Envidia

Josephine Hart · Capítulo 23 de 31

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Envidia

Capítulo 23

CAPÍTULO XXIII

 

—Lo sé.

—Dominick, ¿qué sabes?

—Ruth, lo sé.

Silencio.

—Lo sé.

Vuelta a empezar. Y nuevamente silencio. El que calla otorga. Mi silencio

reconocía lo que debí ocultarle.

El saber… Suena fuerte. ¿Debí decir que lo sentía, o volver a mentir? Escogí la

salida de los cobardes y no dije nada.

—Ruth…

Dejé el vaso sobre la mesa. Estábamos cenando.

—Dime.

—¿Me has oído?

—Sí, claro.

—¿No te interesa saber cómo lo he sabido?

—No. «Solo me interesa saber si sabes con quién», pensé.

—Solo quiero hacerte una pregunta.

—¿Solo una?

—Sí. ¿Seguirás?

Reinó el silencio. Ay, qué cobarde es mi alma.

—Ruth, tengo la impresión de que, una vez más, estás a la altura de las

circunstancias.

¿El retintín irónico significa que es posible que logre «salir del apuro»? ¿Se dice

así? ¡Qué vulgaridad! He ganado. Puedo despreocuparme. Soy amada y amo. ¿Acaso

tengo la culpa de no amar donde soy amada, de haber aceptado el regalo que debí

rechazar? Entonces él habría sido desdichado, aunque tal vez no si yo hubiese

actuado honradamente desde el principio. Ruth, cuántas exigencias severas. Ruth, qué

castigos tan terribles. Escucha, escucha al hombre.

—Estoy arraigado en ti. Me enamoré de ti desde la primera vez que te vi.

¿El amor entra por los ojos? Pensaba que a eso se le llamaba concupiscencia.

—Eras una especie de perfección.

Igual que una fórmula. Tal vez yo tenía proporciones atractivas. Mis medidas eran

91-61-91. Atractiva. Dibujadlo. Ponedle o no ropa, como prefiráis. Coronadlo con un

rostro, una visión de planos y oquedades. Concretamente, pupilas de color marrón

oscuro y cejas negras. La piel sin mácula, del color de la nata. Y labios «rojo

mordisco». Como a ellos les gustan. Más abajo piernas proporcionadas, delgadas y

largas. ¿Fue esta la geometría de su perdición?

¿Por qué se resiste Charles? Pero si no se resiste. Sí, claro que sí. Es imposible

dejar de tener ese conocimiento. Yo soy el otro, el añadido de Elizabeth, una vez más.

¿Suponéis que en alguna ocasión fue imparcial?

Intenté escuchar a Dominick a medida que hablaba. Sabía que era importante. Lo

intenté. Dominick sufría: el dolor del aislamiento, el aislamiento del dolor. Escuché

su dolor. Es difícil oírlo. Casi nunca escuchamos. A decir verdad, no podemos sentir

el dolor de otro. ¿Por qué los que sufren quieren compartir su dolor? No hay

apaciguamiento. Que yo comparta parte de tu dolor no servirá para apaciguarlo.

Dominick, estoy segura de que lo sabías. Tu parte de dolor por mi sincera (sí, sincera)

preocupación no sirvió para apaciguar el otro dolor. Al final, Dominick, tu dolor me

aburrió y, para variar, deseé convertirme en la víctima. Escuchando el dolor quise

correr hacia el placer, hacia cualquier tipo de placer para encontrar alivio.

—Estabas rodeada por una suerte de luz, por la inteligencia, la agudeza.

¿Por la velocidad de la luz? Dominick, ¿te das cuenta de lo que dices? ¿Cómo

escoges las palabras a partir de tu propia visión del mundo?

—Te veo… girando sobre un punto, casi… hacia mí.

¿Tal vez sobre un pedestal?

—En las visiones que tengo de ti… siempre te acercas a mí.

¿No es una paradoja? ¡Escucha, Ruth, escucha!

—Cuando me estiraba, la visión que tenía de ti se acercaba a mí porque era lo que

deseaba fervientemente, no se alejaba.

¿Me recordará como una visión, como el hombre que se enamoró del rostro de la

pasajera de un barco que puso distancias de por medio? Solo un rostro. Y le fue fiel.

Yo podría haber sido nada más que un rostro evocado y no haber hecho daño, algo

muy inocente. Un rostro amado desde la lejanía.

—Me dije: Es ella, es Ruth. Siempre ha sido de esta manera. Se trata de algo muy

simple.

Dominick, tendría que haberte dejado libre. Debí saber que me relacionaba con

un idealista, con un idealista enamorado. Un idealista es peor que un romántico,

infinitamente peor. Siempre fiel, leal y digno de confianza. Excepcional, desde luego,

pero no apetecible. Hay pocos compradores.

—Y ahora no sé qué hacer. Me parece imposible…

Sí, profesor, te enfrentas a un dilema. Claro que lo tienes. No sabes qué hacer con

el dolor, con el amor, demasiado amor.

¿Debería plantearse en porcentajes, en cantidades, tal vez en términos de

liquidez? ¿Comparativa, estadística o geométricamente? ¿En términos algebraicos, si

x = §…? No lo sé. No soy matemática. Simplemente recuerdo algunas fórmulas

sueltas. El amor de más marca el punto crítico. ¿Qué se hace con el excedente de

amor? ¿Se añade un ingrediente adicional? ¿Amargura? ¿Algún contraste? ¿Acaso

odio?

—Has destruido nuestro pasado, todo parece reducirse al presente.

El pasado de Dominick había sido imprevisible. ¿Y el futuro?

El futuro tiene una sombra que atraviesa el camino. Tropezaremos si seguimos

por el mismo camino.

—Ruth, no se trata de que alguna vez deje de amarte. Jamás. Simplemente se

debe a que no soy lo bastante valiente para verte constantemente sabiendo lo que sé.

—Ya.

—Soy cobarde.

—No.

—Tengo miedo de ti. Por la mañana… es como si… —Ni siquiera yo sé la

palabra. Dominick prosigue—: Y temo… temo… otras cosas.

El poder desnudo por la noche. Y a veces por las mañanas. Las mañanas

desnudas, el poder matinal.

—Incluso temo a la ternura oculta en ti cuando acaricias a William o hablas con

él. Supongo que tengo miedo… de mi miedo.

—¿Y bien?

—Me iré.

¿Se irá? ¿Adónde y a qué?

—Viviré separado de ti. No puedo… no puedo convivir contigo.

Ay, Dios, esto será muy difícil. ¿Qué dirá Charles? Piensa, Ruth, piensa. Podrías

perder a Charles.

Dominick prosigue:

—Elizabeth ha decidido dejar el estudio.

—Elizabeth… —¿Qué hace su nombre aquí, en esta sala y en esta conversación?

—. ¿Qué has dicho?

—Parece que por fin he llamado tu atención. Bien. Charles ha decidido pasar

menos tiempo en Londres y construirle un estudio en Frimton.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he hablado con Charles.

—¿Cuándo?

—Hace unos días. Supongo que consideró correcto hablarme del estudio.

¿Era correcto hablar con Dominick de nuevos «acuerdos»?

—¿Hablasteis por teléfono? —Freud detestó el teléfono toda su vida.

—¿Te parece que viene al caso?

—No.

Solo quiero saber cómo fui traicionada, porque se trata de una traición. Pensé que

estaba herméticamente encerrada en mi mundo con él, que no podía aparecer ningún

intruso, ni siquiera se permitía la entrada de visitantes ocasionales. Ahora

experimento el terror de la periferia. Noto la fuerza que podría retenerme para

siempre en la intemperie. Y percibo una fuerza todavía más potente que podría

arrojarme a una eterna caída libre. No permitiré que ocurra. Tengo asideros a los que

aferrarme. Aunque permanezco suspendida sobre él, no estoy en el abismo… por ahora.

—Te he perdido para siempre.

—¿Cómo…? —Son palabras aciagas. No quiero oírlas, no quiero aprender a

pronunciarlas.

—Ruth, por favor, te ruego que me escuches.

—Sí… sí.

—Si me mudo al estudio de Elizabeth podré ver a William en un ambiente

familiar. Para él no será tan traumático.

—Claro.

—¿Es todo lo que tienes que decir?

Ruth, ordena tus ideas.

—No, no lo es, claro que no. Me parece que has tomado una decisión… una

decisión equivocada. Se trata de un paso en falso. No lo hagas.

—Ruth, me desconciertas. Eres… eres una especie de aberración.

—Creí que me habías jurado lealtad eterna.

—No recuerdo haber pronunciado esas palabras.

—Tienes razón, Dominick. Me parece que dijiste que siempre me amarías o algo

por el estilo.

Vamos, Ruth, toma rápidamente una decisión. ¿Qué es mejor, que Dominick se

quede o se vaya? ¿Qué es mejor para tu relación con Charles, para tu relación…

repentinamente debilitada con Charles? ¿Qué es lo mejor?

Conserva a Dominick. Será lo más conveniente. Una base, necesitas una base si

quieres llevar una vida secreta. De otro modo es demasiado obvia: la mujer no casada

con su amante casado. No, conserva a Dominick. Quiere quedarse. Ha dicho tonterías

pueriles sobre el estudio. Sus palabras carecen de sentido. Su patética relación con

William… William está en el internado y pasa las vacaciones en Lexington. El

estúpido de Dominick… ¿Dominick estúpido? Estas son palabras que no suelo

relacionar.

Haz que se quede. Sé sutil. Sé morosa. Desplázate como bien sabes hacerlo…

hacia el bar. Gira un poco. Pon cara de pena. Muéstrate lentamente apenada. Aparta

toda expresión de tu rostro para que, como ya sabes, solo perdure una sedosidad

sensual. Observa la expresión de Dominick. Se vislumbra un ligero hálito. Aférrate a

ese hálito con la mirada, retenlo. Ten cuidado, Ruth, mucho cuidado. No digas nada.

Guarda silencio. Es imprescindible para la concentración, para la concentración de tu

poder, para que se haga tu voluntad.

Y ahora sírvele una copa. Quédate cerca. No te muevas. Que Dominick se

acerque a ti. De lo contrario será imposible para él y para el futuro. Respira hondo

para que tus pechos se balanceen al ritmo que ya sabes. Ahora apártate de Dominick.

Notarás su tensión. Dirígete al sofá. Tiéndete cuan larga eres. Suspira con pesar. Deja

caer una pierna hacia el suelo para que se te abra la falda. Un poquitín. Pierde la

mirada. Dominick se acerca al sofá. Míralo a los ojos y, contrita, retén su mirada. Dominick ya está aquí, sobre ti. Ahora está a punto de…

Las manos lo traicionan. Buscan con desesperación el camino de entrada. Se

acabó. Has triunfado. Dominick no se marchará, esta vez no. ¿Nunca se marchará?