía a la pena.
—Tal vez tenía razón.
—Tengo entendido que usted es su pariente más próximo. ¿Es su hermana?
—Hasta cierto punto.
—No sé qué más decir. ¿Está dispuesta a…?
—Sí. Anotaré sus señas y las del hospital. Nosotros… Charles y yo nos
ocuparemos de todo. Esta tarde nos reuniremos con usted.
—Me agradará conocerla. Tengo instrucciones que la señora Ashbridge dispuso
se le dieran a usted en caso de muerte. Creo que se refieren al funeral. La carta está
sellada.
—Comprendo. Naturalmente respetaremos la voluntad de Elizabeth.
—Sí, por supuesto.
—Debo hablar con mi madre, con su madre. Le estoy muy agradecida. Gracias.
Colgué.
La compañera… la compañera de mi vida había muerto. Había muerto durante la
noche, mientras yo yacía junto a Charles. No habíamos notado nada. Simplemente
habíamos dormido mientras ella moría. ¿Pasaré durmiendo la muerte de Charles o él
la mía? ¿Luego seguiré conciliando el sueño? He dormido desde la muerte de los
chicos.
Charles estaba en el jardín. Me acerqué y permanecí unos momentos a sus
espaldas, en silencio. Después pronuncié las palabras. Se volvió hacia mí sin lágrimas
en los ojos: nada.
—Ruth, ella me dejó hace mucho tiempo. Fue entonces cuando aprendí… lo cruel
que puede ser la vida.
—Creo que debemos ir y traerla a casa.
—Sí.
—¿A quién más hay que comunicárselo?
—A mamá y a la familia Baathus.
—Sí, tienes razón.
¿Conservarían un recuerdo claro de ella, de la esposa del hijo, la que hasta ahora
lo había sobrevivido?
—Sí, telefonearé a los Baathus.
—De acuerdo. Vayamos juntos.
Lo hicimos.
No la trajimos a casa. La enterramos en el cementerio del pueblo, según sus
instrucciones. La carta que nos dejó era breve, más bien una nota. Decía:
No quiero estar junto a los chicos. Sé que lo comprenderás. Prefiero estar aquí. Una sencilla cruz con mi
nombre. Nada más.
Seguimos sus instrucciones casi al pie de la letra. En la lápida hicimos grabar:
ELIZABETH ASHBRIDGE, PINTORA. Una cruz de mármol blanco.
Se celebró la lectura del testamento. Me legó cuanto tenía. Los periódicos
publicaron necrológicas cortas y poco esclarecedoras. Nadie la había conocido.
Ahora Charles y yo pasamos el tiempo serenamente. Celebramos aniversarios
donde antaño celebrábamos cumpleaños.
Si nunca la hubiera conocido, ¿yo habría sido buena? Al final, es lo único que
importa.
Estamos aquí para acrecentar la suma de la bondad humana. Para demostrar que
existe. Por muy inútil que resulte cada acto individual de arrojo, generosidad,
abnegación o gracia, no deja de demostrar que la bondad existe. Cada acto acrecienta
el fondo. Necesita reposición, no solo porque el mal abunda y es obstinadamente
alimentado, sino porque la bondad ya no es un fin respetable en la vida. El sabueso
del infierno —la envidia— la ha echado de casa.
Nosotros, Charles y yo, otrora unidos por el poderoso vínculo de la envidia,
flotamos ahora el uno hacia el otro por un mar de pena. Por encima de los rostros de
los chicos, que suben y bajan, hasta los sepulcros acuosos, una y otra vez.
Cuando alguno de los dos se acerca al otro, también aflora el rostro de Elizabeth,
una y otra vez.
¿Y si no la hubiera conocido? ¿Qué habría ocurrido? ¿Ella me creó a mí o yo a ella? ¿La soñé? ¿Soy ahora Elizabeth?
Estas preguntas me ocupan mucho tiempo. ¿Tenéis respuestas? Por favor, os
ruego que me contestéis.
Respondedme, ahora que os dejo.
Os dejo.
Me marcho.
Terminaste Envidia
Josephine Hart
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