Envidia

Josephine Hart · Capítulo 19 de 31

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Envidia

Capítulo 19

CAPÍTULO XIX

 

Elizabeth consideró demasiado cruel que yo recibiera por teléfono la noticia de la

repentina muerte de mi padre a causa de un ataque al corazón, y por eso envió a

Charles a casa… a las cuatro de la madrugada. Sabía que William había viajado con

su padre a Estados Unidos para visitar a los padres de Dominick. Sabía que yo estaba

sola.

Me dio una oportunidad. Su confianza en mí y su amabilidad conmigo me dieron

una oportunidad. En mi naturaleza estaba aprovecharla. Encauzar la brusca sorpresa y

luchar contra el dolor. Ya lloraría más adelante. Ahora, en ese instante, podría

conocer a ese hombre, el hombre de Elizabeth… y a través de él conocerla a ella.

Cuando Charles me abrazó para consolarme, capté la condolencia en su mirada y

la convertí en otra cosa. Como podéis ver, esa fue mi astucia: buscar el centro.

Cuando Charles se inclinó hacia mí, me moví de tal modo que su peso cayó sobre mi

cuerpo al derrumbarme de pena y deseo contra la pared.

Cuando abrí los ojos descubrí en su expresión algunos indicios de mi triunfo. Me

di cuenta de que Charles sabía lo que se traía entre manos a causa de la experiencia

vivida. Esas necesidades del pasado —ahora enterradas— lo arrojaron a mí.

Necesitaba el sentido del pecado para mantener el contacto con su pasado.

Abrí lentamente la puerta de mi cuarto de vestir. Charles me siguió escaleras

abajo. Sabía que lo haría. Desnuda, con los brazos sobre la cabeza, me puse la

combinación de seda de Elizabeth: la tentación intemporal. Creí ver a Elizabeth, cual

un fantasma, de pie a mi lado.

Me acosté en el suelo y, a gatas, Charles se puso sobre mí y me cogió por el pelo,

como si fuera a comérselo. Después nos separamos y permanecimos de pie a ambos

lados de la estrecha estancia. La imagen de mi padre cruzó por mi mente embotada.

Me vi perdida porque recordé que incluso antes de que yo naciera ya era demasiado

tarde para nosotros. La antigua rabia aplastó el dolor que latía en mí. Reconocí que ya

era demasiado tarde para todo.

Mi mirada abatió a Charles y acabó con su resistencia cuando, hipnotizado,

volvió a acercarse a mí.

Cogí el brillante zapato negro de Elizabeth, lamí el tacón, se lo di a Charles y me

tendí sin hacer ruido. Clavé la mirada en su rostro, inmóvil sobre mí. Charles recorrió

lentamente las líneas de mi cuerpo con el reluciente tacón del zapato de Elizabeth.

Luego titubeó. Aparté la espalda del suelo, pues percibí temor en su mirada. Deseaba

transmitirle coraje. Con sumo cuidado, como si estuviera en trance, Charles hizo lo

que yo quería. Por primera vez lloré por aquello en lo que me había convertido. Me

alejé un poco más de mí misma y, con terror y deleite, empujé a Charles hacia el

rostro oculto en la piedra que involuntariamente él había empezado a tallar.

Fue como yo creía que sería. Elizabeth estaba vencida bajo su combinación negra,

que no permití que Charles me quitara. Acudió a mi mente una frase largamente

olvidada: « [2] Je est un autre».

Me duché y me vestí… con la ropa de Ruth. En silencio, nos dirigimos en coche

al hospital. Besé a mi madre. Estaba tan íntegra en su dolor como era de esperar.

Elizabeth abrió los brazos de par en par, me abrazó y me consoló. Quizá fue un

reconocimiento de que se trataba de mi padre, de mi auténtico padre y no del de ella.

Tal vez fue demasiado delicada para mencionarlo.

Charles hizo compañía a mi madre, le cogió la mano y no me miró. Finalmente

nos fuimos a Lexington. Nos llevó Charles en el coche: la viuda y dos esposas, una

de ellas la suya.

Una familia adulta que llora al patriarca no está tan afectada por el dolor como

por el pesar. Tratándose de viejos, hasta la muerte súbita contiene la certeza de que

estaba predeterminada.

Mientras estaba en la iglesia mi dolor fue perturbado por el incesante pase interno

de una película sobre Charles y yo… y nuestros cuerpos. Contemplé secreta e

intensamente a Charles. ¿Acaso en una ocasión Dominick no había mencionado que

la contemplación de ciertos objetos modifica su composición? Charles, ¿eres el

mismo hombre? ¿Soy la misma mujer? ¿Existe en alguna parte un yo persistente?

Permanecí en pie junto a Dominick, agotado después del vuelo nocturno desde

Estados Unidos, y pensé en la mentira del cuerpo y de la mente.

Mientras comíamos, mi madre nos comunicó su decisión de permanecer en

Lexington.

—Aquí es donde he pasado mi vida con él y donde lo siento más próximo.

Recordad que durante muchos años John estuvo de lunes a viernes en Londres y solo

volvía a casa los fines de semana. Me encantaría reuniros a todos los fines de semana.

Ya lo creo, sería maravilloso. Ya sabéis la alegría que los chicos me proporcionan…

la alegría que nos proporcionaban.

Sabíamos que estaría perfectamente atendida por Alice y Ben, que durante años

nos habían acompañado. Abandonamos Lexington con la promesa de seguir

«volviendo a casa» los fines de semana. Dominick volvió a viajar a Estados Unidos.

Regresaría con William al cabo de una semana. Habíamos llegado a la conclusión de

que un viaje repentino para enterrar al «yayo» sería demasiado traumático para

William, razón por la cual se quedó con sus abuelos. Elizabeth y Charles se

marcharon a Frimton.

Aguardé en Londres. El siguiente movimiento le correspondía a Charles.