Envidia

Josephine Hart · Capítulo 6 de 31

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Envidia

Capítulo 6

CAPÍTULO VI

 

—Ruth…

—Dime, Elizabeth.

—Ruth, no me lo merezco. —Le dirigí una breve sonrisa—. No merezco ser tan

feliz. Desde el instante en que lo vi…

—Estoy segura de que él siente lo mismo, sois como Dante y Beatriz. «Solo la vi

al pasar, pero la amaré hasta la muerte».

—Oh, Ruth, siempre encuentras las palabras adecuadas. Es un don maravilloso.

El resplandor de Elizabeth —el resplandor de la novia, reflejado en el largo

espejo oval— parecía salido de un cuento de hadas. Era irreal, como si la imagen

fuese una destilación tan concentrada de la realidad que al final era lo único que

existía. Me situé detrás de Elizabeth, pero mi vestido de color rosa fuerte quedó

anulado por los pliegues de tela marfileña que ella llevaba. Se volvió bruscamente y

durante un momento quedamos cara a cara: la novia y su dama de honor. Me besó.

No me moví. ¿Qué habrían traicionado mis gestos? Mientras el roce de los fríos

labios de Elizabeth parecía perdurar en mi mejilla, la seguí de su cuarto al pasillo,

donde se reunió con mi madre.

—Vaya, Elizabeth, estás encantadora.

—Madre… —Elizabeth la abrazó.

Madre. No era verdad. Y poco después dijo padre, lo que tampoco era cierto. A

mi padre le llegó el turno de reverenciarla. Sin prisas pero sin pausa, pasamos delante

de varios acólitos y atravesamos el gran momento de Elizabeth hasta llegar a la

iglesia y a Hubert.

Ciertamente el ritual del matrimonio es sagrado. Observé a Hubert. Sus facciones

poseían una suerte de eternidad clásica, cualidad que garantizaba que, en el futuro,

una adolescente que encontrase una fotografía suya en un baúl o en un rincón de una

habitación emitiría una exclamación de admiración por lo apuestos que podían ser

algunos hombres. Cuando se volvió hacia Elizabeth, la expresión de Hubert dio

testimonio de sinceridad y amor. No experimenté ningún dolor. Debían amarse…

tuve que buscar las palabras: debían amarse intensamente. Me pareció una expresión

satisfactoria. Tanta perfección me incomodaba. ¿Para qué enmascarar algo que de por

sí era imperfecto? Es la primera resquebrajadura la que arruina el jarrón Ming. Es la

primera mentira la que aniquila la verdad. Es el primer adulterio el que quiebra la

unión. A partir de la primera vez solo hay repetición.

Y a partir de entonces, como es obvio, siempre es repetición. Cuando la

perfección es profanada, cuesta resistirse a los placeres de la destrucción, las mentiras

y la concupiscencia. Entonces el sacrificio es a cambio de nada.

Permanecí de pie, vestida de rosa junto a la azucena, y examiné disimuladamente las diminutas espinas de mi ramo.

Caminé tras ellos, en solitario, por el pasillo. La tercera. Iba encapuchada con un

velo de seda. Las otras damas de rosa nos siguieron al exterior, hasta el dorado día

estival que extendió su calor ligeramente empalagoso en torno a la pureza marmórea

de los recién casados.

Como si hubiera cogido una borrachera, Lexington pareció bailar al son de sus

risas y guiñarles el ojo con cada sonrisa. Las mesas largas dispuestas en el patio

seguían el perímetro de la casa. La mesa de honor se encontraba ante el edificio

principal y estaba destinada a los principales protagonistas. Dos mesas largas,

situadas a los lados, respetaban la forma de las alas este y oeste del viejo sueño

dinástico que Alexa había tenido para sus hijas. Después del banquete y los discursos,

los invitados caminaron con aire extasiado por los jardines, y unos pocos buscaron la

intimidad del lago distante.

—Forman una pareja perfecta —me comentó Charlotte Baathus la hermana

gemela de Hubert.

—Sí, ya lo creo. Son la pareja perfecta.

—Todo ocurrió tan de prisa…

—Así es.

—Reconozco que me sentí algo… sorprendida. Hasta me escandalicé, pero María

no cabe en sí de gozo. Siempre adoró a Elizabeth.

—¿Escandalizarte? ¿Por qué?

—Tomaron la decisión de contraer matrimonio un mes después de que Hubert se

trasladara a Londres —prosiguió Charlotte—. Y la boda fue… tan poco tiempo

después…

—Elizabeth quería casarse en verano y no tenía sentido esperar al próximo —

repliqué.

Charlotte Baathus me caía fatal. Mientras que Hubert era apuesto, ella poseía la

belleza vulgar de las que tienen ojos azul claro y labios sonrosados. Hablaba inglés,

casi sin acento extranjero, con un timbre suave y jadeante.

—Charlotte, a mí no me escandalizó la rapidez con que anunciaron la boda —

afirmé—. Están… intensamente enamorados —volvió a aflorar la palabreja.

—Es verdad —reconoció.

Me di cuenta de que la idea le desagradaba. Para una observadora avezada como

yo, basta una ligerísima tensión de los músculos que rodean la boca para captar la

mezquindad del alma.

Besé ligeramente a Charlotte. Esperaba que ese beso la confundiera, pues se lo di

inmediatamente después de mi modesta victoria. Gocé con la tensión casi

imperceptible de los músculos del brazo, que sujeté antes del descenso depredador de

mis labios, de modo que le resultó imposible escapar.

Me alejé y encontré otro grupo de satisfechos testigos de la felicidad de Elizabeth

y Hubert. Estuve en todo de acuerdo con los exagerados tributos ofrecidos a la belleza de Elizabeth. Oí hablar a varias amistades de Elizabeth, que describieron con

entusiasmo sus supuestas y continuas amabilidades. Llegué a la conclusión de que la

súbita boda había convertido mi plan en algo mucho más interesante, peligroso y

difícil.

Con una tierna sonrisa me acerqué a un esperanzado Dominick. Volví a

maravillarme de que el corazón y la mente humanos fueran algo secreto, lo que

constituye una misericordiosa protección para todos nosotros. ¿Quién sería capaz de

sobrevivir a un viaje por la mente de otro ser humano?

Nadie, absolutamente nadie conocía mis pensamientos. ¿Y Dios?, me pregunté

ociosamente. ¿Los conocía Dios? Y, en caso de que los conociera, ¿le importaban?