Envidia
Capítulo 7
CAPÍTULO VII
El matemático enamorado no aborda a su amada con un análisis científico del cálculo
de probabilidades de las relaciones y, menos aún, un matemático cuyo amor no es
correspondido.
Es posible que, después de todo, exista alguna ley científica. ¿Acaso el amor del
enamorado se expande o se contrae en relación directa con el amor correspondido o
rechazado? ¿Quién puede negar que la intensidad de la propia adoración, si se sigue
desarrollando, no produce una respuesta? El dicho reza: «Si en este corazón hay
amor, también existe en aquel, pues una mano no puede estrecharse sin la otra». ¡Qué
seductor! ¡Y qué falso! ¿Para qué atrapar lo que ya ha caído en la red? Solo en el
vuelo reconocemos la libertad de las aves.
Esos fueron mis ociosos pensamientos durante el paseo que di con Dominick
después de la boda. Pensamientos encubiertos por mi tierna sonrisa ante sus
requerimientos y sus expectativas. Dominick había desarrollado la costumbre de
albergar expectativas.
Como era un día claro y ligero y estábamos al otro lado del lago, a salvo de
miradas indiscretas, sus intentos de seducirme se vieron coronados por el éxito. Sus
expectativas se cumplieron.
Pero la decisión fue mía. Lo permití. Me digné aceptarlo. Con Dominick era
imprescindible guardar las distancias. Yo lo sabía, pero él no. Asistí a su vulgar
éxtasis con los ojos entornados. En los momentos posteriores, mientras su cuerpo se
recuperaba, tuve una ligera visión de Elizabeth y Hubert: su unión carnal en sacro
matrimonio. Esta vez tampoco experimenté dolor. Dominick volvió a susurrar su
petición de matrimonio, pero mi corazón estaba cerrado a cal y canto. Exhalé un
suspiro de irritación, deseché mis pensamientos y sembré en su corazón la duda y su
cruel prima, la esperanza. Pero no alimenté el rechazo. Había decidido apoyar la
cabeza en el mullido centro de una planta y aplastarla. No tuve culpa. Al fin y al
cabo, la Naturaleza nunca ha sido recíproca en su amor.
Regresamos andando a Lexington. Los invitados ya habían partido. Éramos una
impostora y su chico con cara de listillo. El pelo pajizo le caía sobre las gafas. Su
cuerpo era larguirucho y sus líneas no me atraían.
Nos sentamos a la mesa con mis padres. Comimos pescado a la brasa y después
pollo frío con crema de limón y olivas negras troceadas en forma de corazón. Las
azucenas del centro de mesa, algunas de las cuales presentaban capullos como
cabezas de serpiente, se abrieron delicadamente durante la cena. La depredadora se
convirtió en víctima.
Bebí vino tinto y me pregunté inútilmente qué hacían en ese instante, exactamente
en ese momento, Elizabeth y Hubert. Con la imaginación deambulé por el familiar cuerpo de Elizabeth. Intenté imaginarlo con los ojos de Hubert. Pensé en ese
acontecimiento íntimo para el que buscamos sitios privados, habitaciones recónditas
o la oscuridad, a fin de que nadie vea el modo concreto en que hombre y mujer se
convierten en un único ser. El hombre empuja ciegamente hacia arriba por el mismo
canal que una vez recorrió ciegamente hacia abajo para salir al mundo. Está
convencido de proporcionar placer donde una vez hubo dolor. De todos modos, acaba
derrotado. A partir de esa dulzura resurgen el dolor y la sangre cuando por ese canal
el cráneo del bebé empuja por entre los huesos. La historia vuelve a repetirse. Y Dios
nunca pide perdón.
El vino tinto me revolvió el estómago. Para mi sorpresa, pensé en Elizabeth
embarazada, de parto, convertida en madre.
—Serán muy felices —aseguró mi padre.
—¿Es una orden? —pregunté.
—Querida Ruth, solo es mi opinión.
—Querido papá, ¿en qué te basas para afirmarlo?
—En la certeza de que el hombre que no sea feliz con Elizabeth solo puede ser un
insensato.
—Vaya. ¿Acaso Elizabeth posee la fórmula secreta? Espero que cuando vuelva de
Grecia se la explique a Dominick para que cree la fórmula matemática de la felicidad
y se haga famoso. El principio de la felicidad matrimonial, de Dominick Garton,
basado en el modelo Ashbridge-Baathus. Descubierta en el archipiélago helénico,
donde los recién casados pasaron la luna de miel. —Sin dar tiempo a mi padre para
que manifestara su desaprobación, le lancé un beso y añadí—: Es una broma, papá,
no es más que una broma. Estoy segura de que serán inmensamente felices. Tienes
razón. Nadie puede dejar de enamorarse de Elizabeth.
Mis padres sonrieron con vacilante alivio.
—Ruth, ¿existe acaso el hombre incapaz de ser feliz contigo? —dijo Dominick y
me envió un beso.
—Ay, Dominick, eres mi único admirador. Creo que no estoy hecha para la
felicidad. En mi caso es un concepto que no alcanzo a comprender.
—Qué tonterías, Ruth, solo dices tonterías —me regañó mi padre.
—Papá, no son tonterías, aunque a ti te lo parezcan. Para mí tienen sentido.
—Hasta ahora has tenido una vida maravillosamente feliz. No la tomes tan a la
ligera. Afrontemos la realidad.
Mi padre y yo nos enzarzábamos a menudo en guasas de ese tipo. Era nuestra
propia barrera expresiva. Poseía cierto estilo, reglas específicas y lograba el objetivo
final: la falta de comunicación, algo esencial entre un hijo adulto y su progenitor. Sus
estudios de derecho lo llevaron a pensar que la técnica de preguntas y respuestas era
el camino de la verdad. Pero siempre olvidaba que yo no estaba bajo juramento.
—Esta noche vuelvo a mi piso. —Dominick se incorporó para marcharse—.
Mañana a primera hora tengo que dar una conferencia.
—La semana pasada Elizabeth comentó que no deja el estudio de Londres —
añadió mi madre.
—Así es. Decidió seguir pintando en el estudio porque el piso de Hubert es muy
pequeño —replicó Dominick.
Dominick vivía en el mismo bloque en que Elizabeth tenía el estudio: un
matemático y el estudio de una pintora. Estaba convencido de que así adquiriría el
aire bohemio que tanto deseaba. Su inteligencia estaba atrapada en el seno de un
temperamento equivocado. Su genialidad era tal y había sido reconocida y
recompensada tan rápidamente por escuelas y universidades que el niño prodigio no
tuvo la menor posibilidad de cambiar. Quedó tan agobiado por los logros académicos
que se vio obligado a asumir su propio talento, casi con la misma intensidad con que
se volvió inglés.
Los padres de Dominick eran norteamericanos. Su padre era un matemático de
nota y su madre fue nombrada consejera principal de McKinsey después de estudiar
varios años en el Instituto Tecnológico de Masachusetts.
Durante un traslado compartido y minuciosamente planeado a Londres —él a la
Escuela de Economía de Londres y ella a la sucursal de su compañía—, Dominick
estudió en la Westminster School. Allí se enamoró de Inglaterra y de todo lo inglés.
Estaba convencido de que su pasión era recíproca: una ceguera familiar en el caso de
Dominick.
Cuando sus padres regresaron a Estados Unidos, Dominick optó por el Trinity
College de Cambridge, en lugar de estudiar en Harvard. Una vez allí aceptó aquello
que en Westminster solo había comprendido a medias: que la apasionada seriedad con
que se tomaba el estudio debía estar salpicada de ironía. Y que, en la alta sociedad
inglesa, casi nunca se mencionaban las ciencias. Era mucho más encomiable un
coqueteo de poca monta con las artes.
Conocí a Dominick en una fiesta que Elizabeth había organizado hacía varios
años. Di rienda suelta a su interés por mí porque las visitas a su piso me
proporcionarían una atalaya perfecta. Tanto en lo estratégico como en lo táctico, mi
seducción de Dominick estuvo tan sutilmente planeada y ejecutada que en el
momento de la posesión fue su rostro el que expresó triunfo. El creciente apremio de
su amor por mí, cada vez más intenso, fue la única complicación en un guión por lo
demás perfecto.
Antes de Dominick hubo, naturalmente, otros hombres. Recuerdo a un antiguo
novio de Elizabeth, un pintor mexicano al que ella había rechazado, con lo cual me
llevé una buena sorpresa (pero me enteré cuando era demasiado tarde). Tuve un lío
con un aristócrata totalmente impresentable que abrigaba la idea de convertirse en
pintor. Aquel «romance» me permitió un fin de semana en París, durante el cual él
dio rienda suelta a una faceta de sí mismo que, supuse, había ocultado totalmente a
Elizabeth. Fueron dos días interesantes e instructivos. Sin embargo, el hijo de un
vecino de Lexington se convirtió en una conquista mucho más aburrida: el sentimiento de culpa de Dominick por haber engañado a Elizabeth era tan
desmesurado que casi me causó gracia.
Miré a Dominick, el esmerado enamorado de Ruth, nunca el de Elizabeth. La
decisión de conservar el estudio me sorprendió. Elizabeth no me había dicho nada,
quizá porque creía que no tenía importancia. Sin embargo, fue trascendental para
Dominick. Suspiré. Daba la impresión de que, al menos en el futuro inmediato,
Dominick y nuestra relación sobrevivirían.