Envidia
Capítulo 2
CAPÍTULO II
—Mamá, algo oscuro revolotea en mi cuarto. Hay algo negro en mi habitación.
Negro y con alas. Mamá, mamá, ¿dónde estás? Por favor, mamá, ven, mamá, te lo
ruego, por favor. Se va a posar en mi cara.
Avanzo a trompicones hasta la puerta. No alcanzo el interruptor de la luz porque
soy demasiado pequeña.
—Mamá, no puedo… Mamá, mamá.
Recorro el oscuro pasillo, el negro pasillo.
—Mamá, me persigue. Ay, mamá, ¿dónde estás?, ¿dónde estás?
Debo de estar cerca de la escalera trasera. Me pongo de puntillas y alargo los
brazos con los dedos extendidos. Ni siquiera así alcanzo el interruptor. Lentamente,
barrote tras barrote, me sujeto a la barandilla. Peldaño tras peldaño desciendo hacia
una negrura aún mayor.
El pasillo trasero es tan estrecho que con los brazos abiertos rozo las paredes. La
cara húmeda, me escuecen los muslos, gotitas de terror y vergüenza.
Avanzo con dificultad.
—Mamá, mamá —grito hacia la bendita luz—. Mamá, mamá.
La voz de mi madre tararea suavemente al son de la radio, llega hasta mí. Por fin
empujo la puerta. Abandono la penumbra y me interno en la luz.
Todos se vuelven hacia mí. La luz los baña. Forman una perfecta trinidad. Mi
madre, cepillo en mano, está sentada detrás de Elizabeth, que permanece de rodillas.
Lleva el pelo suelto, que le cae por la espalda: un halo de luz. Mi padre, situado
frente a Elizabeth, está inclinado, casi de hinojos y con los brazos extendidos.
Sostiene la taza de cacao de Elizabeth.
La felicidad perfecta, la absoluta felicidad… Yo estoy fuera del círculo. Mamá
viene hacia mí y me coge en brazos al tiempo que Elizabeth exclama:
—¡Ruth, pobre Ruth! Estás llorando.
Papá se yergue hacia mí y susurra:
—Querida Ruth, mi querida pequeña. ¿Qué te pasa? Claro, debiste de bajar sola y
a oscuras por la escalera trasera. Pobrecilla.
Me besan, me miman, me abrazan e intentan calmarme.
Me dan el cacao de Elizabeth, que me besa las piernas.
—Pobrecilla, pobre Ruth —susurra Elizabeth.
Otra vez me echo a llorar. Mis lágrimas de odio caen sobre la cabeza de
Elizabeth, sobre su cabellera dorada. Vuelve el rostro hacia mí. Me inclino hacia ella
y le rozo la cara con la mía. Una lágrima cae en sus labios.
«¿Escuece, Elizabeth, escuece?».
Me llevan nuevamente a la cama. Atravesamos el pasillo principal, iluminado para mí. Mamá me arrulla mientras papá me transporta en brazos a mi habitación. La
minuciosa búsqueda no encuentra ningún objeto aleteante. Solo hay un móvil a punto
de caerse del gancho que lo sujeta. Mi padre se sienta a mi lado y me acaricia los
cabellos mientras mamá canta una dulce nana. Me quedo dormida.
Una visión —una visión celestial— se ha grabado en mí. En la oscuridad
contemplo la luz, la luz que tendría que haberme bañado a mí, solo a mí.